Pobreza y desigualdad en Guatemala: un problema de siglos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Iker Saitua, Associate Professor, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Vendedoras de frutas y verduras en el mercado central de Ciudad de Guatemala. Giongi/Shutterstock

Aunque Guatemala cuenta con suelos fértiles, recursos mineros e hidroeléctricos, según datos del Banco Mundial es un país pobre: alrededor del 10 % de la población vive con menos de 3 dólares al día, y el 56 % de la población vive en hogares cuyos ingresos no alcanzan el umbral necesario para cubrir las necesidades básicas. Es uno de los porcentajes más altos de Centroamérica.

Guatemala no es pobre por mala suerte ni por falta de recursos, sino porque sus instituciones fueron diseñadas para extraer riqueza, no para crearla. Y ese diseño lleva funcionando desde la Conquista, como documentaron los economistas Daron Acemoglu y James Robinson en 2012 en su libro Por qué fracasan los países.

Tras la independencia, y reforzado por las reformas liberales de finales del siglo XIX –que promovieron la creación de latifundios cafetaleros y un sistema de trabajo forzado para la población indígena–, el poder político y económico quedó concentrado en una minoría. En 1944, la Revolución de Guatemala puso fin a décadas de gobiernos dictatoriales e intentó alterar ese equilibrio mediante reformas laborales y agrarias. Pero, aunque el sistema político se abrió, las élites lograron adaptarse y conservar una influencia decisiva sobre el Estado.

Instituciones que extraen

Acemoglu y Robinson distinguen entre dos tipos de instituciones (entendidas como las reglas del juego que rigen el funcionamiento de una economía): las inclusivas, que distribuyen oportunidades ampliamente y generan crecimiento, y las extractivas, organizadas para concentrar la riqueza en manos de una élite a costa del resto.

Guatemala es, para estos autores, un claro ejemplo de economía extractiva en el hemisferio occidental.

Los datos lo confirman. Desde 1980, Guatemala recauda impuestos equivalentes a poco más del 12 % de su PIB, una cifra que en cuatro décadas ha permanecido casi inamovible mientras Colombia ha pasado del 10 al 22 %, y Ghana ha cruzado y superado a Guatemala. La media latinoamericana actual sobrepasa el 21 %.

El índice de democracia igualitaria de V-Dem –que mide en qué medida el poder político está distribuido por igual entre grupos sociales– sitúa a Guatemala en 0,30 sobre 1 en 2024, frente a una media mundial de 0,37.




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La trampa del talento exportado

El dato más revelador sobre el fracaso institucional guatemalteco está en las remesas. En 2024, según los datos del Banco de Guatemala, los guatemaltecos emigrados enviaron a sus familias más de 25 000 millones de dólares, el 21,1 % del PIB nacional. Más que la inversión extranjera directa y que los ingresos por exportaciones.

Esto no habla de falta de capacidad, sino de una economía que no puede absorber productivamente a su propia población. Así, el talento no desaparece: se exporta.

Por qué las reformas no funcionan

Guatemala ha intentado reformarse repetidamente: en 1944 (cuando se abrió una etapa de profundas reformas sociales), en 1985 (la transición a la democracia tras décadas de gobiernos militares), en 1996 (los Acuerdos de Paz que pusieron fin al conflicto armado interno) y en 2015 (las movilizaciones anticorrupción que forzaron la renuncia del presidente Otto Pérez Molina). Estos episodios abrieron ventanas de reforma que no lograron alterar de forma duradera las estructuras de poder. Cada intento ha sido absorbido, revertido o capturado antes de producir un cambio duradero. ¿Por qué?

El politólogo Paul Pierson lo explica con el concepto de dependencia de trayectoria (path dependence): las instituciones generan ventajas que se refuerzan a sí mismas. Cuanto más tiempo lleva funcionando un sistema extractivo, más actores organizan sus intereses a su alrededor y más caro resulta cambiarlo. No porque el sistema sea bueno, sino porque se instaló primero.

En 2019, según la UNODC, el 25 % de los guatemaltecos que tuvieron contacto con un funcionario público afirmaron que se les pidió pagar, y en algunos casos pagaron, un soborno. En el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparency International, Guatemala obtiene 26 puntos sobre un máximo de 100 y ocupa el puesto 142 de 182, situándose en el tercio inferior del ranking mundial.

El FMI subrayó en 2024 la urgencia de que Guatemala avance en reformas estructurales, advirtiendo de que su implementación “no puede esperar”.

Salir del hoyo

Acemoglu y Robinson no son deterministas. Documentan casos en que la trampa se rompió: Corea del Sur, Botsuana, Estonia. En todos ellos hubo una coalición amplia con intereses genuinos en instituciones inclusivas y una coyuntura que alteró el equilibrio de poder de forma suficientemente profunda.

Una permanente situación de pobreza no tiene por qué ser el destino del país. Pero tampoco se sale del hoyo sin entender por qué se cayó en él.

The Conversation

Iker Saitua no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Pobreza y desigualdad en Guatemala: un problema de siglos – https://theconversation.com/pobreza-y-desigualdad-en-guatemala-un-problema-de-siglos-278624

¿Es compatible la crianza positiva con una mala comunicación en pareja?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco José Rubio Hernández, Profesor de métodos de investigación y diagnóstico en educación, Universidad Autónoma de Madrid

fizkes/Shutterstock

Una noche cualquiera, una madre atiende con paciencia y cariño a su hija de 7 años a quien acompaña para irse a la cama contándole un cuento. Su padre le da las buenas noches tras charlar con ella brevemente sobre las anécdotas del día y planes para el fin de semana en familia. Pasados unos minutos, en la cocina, el tono entre los dos progenitores cambia radicalmente. Uno recrimina al otro alguna tarea no realizada y la respuesta es claramente defensiva y hostil. Para ellos es una interacción habitual cuando la niña no está presente, no se trata de una discusión por un motivo importante.

Esta forma de comunicación negativa es habitual en muchos hogares españoles, según hemos podido observar en nuestro estudio reciente entre 310 padres y madres de la región de Murcia. En una cultura como la española, que suele valorar el papel de la familia como un espacio de afecto y comprensión, la convivencia diaria, el estrés y la falta de tiempo parecen moldear patrones comunicativos muy distintos.

Y lo más interesante es que simultáneamente los progenitores sí despliegan altos niveles de cariño, apoyo y comunicación positiva hacia los hijos. Esta paradoja –mucho afecto hacia los hijos, poca calma entre los adultos– es una de las claves de la dinámica familiar actual.

Cuando discutir se convierte en hábito

En España, distintos estudios han evaluado la comunicación en la pareja midiendo niveles de respeto, calidad del diálogo o habilidades de gestión de conflictos. Algunos de sus resultados apuntaron cuestiones de interés tales como:

  • El estilo comunicativo negativo obtuvo las puntuaciones más altas entre los participantes.

  • Muchos progenitores reconocieron que gritan cuando discuten, insultan en momentos de tensión y muestran poca paciencia.

  • También se identificó la tendencia a comunicar antes lo negativo que lo positivo respecto a la pareja.

Estas respuestas no representan casos aislados: constituyen el patrón más frecuente. En las parejas con más de 40 años juntas, el estilo negativo es aún más prevalente.

Este tipo de comunicación refleja tensiones acumuladas, dificultades para gestionar el estrés cotidiano y patrones de interacción que, con el tiempo, se normalizan. Aunque no implica conflictos graves, sí sugiere que la convivencia se sostiene a menudo en dinámicas cargadas de reactividad emocional. Es decir, en respuestas a menudo agresivas, inmediatas y poco medidas.

Hacia los hijos mostramos lo mejor de nosotros

Paradójicamente, cuando se analizan las prácticas de parentalidad positiva, los resultados son mucho más favorables. Los progenitores obtienen las puntuaciones más altas en dos dimensiones: afecto y reconocimiento, donde destacan acciones como demostrar cariño, celebrar logros o reforzar la autoestima; y actividades compartidas, como pasar tiempo en familia, apoyar actividades extraescolares o compartir comidas.

En estas áreas, las familias muestran un desempeño notablemente alto. Esto sugiere que, aunque la comunicación entre adultos tenga tensiones, los hijos reciben una experiencia emocional cálida y cuidada.

Las puntuaciones más bajas, en cambio, se concentran en control del estrés y comunicación, especialmente mantener la calma en momentos de conflicto. También en implicación familiar organizada, como la resolución conjunta de problemas o la planificación familiar.

Aquí se refleja la dificultad de sostener la calma en el día a día. La crianza requiere una energía emocional que a menudo compite con las exigencias laborales, económicas y personales, lo cual se traduce en respuestas impulsivas o tensas, sobre todo entre los adultos.




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Relación entre comunicación conyugal y crianza

En el estudio se examinó también la relación entre los estilos comunicativos y los principios de parentalidad positiva. Aunque las correlaciones fueron débiles, se identificaron asociaciones consistentes. Un estilo comunicativo negativo se vincula con peores puntuaciones en implicación familiar, actividades compartidas y control del estrés; mientras que un estilo comunicativo positivo se asocia con mejores niveles de afecto, reconocimiento y regulación emocional.

Esto significa que, aunque los hijos reciban afecto, la relación entre adultos tiene repercusiones en la experiencia global de la crianza: la falta de coordinación, la frustración o la comunicación tensa dificultan establecer normas con calma o responder de forma coherente a los comportamientos de los menores.

Proteger el bienestar psicológico de los hijos

Las preguntas abiertas del estudio permitieron conocer las inquietudes principales de los progenitores respecto de sus hijos. Las más mencionadas fueron proteger o fortalecer su autoestima, respeto y confianza; educarlos en valores como responsabilidad, empatía o esfuerzo; ayudarlos a la gestión emocional, incluida la frustración y autocontrol; acompañarlos y tener buena comunicación con ellos y protegerlos de influencias negativas como amistades, pantallas o riesgos sociales.

Estas preocupaciones reflejan que las familias están muy orientadas a proteger el bienestar psicológico de sus hijos, incluso más que a cuestiones académicas o disciplinarias. El clima emocional se percibe como el eje central del desarrollo infantil.

Por ejemplo, ante conductas inadecuadas de los hijos, los progenitores mayoritariamente optan por hablar, explicar, razonar y buscar soluciones conjuntas. De forma menos frecuente, recurren a estrategias más verticales como gritar, castigar o reprender. La convivencia de ambos estilos muestra una transición: las familias intentan educar desde el diálogo, pero el estrés cotidiano a veces activa respuestas más reactivas.

Comunicarse mejor: bueno para todos

El estudio ofrece una conclusión clara: somos muy afectuosos con nuestros hijos, pero nos cuesta mucho comunicarnos con calma entre adultos.
La comunicación negativa no implica falta de amor, sino falta de herramientas para gestionar el estrés, el cansancio y la vida cotidiana. Fortalecer la comunicación en la pareja –con formación, conciencia emocional y espacios de diálogo– puede ser clave para mejorar el bienestar familiar en su conjunto.

Por otro lado, estudios recientes confirman que la exposición de los menores a formas hostiles de conflicto entre sus madres y padres afecta a cómo ellos a su vez reconocen y procesan las emociones. Los conflictos persistentes se asocian con actitudes más retadoras o agresivas por parte de los niños y adolescentes.

La violencia intrafamiliar también es un factor de riesgo de acoso escolar (tanto para agresores como para víctimas), y sentimientos de soledad y timidez en la adolescencia.

Cuidar el entorno familiar y manejarlo desde una comunicación asertiva, comprensiva y amable entre los progenitores es muy importante. Del mismo modo, aplicar esta forma de comunicación con los hijos e hijas también resulta fundamental, pues ambas prácticas contribuyen a un mejor desarrollo y a una mejor salud mental.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Es compatible la crianza positiva con una mala comunicación en pareja? – https://theconversation.com/es-compatible-la-crianza-positiva-con-una-mala-comunicacion-en-pareja-277750

Arbitraje: ¿por qué las disputas multimillonarias entre Estados y empresas no llegan a los tribunales?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucia Diaz-Cameselle, Legal Researcher in International Trade and Maritime Law, Universidade de Vigo

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El arbitraje internacional rara vez ocupa titulares, pero decide pleitos que pueden sacudir economías enteras. Es una forma de resolver conflictos basada en una idea simple: solo existe si las partes lo aceptan. En vez de ir a un juzgado, acuerdan que su disputa la decidan uno o varios árbitros, que actúan como tribunal privado y dictan una decisión final llamada laudo.

En 2024, las principales instituciones arbitrales tenían pendientes 386.000 millones de euros. Es decir, más de 30 veces los ingresos conjuntos de los 20 clubes de fútbol más grandes del mundo en la temporada 2024-2025.

Qué es el arbitraje y cómo funciona

El arbitraje puede llegar de dos maneras. La más común es por adelantado, con una cláusula arbitral dentro de un contrato (por ejemplo, en un acuerdo de energía, construcción o financiación). La otra es después, cuando el problema ya estalló y las partes firman un acuerdo específico para someter esa disputa a este mecanismo.

¿Por qué lo prefieren Estados y empresas? Por varias razones:

  • Neutralidad: en un pleito internacional nadie quiere jugar “en campo contrario”. Con el arbitraje, ambas partes eligen dónde y quién decide el caso. Esto es clave cuando una de las partes es un Estado o el conflicto gira en torno a decisiones públicas (energía, minería, grandes obras, etc).

  • Especialización: así se evita un juez “que ve de todo”. El arbitraje ofrece la posibilidad de elegir árbitros experimentados que entienden el sector y el tipo de contrato. Esto ahorra tiempo y reduce errores, especialmente en disputas que requieren alto grado de conocimientos técnicos.

  • Ejecutabilidad internacional: ganar no sirve de mucho si luego el cobro es difícil. La ventaja del arbitraje es que el laudo suele ser más fácil de reconocer y ejecutar en otros países que una sentencia extranjera, gracias a reglas internacionales, como la Convención de Nueva York, de 1958.

  • Mayor control por las partes: en el arbitraje, el proceso suele ser más flexible. Las partes y el tribunal ajustan calendarios, pruebas y audiencias del caso. Eso no siempre lo hace más “rápido”, pero sí resulta más previsible que los tribunales tradicionales, especialmente con el grado de saturación que sufren actualmente.

  • Confidencialidad: en general, el laudo no es público por defecto. El arbitraje ocurre fuera del foco público y la información solo se filtra si las partes lo acuerdan o en casos muy concretos (por ejemplo, en algunos casos en los que una de las partes es un Estado).

El mapa global: dónde y quién arbitra

Hablar de “las mayores instituciones” es delicado porque no todas publican cifras, ni las calculan igual. Por ejemplo, algunas cuentan solo lo que reclama quien presenta el caso y otras suman también lo que reclama la otra parte. Además, algunas gestionan, sobre todo, arbitrajes nacionales, que no son comparables con centros dedicados a disputas internacionales.

Aun así, con los datos públicos de 2024 sobre “importe en disputa” (o equivalente) se puede dibujar un mapa bastante claro.

Algunos casos relevantes

Uno de los casos relevantes es el de España ante el arbitraje internacional por la cuestión de las ayudas públicas a las renovables, que luego les fueron retiradas. Tras el recorte a las renovables de 2013, España acumula 51 reclamaciones por 10 635 millones de euros. Ya hay laudos que, en conjunto, ordenan pagos por alrededor de 1 514 millones. Ahora el problema ya no es solo el laudo, sino el pago: algunos inversores intentan cobrar en tribunales de fuera de la UE, pero la Comisión Europea sostiene que esto podría vulnerar la normativa europea.

También llamativo es el caso de Yukos vs. Rusia. El arbitrio condenó al Estado ruso a pagar más de 50.000 millones de dólares a los antiguos accionistas de la petrolera por expropiación ilegal. Este es el ejemplo perfecto de que el arbitraje tiene una segunda parte: cobrar. En octubre de 2025, el Tribunal Supremo de Países Bajos cerró la última vía de anulación del laudo. De esta forma, consolidó su validez y permitió la ejecución transnacional.

Llamativo resulta tambien el caso Nigeria vs. Process & Industrial Developments Limited (P&ID), relativo a un proyecto fallido de gas de 2010. El laudo acordó un pago cercano a los 11.000 millones de dólares a favor de Nigeria pero posteriormente fue anulado por fraude. Este caso ilustra la posible revisión del sistema cuando hay indicios de abuso. En 2023, el Tribunal Superior de Justicia británico dejó sin efecto este laudo al considerar que se obtuvo mediante fraude. Este caso es un recordatorio de que el arbitraje puede ser eficiente, pero no es infalible.

Finalmente, en 2019, un tribunal arbitral ordenó a Pakistán pagar más de cuatro mil millones de dólares a Tethyan Copper, una compañía minera chileno-canadiense, por vulneraciones vinculadas a un proyecto minero. El caso alimentó un debate clásico: ¿hasta dónde puede un Estado cambiar de idea sobre una mina (licencias, condiciones, cancelación del proyecto) sin tener que pagar una indemnización millonaria a la empresa inversora?

Qué está cambiando

El arbitraje está viviendo un momento de cambios: hay más dinero en juego, más casos se gestionan desde Asia y, sobre todo, está entrando en el foco público cuando se entra en la fase decisiva: pagar o cobrar un laudo.

  1. Mega reclamaciones por recursos naturales. A finales de 2025, Axis International llevó a Guinea a un arbitraje por 29 mil millones de dólares tras la retirada de una licencia minera. Lo destacable es la tendencia: cuando un país endurece las condiciones para explotar materias primas (por ejemplo, exigir más empleo local, más proveedores locales o más procesamiento en el país), aumentan los choques con los inversores y las reclamaciones se disparan.

  2. Energía, transición y fricción normativa en Europa. El caso de las fallidas ayudas españolas al desarrollo de las energías renovables (2004-2008) ilustra esta fricción. La Comisión Europea sostiene que pagar ciertos laudos dictados en disputas entre países de la UE puede chocar con las normas europeas. Mientras ese conflicto no se aclare, crece la incertidumbre y los inversores buscan jurisdicciones donde sea más fácil convertir un laudo en cobro real.

  3. La ONU intenta reformar el arbitraje inversor-Estado. La ONU ha iniciado un proceso para cambiar las reglas del arbitraje entre inversores y Estados con el objetivo de que sea más barato, más transparente y más difícil de manipular. En enero de 2026 avanzó en tres cuestiones: que se sepa quién financia el pleito, reglas más claras sobre quién paga los costes y fórmulas para juntar o coordinar casos parecidos para evitar decisiones distintas sobre temas similares.

El momento más delicado llega cuando toca cobrar

En suma, el arbitraje es la vía que muchas empresas y Estados eligen cuando un conflicto cruza fronteras y hay miles de millones en juego. El momento más delicado casi siempre llega después del laudo: cuando toca cobrar, sobre todo si quien debe pagar es un Estado.

Este mecanismo recibe cada vez más atención: las cuantías aumentan, crecen los roces con normativa pública y la ONU impulsa reformas para que el sistema sea más transparente, más eficiente y más imparcial.

The Conversation

Lucia Diaz-Cameselle no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Arbitraje: ¿por qué las disputas multimillonarias entre Estados y empresas no llegan a los tribunales? – https://theconversation.com/arbitraje-por-que-las-disputas-multimillonarias-entre-estados-y-empresas-no-llegan-a-los-tribunales-274566

Lo que pararse a escuchar una canción puede hacer por una clase universitaria

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paloma Bravo-Fuentes, Profesora ayudante doctora del área de Didáctica de la Expresión Musical, Universidad de Málaga

gonzagon/Shutterstock

Hace unos años, probé un microrritual muy simple en mis clases de la universidad: empezar cada sesión con una breve escucha musical elegida por el propio alumnado y comentada en los cinco minutos posteriores. No es “música de fondo”, sino un momento intencional que ordena la atención, otorga voz a quien aprende y genera cohesión de grupo.

Con 255 estudiantes de primer curso de los grados en Educación Infantil y Primaria de la Universidad de Jaén pude observar mejoras en la motivación, la participación, el sentido de pertenencia al grupo y una percepción de menor estrés con un clima relajado en el aula. Los resultados de esta intervención muestran que favorece el ambiente y la concentración; además de no tener ningún coste económico, está al alcance de cualquier docente.

Una bienvenida ritualizada

Al inicio de cada clase, un estudiante distinto compartía una canción con la que se identifica por su estado de ánimo, recuerdos o identidad. Escuchábamos entre minuto y minuto y medio, y después quien la proponía explicaba por qué la había elegido.

Ese gesto, repetido semana a semana, se convirtió en nuestra “bienvenida ritualizada” que marcaba una transición clara entre asignaturas, bajaba el ruido inicial y alineaba a todo el grupo en una misma actividad breve, significativa y cercana a su contexto compartiendo entre iguales.

Impacto emocional y social

La música seleccionada por cada persona regula mejor el estado de ánimo que la impuesta por terceros; además, hay estudios relacionan la escucha musical con la reducción del estrés y la mejora del bienestar general.

En el plano social y cognitivo, compartir una canción propia humaniza, da voz y activa la atención sostenida para iniciar la clase. El resultado es un arranque de sesión más intencional y una clase que “empieza” de verdad para todo el grupo.




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Así, un acto tan breve y tan sencillo como escuchar juntos una canción mejoró la motivación, la participación, la atención durante la explicación y las actividades. Compartir una canción propia y escuchar la de otras personas también ayuda a sentirse reconocido y respetarse mutuo, especialmente útil en grupos de primero que empiezan a conocerse e interactuar.

El clima emocional de la clase mejoró sensiblemente. Estos hallazgos son coherentes con trabajos de la literatura científica que vinculan la música, las emociones y la disposición hacia el aprendizaje.

Salud mental universitaria

Los campus afrontan el doble reto de mejorar el rendimiento y cuidar el bienestar del alumnado. Intervenciones de coste cero y alta aceptabilidad como este ritual musical pueden ofrecer un punto de partida realista para docentes que buscan encender la motivación, reducir el estrés y acercarse a sus estudiantes desde el primer minuto de clase.

No es necesario que sea obligatorio (quien no quiera proponer puede abstenerse sin justificarlo), ni dedicar más de 30 segundos para explicar por qué esa canción. El tiempo de escucha ha de ser en “primer plano”, sin tareas simultáneas. Finalmente, el comentario o debate en grupo sobre qué siente el grupo con esa canción, si les gusta o no, no debe alargarse.




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Si aparecen letras controvertidas, es muy interesante tratarlas como oportunidad para el desarrollo del pensamiento crítico en el alumnado, tal como hacen estudios previos en la etapa de primaria.

En un contexto donde la presión académica y la desconexión emocional son frecuentes, dedicar tres minutos a escuchar y compartir se revela como una inversión poderosa en bienestar y motivación. No requiere recursos ni formación específica: solo la voluntad de escuchar –literal y simbólicamente– a quienes aprenden.

Entender cuándo y cuánto aplicarlos

Ahora bien, como cualquier práctica constante, su eficacia puede no ser indefinida. Es razonable pensar que estos microrrituales funcionan especialmente bien cuando son novedosos y cuando cumplen una función clara de acogida y cohesión; por ejemplo, durante las primeras semanas de clase o hasta que todo el grupo ha tenido ocasión de proponer su canción.

Más adelante, pueden perder parte de su impacto o transformarse en un hábito automático. En ese sentido, su valor no está tanto en mantenerse todo el semestre como en saber cuándo activarlos, pausarlos o variarlos según el momento del grupo.

Afinar la escucha

Esta lógica abre la puerta a otros microrrituales educativos de naturaleza similar: breves, intencionales, de bajo coste y centrados en dar voz al alumnado. Por ejemplo, comenzar la sesión con una imagen significativa comentada en un minuto, con una pregunta personal vinculada al contenido de la asignatura, con una frase elegida por el grupo o con un breve ejercicio de atención conjunta. No es necesario haberlos probado para intuir que participan de un mismo principio: marcar el inicio de la clase como un espacio distinto, cuidado y compartido.

Si la universidad aspira a formar personas y no solo profesionales, quizá el primer paso no sea añadir más contenidos, sino afinar la escucha. A veces, cambiar el clima de un aula no exige grandes reformas, sino pequeños gestos repetidos con sentido.

The Conversation

Paloma Bravo-Fuentes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Lo que pararse a escuchar una canción puede hacer por una clase universitaria – https://theconversation.com/lo-que-pararse-a-escuchar-una-cancion-puede-hacer-por-una-clase-universitaria-269010

Dormir más el fin de semana: ¿pagamos así la deuda de sueño?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Ángeles Bonmatí Carrión, Profesora Ayudante Doctora en Departamento de Anatomía y Psicobiología Universidad de Murcia, Universidad de Murcia

Hombre dormido en el autobús. PeopleImages/Shutterstock

El despertador (reubicado, como tantos otros artilugios, en el teléfono móvil) suena implacable de lunes a viernes, generalmente antes de lo que nos gustaría. Y cada vez que claudicamos ante su llamada y nos levantamos, generalmente sin el suficiente descanso, evocamos una frase que nos alivia: “Ya dormiré el fin de semana”.

Dormir poco entre semana y darse un atracón el sábado y el domingo –o simplemente dormir lo que el ritmo entre semana no nos permite– es un hábito tan extendido que incluso tiene nombre en inglés: catch-up sleep. Algo así como ponerse al día o recuperar el sueño perdido. Más allá de constatar lo buenos que son los anglosajones poniendo nombre a ciertos hábitos, ¿refleja una realidad fisiológica? ¿Podemos recuperar el sueño durante el fin de semana?

Para responder a estas preguntas, primero debemos entender qué sucede mientras dormimos, y qué mecanismos regulan cuánto debemos dormir cada noche para que todo funcione correctamente.

Mientras dormimos: hormonas, conexiones neuronales y limpieza de residuos

Durante el sueño ocurren distintos procesos que lo convierten en algo fundamental para la vida. En primer lugar, mientras dormimos aumenta la síntesis de proteínas estructurales que reparan nuestros tejidos. Por otro lado, también se produce la secreción de hormonas y factores de crecimiento que van orientando estos procesos de reparación.

Además, al dormir nuestro sistema inmunitario se entrena. Las conexiones entre neuronas también se perfilan durante el sueño, destruyendo unas y afianzando otras, lo que da lugar a la consolidación de la memoria, borrando unos recuerdos y potenciando otros. Y también ocurre algo en el cerebro que es fundamental para la regulación del sueño: la reducción de metabolitos como la adenosina y la limpieza de residuos como la proteína beta amiloide.

Y es que uno de los procesos que regulan el sueño, el homeostático, consiste precisamente en detectar la cantidad de adenosina en el cerebro, una sustancia que se produce mientras estamos despiertos. A más adenosina, mayor propensión al sueño. Se puede decir que actúa como un reloj de arena, midiendo el número de horas que llevamos despiertos y, también, dictando cuántas debemos dormir. Y lo hace combinado con el proceso circadiano, que se centra en “programar” cuándo dormir.

Entonces, ¿cuánto debemos dormir?

Sin ser gallega (escribo desde el otro extremo de la península), en este caso me van a permitir que responda como si lo fuera: depende. Depende, por ejemplo, de la edad que tengamos. Nacemos con mucha necesidad por dormir y, al principio de la vida, lo hacemos casi todo el día, a ratitos. Conforme vamos creciendo, las necesidades disminuyen, hasta que llegamos a la edad adulta. En promedio (y recalco lo de “en promedio”), una persona adulta debería dormir entre 7 y 8 horas cada día (a ser posible durante la noche). Pero incluso en esta etapa, la respuesta a la pregunta inicial sigue siendo la misma: depende. Habrá quien necesite dormir más, y quien tenga suficiente con menos.

¿De qué va a depender? Probablemente, el origen de estas diferencias esté en la genética, que puede determinar lo que los anglosajones (recordemos que son muy buenos en esto de poner nombres) llaman short sleepers y long sleepers. Algo así como dormidores de corta y larga duración. Los primeros tendrían suficiente con alrededor de 6 horas de sueño, mientras que la fisiología de los segundos requeriría pasar más de 8 horas con Morfeo. Así, la genética puede determinar factores como la velocidad de limpieza de metabolitos como la adenosina. Si el sistema es rápido, probablemente nos demandará menos horas de sueño nocturno que si es un poco más lento.

Por lo tanto, no hay un número fijo y universal de horas que toda persona necesite dormir cada día, sino que “lo suficiente” dependerá de cada cual. Y la mejor forma de saber si estamos durmiendo lo que necesitamos es evaluando nuestro propio bienestar diario. Si tenemos un rendimiento físico y cognitivo adecuados, un buen estado de ánimo para afrontar los problemas del día a día y, en definitiva, no sentimos que, al despertar, el día ya nos viene grande, podemos tener cierta confianza en que estamos durmiendo lo suficiente.

¿Se recupera el sueño perdido?

El problema es que, a menudo, y por distintas causas, no damos a nuestra fisiología el tiempo necesario para completar el proceso de limpieza y reparación que se produce durante el sueño. Y nos levantamos sintiendo que el día, o los días que quedan de semana, son cimas que cada vez nos cuesta más alcanzar. Y entonces aparece el famoso pensamiento: “Ya dormiré en fin de semana”.

Luego, el fin de semana llega y, efectivamente, dormimos más, confiando en que así recuperaremos el sueño perdido, como si le debiéramos algo a nuestro cuerpo que estamos dispuestos a pagar el sábado y el domingo. ¿Pero conseguimos así saldar esa deuda?

Existen varias líneas de investigación sobre el catch-up sleep. Una de ellas trata de establecer sus posibles efectos sobre la salud mental. En este caso, un reciente estudio parece apuntar a cierta reducción de los síntomas diarios de depresión. Hay que tener en cuenta, no obstante, que la evidencia en este aspecto limita los posibles beneficios a un máximo de 2 horas de diferencia entre días de semana y fin de semana. Por otro lado, cabría preguntarse si no disminuirían estos síntomas en igual o mayor medida durmiendo lo suficiente cada día.

Sin embargo, el sueño insuficiente se ha relacionado con otros muchos problemas de salud: alteraciones metabólicas, cardiovasculares, cognitivas, envejecimiento prematuro, e incluso con algunos tipos de cáncer. ¿Con el sueño que pretendemos recuperar durante el fin de semana conseguimos compensar el perjuicio causado en el día a día?

Nuestra fisiología, regulada en gran medida por el sistema circadiano (controlado por un “reloj” que dura aproximadamente un día), entiende de periodos de 24 horas, del día a día con sus noches. Pero no distingue días laborables de días libres, ni identifica cuándo es fin de semana. Es decir: el metabolismo responde a patrones diarios, no a promedios semanales.

Además, alternar periodos de sueño insuficiente con intentos de “recuperación” periódicos puede provocar cronodisrupción, lo que se conoce como jet lag social. Así que, con lo que sabemos hasta ahora, podemos afirmar que no es posible compensar el daño acumulado en la salud metabólica durmiendo más el fin de semana: la falta de sueño diaria no se corrige con descansos ocasionales.

Mantener una rutina diaria que nos permita dormir lo suficiente es una necesidad fisiológica. Y debemos evitar caer en la tentación del “ya dormiré en fin de semana” o, en su versión más tétrica, el “ya dormiré cuando me muera”.

The Conversation

María Ángeles Bonmatí Carrión recibe fondos en la actualidad de Fundación Séneca, Instituto Murciano de Investigación Biosanitaria y la Sociedad Española del Sueño. La publicación es parte de la actuación 22653/PI/24, financiada por FSRM/10.13039/100007801.

ref. Dormir más el fin de semana: ¿pagamos así la deuda de sueño? – https://theconversation.com/dormir-mas-el-fin-de-semana-pagamos-asi-la-deuda-de-sueno-273472

Corps vieillissants, désirs vivants : une révolution discrète se joue sur les écrans

Source: The Conversation – in French – By Manon Cerdan, Doctorante chercheuse, Vieillesse et Médias, Université Paris-Panthéon-Assas

*Au Bain des Dames*, César 2026 du meilleur court-métrage documentaire, de Margaux Fournier. Caviar Paris/Les films de Nout

Entre renouvellement des imaginaires, persistance de stéréotypes et émergence de nouvelles formes de narration, les représentations de la sexualité des personnes âgées au cinéma et dans les séries révèlent l’évolution de notre rapport collectif au vieillissement et au désir.


La saison des cérémonies de récompenses se termine, et en regardant dans le rétroviseur, une tendance se dessine : la vieillesse a désormais sa place au cinéma, y compris dans les œuvres primées.

Amy Madigan est couronnée à 75 ans pour son rôle de vieille femme terrifiante dans Évanouis de Zach Cregger ; le César du meilleur court-métrage documentaire a été attribué au Bain des Dames, de Margaux Fournier. Sans oublier le succès du film Maspalomas, de Jose Mari Goenaga et Aitor Arregi aux Goya – marqué notamment par le prix du meilleur acteur pour José Ramon Soroiz, lui aussi âgé de 75 ans.

Mais cette visibilité nouvelle ne se limite pas à une simple reconnaissance des personnes âgées : elle révèle un déplacement plus profond des représentations. Dans Au Bain des Dames ou Maspalomas, c’est en effet la sexualité de personnes de plus de 70 ans qui est mise en scène, sujet longtemps relégué aux marges, voire frappé d’invisibilité. La production audiovisuelle apparaît ainsi comme un espace privilégié pour interroger les normes sociales, bousculer les tabous liés à l’âge et redéfinir les contours de l’intimité à un âge avancé.

La sexualité des vieux : un impensé et un « in-montré » jusqu’à la fin des années 2000

Aborder la question du vieillissement impose souvent de définir une catégorie d’âge. Exercice de haute voltige tant la vieillesse – comme la jeunesse – est une période de la vie, d’une part relativement longue, et, d’autre part vécue différemment par les individus. Comment peut-on créer des catégories figées là où il semble qu’il y ait plus quelque chose de l’ordre du continuum ponctué de moments de bascule ? Comment passe-t-on du jeune retraité dynamique au résident d’Ehpad ? Les fictions s’embarrassent rarement de ce type de précision et s’appuient sur un certain nombre de symboles – et thématiques – pour caractériser la vieillesse du personnage.

Pendant longtemps, jusqu’à la fin des années 2000, la sexualité n’apparaît pas comme l’une de ces thématiques. Elle est plutôt un « impensé » de la vieillesse, comme le dit la sociologue Rose-Marie Lagrave, constatant que « la sexualité des vieux reste honteuse, cachée, réprimée et reléguée dans les coulisses de la société ». Elle poursuit sa réflexion en considérant que « seules les fictions romanesques semblent ménager un espace transgressif à des aveux impossibles ».

Peut-être pourrait-on élargir son propos aux fictions audiovisuelles. Ainsi, en 2012, la chercheuse en sciences de l’information et de la communication Ariane Beauvillard, dans son livre sur la vieillesse dans les films et séries françaises, note dans sa conclusion une « nouveauté qui apparaît depuis ces dernières années : quasiment absente ou cantonnée à quelques références et légères suggestions, la sexualité du troisième âge s’insère progressivement dans les films qui traitent de la vieillesse ». Elle cite alors plusieurs films français, dont Ensemble, c’est tout, de Claude Berri (2007), Faut que ça danse !, de Noémie Lvovsky (2007), les Invités de mon père, d’Anne Le Ny (2010), ou encore les Petits Ruisseaux, de Pascal Rabaté (2009). Elle ne fait pas mention du cinéma international mais, à ce moment-là, sont également sortis le film sud-coréen Trop jeunes pour mourir, de Park Jin-pyo (2002), et le film allemand Septième Ciel, d’Andreas Dresen (2008).

Si désormais les jeunes retraités ne surprennent plus vraiment lorsqu’ils vivent des histoires d’amour et de désir, la génération des plus de 70 ans, elle, s’impose à son tour sur le terrain de l’intime.

Un renouveau des représentations de la sexualité dans le bel âge

Depuis 2010, de nouveaux exemples de films montrant la sexualité des plus âgés, notamment des femmes, émergent tant dans le cinéma français – Elle s’en va, d’Emmanuelle Bercot (2013), avec Catherine Deneuve à l’aube de ses 70 ans ; Rose, d’Aurélie Saada (2021), avec Françoise Fabian âgée de 86 ans ; les Jeunes Amants, de Carine Tardieu (2022), avec Fanny Ardant âgée de 70 ans – qu’international – citons Mes rendez-vous avec Leo, de la Britannique Sophie Hyde (2022), ou Mon gâteau préféré, des Iranien·es Maryam Moghadam et Behtash Sanaeeha (2025).

Les séries télévisées ne sont pas en reste, sans toutefois que le sujet y soit le thème principal. Si la série HBO Tell me you love me (2007) ouvrait la voie et montrait frontalement la sexualité de différents couples, dont un couple de septuagénaires, Netflix a également investi la thématique avec l’emblématique Grace &amp ; Frankie (2015-2022) interprétée par Jane Fonda et Lily Tomlin, ou la Méthode Kominski (2018–2021) avec Michael Douglas. Citons aussi la série multirécompensée HBO Hacks (2021-) dans laquelle on suit la vie sexuelle du personnage principal, Deborah Vance, humoriste vieillissante qui doit se réinventer.

De l’intérêt de montrer la sexualité avec des personnages âgés

Enjeux amoureux, quête intime et individuelle, parcours initiatique, questionnement des normes, relations de pouvoir… La sexualité offre des possibilités narratives variées. Lorsqu’elle est mise en scène à travers des personnages âgés, elle permet de revisiter, sous un angle renouvelé, des peurs à la fois intimes et universelles, souvent associées à la « première fois » ou à la redécouverte du plaisir. Ainsi, dans Rue Málaga (2026), de Maryam Touzani, lorsque Carmen Maura évoque un plaisir qu’elle croyait perdu après des années d’abstinence, l’identification ne passe pas tant par l’âge du personnage que par sa position de « débutante » : une expérience à laquelle chacun peut se rattacher, quel que soit son âge.

La vieillesse enrichit la représentation de la sexualité en ouvrant de nouvelles perspectives narratives. C’est notamment le cas dans la série Septième Ciel (2023), d’Alice Vial, créée par Clémence Azincourt, où Jacques et Rose, résidents en maison de retraite, se libèrent des injonctions de performance. Leur relation laisse davantage de place à la sensualité, à la lenteur et à des formes de plaisir qui dépassent la seule pénétration.

L’âge devient ainsi un levier pour renouveler le traitement de la sexualité et interroger les normes qui encadrent à la fois la vieillesse et la sexualité. On peut établir un parallèle avec les Teen Series, qui peuvent participer de l’éducation sentimentale et sexuelle – comme l’a montré la chercheuse Dominique Pasquier à propos de Hélène et les Garçons. Ces fictions, qui mettent en scène des sexualités maladroites, imparfaites, parfois drôles ou non hétérosexuelles, ne s’adressent pas uniquement aux adolescents. Elles attirent un public plus large, en quête de représentations diversifiées et moins normatives, permettant de redéfinir ce qui est perçu comme « normal », « acceptable » ou simplement possible.

Les réalisatrices semblent s’emparer avec une attention particulière de cette thématique, en mettant en scène des femmes qui vieillissent sans renoncer au désir, comme en témoignent les exemples cités. Ce mouvement est particulièrement visible dans les séries. Toutefois, réduire cet élan vital à la seule dimension de la sexualité serait insuffisant. Le renouvellement des représentations passe aussi par la mise en avant de trajectoires professionnelles et sociales actives.

Des séries comme les Enquêtes de Vera, Harry Wild ou Céleste, illustrent cette évolution : leurs héroïnes, loin des figures stéréotypées de la vieillesse, continuent de travailler et de s’inscrire pleinement dans le monde. En somme, les fictions contemporaines contribuent à redéfinir les contours du vieillissement féminin, en montrant qu’une femme d’un âge avancé ne se résume plus à une figure de grand-mère isolée, mais peut incarner une pluralité de rôles, de désirs et de possibles.

The Conversation

Manon Cerdan ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Corps vieillissants, désirs vivants : une révolution discrète se joue sur les écrans – https://theconversation.com/corps-vieillissants-desirs-vivants-une-revolution-discrete-se-joue-sur-les-ecrans-279010

Rapprochement entre l’art et le monde du luxe : qui se sert de qui ? Et pour quoi faire ?

Source: The Conversation – in French – By Benoit Heilbrunn, Professeur de marketing, ESCP Business School

Entre le monde du luxe et celui de l’art, les ponts sont de plus en plus nombreux. Que vont chercher les groupes du luxe dans les musées ? Qu’y gagnent-ils réellement ? Et, surtout, comment analyser ce rapprochement entre deux univers autrefois séparés ?


Fondations d’art contemporain, expositions patrimoniales, collaborations artistiques, flagships conçus comme des musées… Le rapprochement entre luxe et art constitue aujourd’hui une infrastructure majeure du capitalisme culturel. La Fondation Louis-Vuitton à Paris, la Fondazione Prada à Milan, la Pinault Collection (Bourse de commerce) ou la Fondation Cartier participent d’un redéploiement stratégique du luxe dans l’espace institutionnel de la culture.

Présentée comme une évidence, cette convergence mérite pourtant d’être interrogée. Elle signale une transformation plus profonde : la neutralisation progressive des frontières symboliques entre création, exposition et valorisation marchande.

Renforcer la cohérence des marques

Dans un environnement saturé d’images, de références et de collaborations, la puissance d’une marque ne tient plus seulement à sa capacité de créer des objets, mais à sa faculté d’organiser un monde. Gucci sous Alessandro Michele ne proposait pas simplement des vêtements : la maison déployait un univers dense, traversé de citations artistiques et de réminiscences historiques.




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Prada, à travers la Fondazione Prada, ne se contente pas de soutenir la création contemporaine ; elle articule expositions, architecture et collections dans une continuité esthétique qui renforce la cohérence de la marque. La maison de luxe ne se définit plus seulement comme créatrice, mais comme instance de sélection, de hiérarchisation et de mise en relation.

Curation et autorité

Pour comprendre cette mutation, il faut revenir à la question de l’autorité, dont la curation constitue aujourd’hui une expression privilégiée. Les grandes maisons se sont dotées de fondations et investissent l’art, le design, la gastronomie ou l’édition. Leur crédibilité repose désormais sur leur capacité à se poser comme instances dotées d’une autorité symbolique. Dans sa conférence de 1969, « Qu’est-ce qu’un auteur ? », Michel Foucault montre que l’auteur n’est pas d’abord un individu créateur, mais une fonction discursive : un principe d’unité, de cohérence et de légitimation des discours.

C’est précisément cette fonction que les marques de luxe cherchent aujourd’hui à endosser. Face à la fragmentation culturelle, à l’accélération des tendances et à la prolifération des signes, la production incessante de nouveautés ne suffit plus à faire autorité. La marque devient alors moins créatrice que curatrice. La curation constitue ainsi une réponse stratégique à une crise d’autorité. Il s’agit de fonder un principe de cohérence dans un univers où les hiérarchies du goût se délitent. On passe d’une autorité fondée sur le jugement à une autorité fondée sur l’agencement.

L’économie de l’enrichissement : produire de la valeur par le récit

Les sociologues Luc Boltanski et Arnaud Esquerre ont montré que le capitalisme contemporain ne crée plus seulement de la valeur par la production industrielle, mais par un processus d’enrichissement : les objets voient leur valeur accrue lorsqu’ils sont inscrits dans un récit, une généalogie, un dispositif patrimonial. La marchandise est ainsi requalifiée par contextualisation. Sa valeur dépend de sa capacité à être enchâssée dans une histoire.

Le luxe constitue un terrain exemplaire de cette dynamique. Les expositions Dior au musée des Arts décoratifs à Paris ou au Victoria & Albert Museum à Londres en offrent une illustration claire. Les robes deviennent archives, jalons d’une histoire stylistique et incarnations d’un héritage fondateur. La scénographie mobilise la chronologie, la figure tutélaire de Christian Dior et les filiations entre directeurs artistiques successifs. Le produit est recontextualisé comme œuvre ; il est extrait symboliquement de la logique du prêt-à-porter pour entrer dans celle du patrimoine.

Médiapart, 2018.

La valeur issue de l’histoire racontée

Hermès mettait autrefois en scène son Festival des métiers, où les artisans exposaient leur savoir-faire en public. Aujourd’hui, cette logique se poursuit sous d’autres formes, comme le festival Transforme porté par la Fondation d’entreprise Hermès, qui met en relation artistes, publics et métiers. Dès lors, la valeur ne tient plus seulement à la matière, mais à l’histoire : celle d’un savoir-faire transmis et d’une tradition préservée. Même les produits les plus contemporains, comme les sneakers de luxe ou les éditions limitées issues de collaborations streetwear, sont désormais accompagnés de narrations détaillées : références à l’architecture brutaliste, à l’art minimal, à la culture hip-hop ou aux archives de la maison.

Ainsi, un objet comme le Dior Medium Book Tote « Les Fleurs du Mal ») apparaît sur StockX non comme un simple accessoire, mais comme un produit déjà enchâssé dans un imaginaire littéraire et patrimonial qui voisine avec d’autres modèles intitulés Bonjour tristesse, Dracula, Les liaisons dangereuses, et même Madame Bovary ! Le produit ne vaut plus seulement par sa matière, sa rareté ou son usage, mais par le faisceau d’associations culturelles qui l’accompagne. L’objet est enchâssé dans un dispositif discursif.

Cette généralisation produit un effet paradoxal. Si tout peut être patrimonialisé, si toute collection devient archive potentielle, si toute collaboration devient événement culturel, qu’est-ce qui distingue encore l’œuvre de l’objet commercial ? L’enrichissement généralisé tend à homogénéiser les régimes de valeur. La différence entre l’art comme espace critique et la marchandise comme objet d’échange se trouve fragilisée par la capacité du capitalisme à digérer le récit patrimonial.

Hybridation des espaces : boutique-musée, musée-vitrine

Cette dynamique ne concerne pas seulement les objets ; elle affecte également les espaces. La Fondazione Prada à Milan, conçue par Rem Koolhaas, constitue un exemple emblématique. Installée dans une ancienne distillerie industrielle, elle propose des expositions, des cycles de cinéma et des conférences, tout en participant à la stratégie globale de la marque. À Paris, la Fondation Louis-Vuitton qui est abritée dans un bâtiment signé Frank Gehry, joue un rôle analogue. L’architecture elle-même fonctionne comme capital symbolique. Les expositions internationales et la programmation ambitieuse contribuent à produire un halo culturel autour de LVMH. Le mécénat ne se réduit pas à un geste philanthropique : il s’inscrit dans un écosystème de valorisation.

Inversement, les musées adoptent progressivement des logiques proches de celles des marques. Les expositions immersives consacrées à Van Gogh, Klimt ou Monet transforment l’expérience de la contemplation en un spectacle sensoriel. Le visiteur est invité à vivre une expérience plutôt qu’à exercer un jugement esthétique. Le Musée des Arts décoratifs fonctionne comme une plate-forme particulièrement révélatrice de cette hybridation.

Les expositions consacrées à Yves Saint Laurent, Dior ou Jean Paul Gaultier ou Schiaparelli ne sont pas de simples hommages historiques. Elles opèrent comme dispositifs de certification culturelle. La maison exposée accède au statut d’acteur patrimonial ; le musée bénéficie en retour d’une fréquentation massive et d’une visibilité médiatique accrue. On observe ainsi une convergence structurelle : la marque adopte les codes de l’institution ; l’institution adopte des logiques d’« événementialisation », de visibilité et de dépendance au mécénat proches de celles de la marque.

Le luxe comme condition matérielle de l’institution artistique

Le rapprochement entre luxe et art ne peut être compris indépendamment des transformations du financement culturel. En France, la loi du 1ᵉʳ août 2003 relative au mécénat – dite loi Aillagon »- – du nom du ministre de la culture qui la fit voter – constitue un tournant décisif. En permettant aux entreprises de bénéficier d’une réduction d’impôt de 60 % du montant de leurs dons, elle a favorisé l’essor du mécénat d’entreprise. Les grands groupes du luxe figurent désormais parmi les principaux financeurs du secteur culturel.

Cette intervention s’inscrit dans des stratégies de long terme : création de fondations, partenariats structurants, financement d’expositions majeures, soutien aux acquisitions patrimoniales. Elle modifie en profondeur les conditions de possibilité de l’activité muséale. Historiquement, le musée public s’est construit comme un espace d’autonomie relative, fondé sur une séparation entre valeur artistique et valeur marchande. Comme l’a montré Pierre Bourdieu dans les Règles de l’art, le champ artistique repose sur une tension constitutive entre logique économique et logique symbolique. Or la dépendance croissante aux financements privés reconfigure cette tension.

Une interdépendance croissante

La sociologue Raymonde Moulin avait déjà mis en évidence cette interdépendance croissante entre institutions muséales et marché. Les musées consacrent les œuvres ; le marché finance les institutions. Lorsqu’une maison de luxe bénéficie d’une rétrospective dans une institution prestigieuse, l’exposition agit comme un dispositif de certification symbolique : elle inscrit la marque dans l’histoire de l’art et renforce son capital symbolique. Le luxe n’est plus seulement un objet exposé : il devient un acteur structurel du financement culturel.

Le cas de la Fondation Maeght illustre une mutation plus large encore du champ artistique. Créée en 1964 comme fondation privée indépendante, entièrement financée à l’origine par Aimé et Marguerite Maeght, elle incarnait un modèle d’autonomie rare dans le paysage culturel français. Or, confrontée à la hausse des coûts, à la concurrence internationale et à la contraction relative des financements publics, la fondation a dû adapter son modèle économique. Les récents travaux d’extension – financés à près de 70 % par des fonds privés – ainsi que l’accueil d’événements liés au monde de la mode, comme le défilé Jacquemus en 2024, témoignent de cette évolution.

Ce mouvement n’est pas spécifique à Maeght : il traduit une transformation structurelle du champ artistique, dans laquelle même les institutions historiquement autonomes doivent désormais composer avec des partenariats et des ressources issues du marché.

Le 19M (2025). Le 19M est un lieu parisien soutenu par la maison Chanel.

Vers un luxe sans extériorité ?

L’anthropologue Mary Douglas a montré que toute culture repose sur des opérations de séparation et de classement. Classer, c’est distinguer, hiérarchiser et instituer de la valeur. Le musée constitue précisément l’un de ces dispositifs de séparation.

Comme l’ont montré Tony Bennett et Carol Duncan, il ne se contente pas d’exposer des objets : il institue un espace ritualisé qui transforme leur statut. L’objet exposé est extrait – au moins en apparence – des circuits ordinaires de l’échange marchand. Cette séparation n’est jamais totale, mais elle demeure structurante. Elle maintient la fiction d’une extériorité de l’art par rapport à la marchandise.

De manière analogue, le luxe a longtemps reposé sur une logique de séparation. La boutique Chanel rue Cambon, la maison Hermès du faubourg Saint-Honoré ou Cartier place Vendôme n’étaient pas de simples points de vente. Architecture, mise en scène des vitrines, vocabulaire et dispositifs de seuil participaient de leur puissance symbolique. Or, cette séparation s’est progressivement évaporée.

Une valeur expérentielle

À la Fondation Louis-Vuitton ou à la Fondazione Prada, l’architecture spectaculaire, la programmation « curatoriale », les cafés design, les librairies spécialisées et les terrasses panoramiques composent un écosystème sensoriel complet. Les flagships intègrent des installations artistiques et des espaces culturels. Le client y circule comme dans une galerie. Inversement, les expositions Dior ou Schiaparelli au Musée des Arts décoratifs génèrent des files comparables à celles d’un lancement de produit. L’exposition devient événement, expérience partageable. Ce qui compte n’est plus tant l’objet que la charge affective et narrative qui l’accompagne. La valeur devient expérientielle.

Mais cette logique expérientielle entre en tension avec la structure historique du luxe. Le luxe supposait un dehors : un espace dont l’accès n’était ni immédiat ni indifférencié. Or, à force de tout rendre connectable – art, patrimoine, gastronomie, design, culture populaire – le luxe tend à dissoudre cette extériorité. Il se transforme ainsi en dispositif d’intensification esthétique de la marchandise. Il ne produit plus une distance mais un flux.

Or, sans frontière, il n’y a plus véritablement d’institution. Il n’y a que des dispositifs de circulation et d’agrégation d’affects. Le luxe pourrait alors ne devenir qu’une émotion esthétique immédiatement convertible en transaction. La question décisive devient alors de savoir comment instituer de la valeur durable dans un monde où tout peut être exposé, connecté, partagé et vendu. Autrement dit, le luxe peut-il survivre à la disparition du dehors symbolique qui le fondait ?

The Conversation

Benoit Heilbrunn ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Rapprochement entre l’art et le monde du luxe : qui se sert de qui ? Et pour quoi faire ? – https://theconversation.com/rapprochement-entre-lart-et-le-monde-du-luxe-qui-se-sert-de-qui-et-pour-quoi-faire-277906

As a ‘book scientist’ I work with microscopes, imaging technologies and AI to preserve ancient texts

Source: The Conversation – Canada – By Christina Dinh Nguyen, PhD student, Faculty of Information, University of Toronto

Cultural heritage is constantly under threat. In recent years, we’ve witnessed the destruction of museums, archives and libraries around the world — from wildfires in California to bombing in Gaza and wars in Ukraine and Iran.

Meanwhile, book scientists are working tirelessly with an array of technologies — including microscopes, multispectral imaging and artificial intelligence — to recover, understand and preserve many valuable ancient texts.

This approach transforms what we can know about the past, as we learn how old books were made and how they change over time. It also helps us to care for fragile collections at a moment when climate change and mass digitization are reshaping cultural heritage work.

I work in this space as a PhD student at the University of Toronto as part of the Old Books New Science Lab and the Matrix Functionalization and Phenotyping Lab. I collaborate with conservators and heritage scientists to study parchment manuscripts and imaging-based approaches to preservation.

From papyrus roll to palm leaf

Across cultures and millennia, “books” have taken many forms, each shaped by local materials and technologies.

A book can be a papyrus roll, a palm leaf manuscript or a clay tablet.

Books can be made from animal skins, stretched thin to provide a writing surface. They can include pigments ground from minerals and plants, or metallic inks that corrode the surface beneath them.




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Faded texts become legible

A 13th century Jewish manuscript held at the University of Toronto was recently transformed through the process of multispectral imaging — one of the most visible and compelling tools in book science.

This is a process whereby researchers take many images of a page at different wavelengths, including ultraviolet and infrared. When they combine these images, the faded inks, erased writing and water-damaged text can become legible again.

This manuscript is a valuable She’elot u-teshuvot. Water damage made it unreadable by the naked eye for many years.

Excitingly, researchers at the Andrews Book Science Hub succeeded in using 16 wavelengths of light to reveal those lost words for scholars to ponder and research once more.

In moments like this, science gives damaged books a second chance to speak while also keeping them safe. We have the opportunity to glimpse into the past once again.

The study of collagen fibres

Many medieval manuscripts, like the Jewish manuscript above, are written on parchment, a material made from untanned animal skin. This means they are biological objects, built largely from collagen — the same protein found in human connective tissue.

Collagen is durable, but sensitive. Heat, humidity and light can cause parchment to stiffen, shrink or slowly turn gelatinous. Under poor storage conditions, pages may warp, become brittle or translucent, sometimes beyond repair.

With microscopes, researchers can now study collagen fibres at microscopic scales and detect early signs of deterioration long before damage is visible to the eye. That information helps conservators determine which manuscripts are most at risk and how environments can be adjusted to slow decay.

As climate change increases temperature and humidity extremes worldwide, this kind of scientific insight is becoming essential for the future of library and archive collections.




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AI transcribes endangered languages

Scientific tools don’t just serve specialists. They also expand access.

Artificial intelligence systems are increasingly being trained to help transcribe difficult scripts (handwriting fonts) and endangered languages found in manuscript collections.

For example, tools developed for reading Geʽez, the classical language of Ethiopian Coptic manuscripts, are helping scholars and religious communities engage more easily with texts that were previously difficult to decipher.

Combined with high quality imaging, these systems can dramatically reduce barriers to reading, teaching and sharing cultural heritage.

Old books, new discoveries

Many people will never hold an ancient manuscript or scroll. We encounter these objects in museums, libraries and online collections. Book science helps ensure that what we see — and what future generations will see — remains available.

It also reminds us that books record more than words. They preserve evidence of craft, trade, environment, human use and care. They are archives of biological and material history as much as intellectual history.

For anyone who loves books, museums or the past, this shift is profound. It means the next major historical discovery may not come from finding a new document, but from looking at an old one in a new way. This is book science.

The Conversation

Christina Dinh Nguyen does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. As a ‘book scientist’ I work with microscopes, imaging technologies and AI to preserve ancient texts – https://theconversation.com/as-a-book-scientist-i-work-with-microscopes-imaging-technologies-and-ai-to-preserve-ancient-texts-278154

Critical minerals and energy will be integral to the CUSMA review

Source: The Conversation – Canada – By John P. Hayes, Postdoctoral Research Associate, Department of Political Science, University of Calgary

The Canada-United States-Mexico Agreement (CUSMA) comes up for review on July 1, 2026. Originally negotiated in 1992 as the North American Free Trade Agreement (NAFTA) and later re-negotiated in 2020, CUSMA has experienced a series of logistical and existential obstacles to its continuation, particularly during both presidencies of Donald Trump.

Since taking office for his second term, Canada and Mexico have suffered the ire of Trump, ranging from blanket tariffs to threats of annexation and invasion.

As a result, economic policy uncertainty is at historical highs in Canada, while in Mexico, the devaluation of the peso and a 10-25 per cent U.S. tariff on many Mexican goods has hit the economy hard.

Beneath the headlines are more muted negotiations over policy choices on matters of tariff exemption and content requirements for a range of sectors. While automobile manufacturing and steel steal the headlines, the critical minerals and energy sector is now at centre stage in the CUSMA review.

The efficient exchange of raw commodities and energy (both clean and fossil burning) is a priority of all three countries. North America’s capacity for mutually beneficial natural resource production is high, but there are confounding messages being disseminated by all three countries on their respective positions in the trilateral relationship.

In the months leading up to the start of the CUSMA review, logistical and existential challenges remain that will be difficult to overcome in trade negotiations. Frequent changes to tariff exemptions for CUSMA-compliant primary resource products is a major headache for companies, and a hindrance to good-faith negotiations.

The ongoing uncertainty caused by U.S. tariffs suggest that renewing CUSMA on existing terms is unlikely, and that will not help lower costs.

Ongoing uncertainty

The U.S. government recently announced their critical mineral strategy, which seeks to increase U.S. government ownership stakes in domestic mines and assert direct control over critical mineral pricing with foreign partners to counter China’s control over mineral refining. The U.S. and Mexico also launched an action plan on critical minerals to co-ordinate supply chain resilience in the minerals sector.

Canada has not signed an agreement with the U.S. on minerals co-operation, opting instead to keep it baked into the upcoming CUSMA review. Canadian Prime Minister Mark Carney is travelling more than any other prime minister in history to secure new economic partnerships.

Mexico has reversed course on the liberalization of their oil and gas sector, favouring a new direction of state ownership that partners with foreign suppliers to modernize existing upstream, mid-stream and downstream infrastructure.




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Commodities originating in Canada that were once covered under CUSMA and that are important for U.S. manufacturing, such as copper and potash, have been subject to fluctuating tariffs between 10 per cent and 25 per cent.

Similarly, Mexico is experiencing disruptions to their export-oriented trade of crude oil to the U.S. and dependence on imports of U.S. petroleum products.

These strategically important primary resources for energy generation and value-added goods will feel the impact of slow negotiations and prices will reflect this reality.

Even in the event of a favourable outcome for cross-border trade relations, the impacts of the trade war are wreaking havoc on energy markets and related downstream sectors.

Trilateral relations at a crossroad

While each country is approaching the CUSMA review differently, the existential implications are clear. As the war initiated by the U.S. and Israel drags on in Iran and pushes up global energy prices, the trilateral relationship has to contend with higher prices and global scarcities.

Carney’s speech at Davos in January 2026 laid clear Canada’s dual-pronged approach of seeking to salvage the agreement while also finding new markets for their primary resources.




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Through the Building Canada Act, the Canadian government is working with provinces to streamline resource extraction and logistics to ship resources to Asian and European markets.

Mexico’s efforts to court new markets has been less aggressive, seeking instead to work on the relationship with the U.S. and increase infrastructure investments in the cross-border exchange of oil and gas products.

The original re-negotiation of the former NAFTA took more than nine months and eight rounds of trilateral talks.

There’s a large amount of risk to economic performance of North America, based on the agreement and the ongoing war between the U.S., Israel and Iran if the talks drag on. With the range of outcomes available to the trade partners, the trilateral relationship is at a crossroads.

The Conversation

John P. Hayes does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Critical minerals and energy will be integral to the CUSMA review – https://theconversation.com/critical-minerals-and-energy-will-be-integral-to-the-cusma-review-278890

Why workplace harassment persists despite policies — and what leaders can do

Source: The Conversation – Canada – By Sandy Hershcovis, Associate Dean and Future Fund Professor in Equity, Diversity and Inclusion, University of Calgary

Most organizations have formal systems in place to stop sexual harassment, including policies, reporting procedures and codes of conduct.

Yet harassment, bullying and other harmful behaviour often persists for years inside workplaces. According to Statistics Canada, nearly half of women and 31 per cent of men report experiencing sexual harassment at some point during their working lives.

Silence plays a central role in perpetuating these abuses. When concerns go unreported, complaints unaddressed or experiences minimized, harmful behaviour continues without consequence.

Over time, this can protect high-performing employees who engage in misconduct while pushing out those who are unwilling to tolerate it. The organization loses trust and talent, and its reputation suffers.

In many workplaces, employees are aware of what’s happening, but see speaking up as risky, often due to fear of suffering professional or social consequences.

Our recent research study, led by organizational behaviour professor Angela Workman-Stark, unpacks these processes. We focus on signals of silence — everyday cues that “hush” the problem of sexual harassment.

How silence is reinforced at work

Signals of silence are messages about what is expected, permissible or futile in the organization. They can be communicated by anyone: perpetrators, coworkers, complaint recipients, supervisors and others in positions of power. These silence signals work together to protect harassment in plain sight.

Our research looked at how this happens through three behaviours:

  1. Staying silent: Employees choose not to intervene, report or acknowledge harassment when they know it’s happening. This goes beyond individual victims withholding complaints. It’s also about managers not confronting harassers and witnesses not speaking up.

  2. Silencing others: Colleagues discourage complaints about harassment. This often shows up in well-meaning caution to victims: “You’ll hurt your career,” “it’s better to let it go,” or “just forget about it.” In some cases, pressure comes directly from the perpetrator.

  3. Not listening: When concerns are raised, they are minimized or dismissed. Harassing conduct may be reframed as misunderstandings or overreactions, and conversations are redirected. Complaints may be buried.

The problem with these signals of silence: they fuel further sexual harassment.

Why existing approaches fall short

Policies and reporting systems matter, but they aren’t enough. Organizations have relied on these methods for years to solve the problem of sexual harassment, with little effect.

Encouraging individuals to speak up has limits in environments where doing so carries risk. When silence is reinforced by peers, supervisors and informal norms, single voices cannot compete.

What we studied

Through surveys of more than 3,700 people across five nations, we examined how silence operates in organizations and what interrupts it.

In the first set of studies, we found that harassment signals of silence comprise three interrelated elements: being silent, silencing others and not listening. These silences predict increases in sexual harassment over time.

In the second set, we collected data from two North American police departments to test whether frontline leaders can disrupt the dynamics of silence.

We found that when supervisors demonstrate ethical leadership in visible, everyday ways, signals of silence are less destructive.

Leaders that break the cycle

Our findings demonstrate that supervisors can lessen the adverse effects of silence on sexual harassment. They do this by transmitting four kinds of countersignals:

1. Practise fairness without favouritism.

Consistent, transparent decision-making helps create conditions where people are more willing to speak up. Selective accountability does the opposite, undermining speak-up culture. Effective leaders apply consequences regardless of rank or results. They recognize ethical behaviour as visibly as performance.

2. Demonstrate integrity and trustworthiness.

Leaders who keep promises, address difficult issues directly and act in line with stated values show that ethical standards are real rather than symbolic. Credibility is built through consistent actions over time, not statements alone.

3. Be explicit about expectations.

When expectations are unclear, employees rely on informal cues, which often favour silence. Leaders need to clearly define what behaviour is and isn’t acceptable. How results are achieved matters as much as the results themselves.

4. Take concerns seriously.

Leaders should give their full attention when someone raises a concern and avoid minimizing or reframing it. They should also follow up so the person knows they were heard and taken seriously. These actions send powerful messages that reach beyond the individual conversation.

Changing workplace norms

Middle managers and team leaders hold more power here than they realize. Front-line ethical supervisors can stop silence from feeding into sexual harassment — even in organizations rife with bad behaviour.

Every time a leader listens, acts and holds someone accountable, they send a message that travels farther than they realize.

Workplace culture changes through small, consistent, visible actions rather than paper policies. Over time, those actions shape expectations, and expectations become norms.

A norm of speaking up, once established, is hard to silence.

The Conversation

Sandy Hershcovis receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

Ivana Vranjes receives funding from Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

Lilia M. Cortina receives funding from the Andrew W. Mellon Foundation. She is a member of several committees convened by the National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine.

Zhanna Lyubykh receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. Why workplace harassment persists despite policies — and what leaders can do – https://theconversation.com/why-workplace-harassment-persists-despite-policies-and-what-leaders-can-do-278733