Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Martínez Sánchez, Biomedicine and Molecular Oncology Researcher, Universidad de Oviedo

Durante décadas, hemos centrado todos nuestros esfuerzos en tratar el cáncer atacando directamente a las células tumorales. Hoy sabemos que una de las herramientas más valiosas y potentes para combatirlo estaba ya en nuestro propio cuerpo: el sistema inmunitario. Convertirlo en nuestro aliado es una interesante opción en la lucha contra el cáncer.

¿Qué es la inmunoterapia?

A diferencia de los tratamientos como la quimioterapia o las terapias dirigidas, la inmunoterapia no ataca directamente al tumor. Su objetivo es otro: reactivar el sistema inmunitario del paciente para que “haga el trabajo” y elimine las células tumorales.

Nuestro sistema inmunitario está diseñado para detectar y eliminar amenazas, como bacterias, virus o células dañadas. Y en teoría, también debería ser capaz de reconocer y eliminar las células tumorales. El problema es que el cáncer aprende a frenar, engañar o desactivar estas defensas, logrando pasar desapercibido y progresar.

Ahí es donde entra en juego la inmunoterapia: en lugar de actuar directamente sobre el tumor, retira esos frenos y refuerza la respuesta inmunitaria. Esto permite que el propio organismo recupere su capacidad natural para combatir la enfermedad.

Una idea antigua, una revolución reciente

La idea de utilizar el sistema inmunitario para combatir el cáncer no es nueva. A finales del siglo XIX, el médico estadounidense William Coley observó que algunos pacientes oncológicos mejoraban tras sufrir infecciones graves. A partir de esa observación, intentó provocar respuestas inmunes intensas mediante la inyección de bacterias inactivadas, conocidas como las toxinas de Coley.

Los resultados fueron variables y la técnica acabó abandonándose, pero dejó una idea fundamental: activar el sistema inmunitario podía convertirse en una estrategia antitumoral muy eficaz.

Con el tiempo, y gracias a los avances en biología e inmunología, ya no fue necesario recurrir a bacterias para activar las defensas. La investigación permitió identificar formas mucho más precisas y eficaces de activar el sistema inmunitario, y fue entonces cuando la inmunoterapia empezó a mostrar todo su potencial clínico.

No existe una sola inmunoterapia

Solemos hablar de la inmunoterapia como si fuera un único tratamiento, pero en realidad engloba estrategias muy diferentes.

Entre las más utilizadas se encuentran los inhibidores de puntos de control inmunitario, que quitan los “frenos” que impiden al sistema inmunitario atacar a las células tumorales. También están los anticuerpos monoclonales, que reconocen específicamente esas células y permiten su eliminación. En cuanto a las terapias celulares adoptivas, como las CAR-T y TCR-T, se basan en modificar los propios linfocitos T del paciente para que reconozcan y destruyan las células malignas.

A ello se suman las vacunas terapéuticas y otros fármacos en desarrollo cuyo objetivo es estimular la respuesta inmunitaria.

Los grandes éxitos: por qué la inmunoterapia fue una revolución

El impacto de la inmunoterapia se hizo especialmente evidente en tumores como el melanoma metastásico o el cáncer de pulmón. En algunos pacientes, tratamientos que antes apenas lograban ganar unos meses de vida, dieron paso a algo inesperado: respuestas que se mantienen en el tiempo.

Este concepto de “respuesta duradera” es la clave de la revolución. No se trata solo de que el tumor disminuya de tamaño, sino de que permanezca controlado a largo plazo, algo poco habitual con las terapias clásicas. Por eso, con la inmunoterapia en nuestro arsenal, se puede hablar de un cambio de paradigma en oncología.

Entonces, ¿por qué no todos los cánceres se tratan con inmunoterapia?

Aquí surge la gran pregunta. Si funciona tan bien en algunos casos, ¿por qué no tratar con inmunoterapia a todos los pacientes?

Para entenderlo es necesario distinguir entre tumores “calientes” y tumores “fríos”. Los tumores calientes tienen el sistema inmune “despierto”: presentan infiltración de linfocitos T e inflamación. En estos casos, la inmunoterapia tiene más posibilidades de funcionar. Los tumores fríos, en cambio, carecen de actividad inmune y no responden a estos tratamientos.

A esto se suma la enorme capacidad de adaptación que presentan algunos tumores. Las células tumorales pueden “esconderse” del sistema inmunitario, y hacerse menos visibles. Otras impiden la entrada de células inmunes en el tumor o bloquean su actividad.

Además, algunos tumores “modifican” su entorno para crear un ambiente hostil a la respuesta inmune. En estos casos, la inmunoterapia tiene poco margen de actuación, porque no hay una respuesta inmunitaria eficaz sobre la que actuar.

¿Y si el sistema inmunitario se activa en exceso?

Activar el sistema inmunitario tiene un precio. En algunos pacientes, la respuesta inmune puede dirigirse también contra tejidos sanos, provocando efectos secundarios como inflamación de la piel, el intestino o la glándula tiroides.

En algunos casos, estos efectos secundarios pueden ser graves y aparecer incluso meses después de finalizar el tratamiento. Por eso, la inmunoterapia requiere un seguimiento médico estrecho y una vigilancia continua.

No es una cura universal, pero sí un cambio profundo

La inmunoterapia no ha sustituido a los tratamientos oncológicos clásicos ni funciona en todos los pacientes. Pero ha demostrado algo clave: el cáncer puede tratarse de otra manera.

Hoy sabemos que su éxito no es casual y depende de varios factores. Primero, investigación continua para entender por qué funciona en algunos tumores y falla en otros, y cómo las células cancerosas logran escapar del sistema inmunitario. Segundo, una mejor selección de pacientes, basada en biomarcadores que ayuden a predecir quién puede beneficiarse del tratamiento.

En tercer lugar, resulta esencial el seguimiento a largo plazo, necesario tanto para controlar la enfermedad como para vigilar posibles efectos secundarios.

Mirando al futuro de la investigación oncológica

La inmunoterapia no es una solución “mágica”, pero sí ha supuesto una auténtica revolución en oncología. Ha demostrado que el sistema inmunitario puede convertirse en un aliado terapéutico muy poderoso.

Su futuro no está en aplicarla de manera indiscriminada, sino en entender mejor en qué pacientes funciona, por qué y en combinación con qué tratamientos. De esta forma, la oncología se dirige hacia una medicina de precisión. Porque el verdadero progreso no está en tratar más, sino en tratar mejor.

The Conversation

Claudia Martínez Sánchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Inmunoterapia en oncología: grandes éxitos, grandes retos – https://theconversation.com/inmunoterapia-en-oncologia-grandes-exitos-grandes-retos-274320

Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrea J. Arratibel, Editor, The Conversation

Impulsor del nature writting o de la “liternatura” en México y autor de cinco libros, Andrés Cota Hiriart condensa en su perfil (escritor, zoólogo, naturalista, ensayista, divulgador, documentalista) una versatilidad que le corona como una de las referencias mexicanas más jóvenes de las letras, pero también del panorama científico.

El suyo se considera un perfil híbrido poco común; una rara avis que, sin embargo, él no considera que sea “nada novedoso”. “Así era cualquier naturalista del siglo XIX y del XX”, subraya, y pone como ejemplo a algunos de sus referentes: Oliver Sacks, Frans de Waal, Donna Haraway.

Profesor de literatura en la Escuela Superior de Cine y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, su frenética actividad se reparte entre las clases en la universidad, charlas, ferias, presentaciones de libros, festivales culturales, la dirección del pódcast Masaje cerebral y el programa de televisión de la Revista de la Universidad de México.

Es, además, fundador de la Sociedad de Científicos Anónimos, una iniciativa que saca la ciencia de su entorno habitual y la pone en contacto con un público general y diverso. “Una especie de terapia para cerebros hambrientos”, la describe él. Inspirada en el concepto de los “cafés filosóficos” de Inglaterra, la idea nació del intento de sacar adelante El Idiografo, una revista científico-cultural que, tras fracasar en ese formato, acabó convirtiéndose en un exitoso “café de ciencia tropicalizado” en la Ciudad de México. Este foro se ha extendido ya a más de 20 ciudades del país.

En una sociedad dividida entre las letras o las ciencias, ¿dónde se origina tu pasión por disciplinas aparentemente tan dispares?

Desde niño era consciente de que en la mayoría de perfiles somos muy híbridos, que lo normal es que todas las personas tengamos diferentes intereses. A lo mejor fue porque a mí nunca se me censuró una u otra vocación. En casa, mi papá y mamá eran científicos. Y buena parte de la labor de alguien que piensa científicamente consiste en contarle a otras personas por qué piensan esas cosas. Tanto ellos como mis abuelos eran muy lectores. Mi abuelo de Sinaloa, un hombre de campo, leía todo lo que podía en el rancho como compulsión lectora, hasta periódicos antiguos de más de un mes.

Cuando uno crece en una casa rodeado de mucha mezcla de perfiles que al sentarse a comer hablan de libros, deduce que en ellos hay algo importante, puntos comunes, coincidencias, discordancias… Creo que leer, supongo que como cualquier otro consumo cultural, se aprende por copiar al otro. Se va pegando por imitación, por emular lo que hacen los primates adultos que te educan.

Te has posicionado como la referencia de la “liternatura” de tu país, aquella que relata la naturaleza y las relaciones humanas con ella. ¿Por qué no es fácil encontrar ese tipo de obras en español?

No entiendo por qué aquí todavía seguimos cultivando a esa idea de que la literatura de naturaleza o de ciencia es de nicho. Aunque cada vez se publica más sobre el tema, en México hay una idea muy arraigada de que la ciencia ocupa un espacio que no necesariamente se trasvasa hacia otras áreas sociales; que no le va a interesar a nadie. Y es una pena, porque luego hay libros de autores como Donna Haraway, Anna King o Robert McFarlane que son superventas. O de Oliver Sacks, que lo conoce mucha gente. Deberíamos asumir la ciencia como parte de la cultura, deberíamos tener una cultura mucho más “cientificada” y una ciencia mucho más humanista.

¿Es una tradición anglosajona que nos falta en el mundo hispanohablante?

Que le pongan un nombre a una corriente de obras dice mucho. Y, como género, el nature writing tiene siglos. Al inglés se traduce todo, y al español, en cambio, muy poquito. De hecho, algunos de mis libros favoritos de literatura de naturaleza, de los que más aprecio y que me encantaría compartir con mis estudiantes y mucha gente, están descatalogados en la versión en español, como Last Chance to See, de Douglas Adams y Mark Carwardine. Se trata de un viaje alrededor del mundo para buscar especies en peligro de extinción. Creo que fue el primer libro o el primer producto cultural (porque también es una serie de radio y televisión) que convirtió el tema de la extinción biológica en superventas.

La desaparición de la biodiversidad es una de tus grandes temáticas. México ocupa uno de los primeros lugares del mundo en cantidad de especies en peligro de extinción. ¿Cómo podemos contribuir a frenar esta crisis?

Una forma de darle la vuelta a la extinción masiva es no ignorarla. En este caso la ignorancia no exime de responsabilidad. Estamos “ahorita” viviendo una crisis de 46 000 especies en peligro de extinción. Pero también hay que darse cuenta que quedan muchas otras por descubrir. Actualmente hay dos millones de especies descritas y potencialmente podrían existir otros ocho millones por describirse. Por eso hay mucho que hacer para conservar, para salvar lo que queda. Y también hay que cambiar la narrativa actual.

¿Hacia dónde enfocarla?

Creo que la narrativa que tiene sentido es la narrativa de la naturaleza local. La mayoría de los niños y niñas no conocen las especies que les rodean, por eso luego no las ubicamos ni valoramos. Entiendo que hay que usar las especies icónicas como un gancho para su conservación, pero habrá que hacer un esfuerzo por todas las demás. No nos preocupan porque ni las conocemos. Para darle la vuelta al barco es importante fomentar la narrativa local y, en este caso, la narrativa del Sur Global. Por otro lado, hay que contar la vida de las plantas, los hongos o las bacterias por su propio valor, por lo que nos puedan decir del mundo.

¿Debe la comunicación sobre la biodiversidad escapar del antropocentrismo?

Hay que quitar al humano del centro y que tenga como protagonistas a otros organismos, pero también a los ambientes. Vamos por el mundo asumiendo que las plantas están ahí como un decorado, dándolas por sentado, sin tener idea de si ese árbol que vemos es nativo, sin saber de dónde viene: no conocemos su historia. En cuanto se entiende que “comen atmósfera” y controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma. ¡Te vuela la cabeza!

¿Por eso escribiste El ajolote?

Hay toda una escuela de escritores y escritoras, que inició Cortázar, que le buscan rasgos humanoides al ajolote porque quieren reflejarse en él. Para mí es posiblemente el vertebrado terrestre con la vida más diferente a un humano, y creo que eso es justo lo valioso, lo que puede contarnos sobre el mundo, no sobre uno mismo.

La paradoja es que, a pesar de que el ajolote de Xochimilco aparece representado en todos lados, no han encontrado ninguno en el último censo. Esta especie, uno de los animales más simbólicos y queridos de México, es un gran ejemplo de lo que pasa con tantos programas de conservación, como el del cóndor mexicano, que salen adelante por unas pocas personas interesadas haciendo todo el trabajo y que logran cerrar la voluntad política.

¿Falta más compromiso gubernamental?

A nivel gobierno existe completa indiferencia. Yo siempre digo, ¿cómo puede ser que si hay dos o tres personas que pueden cambiar la historia de una especie, los gobiernos no lo vean? Por eso a veces pienso que, más que hacer divulgación de la ciencia para la gran sociedad, debemos pensar en hacerla específicamente para los que gobiernan.

¿Hay entonces esperanza para el ajolote?

Existe el conocimiento científico para su conservación. Está la iniciativa, incluso la prueba experimental de la recuperación de sus poblaciones con la chinampa refugio, que yo creo que es la última trinchera realista, la última oportunidad para que esté en vida libre. Si se mitigan las causas que derivaron en su colapso poblacional, a lo mejor en 10 años tenemos una población enorme de ajolotes. Pero hay que mitigar esas causas, que en este caso están muy bien identificadas. Así que sí, todavía habría chance de darle la vuelta y convertirlo en un símbolo de la conservación en vez de en uno de la extinción.

Necesitamos crear más símbolos esperanzadores. Si no, nuestras nuevas generaciones van a crecer con la idea de que si ni siquiera podemos salvar de nuestros propios tropiezos a una criatura como el ajolote. Y si es así, ¿qué esperanza tiene el resto?

De adolescente compartiste habitación con una boa de tres metros de largo y criaste a Lupe, una cocodrila. Vivencias de tener un zoológico en tu propia casa que cuentas en tu libro Fieras familiares. ¿Cómo fue la experiencia de llegar a crear una Unidad de Conservación de Vida Silvestre (UMA) para la reproducción de reptiles?

Como a muchas otras cosas en mi vida llegué por accidente, igual que terminar escribiendo. ¡Un accidente que agradezco! Fue el resultado de una pasión infantil y juvenil que se fue profesionalizando, que se convirtió en una especie de museo o colección viviente. De manera improvisada, aquella pasión se fue volviendo cada vez más seria hasta volverse una UMA. Mi primera aventura laboral: me autoempleaba, pero no ganaba dinero.

Entre los temas sobre los que divulgas destacan las cuestiones neurológicas y las patologías mentales. En el 2025 lanzaste Fieras Interiores, un libro que desvela la relación entre organismos y patologías, ¿de qué tratará tu próxima obra?

En algún momento me gustaría publicar algo de insectos y estoy en un proyecto sobre cómo alimentar a 8 000 millones de personas sin extinguirnos en el intento. La idea es empezar a buscar soluciones y no solo pintar problemáticas. Pero mi gran interés ahora es el mar, las profundidades marinas.

¿Por qué el mar?

Creo que ahí hay más de una saga de descubrimiento humano para con la naturaleza, y desde una visión no colonialista. Porque, lo que es seguro, es que las especies que se encuentren bajo los 2 000 metros de profundidad sí son nuevas para la humanidad, no sólo para la gente occidental que las describe. Además, hay mejores mapas de la Luna que del fondo marino, del que sólo el 5 % está explorado.

¿Qué puede desvelarnos del mundo?

Todos los descubrimientos que se están haciendo sobre las profundidades van rompiendo paradigmas. Antes se pensaba que el agua profunda del mar estaba prácticamente deshabitada. Ahora se sabe que la mayor parte de la biodiversidad marina se encuentra oculta por debajo de los 800 metros de profundidad, o sea, en la oscuridad. ¡Eso es una locura!

The Conversation

ref. Andrés Cota, biólogo y escritor: “En cuanto se entiende que controlan el clima, no se vuelven a ver los árboles de la misma forma” – https://theconversation.com/andres-cota-biologo-y-escritor-en-cuanto-se-entiende-que-controlan-el-clima-no-se-vuelven-a-ver-los-arboles-de-la-misma-forma-273979

Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jannette Rodríguez Pallares, Profesora Titular de Anatomía y Embriología Humana, Universidade de Santiago de Compostela

wavebreakmedia/Shutterstock

Mi abuela Leontina, con 100 años recién cumplidos, mantiene su autonomía y recuerda todos los cumpleaños de los vecinos de la aldea. Posee una salud envidiable y, sobre todo, una memoria increíble. Ella podría ser un ejemplo de lo que los científicos llaman superancianos: personas mayores de 80 años que conservan una memoria como la de alguien de 50.

Pero ¿cuál es su secreto? Un reciente descubrimiento ha añadido nuevos detalles sobre la naturaleza excepcional de los cerebros de estos superdotados sénior, cuyas características han atraído la atención de los científicos desde hace décadas.

Personas mayores con mentes lozanas

Con la edad, el cerebro va mostrando signos de desgaste. Las primeras señales pueden asomar a los 30 años y entre los 40 y los 50 se hacen evidentes. A esas alturas, nuestra corteza cerebral suele haberse reducido hasta un 5 %. Aunque el deterioro avanza de manera gradual, a partir de los 70 se acelera, acentuándose en las regiones implicadas en la memoria. Sin embargo, algunas personas desafían todas las estadísticas del envejecimiento y parecen inmunes a ese proceso.

El término “superanciano” fue acuñado en los años 90. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de revelarse cuando en la Universidad de Northwestern, en Chicago, realizaron pruebas de memoria a decenas de voluntarios. Un porcentaje muy reducido de personas era capaz de recordar listas de palabras, fechas y detalles de historias con la precisión de personas 30 o 40 años más jóvenes.

Más tarde, en 2013, las imágenes de sus cerebros mostraron algo inesperado: la corteza cerebral estaba increíblemente conservada y parecía resistente al daño. Además, una zona específica con forma de cinturón –la corteza cingulada, que participa en la memoria, la atención y la motivación– era mucho más gruesa que la de los adultos jóvenes. Su cerebro tenía, sin duda, una anatomía excepcional.

Los superancianos no son más inteligentes ni destacan en sus estudios. Lo que sí parece claro es que son personas enérgicas, con una mente curiosa que disfruta de los retos y un propósito de vida definido. Así mismo, comparten otras características singulares: son activos y se mueven con rapidez, gozan de buena salud mental y, sobre todo, mantienen relaciones sociales sólidas que los conectan con su entorno y les brindan apoyo y bienestar.

Pero todos conocemos a un abuelo que no perdona un cigarrillo, pasa los días en el sofá viendo el fútbol y, aun así, tiene una memoria envidiable. Y es que el estilo de vida no lo es todo: la genética también cuenta.

Superancianos y la clave contra el alzhéimer

Con el paso del tiempo, y de forma natural, algunas proteínas se enredan dentro de las neuronas, formando ovillos que las dañan y pueden provocar su muerte. Por eso lo que descubrieron los investigadores del Programa Superagers (Superancianos, en inglés) en el primer cerebro que examinaron en 2017 les dejó atónitos. Hallaron un solo ovillo en la corteza entorrinal, una zona esencial para la memoria. Además, sus neuronas eran más grandes y sanas. ¿Podría ser esa la clave? ¿El secreto de los superancianos consistiría, simplemente, en no formar ovillos?

La alegría duró poco. Al analizar más cerebros, descubrieron que algunos contenían tantos ovillos como los de las personas con alzhéimer, en los que su número se dispara. Sin embargo, su memoria estaba en plena forma. Entonces, ¿qué los estaba protegiendo?

Buscando más allá, pusieron el foco en la genética. En concreto, en el gen APOE, famoso por su relación con la enfermedad de Alzheimer. Y encontraron datos reveladores: los superancianos rara vez portan la variante APOE4, la misma que tiene el actor Chris Hemsworth, que eleva el riesgo de desarrollar la dolencia. En cambio, son muy propensos a portar APOE2, una variante asociada con la longevidad y que ofrece una protección natural frente al alzhéimer.

Si logramos comprender el secreto genético de los superancianos, quizás descubramos nuevas formas de cuidar el cerebro y mantener nuestra memoria joven por más tiempo.

El cerebro se renueva

Y solo hace unos días conocimos otro dato increíble: el cerebro de los superancianos no solo continúa generando neuronas, sino que produce más que el de otros de su edad y casi el doble que el de adultos mucho más jóvenes.

De acuerdo con esta nueva investigación, su hipocampo –una estructura con forma de caballito de mar esencial para la memoria y el aprendizaje– además de ser más grande cuenta con una red de conexiones más amplia y eficiente. Y es que en el cerebro el tamaño, por sí solo, no lo explica todo: lo verdaderamente determinante es la calidad y la organización de sus conexiones.

Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia moderna, afirmaba que el cerebro dejaba de formar neuronas después de la infancia. Nadie lo puso en duda hasta los años 90, cuando se descubrió que este órgano contiene células madre capaces de generar nuevas neuronas. Hoy, gracias a los análisis genéticos y de inteligencia artificial, contamos con datos concluyentes y los superancianos son prueba de ello.

También sabemos que las neuronas que nacen no son todas iguales. Cada una lleva marcas epigenéticas que funcionan como un manual de instrucciones para adaptarse a los cambios del entorno. En los superancianos, estas etiquetas son únicas y confieren a las células nerviosas una resistencia especial al paso del tiempo. El ejercicio, la dieta y la actividad mental influyen directamente sobre dichas señales, por lo que el estilo de vida puede ayudarnos a mantener el cerebro ágil, fuerte y sano.

Descubrir los secretos de los cerebros que parecen resistir el paso del tiempo podría ayudarnos a proteger nuestra memoria y con ayuda de la ciencia, disfrutar de la agudeza mental y la vitalidad de mi abuela Leontina cuando nos hagamos mayores.

The Conversation

Jannette Rodríguez Pallares es miembro de la Sociedad Española de Neurociencia y recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. El grupo de investigación del que forma parte recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Xunta de Galicia y FEDER.

ref. Nuevas claves para entender por qué los cerebros de los superancianos no envejecen – https://theconversation.com/nuevas-claves-para-entender-por-que-los-cerebros-de-los-superancianos-no-envejecen-277108

Budget cuts at Environment and Climate Change Canada threaten Arctic science

Source: The Conversation – Canada – By Roxana Suehring, Assistant Professor in Environmental Analytical Chemistry, Toronto Metropolitan University

The Arctic has been in the news a lot lately. Between the increased geopolitical interest in Greenland, claims over sovereignty, resource exploitation and the devastating impacts of climate change, the region has become a sentinel for global change.

But away from these headlines, a quieter crisis is unfolding that threatens Canada’s role in global environmental science, law and policy: the dismantling of research teams at the department responsible for Canada’s environmental policies and programs. The federal government’s plan to reduce the public service by 15 per cent over three years means that more than 800 positions at Environment and Climate Change Canada (ECCC) will be cut.

As an environmental scientist who has been involved in the Arctic Monitoring and Assessment Program (AMAP) since 2016 and an interdisciplinary legal scholar focused on water governance in Canada, we have seen how science can shape policy. For decades, ECCC research scientists have been integral to the work of AMAP, a working group that provides advice and assessments to the Arctic Council.

This intergovernmental group comprised of Indigenous Peoples, Arctic states and non-Arctic states with observer status is the major platform for protecting the environment and co-ordinating sustainable development initiatives in the Arctic.

Scientists at ECCC have played a leading role in more than 20 international reports on persistent organic pollutants and mercury. In fact, ECCC researchers have acted as the largest group of chapter leads in these global assessments since the 1990s.

Budget cuts at ECCC raise concerns about how governments will develop effective polices and laws that rely upon scientific research.

The risks from budget cuts

Many of the scientists who lead projects on the long-term trends of toxins in Arctic wildlife face cuts or might lose their jobs entirely. Scientists at ECCC are often the ones to identify and assess “chemicals of emerging Arctic concern” — newly discovered chemical threats to human and environmental health that scientists are only just beginning to understand.

Losing the scientists who lead and interpret contaminant data in Arctic wildlife will take much more from Canada than scientific expertise; we risk losing our ability to understand and effectively react to chemical threats and their potential environmental and health impacts.

Data collection for unique monitoring datasets spanning up to 50 years is at risk of being discontinued. Even more concerning is the potential loss of national tissue archives if monitoring and research projects are cut. Contaminant data in Canadian wildlife have been instrumental to the listing of toxins under the Stockholm Convention on Persistent Organic Pollutants, an international treaty to control the global production and use of particularly hazardous chemicals.

Similarly, monitoring for mercury in Arctic air and biota is an important part of the rationale for the Minamata Convention, a global treaty designed to protect human and environmental health from mercury contamination.

In many ways, these global agreements exist because Canadian data, produced by ECCC scientists, proved that chemicals used thousands of miles away end up in the bodies of Arctic wildlife and Indigenous Peoples who rely on healthy wildlife for food security, cultural identity and practices.

These international treaties set out the norms, legal principles and regulatory schemes that have been incorporated into Canadian law. They support the risk assessment and management of many toxic chemicals under the Canadian Environmental Protection Act.

Losing these samples and monitoring programs would set back Canadian and global contaminant research and reinforce criticisms that Canada is a laggard in environmental law and policy.

Risk for Indigenous communities

Budget cuts could also intimately impact the daily lives of those living in the Arctic and raise questions of environmental justice. Indigenous communities in the Arctic face higher exposure to many toxins than other Canadians due to their reliance on foods like fish, belugas and seals.

Despite global efforts, blood mercury levels in many Inuit communities remain higher than the general Canadian population. Furthermore, concentrations of per- and polyfluorinated alkyl substances, also known as “forever chemicals,” are consistently higher in these communities than in the south.

Without ongoing research, we risk creating a vacuum in environmental governance and law. Current legislation, like the Canadian Environmental Protection Act, aims to protect vulnerable populations and uphold the right to a healthy environment and environmental justice. But we cannot uphold these rights if we stop measuring how contaminants are impacting the health of the environment, food and water of the populations most affected by these chemicals.

Across Canada, the cuts undermine effective chemical management. Canada’s chemical management plan depends heavily on the expert assessment of government scientists. This expert-based risk assessment has enabled the discovery and monitoring of new chemical risks with comparatively few bureaucratic hurdles. However, it also means that the proposed cuts are particularly devastating to this program.

If we remove the scientists the regulatory system depends on, the system breaks. This means that these proposed cuts could not only cost jobs and reduce scientific excellence in Canada, but also leave the health of Canadians and our environment less protected.

The Conversation

Roxana Suehring receives funding from NSERC, Tri-Council, Mitacs, NCP, MECP, and ECCC.

Patricia Hania receives funding from SSHRC and NSERC.

ref. Budget cuts at Environment and Climate Change Canada threaten Arctic science – https://theconversation.com/budget-cuts-at-environment-and-climate-change-canada-threaten-arctic-science-276606

The tryptophan switch? Why exercise boosts your mood

Source: The Conversation – Canada – By Meghan McCue, Ph.D., Postdoctoral Fellow, Faculty of Health Sciences, McMaster University

One in five Canadians is living with mental health challenges such as anxiety and depression at any one time.

This number has climbed steadily in recent years, and while we have improved how we talk about mental health, significant stigma remains. In fact, people are almost three times less likely to report a mental illness than a physical one.

There are many effective mental health treatments available. However, access to diagnosis and treatment can take years. Sometimes prescriptions used to treat mood disorders have side-effects that can cause people to avoid or stop taking their medication. Traditional therapy can be costly and is not always covered by insurance or benefits.

Meanwhile, there is another tool — regularly prescribed for improving heart health and metabolic health — that can be an incredibly useful addition to mental health care and management. What tool could possibly treat so many conditions? Exercise!

Yes! Lifting weights does lift your mood

Many people have experienced the feeling of post-workout bliss, but
can hitting the gym actually help with depression and anxiety? The science says — absolutely!

Exercise has been proven to actually improve symptoms of anxiety and depression in both the short and long term. It can help with mood regulation, and in particular, emotional resilience to acute stress. While reports on improved mood following a workout can seem subjective, the benefits of exercise on mental health can actually be observed at the biochemical level.

You may have heard the term “runner’s high,” which stems from the feeling of bliss or euphoria many people experience following exercise. This is largely caused by an increase in what we call endocannabinoids and endorphins — hormones and molecules that make you feel happy or content.

‘Good’ and ‘bad’ tryptophan metabolites

There may also be another important molecule to thank, though — tryptophan.

Tryptophan is an essential amino acid that we absorb through our diet, and it plays many important roles within the human body. Tryptophan makes serotonin — often called the feel-good hormone — but it can also be broken down to produce molecules that have differing effects on the brain and body.

The main pathway responsible for breaking down tryptophan is called the kynurenine pathway. Some of the products from this pathway, like kynurenic acid, can be protective against inflammation, and good for brain health. Others, like quinolinic acid, can be associated with toxicity and inflammation.

In fact, many chronic conditions such as depression, Alzheimer’s disease and cancer have been associated with increased levels of “bad” kynurenine metabolites.

Given tryptophan’s association with both mental health and neurodegenerative conditions, researchers have started to investigate how we can generate more of the good molecules, and less of the bad. By influencing which route is taken in the kynurenine pathway, we may be able to switch towards a healthier, neuro-protective state.

Exercise seems to be a strong regulator of this switch.

An immediate return on investment

Studies have shown that working out can cause immediate and direct increases in brain-protective molecules like kynurenic acid, which have been measured within the blood and muscle following exercise. These beneficial changes have been found following endurance cycling, weight lifting and HIIT training.

Populations with additional metabolic conditions, like Type 2 diabetes, have also seen beneficial changes to tryptophan metabolites following a single exercise session.

Better yet, these improvements have been reported across different age groups, suggesting benefits for both younger and older populations.

So far, laboratory-based studies have largely used traditional exercise protocols like cycling and resistance training. However, being more physically active in general appears to improve your profile of these metabolites, meaning you don’t necessarily need to workout in a lab to see improvements.

While exercise shows a lot of promise as a source of mood enhancement and brain protection, research in this field is still growing. More work is required to understand the exact mechanisms at the molecular level that explain how and why exercise plays such an important role in regulating these metabolites.

Don’t sweat the small stuff; get sweaty!

Ultimately, exercise is a potent tool for contributing to improved mental health. There is strong evidence to support the use of exercise for stress management and production of extra feel-good hormones and metabolites which can aid in the management of mood disorders.

Exercise can also offer an important change of scenery, social outing or simply a dedicated distraction for a short period of time. These factors can be important for mental health. Group activities, like run clubs and pickle ball leagues, could serve as multipurpose mood enhancers.

So, while working out may feel like the very last thing you want to do, especially in the midst of a Canadian winter, the benefits are absolutely worth braving the cold for.

As with any factor of health, there is no “cure-all” approach. Exercise can be a powerful tool for the brain but may not be sufficient to manage complex mental health conditions. Decisions regarding treatment should always be made in consultation with a primary care provider. If you or someone you know needs mental health assistance please see the following resources.

The Conversation

Meghan McCue, Ph.D. received salary support as a post-doctoral researcher from a Canadian Institutes of Health Research (CIHR) project grant, and has previously received funding from the Canadian Cancer Society and the Canadian Partnership Against Cancer.

ref. The tryptophan switch? Why exercise boosts your mood – https://theconversation.com/the-tryptophan-switch-why-exercise-boosts-your-mood-275411

Digital media is using negativity to steal our attention — here’s how to reclaim it

Source: The Conversation – Canada – By Megan Shipman, Behavioural Neuroscientist and Fellow at the Cascade Institute, Royal Roads University

With the internet and its widespread accessibility, many of us have front-row seats to widespread suffering and death across the globe for the first time in history, even when we are not directly affected.

We’re living in what scholars describe as a “polycrisis” — a set of interconnected crises that compound and intensify one another. Climate change intensifies displacement and conflict, economic precarity fuels political extremism and public health emergencies expose structural inequality.

As a result, the future can feel more uncertain than ever. If you feel overwhelmed by the constant influx of bad news and find it difficult to focus on day-to-day tasks, that response is understandable.

But research in psychology and cognitive science suggests there are ways to fight back against this and reclaim your attention.


No one’s 20s and 30s look the same. You might be saving for a mortgage or just struggling to pay rent. You could be swiping dating apps, or trying to understand childcare. No matter your current challenges, our Quarter Life series has articles to share in the group chat, or just to remind you that you’re not alone.

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The business model of outrage

Developing a critical awareness of how digital systems operate is an important first step. This sense of overwhelm is deliberately amplified by the way digital platforms and their profit-driven algorithms are designed.

Many of us go online to cope with stress or to escape, but the content that captures our attention most effectively often makes it worse.

Content that provokes anger, fear or moral outrage generates higher engagement. Negative headlines tend to attract more clicks than positive ones, creating incentives for media outlets to push content that increases engagement.

One study found that social media users are nearly twice as likely to share negative news articles that evoke strong negative emotions. Each interaction — a like, share or comment — signals to algorithms that similar content should be shown again. Increased engagement also reinforces users’ continued posting of negative material.

The result is a positive feedback loop in which emotionally charged content is amplified, often leading to the spread of misinformation and sowing of conflict.

Your brain in a 24/7 threat environment

Part of why we are so drawn to outrage lies in human neurobiology. Studies show that we choose to read more negative or cynically framed news stories even when positive stories are also available.

Much of this is just how humans have been wired: we evolved to pay attention to the most threatening stimuli. From a very early age, we show a biased attention toward spiders, snakes and threatening faces, which activate an acute stress response from the sympathetic nervous system and trigger a fight-or-flight response.




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However, we have only just recently started living in a world where negative stimuli are constantly at our fingertips. Digital media now intentionally uses these neural biases to hijack our attention for profit.

At the same time, we can only pay attention to so much at once. Our cognitive capacity is limited by what psychologists call our perceptual load.

If you’ve ever tried to work in an environment with many distractions — like in an office with construction next door — or attempted to juggle multiple tasks at once, you have experienced how quickly your attention can fragment. Multitasking typically results in poorer performance across tasks.

Doomscrolling and the stress spiral

This is where doomscrolling enters the picture. Doomscrolling refers to compulsive scrolling through negative news on digital platforms.

An unlimited stream of negative information that our brains must both react to (through sympathetic arousal) and sort through (perceptual load) can lead to information overload and chronic stress.

Stress and perceptual load interact to worsen our attention and diminish performance on certain attention-demanding tasks, suggesting that each utilize similar attentional resources.

You may find yourself in a vicious cycle: stress impairs your attention and task performance, leading to more stress, which then worsens your attention. You may then reach for your phone seeking distraction or relief, only to encounter more alarming content.

Research shows doomscrolling is more likely to cause psychological distress and worsen mental well-being, since the content that we are using to distract ourselves is often negative.

How to reclaim your attention

In the face of our current global polycrisis, the algorithmic manipulation of our emotions poses a serious challenge. If you want to interrupt this cycle, research suggests there are several practical steps you can take.

First, try to reduce time online. A particularly healthy time to be screen-free is before bed as screens can negatively impact sleep. Notably, poor sleep can lead to stress, and high stress can impair sleep.




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How a mindful hobby could help you break your after-work ‘doomscrolling’ habit


Second, replace screen time with new hobbies. Behavioural economics shows that reducing unwanted behaviour, such as drinking alcohol, may be easier when people engage with other activities they enjoy. Ride a bike, do a puzzle or take a cooking class.

Third, reduce stress through exercise, meditation or spending time with friends to break the negativity cycle. Form new, healthy habits that bring you joy.

But perhaps the most important step is simply becoming more aware of the behind-the-scenes forces vying for our attention that exploit our most visceral emotions. While we shouldn’t completely disengage from the news media, we need to better equip ourselves to defend against these threats to our attention and well-being.

The Conversation

Megan Shipman is affiliated with Cascade Institute

Zachary Pierce-Messick receives funding from The National Institute on Drug Abuse (NIDA) and is a postdoctoral research fellow (T32DA007209)

ref. Digital media is using negativity to steal our attention — here’s how to reclaim it – https://theconversation.com/digital-media-is-using-negativity-to-steal-our-attention-heres-how-to-reclaim-it-274101

What pet cats can tell us about human cancer

Source: The Conversation – Canada – By Geoffrey Wood, Professor, Co-Director, Institute for Comparative Cancer Investigation, University of Guelph

Pet cats get cancer at a rate similar to humans and often develop the same types of cancer. (Unsplash/Andy Quezada)

They live in our houses, drink our water and even sleep in our beds. Cats have become an integral part of many households and share much of our lives.

They also share much of their biology with humans. Pet cats get cancer at a rate similar to humans and often develop the same types of cancer. Just like in humans, as health care and diets have improved, cats are living longer, which puts them at a higher lifetime risk of cancer.

a dark grey cat in a garden
Cats have become an integral part of many households and share much of our lives. They also share much of their biology with humans.
(Geoff Wood)

But how similar are cat cancers to human cancers at the genetic level? Research colleagues and I have conducted the largest-ever cancer DNA sequencing study of cat tumours. Our research reveals striking similarities between feline and human cancers, and the results reveal benefits for cats as well as humans.

Newly published work from our international collaboration studied the tumours of 500 cats, including 13 different tumour types. We isolated DNA from these tumours, and mapped the sequence of 1,000 genes that are often found mutated in human cancers.

Cat and human cancers

Overall, the most commonly mutated gene was a cancer protective gene called TP53, which is also the most commonly mutated gene in human cancers. Another example is the gene PIK3CA, which is mutated in about 40 per cent of human breast cancers and was found to be altered in about 50 per cent of cat mammary cancers.

There are drugs that have been specifically developed to work on human cancers with certain mutations like those in PIK3CA. Now that we know what mutations are common in cat cancers, there is an opportunity to test these drugs for treating cats.

How do we study cancer in cats? Since 2009, the Ontario Veterinary College’s Veterinary Biobank, part of the Institute for Comparative Cancer Investigation at the University of Guelph, has been banking samples of tumours from cats treated at the Animal Cancer Centre.

With owner consent, part of a cat’s tumour that is already being removed during surgery is saved and frozen for future studies. Also banked are blood samples, which serve as a resource for developing more non-invasive cancer tests using cancer-associated molecules found in blood.

Recently, the Veterinary Biobank has joined the Ontario Biobanks consortium of human biobanks to help facilitate more cross-species cancer studies. In addition, cancer clinical trials are being conducted in cat and dog patients to help translate research findings into better outcomes for pets with cancer, and to better inform us about human cancers as well.




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Cats can potentially teach us quite a lot about human cancer. There are several cancers or cancer subtypes that are common in cats but rare in humans. “Triple negative” breast cancer — which lacks estrogen receptors, progesterone receptors and a growth factor receptor called HER2 — is by far the most common subtype in cats. However, it accounts for only 15 per cent of human breast cancers.

This subtype tends to occur in younger women, Black women and women with an inherited genetic predisposition (BRCA1 gene mutation) and is particularly aggressive and hard to treat.

Another example is pancreatic cancer. The acinar subtype that cats get most commonly is relatively rare in humans. Studying these rare human subtypes is potentially easier to do in cats as there are more cases.

Our cat sequencing study also found a few differences in mutation patterns between cat and human cancers. About 25 per cent of human cancers have mutations in RAS genes, whereas RAS mutations are rare in cat cancers. Studying these cancers in cats can help us to understand the biology of RAS genes in cancer.

Cat and mouse genomes

Cancer charities and agencies that provide grants to study human health routinely support studies that use rodent models of human cancer, but studying cancer in other species has been a harder sell.

Rodent models are either genetically engineered to develop cancer or are engineered to have a severely deficient immune system so that they can host human cancer cells.

These models are very powerful for examining the molecular mechanisms of cancer but have a poor track record for developing cancer drugs. More than 90 per cent of new cancer treatments developed using mouse models fail in human cancer trials and are never approved for clinical use.

In stark contrast, cat cancers frequently develop spontaneously in the same environment as humans. They also often have many of the same underlying or co-occurring medical conditions as humans, such as obesity, autoimmune diseases, kidney disease, diabetes and various other endocrine disorders.

Cat and human genomes are much more similar than mouse and human genomes, and the organization of cat genomes (the order of genes on the chromosomes) is much closer between cats and humans than between dogs and humans.

The (human) Cancer Genome Atlas is a massive open-access resource of mutations found in different types of cancer. Until now, no such resource existed for cats.

The data from our recent publication is available through the Wellcome Sanger Institute and will serve as a fundamental — and free — resource for researchers studying cancer in cats and humans for the benefit of both species.

The Conversation

Geoffrey Wood receives funding from the Natural Sciences and Engineering Research Council of Canada, Pet Trust, and the Ontario Institute for Cancer Research.

ref. What pet cats can tell us about human cancer – https://theconversation.com/what-pet-cats-can-tell-us-about-human-cancer-276620

Why we ignore the warnings that could save us

Source: The Conversation – Canada – By Brodie Ramin, Assistant Professor, Faculty of Medicine, L’Université d’Ottawa/University of Ottawa

You are driving fast, maybe too fast, on a highway at night. Maybe it’s snowing, or raining, or your eyes are glazing over as you feel the fatigue of a long day set in, or maybe your phone dings and you look down for an instant. Suddenly the car in from of you stops and you hit the brakes. You feel your tires skid and for a second, you are sure you have crashed.

But then: Nothing.

You stopped just in time. Heart pounding, you exhale. You are shaken but also impressed by your speedy reflexes. You think to yourself: No harm done.

But harm nearly done. And that’s the problem.

Near-misses like this often disappear from our minds as fast as they happen. But they are the most valuable safety information we have. People, organizations and societies often fail to prevent disasters, not for lack of warnings, but because they don’t take near misses seriously.

Safety scientist James Reason saw near misses as “immunizations” for a safety system, chances to detect and fix underlying vulnerabilities before real harm occurs. But too often, we waste these chances. We get lucky, and instead of investigating or analyzing what went wrong, we move on.

My interest in near-misses comes from practising medicine and from my research into the history of disasters and system failures, work that informed my book Written in Blood. Studying accidents across fields, from fires to transportation to health care, shows that warning signs are often visible long before catastrophe strikes.

Luck is not a strategy

Take something as mundane as your phone. In late 2025, Apple released iOS 26.1, a routine software update. Except it wasn’t routine. It patched multiple critical vulnerabilities that could have allowed attackers to seize control of iPhones. Had hackers succeeded, millions of users’ data and privacy could have been compromised. And while some phones probably had been hacked, for most people, the crisis was avoided.

In health care, near-misses are common: A medication nearly given to the wrong patient but caught in time, or a surgical tool counted incorrectly but found before the patient’s incision is closed. These are serious signals, but too often they go unreported. The majority of health-care workers fail to report near misses due to fear of blame, lack of feedback or the false belief that no harm means no problem.

Often, staff in health care don’t even realize a near-miss has occurred. If we’re not looking for near-misses, we are nearly guaranteed not to learn from them.

Transportation shows the same pattern. Near-collisions on icy highways. Trains braking just before overshooting a signal. Aircraft diverting after onboard systems detect a mechanical fault mid-flight. In aviation and rail, these close calls are treated as data. In many other sectors, they are dismissed as background noise. But the data is there.

A recent Canadian Automobile Association (CAA) study found that at just 20 monitored intersections, more than 610,000 “near-miss” incidents — close calls between vehicles and pedestrians or cyclists — were recorded from September 2024 to February 2025.

Our systems are sending signals. Every time we get lucky is a chance to learn — a chance to build better layers of defence; a chance to prevent the next tragedy. Near-misses aren’t false alarms. They’re the most honest feedback a system gives: The future, whispering in the present.

Our brains aren’t wired for prevention

So why don’t we learn from close calls?

Psychologists have long understood the human brain is terrible at processing invisible risks. We overreact to dramatic events but underreact to near-misses. We confuse luck with safety. And we discount what “almost” happened.

Three psychological traps are especially pernicious:

  1. Availability bias: We remember big disasters, but not the hundreds of times catastrophe was narrowly averted. This skews our risk radar.
  2. Confirmation bias: We assume a system is safe because it didn’t fail. But many systems survive not because they’re strong, but because nothing has lined up to break them — yet.
  3. Optimism bias: We know bad things happen to other people but assume our skill or luck will protect us.

Reason’s “Swiss cheese” model describes how disasters happen when weaknesses in multiple layers of defence align. A near miss is when they almost line up and something, often by chance, blocks the path. But unless we plug those holes, the next time, we might not be so lucky.

There are exceptions. Aviation, nuclear energy and air traffic control, so-called “high-reliability organizations,” understand this. Ideally, they treat every close call as a data point. They institutionalize reporting. They never forget to be afraid.

These organizations cultivate a chronic unease, a kind of productive paranoia. It’s not pessimism; it’s realism. They know that systems often drift toward failure unless they’re constantly corrected. That mindset is why they’re among the safest sectors in the world.

Imagine if we brought that mindset to more sectors — if every phishing text that almost fooled someone became a reason to upgrade security, if every minor medical error was reviewed like a crash. The price of ignoring near-misses is always paid eventually — in insurance claims, infrastructure failures, lawsuits and preventable grief.

What you can do now

If near-misses are warning flares, the simplest step is to stop ignoring them. When something almost goes wrong, the instinct is often to shrug it off as luck. But luck is data. It is evidence that a system came close to failing.

The real lesson of near-misses is that they allow us to learn without paying the full price of disaster. Aviation, nuclear power and other high-risk industries have built entire safety systems around studying these moments.

We should treat them the same way in everyday life: on the road, at home and at work. Notice them. Talk about them. Fix the conditions that made them possible.

Because the goal is not simply to avoid disaster. The goal is to learn from the moments when things almost go wrong.

The Conversation

Brodie Ramin does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Why we ignore the warnings that could save us – https://theconversation.com/why-we-ignore-the-warnings-that-could-save-us-277356

Paléoneurologie : une avancée majeure pour comprendre le cerveau de nos ancêtres

Source: The Conversation – France in French (3) – By Antoine Balzeau, Paléoanthropologue, Muséum national d’histoire naturelle (MNHN)

Comment reconstituer le cerveau de nos ancêtres alors que cet organe mou ne se fossilise pas ? Depuis plus de cent cinquante ans, les chercheurs tentent de relever ce défi. Faute de cerveau fossilisé, ils s’appuient sur le seul vestige disponible : la surface interne du crâne, appelée endocrâne.

Sur cette paroi, certaines marques sont visibles. Elles pourraient, en partie, refléter la forme des différentes régions cérébrales. Toutefois, jusqu’à présent, cette hypothèse n’avait jamais été démontrée de manière scientifique.

Membres d’une équipe internationale et pluridisciplinaire, mes collègues et moi-même avons décidé d’apporter une réponse nouvelle et décisive à cette question centrale. Nos travaux ont permis d’élucider les liens entre l’empreinte interne du crâne et la forme du cerveau.

Ces résultats inédits pourraient devenir la « pierre de Rosette de la paléoneurologie » (la discipline qui étudie l’évolution du cerveau humain à partir des fossiles). En effet, en limitant les risques d’erreurs d’interprétation dans l’étude des fossiles, ils permettront de mieux comprendre l’histoire évolutive de notre cerveau.

Ces recherches ouvrent de ce fait la voie au décryptage des liens entre l’anatomie cérébrale et l’émergence de certains comportements.

Comment cette découverte a-t-elle été rendue possible ?

Nous avons comparé, chez 75 volontaires, la forme du cerveau et celle de son empreinte interne. Pour cela, nous avons eu recours à une approche innovante combinant imagerie par résonance magnétique (IRM) du cerveau et du crâne.

Les données ont été acquises sur la plateforme de neuroimagerie CENIR de l’Institut du cerveau et analysées à l’aide d’outils issus des neurosciences, développés par le laboratoire NeuroSpin.

Les résultats de notre étude montrent que les marques observées sur les endocrânes ne correspondent pas toujours directement aux sillons cérébraux. Les empreintes sont plus complexes qu’on ne le pensait initialement. Contrairement aux représentations classiques, elles sont souvent courtes, discontinues et irrégulières.

Vue latérale droite de l’ensemble des empreintes liées aux sillons cérébraux observées sur les 75 endocrânes
Vue latérale droite de l’ensemble des empreintes liées aux sillons cérébraux observées sur les 75 endocrânes, b. Vue supérieure ; c. Vue latérale droite de l’ensemble des MNAS (marques endocrâniennes non associées aux sillons cérébraux) observés sur les 75 endocrânes, d. Vue supérieure.
Victor Giolland, CNRS/MNHN, projet ANR Paleobrain, Fourni par l’auteur

Elles se concentrent principalement dans les régions inférieures du crâne, qui correspondent notamment aux lobes frontaux inférieurs et aux lobes temporaux. Ces régions sont particulièrement importantes, car elles abritent plusieurs zones fondamentales pour la production du langage.

Plus surprenant encore, environ 12 % des marques observées ne sont pas liées au cerveau, mais à d’autres structures du crâne. Ces marques, appelées « marques endocrâniennes non associées aux sillons cérébraux » (MNAS), peuvent facilement être confondues avec des traces cérébrales. Elles risquent ainsi de conduire à des erreurs d’interprétation dans l’étude des fossiles.

Pourquoi cette découverte est-elle importante ?

Il s’agit d’une étape clé pour mieux comprendre l’histoire évolutive de notre cerveau. Jusqu’à présent, l’interprétation des moulages internes de crânes reposait sur une approche déductive : les chercheurs comparaient ce qu’ils observaient sur un cerveau actuel — ou dans un atlas cérébral — avec les reliefs visibles sur l’endocrâne fossile.

Nos résultats posent les bases d’une méthode standardisée pour « relire » les endocrânes fossiles dont nous disposons, selon les principes suivants :

  • une description précise des marques, fondée sur les premières données objectives disponibles ;
  • une comparaison systématique entre individus ;
  • une validation croisée par plusieurs spécialistes.

Cette approche vise à limiter les surinterprétations et à mieux identifier les régions cérébrales chez les espèces humaines disparues.

En apportant enfin des données objectives sur le lien entre cerveau et endocrâne, cette étude transforme en profondeur la manière d’interpréter les fossiles. Elle offre aux chercheurs un nouvel outil pour explorer l’histoire de notre cerveau et, à travers elle, l’histoire de ce qui fait notre humanité.

Quelles sont les perspectives de ces travaux ?

Ces avancées ouvrent des perspectives majeures pour comprendre l’évolution du cerveau humain, notamment l’émergence des capacités cognitives complexes, du langage et de la latéralisation cérébrale (autrement dit, les différences fonctionnelles entre les deux hémisphères du cerveau).

Nous analysons actuellement de nombreux fossiles provenant des quatre coins du monde afin d’affiner la lecture de leur morphologie cérébrale. Cette démarche permettra de mieux apprécier la diversité des structures cérébrales présentes chez nos ancêtres.

Après avoir ainsi « reconstitué » les cerveaux des humains préhistoriques, l’étape suivante consistera à les « faire parler ». Elle est au cœur de notre second projet financé par l’Agence nationale de la recherche (ANR), dont l’objectif est de décrypter la relation entre l’anatomie cérébrale et des comportements tels que la latéralisationLa latéralisation désigne le fait que la partie droite du corps est globalement dirigée par l’hémisphère gauche du cerveau, et vice versa., la préférence manuelleLa préférence manuelle désigne le fait que les humains sont en général plus adroits avec une main qu’avec l’autre, il y a environ 90 % de droitiers. ou encore la dextérité chez les homininesUn consensus existe pour considérer que le principal caractère commun des hominines est la bipédie. Ainsi, les hominines comprennent le genre humain (tous les fossiles attribués à Homo et les humains actuels), les australopithèques, paranthropes, ardipithèques et autres Orrorin ou Sahelanthropus..

Les comportements et les capacités cognitives ne pouvant être étudiés que chez les êtres vivants, nous avons conduit une expérience in vivo unique. Nous avons recueilli par IRM des données complémentaires de la tête d’un large échantillon de volontaires, qui se sont aussi soumis à des tests détaillés de latéralisation comportementale. Il s’agissait par exemples d’expériences de saisie d’objets plus ou moins gros avec une main, puis l’autre, des exercices de rapidité pour enlever des petites tiges de leur support, d’utilisation d’une pince pour collecter des noisettes, voire même une activité de collecte de miel dans un gros tube creux. Ce dernier test permet d’analyser l’usage respectif des deux mains et est un classique que l’on fait aussi réaliser aux chimpanzés ou gorilles !

L’analyse de cet ensemble de données apportera un éclairage nouveau sur les asymétries biologiques et comportementales. Elle offrira également des perspectives inédites pour caractériser et interpréter les particularités de l’humanité préhistorique.


Cet article est publié dans le cadre de la Semaine du cerveau, qui se tiendra du 16 au 22 mars 2026.
La conférence inaugurale nationale, dont le thème est « Stéréotypes : comprendre leurs mécanismes pour mieux s’en affranchir », aura lieu le mercredi 11 mars à 18 h 30 à l’Hôtel de Ville de Paris.


Les projets « PaleoBrain » et « PaleoBrain 2 »(https://anr.fr/Projet-ANR-25-CE27-5686) ont bénéficié du soutien de l’Agence nationale de la recherche (ANR), qui finance en France la recherche sur projets. L’ANR a pour mission de soutenir et de promouvoir le développement de recherches fondamentales et finalisées dans toutes les disciplines, et de renforcer le dialogue entre science et société. Pour en savoir plus, consultez le site de l’ANR.


Tout savoir en trois minutes sur des résultats récents de recherches, commentés et contextualisés par les chercheuses et les chercheurs qui les ont menées, c’est le principe de nos « Research Briefs ». Un format à retrouver ici.


The Conversation

Antoine Balzeau a reçu des financements de l’ANR.

ref. Paléoneurologie : une avancée majeure pour comprendre le cerveau de nos ancêtres – https://theconversation.com/paleoneurologie-une-avancee-majeure-pour-comprendre-le-cerveau-de-nos-ancetres-277106

Les jeux vidéo chinois : une nouvelle source de soft power pour Pékin ?

Source: The Conversation – France in French (3) – By Stéphane Aymard, Ingénieur de Recherche, La Rochelle Université

En quelques années, le jeu vidéo est devenu bien plus qu’un simple divertissement. Il représente aujourd’hui un secteur économique majeur et un espace d’expression culturelle à part entière. Alors que cette industrie gagne en puissance, certains États y voient un outil d’influence : la Chine, en particulier, en a fait un levier stratégique.


Le jeu vidéo est l’une des premières « industries culturelles et créatives » (ICC), définies par l’Unesco. Ces ICC regroupent les industries de la création, de la production et de la commercialisation de contenus culturels et immatériels (on parle parfois de « consommation d’expérience »). Les plus connues sont l’édition imprimée, le multimédia, la production cinématographique, audiovisuelle et phonographique, mais aussi l’artisanat et le design.

En pleine expansion, les ICC sont devenues un enjeu économique majeur. Et puisqu’elles sont aussi un moyen de diffusion de la culture des pays dont elles sont issues, elles suscitent donc un intérêt accru de la part des États.

Le phénomène touche tous les continents. Le jeu vidéo a récemment pris une place centrale dans le paysage des ICC, son poids économique étant désormais supérieur à celui du cinéma et de la musique. La Chine occupe une place singulière dans ce secteur, de plus en plus suivi par les autorités.

Un marché en plein essor où la Chine tient une place à part

L’industrie vidéoludique était estimée à 81,5 milliards de dollars (70 milliards d’euros) en 2014 au niveau mondial (à comparer au chiffre d’affaires de l’industrie cinématographique mondiale, proche de 40 milliards aujourd’hui). Aujourd’hui, elle est estimée à 189 milliards de dollars (163 milliards d’euros).

Voici une présentation des revenus estimés par pays en 2025, d’après les rapports annuels de l’Entertainment Software Association :

Revenus générés par l’industrie des jeux vidéo par pays.
Newoo.com

Dans certains pays, les revenus issus de l’industrie vidéoludique ont été multipliés par cinq (aux États-Unis, ils sont passés de 9,5 milliards de dollars en 2007 à près de 50 milliards aujourd’hui). L’évolution des consoles, des ordinateurs et des smartphones a, en effet, offert des possibilités diversifiées et démultiplié le potentiel des jeux vidéo.

Si en 2016, les États-Unis étaient en tête avec des revenus de 46,4 milliards de dollars devant la Chine (44 milliards) et le Japon (19 milliards), la situation a changé avec l’explosion du nombre de joueurs. En raison de sa population importante, la Chine est passée en tête, creusant l’écart entre elle et les autres pays. Néanmoins, la population ne fait pas tout : l’Inde, par exemple, ne figure pas dans le Top 10.

Si l’on rapporte les revenus au nombre de joueurs, le Japon est en tête avec 237 dollars par joueur, devant les États-Unis (221 dollars), loin devant la France (102 dollars) et la Chine (74 dollars).

Parallèlement, les performances à l’international des jeux développés en Chine sont de plus en plus importantes, avec 22 milliards de dollars (plus de 19 milliards d’euros) de revenus générés en 2025, principalement via les jeux sur smartphone : 33 éditeurs chinois sont classés dans le Top 100 mondial. L’intelligence artificielle vient accélérer le développement de l’industrie, avec le soutien des autorités politiques.

Mais les revenus doivent être examinés avec précaution. En effet, les bénéficiaires finaux ne sont pas forcément situés dans le pays. Entre les vendeurs de plateformes (consoles) et les vendeurs de jeux (créateurs), bon nombre de bénéficiaires sont américains, japonais ou français :

Consoles les plus vendues au monde depuis 2005.
Wikimedia

Les consoles les plus vendues sont japonaises (depuis vingt ans, Sony et Nintendo concentrent à eux seuls près de 80 % des ventes de consoles) et américaines (Microsoft). Aucune entreprise chinoise n’est présente sur le marché des consoles. Mais ces chiffres ne prennent pas en compte les jeux sur d’autres types de plateformes (ordinateurs PC et smartphones) où la Chine occupe une place importante.

Par ailleurs, le chiffre d’affaires relatif généré par les consoles est nettement inférieur à celui généré par les jeux. Le tableau ci-dessus indique que 1,3 milliard de consoles ont été vendues en vingt ans, soit 65 millions par an ; cela donne un chiffre d’affaires de 15 milliards à 20 milliards par an seulement. L’enjeu principal se situe donc dans les jeux vidéo eux-mêmes, qui concentrent à la fois la valeur culturelle et les ressources financières les plus importantes du marché.

Autrefois, les coûts de développement des jeux vidéo étaient très faibles. Aujourd’hui, compte tenu du potentiel technique (puissance de calcul, capacités graphiques) et des exigences des joueurs, les jeux les plus vendus nécessitent des coûts importants de développement :

Les jeux vidéo les plus coûteux depuis 2005.
Wikimedia

Les jeux classés AAA (terme pour désigner l’équivalent d’un « blockbuster ») demandent plusieurs années de développement et leur coût peut représenter jusqu’à plusieurs centaines de millions de dollars (certains jeux ont coûté plus cher à produire que des films comme Avatar, ou Pirates des Caraïbes…). Le marché est dominé par les États-Unis, et la Chine n’apparaît pas dans la liste ci-dessus.

Cela étant, il existe quelques exceptions, avec notamment l’entreprise chinoise miHoYo, fondée en 2012, qui a produit les jeux Genshin Impact en 2020, puis Honkai Academy 2, Honkai Impact 3rd, Honkai: Star Rail et Zenless Zone Zero. Certains ont coûté plusieurs centaines de millions de dollars en production ; c’est le cas de Genshin Impact, qui a attiré plus de 300 millions de joueurs. Le jeu existe en version chinoise et en version mondiale. D’ailleurs, le chiffre d’affaires des jeux développés en Chine sur les marchés étrangers a atteint 9 milliards de dollars, principalement aux États-Unis (un tiers des ventes), devant le Japon et la Corée.

Alors que le marché mondial du jeu vidéo voit sa croissance ralentir et les éditeurs sur consoles et PC misent tout sur quelques « blockbusters » pour équilibrer des coûts de production devenus trop importants, le marché chinois des jeux vidéo, lui, ne stagne pas. Au premier semestre 2025, il a enregistré une hausse de 14 %, contre 4 % pour le reste du monde.

L’e-sport (pratique de jeux vidéo en compétition) pourrait également relancer l’industrie. La finale des championnats du monde de League of Legends 2024 a réuni près de 7 millions de spectateurs en simultané (hors audience chinoise).

Un marché sensible en termes politiques

Au-delà des aspects financiers, le secteur du jeu vidéo soulève des questions liées à la stratégie d’influence.

Récemment, l’entreprise française de développement de jeux vidéo Ubisoft a été sollicitée pour la reconstruction de Notre-Dame de Paris après l’incendie de 2019, en raison de la modélisation complète de la cathédrale réalisée pour son jeu vidéo Assassin’s Creed Unity en 2014, sans toutefois que ce projet aboutisse. Cette modélisation détaillée avait pris quatorze mois et cinq mille heures de travail. L’entreprise dispose en effet d’historiens qui ont permis une modélisation fidèle de la cathédrale en l’an 1789.

Par ailleurs, Ubisoft a fait un don de 500 000 euros pour la reconstruction, et a mis en place un système de visite virtuelle permettant de visualiser l’intérieur de la cathédrale telle qu’elle avait été modélisée par les ingénieurs de l’entreprise avant l’incendie. On voit ainsi le lien entre jeux vidéo et patrimoine culturel.

D’autre part, l’industrie vidéoludique dispose de plateformes communautaires permettant des échanges (feedbacks) et un développement croisé du jeu entre joueurs et concepteurs. Les communautés de joueurs participent donc également à la production de jeux en contribuant bénévolement au développement (testeurs, expertise), à des mods (c’est-à-dire des modifications de jeux existants), ou encore au service après-vente et à la diffusion (blogs, réseaux sociaux).

Les messages véhiculés par les jeux vidéo pour exercer un soft power sont assez anciens et subjectifs. En 2002, l’armée américaine diffusait gratuitement America’s Army (AA), sorte de Call of Duty, dans le but de recruter. Energyville, développé en 2007 par Chevron, faisait la promotion du pétrole et du gaz naturel. Le Japon a également fait la promotion de sa culture avec Ghost of Tsushima.

La Chine a ainsi investi ce secteur à la fois pour des raisons commerciales classiques, mais aussi pour y trouver une expression de soft power et un moyen de rattraper le retard sur les films hollywoodiens, la musique américaine ou les dessins animés japonais, qui sont des exportations culturelles majeures au niveau mondial.

Tencent, la fameuse entreprise chinoise, s’est imposée récemment comme un leader mondial de l’industrie du jeu vidéo, non seulement en produisant des jeux mais aussi en achetant et en investissant dans d’autres sociétés. D’abord spécialisé dans les jeux en ligne, Tencent a acheté en 2015 Riot Games (le producteur de League of Legends, célèbre notamment pour l’organisation de grands tournois) et poursuit son développement sur le marché des jeux sur smartphones, réalisant sur les jeux en ligne un chiffre d’affaires de plus de 2 milliards d’euros, supérieur à ceux des géants américains Activision ou Electronic Arts.

Dans la démarche de Tencent, on note l’intégration d’éléments culturels chinois dans l’expérience des jeux (par exemple la célébration du nouvel an chinois). Ainsi, la méthode ne passe pas par des messages ou par de la « propagande » mais par l’histoire, la mythologie et l’art chinois. Le jeu Honneur des rois – parmi les plus joués au monde – est symbolique car il consacre une part importante à la mythologie chinoise. On retrouve également la mythologie dans Fortnite ou Black Myth: Wukong, ce qui permet de présenter au monde l’histoire de la Chine de façon divertissante.

Dans Genshin Impact, par exemple, une région du jeu (Liyue), est une ville portuaire et commerçante, qui pourrait être inspirée de Chongqing, présentant à la fois une architecture traditionnelle chinoise et des constructions modernes. Le parc national de Zhangjiajie (province de Hunan), classé à l’Unesco, aurait également servi d’inspiration avec ses pics couverts d’arbres, tout comme les bassins d’autres scènes, inspirés des bassins de Huanglong dans le Sichuan, également classés à l’Unesco, ou encore les rizières en terrasses inspirées de Honghe Han dans le Yunnan, là encore classées à l’Unesco.

Ville de Liyue, Genshin Impact.

Rizières en terrasses, Genshin Impact.

L’utilisation par la Chine des jeux vidéo pour accroître son soft power s’inscrit dans le concept de Route de la soie digitale (DSR), les infrastructures numériques (fibres optiques, réseaux 5G, commerce électronique…) étant liées et conçues comme un ensemble.

Aujourd’hui, la liste des meilleurs jeux vidéo chinois présentent des royaumes mythiques (Black Myth: Wukong), des jeux de stratégie ou encore des jeux de société anciens. Ainsi, derrière Genshin Impact, Honkai: Star Rail, Honor of Kings (le plus joué en Chine avec 100 millions d’utilisateurs quotidiens), ou Black Myth: Wukong, on trouve Where Winds Meet (arts martiaux avec un accent sur l’architecture, les vêtements et les coutumes), Total War: Three Kingdoms (créé avec des consultants culturels chinois). On l’aura compris : pour appréhender les jeux chinois, il faut noter le volet culturel, le récit, l’esthétique, les traditions littéraires et philosophiques.

Deux genres sont souvent mis en avant : le Wuxia (arts martiaux de la Chine ancienne basés sur des valeurs comme l’honneur, la droiture, la justice… avec des décors issus des anciennes dynasties) ; et le Xianxia (genre fantastique basé sur le spirituel, imprégné de mythologie taoïste, avec niveaux de puissance progressifs et maîtrise des éléments). En outre, les jeux traditionnels comme le go, le mahjong ou les échecs chinois ont trouvé une seconde jeunesse grâce aux jeux vidéo.

Erlang Shen, dieu de la mythologie chinoise.
Capture d’écran, Black Myth Wukong
Where Winds Meet, capture d’écran.

Source d’inquiétudes

Les jeux vidéo permettent à la Chine de faire coup double : être présente sur un marché mondial très lucratif et beaucoup plus accessible que le cinéma (où Hollywood laisse peu de place aux autres pays), et véhiculer une image redorée de la Chine, basée sur des valeurs, des coutumes et une esthétique universellement appréciées.

Néanmoins, certains soupçons commencent à apparaître sur la possibilité que ces jeux servent à collecter des données des utilisateurs. League of Legends par exemple, racheté par Tencent, permet de collecter des données comportementales, vocales, sociales… On retrouve les mêmes tendances que pour les réseaux sociaux du type TikTok, si bien que le Committee on Foreign Investment in the United States (CFIUS) vient d’inclure les jeux vidéo dans son champ d’action, avec des actions visant à compartimenter les serveurs et à séparer les bases de données. On sent naître aujourd’hui une compétition à l’échelle mondiale, pour la « domination culturelle » que l’on croyait acquise aux États-Unis.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Les jeux vidéo chinois : une nouvelle source de soft power pour Pékin ? – https://theconversation.com/les-jeux-video-chinois-une-nouvelle-source-de-soft-power-pour-pekin-275737