Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

Hay autores que son infinitos. Es decir, ellos dejaron como legado un número determinado de obras pero sus historias son tan universales que continúan generando hijos. Para muestra, el Premio Max a Mejor Espectáculo de Teatro en 2025, que fue para Casting Lear, un montaje en el que Andrea Jiménez reescribe el texto de Shakespeare desde su propia biografía con valentía y riesgo escénico. Si les pilla alguna representación cerca, no se lo pierdan.
Como verán, del bardo venía yo a hablar. Hay algunos hechos sobre él. Uno es que en sus biografías siempre se pasa de puntillas por la historia de su mujer, Anne (o Agnes) Hathaway, y su familia. De hecho, en muchas de ellas se asumió que había sido un matrimonio infeliz, aunque apenas existiesen datos que corroborasen esta u otra teoría. Otro hecho es que William Shakespeare tuvo un hijo llamado Hamnet, que murió cuando era niño, y que al año siguiente estrenó una obra llamada Hamlet.
Con esos datos, la irlandesa Maggie O’Farrell decidió hace un tiempo escribir una novela que fue éxito de crítica y lectores y que se titula como aquel niño: Hamnet. Ahora que Chloe Zhao ha llevado a la gran pantalla este texto, es un buen momento para (re)leer la tragedia del príncipe de Dinamarca pensando en la narración (ficticia) que desarrolló O’Farrell para rellenar ese vacío en la biografía personal del dramaturgo.
Porque a partir de esa mezcla de vivencias históricas e inventadas, autobiográficas y ajenas, hay una conclusión posible y preciosa: somos seres hechos de historias y nuestra necesidad de crear esas historias nos define como especie. Esto es así nos llamemos William, Maggie, Claudia o Sarah Polley (y con esta cuña aprovecho para recomendar fervientemente su documental, sobre este tema, Stories we tell).
Ser infeliz para ser persona
De repente llega una serie, entre los millones de series que se estrenan todas las semanas, que sorprende por la originalidad de su idea, por su planteamiento y porque la ejecución es magistral. Así es Pluribus, de Vince Gilligan, una ficción que no solo impacta por lo que cuenta sino por todas las preguntas que plantea.
Para quien no la haya visto, resumo brevemente: la Tierra recibe una especie de virus que hace que (casi) todo el mundo se convierta en una especie de mente colmena sin criterio propio. La humanidad entera piensa lo mismo, siente lo mismo y, como incentivo, es feliz. Quienes no han sido afectados no tienen, en cambio, el privilegio de sentir esta dicha permanente y colectiva. Es decir, y aquí viene el meollo de la reflexión filosófica, siguen siendo humanos.
No son ellas
A Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis las llamaron “socialistas utópicas” porque ellas creían que a través de la educación y el trabajo en comunidad se podía conseguir una sociedad más justa e igualitaria.
Fundaron el periódico El Pensil Gaditano, y muchos otros Pensiles, porque cada vez que les cerraban uno, abrían otro. Y en él publicaron el considerado primer manifiesto feminista español: “La mujer y la sociedad”.
Y como en este siglo XXI, cada vez que recuperamos las figuras de mujeres inspiradoras, necesitamos ponerles cara y cuerpo, las redes no tardaron en hacerlo con Josefa y Margarita. Sin embargo, y así lo explica Elena Lázaro, por muchas ganas que tengamos de hacernos una camiseta, en esa foto salen otras dos señoras.
Contar para entender
En 1989, Donald Trump pagó 85 000 dólares para pedir en cuatro de los periódicos más leídos de Nueva York la vuelta de la pena de muerte en ese estado. Los anuncios aludían a los cinco detenidos (que, todavía, ni habían sido acusados) por la violación y agresión de una corredora en Central Park. Estos cinco chavales, negros y latinos, fueron condenados y encarcelados, y vivieron años siendo considerados los culpables del brutal ataque, a pesar de declarar continuamente que eran inocentes. Años después se demostró que, efectivamente, lo eran.
En 2019, Ava DuVernay dirigió una miniserie, Así nos ven, que contaba su historia. Es desgarradora, pero ha ayudado a devolverle la narración a sus protagonistas.
Hace unos meses se estrenó en cine Cosas pequeñas como esas, la adaptación de una novela de Claire Keegan que se zambulle en el contexto de las Lavanderías de la Magdalena irlandesas, unos conventos a los que se enviaba, con autorización del Gobierno, a las “jóvenes descarriadas” para que fuesen reeducadas. En realidad, como se imaginan, fueron maltratadas.
Ambas acuden a grandes injusticias que han sacudido la sociedad y las introducen en un relato audiovisual que divulga pero que también acerca.
Ya lo vimos hace un par de meses con La voz de Hind (ahora nominada a un Óscar): los hechos los asimilamos, pero las historias las sentimos. Por eso, hablar en una noticia de una niña asesinada por el ejército israelí no causa el mismo impacto que asistir a la narración de esas horas en las que Hind Rajab estuvo hablando con la Media Luna Roja pidiéndoles que la fuesen a rescatar.
Volviendo a la tesis del inicio de este boletín, estamos hechos de historias, que nos explican, nos ayudan y nos sirven de refugio. Existimos en el mundo porque tenemos que narrarnos, y nos narramos para entendernos. Si no podemos contarnos, aunque sea a nosotros mismos, ¿para qué estar en esta aventura que es la vida?
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– ref. Suplemento cultural: somos historias – https://theconversation.com/suplemento-cultural-somos-historias-274689















