Alrededor de la mitad de todas las muertes por cáncer podrían prevenirse modificando los factores de riesgo relacionados con el estilo de vida y el medio ambiente. A este respecto, la inactividad física –que está alcanzado proporciones de pandemia– es un condicionante clave, mientras que la actividad regular se vincula con menos incidencia, recurrencia y mortalidad de la enfermedad en adultos. Además, es una asociación independiente de factores de riesgo conocidos como el tabaquismo o la obesidad.
Primeras evidencias
Hace bastante tiempo que la comunidad científica sigue la pista a esas cualidades benéficas del ejercicio. Ya en 1921, Ivar Sivertsen y A. W. Dahlstrom postularon un efecto preventivo de la “actividad muscular” frente al desarrollo de tumores. Basaron su teoría en la observación de que la incidencia de carcinomas era mayor en granjeros norteamericanos ya jubilados y con un estilo de vida sedentario en comparación con sus coetáneos que permanecían físicamente activos hasta los setenta u ochenta años.
Además, los científicos observaron que los carcinomas rara vez se desarrollan en animales con altos niveles de actividad espontánea; por ejemplo, peces en libertad en comparación con peces de piscifactoría, o ratones frente a humanos.
De todos modos, en el siglo pasado aún no se contemplaba si tales efectos estaban vinculados a la función del sistema inmune, a pesar de que ya se había documentado en el maratón de Boston de 1902 el fenómeno de leucocitosis (proliferación de leucocitos o glóbulos blancos, células fundamentales de nuestras defensas) inducida por el ejercicio.
También se conocía el fenómeno de la inmunovigilancia, o sea, la capacidad del sistema inmunitario para detectar las células tumorales y destruirlas: Rudolf Virchow identificó en 1863 que los tumores a menudo estaban infiltrados por leucocitos, mientras que William Coley (considerado como “el padre de la inmunoterapia”) había intentado “condicionar” o sensibilizar el sistema inmunitario de sus pacientes, a través de la exposición a toxinas bacterianas, para tratar el cáncer en 1891.
Pero ¿qué sabemos hoy al respecto?
Un torrente de moléculas activado por los músculos
En primer lugar, tenemos que fijarnos en las propiedades fisiológicas del músculo esquelético (el que usamos cuando nos movemos), ya que este actúa, en cierta medida, como un órgano endocrino que libera decenas de moléculas señalizadoras al torrente sanguíneo. Incluyen principalmente proteínas o pequeños péptidos –por ejemplo, citocinas como la interleucina-6 (IL-6), IL-7, o IL-15–, ácidos nucleicos, lípidos y metabolitos como el lactato. Estas moléculas, que se denominan colectivamente “miocinas”, pueden circular libremente o viajar empaquetadas en unas vesículas microscópicas llamadas exosomas.
Además de ejercer funciones saludables a nivel metabólico y multisistémico (por ejemplo, mejoras en el control de la glucemia o en la quema de grasas), las miocinas producen efectos específicos sobre el sistema inmunológico. Por ejemplo, el músculo en contracción libera IL-6, que aumenta de manera exponencial con la intensidad y la duración del esfuerzo: de hecho, puede alcanzar un incremento de aproximadamente 100 veces sobre los niveles circulantes normales.
Aunque la IL-6 procedente de otras fuentes –como las células inmunitarias– tiene un papel sobre todo proinflamatorio, cuando se libera en el contexto del ejercicio provoca lo contrario: un efecto antiinflamatorio generalizado. Esto ocurre especialmente al inducir la liberación de otras citocinas con propiedades antiinflamatorias (IL-1RA o IL-10) y, a su vez, disminuir los niveles del factor de necrosis tumoral, que es una citocina con una potente función proinflamatoria.
Además, la IL-6 generada por el ejercicio puede unirse a los linfocitos con mayor capacidad para matar tumores –las células natural killer (NK)– y estimular su migración hacia esos tumores. Así lo demostró un grupo escandinavo en 2016, en un trabajo con ratones que dio la vuelta al mundo. Como en general las células NK infiltran muy poco los tumores, estos hallazgos eran prometedores.
El poder del ejercicio intenso y regular
Es importante señalar la importancia de la intensidad con que nos movemos. En los humanos, cada episodio “agudo” de ejercicio (caminar rápido, correr, pedalear, nadar…) de al menos 20 minutos de duración induce un considerable aumento transitorio de linfocitos. Afecta sobre todo a las células con un mayor número de receptores para la adrenalina –la hormona y neurotransmisor del estrés agudo–, que son precisamente aquellas con más capacidad de eliminar células tumorales: células NK, CD8+T y γδT, así como neutrófilos.
En suma, practicar ejercicio de manera intensa y con frecuencia produce dos efectos interesantes: la liberación regular de miocinas antiinflamatorias –hoy sabemos que la inflamación crónica es un sustrato de muchos tipos de cáncer en adultos– y un aumento de la infiltración de células inmunes en tumores. Esto último se ha demostrado, por ejemplo, en pacientes con cáncer de próstata (células NK) o de páncreas (células CD8+T).
Nuestros hallazgos
Además, a lo largo de dos décadas de investigación conjunta en la sección de Oncohematología del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús y la Universidad Europea de Madrid, los autores de este artículo también hemos observado los efectos positivos de la actividad física en niños con cáncer.
Así, hemos mostrado cómo el ejercicio realizado en el hospital acelera la reconstitución de las llamadas células dendríticas (que estimulan la respuesta inmune) en niños que reciben un trasplante de médula ósea. Adicionalmente, el ejercicio puede disminuir el riesgo de infecciones a posteriori y mitigar los efectos debilitantes de la quimioterapia sobre la capacidad física.
Por otra parte, ratones con neuroblastoma de alto riesgo –uno de los tumores pediátricos más agresivos– que realizaron ejercicio en cinta rodante experimentaron un aumento de los infiltrados de células inmunes en el tumor. Este incremento afectó, sobre todo, a células mieloides, es decir, las citadas células dendríticas y los macrófagos M2, que parecen tener una acción antitumoral, al menos en modelos animales.
En resumen, no faltan las pruebas de que el ejercicio es un gran aliado para fortalecer y estimular la acción del sistema inmune contra el cáncer, tanto en niños como en adultos.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Director del Centro de Neurotecnología de la Universidad de Columbia e ideador de la iniciativa BRAIN, Rafael Yuste (Madrid, 1963) es actualmente una de las figuras más respetadas de la neurociencia. Entre sus múltiples facetas está la de divulgador, como demuestra con maestría en su libro El cerebro, el teatro del mundo (Paidós, 2024). Además, lidera la defensa de los neuroderechos, es decir, la protección legal y ética de la privacidad de la mente humana frente a dispositivos que ya son capaces de descodificar y almacenar nuestros pensamientos más íntimos.
En su último libro no deja de manifestar asombro por ese pedazo de materia, apenas kilo y medio de masa gelatinosa, que llamamos cerebro. ¿Es de verdad algo tan excepcional en la naturaleza?
Se trata posiblemente del sistema biológico más complejo que existe. La biología es algo todavía misterioso, inexplicable: ¿cómo se desarrolla la vida y cómo se autofabrican los animales? Y de todo esto surge el sistema nervioso, una red de neuronas de cifras astronómicas que forman un trillón de conexiones, más que todo el internet de la Tierra. Que la mente surja de esa maraña, me parece una cosa absolutamente increíble. Es justo decir que es el pedazo de materia conocida más asombroso del cosmos.
¿Y en qué estado del conocimiento del cerebro nos encontramos? ¿Todavía tiene que llegar una revolución como la de Darwin en la evolución, o como la de Einstein en la física, para comprender de verdad cómo funciona?
Justamente nos hallamos al comienzo de una revolución darwiniana en la neurociencia. Llevamos más de 100 años, desde los tiempos de Santiago Ramón y Cajal, destripando cerebros y estudiándolos neurona a neurona. Hemos aprendido muchísimas cosas en el último siglo sobre cómo funcionan las neuronas individualmente, de qué están compuestas, qué tipo de proteínas tienen… Yo diría que hemos acumulado un conocimiento bastante grande a nivel molecular y celular. Pero la pieza que falta es saber qué ocurre cuando esas neuronas se conectan entre sí en redes neuronales.
No obstante, ya se adivina lo que puede ser una teoría general del cerebro. Gracias a ella, de repente, empiezan a encajar todas las piezas que estaban sueltas y podemos vislumbrar cómo funciona ese órgano, cuál es su objetivo y qué papel juega cada una de sus partes y cada una de sus neuronas. De ahí que estemos viviendo un momento tan excepcional en la historia de la neurociencia.
Kant señaló que la razón humana está destinada a afrontar preguntas que no puede ignorar, pero que tampoco puede responder. ¿Es el misterio de la conciencia una de esas preguntas que no se pueden contestar? ¿O no hay nada que se le pueda resistir a la ciencia?
Yo creo que la conciencia será entendible científicamente. Empieza a aparecer alguna teoría con visos de explicarla. Simplemente se trata de otra consecuencia del funcionamiento del sistema nervioso como redes neuronales.
Según mi hipótesis del “teatro del mundo”, el cerebro genera un modelo mental donde cada persona y cada elemento presente en nuestra vida existen también mentalmente, con un grupo de neuronas que los representan. Es bastante “de cajón” que uno de esos elementos sea la propia persona o el propio animal. Si entendemos así el funcionamiento del cerebro, la conciencia sería simplemente la existencia del personaje dentro del modelo del mundo que nos representa a nosotros mismos.
Otro tema de debate “caliente” que involucra actualmente a neurocientíficos y filósofos es el del libre albedrío. Algunos de sus colegas, como Robert Sapolsky, niegan incluso que exista. ¿Cuál es su postura al respecto?
Yo propondría que lo que llamamos libre albedrío o libertad de elección es la consecuencia de un montón de circuitos cerebrales que se involucran en ese tipo de decisiones. La mayor parte del procesamiento de la información es inconsciente; solo somos conscientes de una parte muy pequeña de lo que ocurre en nuestro cerebro. Cuando este toma una decisión, en realidad, somos nosotros los que hacemos esa elección y, de repente, se hace consciente.
Aunque en ese momento pensamos que hemos tomado la decisión libremente, desde cierto punto de vista ha sido determinada por todo el proceso que tenemos en la cabeza. Y, a la vez, no es algo impuesto desde fuera, porque lo hemos escogido nosotros. O sea, yo diría que nos hallamos más bien ante un problema de terminología: lo que llamamos en el lenguaje cotidiano “libre albedrío” es un asunto mucho más complejo que refleja todo un procesamiento, sobre todo en las áreas corticales frontales.
En el lenguaje ordinario, por ejemplo, utilizamos palabras que nos sirven como comodín para describir cosas que no entendemos bien. Luego, cuando las descifra la ciencia, nos damos cuenta de que esas palabras distan de ser exactas. Yo creo que al libre albedrío le ocurrirá algo parecido: en el futuro describiremos cómo tomamos las decisiones de una manera mucho más precisa y rigurosa y no habrá malentendidos.
Según su hipótesis del teatro, el cerebro solo representa una parte de la realidad con el fin de maximizar nuestras probabilidades de sobrevivir y reproducirnos. Por ejemplo, ha escrito: “Lo que percibimos no es lo que existe, sino lo que nuestro cerebro piensa que existe”. ¿No produce un poco de vértigo existencial?
Sí, parece muy paradójico porque nosotros vivimos creyendo que somos parte de una realidad que existe ahí fuera. Precisamente, fue Kant quien planteó la noción revolucionaria de que creamos la realidad en nuestra mente. En vez de decir que la mente humana refleja el mundo, el exterior, Kant propuso lo contrario: que el exterior refleja la mente. Gracias a la neurociencia moderna, sobre todo los estudios de la actividad cerebral espontánea, estamos encontrando cada vez más datos que confirman las hipótesis kantianas.
No solo los filósofos, sino también los neurobiólogos y los psicólogos nos hemos dado cuenta de que muchas percepciones sensoriales del día a día son difíciles de explicar, a no ser que estemos generando la realidad internamente.
Sería el caso de los sueños, las alucinaciones…
Esos son ejemplos muy dramáticos. La gente puede decir: “Bueno, ya, pero la mayor parte del tiempo no estamos soñando o alucinando”. Yo pongo el ejemplo del punto ciego de la retina. Hay una parte del ojo que no recibe información visual del exterior, pero cuando miramos algo, ese “agujero negro” se rellena con lo que hay a su alrededor. Muchas otras situaciones estudiadas por los neurobiólogos también demuestran cómo las percepciones auditivas, olfativas, táctiles o gustativas, así como la sensación de dolor, se generan internamente.
Usted afirma también que estamos finamente programados para identificar y reaccionar a los cambios, a las novedades. ¿Son de algún modo los algoritmos de las redes sociales un mecanismo sofisticado para manipular esa capacidad?
Sí, yo creo que hay algo de esto. Para mantener bien ajustado su modelo del mundo, para que este sea riguroso y encaje perfectamente con la realidad exterior, nuestro cerebro tiene que estar retocándolo continuamente. Porque si no lo hiciera, estaríamos abocados al fracaso evolutivo. A la evolución le interesa que nuestro modelo del mundo esté siempre al día. Y lo logramos, igual que sucede en ingeniería, con un algoritmo que ajusta los errores en nuestras predicciones de lo que va a ocurrir. Estamos haciendo predicciones continuamente.
Por eso somos hipersensibles al cambio, que puede definirse como algo que no hemos previsto. En este sentido, hay situaciones increíbles. Si exponemos a un paciente anestesiado a una estimulación sensorial (por ejemplo, auditiva) y medimos su actividad cerebral, cuando dicha estimulación cambia, comprobaremos que su cerebro lo ha detectado. Somos una especie volcada hacia la novedad. Y las redes sociales lo explotan utilizando probablemente los mismos mecanismos cerebrales que las personas usamos para ajustar el modelo del mundo.
Hace 10 años experimentó lo que usted ha llamado “momento Oppenheimer”, ¿podría explicarnos en qué consistió esa revelación?
Ocurrió cuando intentábamos probar experimentalmente en el laboratorio de Nueva York la hipótesis de que el cerebro es “el teatro del mundo”. En primer lugar, enseñamos un objeto a un ratón e identificamos el grupo de neuronas de su corteza visual que se activaba cuando lo observaba. Después, activamos las mismas neuronas sin mostrarle nada y el animal se empezó a comportar como si estuviese viendo ese objeto externo.
A mi entender, ha sido una de las demostraciones más nítidas de la hipótesis del teatro del mundo y de la idea kantiana de que la realidad exterior se construye internamente. Desde el punto de vista de la neurociencia, fue un día feliz, porque pusimos el ladrillito crítico en el edificio de una nueva teoría para comprender cómo funciona el cerebro. También lo fue desde el punto de vista clínico, ya que al activar esas neuronas en el cerebro del ratón, estábamos generando una alucinación, uno de los síntomas más notorios de la esquizofrenia. Es interesantísimo poder hacer eso, porque una vez que generas alucinaciones en el cerebro de un animal, puedes estudiarlas e intentar prevenirlas.
Rafael Yuste es presidente de la Fundación de Neuroderechos. Javier Arias
Sin embargo, esa noche no pude dormir porque también caí en la cuenta de las consecuencias técnicas y sociales del descubrimiento. Al generar percepciones falsas en el cerebro de animales, estábamos abriendo la puerta a la posibilidad de manipular el cerebro humano y manejar el comportamiento de las personas. O sea, me ocurrió un poco lo mismo que narra la película Oppenheimer, cuando este, al encender el reactor nuclear, se da cuenta de los potenciales efectos nefastos de la tecnología que habían creado. Y es una puerta que ya no se puede cerrar.
Desde entonces, estoy involucrado en lo que llamamos neuroderechos, que consiste en generar una serie de reglas jurídicas y éticas para prevenir la manipulación y descodificación de la actividad cerebral. El objetivo es que la neurotecnología se utilice para el bien común por razones científicas y médicas, siempre respetando los derechos humanos.
¿Y qué tipo de tecnología tiene mayor potencial de vulnerar esos neuroderechos? ¿Con qué dispositivos o intervenciones debemos estar más atentos?
Actualmente, el problema más urgente tiene que ver con la privacidad mental. La neurotecnología y la inteligencia artificial se han desarrollado con muchísima rapidez y, cuando ambas se conjugan, permiten descifrar aspectos muy personales de la actividad cerebral. Por ejemplo, las palabras que conjuramos en la mente, las imágenes, las emociones… Incluso, se han podido descifrar los gestos faciales.
Esto ya se aplica en la clínica, por buenas razones. Por ejemplo, la neurotecnología ha descodificado las palabras formadas en la mente de pacientes completamente paralizados, lo que ha permitido que se comuniquen con el exterior. Ahora se empiezan a vender dispositivos no implantables, como cascos o diademas, que pueden medir la actividad cerebral de una manera eléctrica, como lo hace un electroencefalograma, y traducir las palabras que las personas generan internamente en su mente. Es algo muy positivo y, al mismo tiempo, muy preocupante, porque las compañías que empiezan a vender estos dispositivos de neurotecnología portátil no están reguladas en absoluto.
La Fundación de Neuroderechos, que dirijo, llevó a cabo un estudio, publicado hace más de un año, sobre 30 compañías de neurotecnología comercial. Todas ellas acaparan los datos neuronales del consumidor y la mayoría los venden a terceras partes. Ahora estamos involucrados en una campaña global para prevenir esta hemorragia de datos neuronales, porque nos parece que la privacidad mental de las personas tiene que ser un derecho humano básico.
Ya hay seis lugares del mundo donde la actividad cerebral está protegida legalmente: Chile, el estado de Río Grande del Sur de Brasil y los estados de California, Colorado, Montana y Connecticut en Estados Unidos. ¿Cree que existe realmente concienciación pública y voluntad política para que se extienda el establecimiento de marcos jurídicos y el reconocimiento de estos nuevos derechos humanos?
De hecho, todas esas regulaciones han sido aprobadas por unanimidad y de manera transversal. Cuando la gente entiende lo que está en juego, es muy fácil convencer a los representantes de los ciudadanos, a los diputados, senadores o gobernadores para que se involucren. La cuestión es correr la voz, contar las cosas o aprovechar entrevistas como esta para explicar a la gente que es una situación urgente.
Por otra parte, hay quien piensa que ya existen regulaciones que nos amparan contra las amenazas derivadas de las neurotecnologías, como el derecho a la libertad de pensamiento, recogido en el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Esta postura defiende que no es necesario desarrollar nueva legislación y que, incluso, sería contraproducente. ¿Qué responde a esos reparos?
Creo que es una posición equivocada, basada en el desconocimiento. De hecho, nuestra fundación publicó hace cuatro años un análisis muy extenso sobre todos los tratados internacionales, incluyendo el que has mencionado, con el que demostramos que los neuroderechos no estaban bien protegidos.
Me parece muy arriesgado, incluso poco profesional, decir que todo está atado y bien atado, que las legislaciones son perfectas y no tienen que cambiar nunca. Es bastante lógico pensar que, a la vez que avanzan la ciencia y la tecnología, deben hacerlo las reglas sociales, incluyendo los tratados internacionales de derechos humanos.
Cantabria ha presentado un anteproyecto de salud digital que, entre otras cosas, protegerá neuroderechos y datos generados por el cerebro. ¿Puede convertirse España en la punta de lanza europea en este ámbito?
La idea es esa: que, por un efecto dominó, otros países europeos acaben tomando medidas parecidas. Es lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde actualmente unos diez estados están considerando leyes de datos para proteger la actividad cerebral de las personas.
Dice que el siglo XXI será el de la neurociencia. Afirma que, si descubrimos cómo funciona de verdad el cerebro, eso tendrá repercusiones revolucionarias en la cultura, la educación, la justicia… En el clima, a menudo apocalíptico, que impera, ¿se atreve a ser optimista con el futuro?
Sí, soy optimista. La ciencia y la medicina tienen una hoja de servicios impecable en el pasado. Y el pasado es la mejor predicción del futuro. En mitad de todo este fragor actual, los científicos y los médicos siguen trabajando día tras día, iluminando aspectos de nuestra propia identidad. Creo que el conocimiento es liberador, que despejaremos las telarañas mentales heredadas de los prejuicios de generaciones anteriores.
Yo trabajo con la ilusión de que estos nuevos conocimientos permitan no solo mejorarnos a nosotros mismos mentalmente, sino también como sociedad y como cultura. Puede compararse a lo que ocurrió en el Renacimiento, cuando el conocimiento de la biología, del cuerpo humano y del papel que juega el ser humano en el mundo alumbró una gran revolución en aspectos no solamente científicos, sino también artísticos, culturales, sociales y de organización de los sistemas políticos. Nos hallamos ante una posible nueva revolución comandada por la ciencia y la medicina.
Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a los derechos digitales.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Moreno Falcón, Investigadora en Sistemas de Información Geográfica aplicados a la gestión de riesgos en Patrimonio Cultural , Universidad Pablo de Olavide
España vivió en 2025 un año complicado para el patrimonio cultural. El 8 de agosto, un incendio accidental, al parecer originado por una barredora eléctrica, afectó a la Mezquita-Catedral de Córdoba y dañó varias de sus capillas.
Este suceso fue el cierre de un verano con grandes incendios forestales en el que Galicia, Castilla y León y Extremadura fueron las regiones más afectadas. El fuego arrasó casi 400 000 hectáreas y puso en riesgo pueblos, parajes naturales y culturales. Entre los lugares amenazados estuvieron las Médulas, antiguo complejo minero romano, o la villa de Itálica.
Ocurrencia de incendios en la península ibérica. A) Hectáreas quemadas anualmente. En rojo se muestran los datos del año 2025; B) Áreas afectadas por incendios en 2025. En verde se muestran las áreas afectadas en 2025 y en azul los incendios ocurridos en septiembre; C) Estaciones del año en la que se activaron grandes incendios entre los años 2000 y 2025. Global Wildfire Information System, CC BY-NC
Estos hechos han reabierto el debate sobre la gestión del patrimonio cultural dañado por el fuego. Hasta ahora, la mayoría de los incendios en bienes culturales tenían un origen interno y eran causados por fallos eléctricos o accidentes dentro de los edificios. Sin embargo, el cambio climático y el aumento de temperaturas y de corredores vegetales entre bosques y ciudades (la llamada interfaz urbano-forestal) están cambiando el escenario.
La ayuda de la ciencia y la tecnología
En este contexto, la ciencia juega un papel fundamental tanto en la prevención como en su recuperación. Cuando un bien cultural sufre un incendio, las decisiones de los restauradores determinan qué se salva y cómo hacerlo. Por eso, necesitan contar con datos científicos que guíen sus intervenciones y eviten nuevos daños.
Para ello, los especialistas recurren cada vez más a técnicas modernas de laboratorio, que evalúan daños con rapidez y exactitud. Su uso permite planificar la restauración y diseñar estrategias que refuercen la resistencia de estos bienes frente a futuros incendios:
La microscopía electrónica de barrido (SEM-EDX) es una de las técnicas más usada en restauración. Un haz de electrones incide sobre una micromuestra del bien, lo que permite obtener imágenes de altísima resolución de la superficie y también ver contrastes en escala de grises según el peso atómico de los materiales. Además, con ella también se pueden realizar análisis químicos elementales.
Todo esto ayuda a conocer la composición de los pigmentos utilizados y las capas de preparación (por ejemplo, si se ha empleado yeso o carbonato). En obras afectadas por incendios muestra daños en la composición e identifica pigmentos y cargas, que han sido alterados por el fuego y han cambiado de color. También permite observar alteraciones provocadas por el fuego como grietas, fisuras y cavidades generadas por la salida de gases.
Muestra de una escultura policromada dañada por un incendio obtenida por SEM-EDX. En la imagen se observan las diferentes capas que conforman la policromía de la obra. De abajo a arriba: capa de preparación y diferentes capas de pintura. En todas estas capas se aprecian los daños generados en forma de cavidades y grietas. Imagen obtenida en el laboratorio de las autoras.
La espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier (FTIR) y la espectroscopía Raman son técnicas de análisis molecular en las que se hacen vibrar los enlaces de las moléculas y se registra qué frecuencias se absorben. Así se identifican familias químicas o componentes presentes en las obras de arte. Ambas técnicas son complementarias y permiten identificar aglutinantes, barnices, pigmentos y cargas. Además, cuando estas sustancias se han visto afectadas por altas temperaturas, su estructura puede cambiar y verse en los espectros. Esto ayuda a entender el alcance de los daños.
Espectro obtenido mediante FTIR de una muestra de una escultura policromada. Muestra las bandas asociadas a los grupos funcionales, que permiten identificar los diferentes materiales. Se observa presencia de yeso (preparación), aceite (aglutinante) y blanco de plomo (pigmento). Imagen obtenida en el laboratorio de las autoras.
Las cámaras multiespectrales e hiperespectrales son muy utilizadas para analizar grandes superficies (porque pueden colocarse en drones o satélites) y bienes culturales de diferentes tamaños en laboratorio. Registran la radiación reflejada por la superficie de los materiales en distintas longitudes de onda. Detectan alteraciones invisibles al ojo humano y delimitan con precisión las áreas dañadas.
Tras un incendio forestal, las cámaras que recogen datos en el infrarrojo cercano diferencian vegetación sana de quemada, ya que las plantas no afectadas reflejan más esta radiación. Para evaluar el grado de los daños, se utiliza el Índice Normalizado de Quemado (NBR) y el dNBR, calculado a partir de imágenes multiespectrales o hiperespectrales antes y después del incendio. Esto permite a los expertos evaluar el impacto del fuego sobre el territorio, guiando en la identificación de las áreas afectadas y su recuperación.
Especialistas y conocimiento científico
Los análisis científicos son herramientas que orientan decisiones críticas. Tras un incendio, los equipos de restauración deben valorar qué materiales pueden estabilizarse, qué intervenciones requieren tratamientos específicos y qué obras, lamentablemente, son irrecuperables.
La información que aportan estas técnicas no evita la pérdida, pero sí reduce el riesgo de agravar daños. Además, sirve para preservar información histórica que de otro modo desaparecería y diseñar estrategias más seguras y efectivas en obras muy delicadas. De este modo, el análisis científico de bienes culturales dañados por el fuego aporta información muy valiosa para su restauración y minimiza riesgos, asegurando su pervivencia en el tiempo.
La tendencia es clara: la ciencia no solo previene, también responde a las emergencias. Este enfoque quedó claro en la restauración de la Catedral de Notre Dame tras el devastador incendio de 2019, donde los trabajos partieron de un sólido respaldo científico. La investigación no fue un lujo sino una necesidad que hizo posible garantizar su recuperación tras el desastre.
Los contenidos del artículo han sido elaborados con la colaboración de David Díaz Jiménez, graduado en Geografía e Historia en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.
Mónica Moreno Falcón tiene un contrato de investigación posdoctoral asociado al proyecto ATLAS: Studying symbiotic scenarios linking Heritage assets and green areas to prepare Historic Cities to face Climate Changes (PCI2024-153441) financiado por Joint Programming Initiatives Cultural Heritage and Global Change (JPI CH).
Además, recibe fondos para desarrollar su propia línea de investigación del proyecto “La integración de Recursos Satelitales, Sistemas de Información Geográfica y Evaluación Social para minimizar el impacto del Cambio Climático en Centros Históricos” (PPI-2404) financiado por el VI Plan Propio de Investigación y Transferencia 2023-2026 de la Universidad Pablo de Olavide.
Andrea Gil Torrano recibe fondos de FPU (Formación de Profesorado Universitario, financiado por Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Convocatoria 2023, Referencia FPU23/02357).
Rocío Ortiz Calderón recibe fondos de Art-Risk Difusión: STEM al servicio del Arte ¿Cómo ayudan las ciencias en una emergencia para salvar obras de Arte en un Museo? (FCT-23-19856) financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Villena Taranilla, Profesor universitario en Educación y Tecnología / Especialista en innovación educativa y tecnologías emergentes, Universidad Camilo José Cela; UNIR – Universidad Internacional de La Rioja
“¡Profe, me muevo! ¡Estoy dentro del coliseo romano!” gritaba Pablo, girando la cabeza de un lado a otro, intentando seguir la carrera de cuadrigas con las gafas puestas y los brazos extendidos. A su lado, Lucía se inclinaba hacia atrás como si temiera que los gladiadores pudieran empujarla “¡Mira ,Rafa, parecen de verdad!”, me decía entre risas.
Un murmullo de asombro recorría toda la clase junto a expresiones como: “¡Se oyen los gritos del público!”; “¡Hay fuego! ¡Están luchando!”; “¡Estoy encima del acueducto! ¡Mira el río!”; “¡No quiero quitarme las gafas todavía!”…
En apenas unos minutos, la clase se había transformado en la antigua Emérita Augusta. Los niños no estaban leyendo sobre Roma, ni viendo vídeos ni fotos: estaban paseando por ella. Algunos se agachaban para mirar los mosaicos del suelo, otros giraban la cabeza buscando a los soldados que oían detrás.
Gladiadores luchando en la reconstrucción digital de Emérita Augusta de la aplicación educativa VirTimePlace
Vivir la historia
Durante décadas, la idea de viajar al pasado parecía algo exclusivo de la ciencia ficción. Hoy, gracias a la realidad virtual, los estudiantes pueden cruzar las puertas del tiempo sin moverse de su pupitre. Solamente necesitan un visor de cartón, un teléfono inteligente o tableta y una aplicación gratuita que recrea escenarios históricos en 360 grados. Pueden mirar en todas direcciones, moverse libremente por calles, templos o anfiteatros; explorar ciudades romanas, griegas, medievales… observar sus foros o el bullicio de una batalla.
¿Influye esto en cómo aprenden? ¿Recuerdan mejor? ¿Se sienten más motivados?
Para responder a estas preguntas, realizamos un estudio con alumnado de Educación Primaria. Descubrimos que no solo obtenían mejores notas sino que también mostraban más motivación y más curiosidad que en las clases magistrales basadas en el libro de texto. Son resultados que coinciden con otros estudios nuestros e investigaciones que destacan las ventajas de la interactividad y la inmersión en el desarrollo de una representación espacial de los contenidos, el incremento de la motivación intrínseca y su potencial para estudiantes con dificultades de aprendizaje, como la dislexia.
En esta experiencia concreta, cerca de 100 estudiantes de cuarto de Educación Primaria de tres colegios de Castilla La Mancha, en España recorrieron virtualmente la ciudad romana de Emérita Augusta (la actual Mérida). Cada estudiante exploró de forma individual la reconstrucción digital de la aplicación educativa VirTimePlace. No se trataba de ver un vídeo, sino de entrar en el escenario.
Ellos podían desplazarse libremente por las calles, girar sobre sí mismos, mirar hacia arriba para contemplar los templos o acercarse a los mosaicos del suelo.
Cada movimiento cambiaba su punto de vista y la ciudad reaccionaba a su mirada, generando una sensación real de presencia. Por unos minutos, el aula desapareció: solo existía Emérita Augusta, viva ante sus ojos.
Algunas alumnas de primaria durante la experiencia inmersiva. Rafael Villena Taranilla.
De acuerdo con nuestra evaluación posterior del proyecto, los alumnos que vivieron la historia desde dentro comprendieron mejor los procesos históricos y mostraron una motivación mucho más alta que quienes aprendieron con el libro de texto tradicional.
La emoción como motor de aprendizaje
Tras comprobar que esta experiencia mejoraba la comprensión y la motivación con los contenidos históricos, quisimos dar un paso más y conocer cómo influía esta tecnología en quienes pronto estarían al otro lado del aula.
Con este nuevo estudio con estudiantes del Grado en Educación Primaria, futuros maestros y maestras, pudimos comprobar que la inmersión virtual no solo aumentaba su motivación y curiosidad, sino que también transformaba su forma de concebir la enseñanza de la Historia.
Muchos reconocieron que, por primera vez, entendían cómo despertar en su futuro alumnado la misma emoción y deseo de aprender que ellos habían sentido dentro de aquel mundo virtual.
Problemas técnicos y económicos. Desde el coste del equipamiento, falta de dispositivos suficientes para todo el alumnado o las deficiencias en la conexión a internet.
Dificultades de uso, como la necesidad de calibrar dispositivos, los mareos o la fatiga por un uso prolongado. Sin embargo, la mayoría de los estudios revisados coinciden en que estos efectos son temporales y fácilmente evitables, limitando la inmersión a periodos cortos.
Escasa formación docente. Algunos estudios incluidos señalan como una barrera clave la capacitación del profesorado. La solución pasa por incorporar estas herramientas a los planes de estudio del Grado de Educación Primaria y a la formación permanente, de modo que los docentes no solo aprenda a usarlas sino a diseñar actividades significativas con ellas.
Riesgo de superficialidad. Por eso, más que dejar al alumnado “solo” dentro del entorno virtual, se recomienda combinar la experiencia con una guía activa del docente: primero, los estudiantes exploran el escenario histórico mientras que el docente comenta detalles, plantea preguntas y orienta su mirada hacia los elementos clave. Después, ya sin gafas, se contrasta lo que se ha visto con imágenes o textos del libro de Historia. Finalmente, el grupo reflexiona sobre cómo vivían las personas de esa época y qué aspectos del pasado se entienden mejor tras haberlos experimentado.
De este modo, la inmersión no sustituye la explicación, la complementa; la emoción se transforma en comprensión.
De la fascinación a la pedagogía
Las mejores experiencias con realidad virtual son las que integran la inmersión con la reflexión, y no terminan al quitarse las gafas. Por ejemplo, en nuestras clases universitarias, los futuros docentes visitaron virtualmente una ciudad romana y, después, diseñaron actividades para que su alumnado analizase la organización social o los valores culturales observados.
La realidad virtual se convierte así en un punto de partida para el pensamiento crítico, no en un fin en sí misma. Tras la tecnología, llegaron las preguntas y el diálogo posterior. Finalmente, debemos evaluar con rigor, para garantizar que la emoción inicial se traduce en aprendizaje real. Es imprescindible comprobar si lo vivido se ha entendido de verdad.
Esta tecnología puede facilitar una aproximación a la asignatura de historia más realista y vivencial, aumentando la motivación y la curiosidad, mejorando la comprensión y la implicación, y reforzando la conexión con el pasado.
Rafael Villena Taranilla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En las organizaciones, la persona que liderará un proyecto suele decidirse con información incompleta y bajo presión de tiempo. En ese contexto, los atajos mentales y estereotipos influyen más de lo que pensamos. Empresas y administraciones llevan años promoviendo la diversidad, pero los resultados son dispares: a menudo persisten brechas de género en puestos de liderazgo. Una explicación plausible es el peso de los juicios rápidos y automáticos: lo que denominamos sesgos inconscientes.
El proceso comienza con la creación de una plantilla (el rostro base) a partir de la cual se van a generar variaciones aleatorias (ruido). Para obtener el rostro base se recopilan y seleccionan imágenes de rostros siguiendo las especificaciones del estudio, en escala de grises y con los contornos faciales alineados y difuminados. Esa muestra de imágenes se combina para obtener el rostro base.
Presentamos a los participantes pares de imágenes generadas a partir del rostro base y ruido aleatorio. A partir de miles de elecciones, se reconstruye una imagen prototípica que sintetiza la intuición inconsciente del participante.
Además, pedimos a los mismos participantes que valoraran conscientemente qué competencias percibían en esas caras prototipo. Para establecer dichas competencias tomamos como referencia el estándar ICB4 de la Asociación Internacional de Jefes de Proyecto (IPMA), que las organiza en tres áreas:
People (relaciones interpersonales).
Practice (técnicas).
Perspective (contexto).
En nuestro estudio pusimos el foco en el aspecto interpersonal (liderazgo, comunicación, negociación y resolución de conflictos, trabajo en equipo, integridad, etc.) por su relevancia para el desempeño.
Qué encontramos
Aparecieron dos prototipos nítidos. La imagen reconstruida a partir de elecciones de hombres se percibió como masculina y la obtenida a partir de elecciones de mujeres, como femenina. En la práctica, esto refleja un sesgo de endogrupo (grupo social al cual alguien se adscribe psicológicamente como miembro): tendemos a proyectar la idea de “buen jefe de proyecto” sobre los rasgos de nuestro propio género. Esto resulta relevante en profesiones masculinizadas, en las que las decisiones de contratación y promoción suelen ser tomadas por hombres.
Cuando pasamos de la impresión a la valoración consciente de competencias, la mayoría (hombres y mujeres) vio más claramente en la cara percibida como femenina las competencias de “comunicación”, “negociación y gestión de conflictos y relaciones”, “trabajo en equipo” e “integridad”.
En cambio, la “experiencia” (como señal de pericia técnica), la “capacidad de resolución” y el “liderazgo” se asociaron más a la cara percibida como masculina, sobre todo entre evaluadores varones.
En conjunto, el patrón sugiere que, aunque se reconoce explícitamente el peso de las competencias interpersonales, persisten asociaciones implícitas que vinculan la autoridad técnica con lo masculino.
A la pregunta de quién lo haría mejor, el resultado fue matizado y las respuestas se movieron cerca del empate. Pero, al tener que decidir con quién preferirían trabajar, la balanza se inclinó hacia la cara femenina. Es decir, al deliberar se valora un estilo más colaborativo, pero eso no elimina las primeras impresiones, que pueden sesgar la preselección cuando la información es escasa.
Cómo encaja con la evidencia existente
La técnica utilizada en nuestro trabajo recupera imágenes psicológicamente significativas de cómo juzgamos rostros atribuyéndoles, por ejemplo, “confiabilidad” o “dominancia”, lo que respalda la validez del método para estudiar primeras impresiones.
Por su parte, el estándar ICB4 subraya la importancia de las competencias interpersonales en el éxito de proyecto (People). Estas competencias a menudo son minusvaloradas frente a indicadores más tangibles de experiencia técnica. Nuestro hallazgo de “inconsciente masculino/técnico vs. consciente femenino/relacional-colaborativo” es coherente con ese desajuste.
Finalmente, materiales divulgativos sobre sesgo inconsciente en entornos corporativos describen fenómenos como el sesgo de afinidad (por el que tendemos a favorecer a quien “se parece” a nosotros) y recomiendan estructurar decisiones para limitar la intuición. Este marco ayuda a interpretar el sesgo de endogrupo observado.
Qué pueden hacer las organizaciones
Para reducir los sesgos conviene:
Estandarizar la selección inicial: usar listas de verificación y matrices de criterios antes de mirar fotografías o perfiles sociales, de modo que el primer contacto sea competencial y no visual.
Diversificar los paneles de selección: los equipos con variedad de género y experiencia disminuyen el sesgo de endogrupo y aportan miradas complementarias.
Siempre que sea posible, aplicar la “selección ciega” en las etapas tempranas del proceso de selección (ocultando fotos o nombres) para reducir el riesgo de que la decisión se vea afectada por estereotipos.
Medir y retroalimentar: seguir de cerca las tasas de avance y promoción por género y ajustar el proceso cuando aparezcan asimetrías, priorizando indicadores de desempeño real y no de “apariencia” de competencia.
Un mensaje final
Nuestro estudio no afirma que “los hombres seleccionen siempre a hombres” ni que “las mujeres sean mejores líderes”. Muestra algo más sutil y operativo: cuando decidimos con poca información, la imagen mental que asociamos a “buen jefe o jefa de proyecto” puede sesgarnos (y esa imagen varía por género).
Estructurando las decisiones con criterios competenciales y diseñando procesos que reduzcan la influencia de la primera impresión se puede acortar la brecha entre lo que decimos valorar y lo que efectivamente seleccionamos. De esta forma se evita que, en las profesiones masculinizadas, en las que las decisiones de promoción y contratación las toman principalmente los hombres, los puestos de liderazgo sigan siendo ocupados mayoritariamente por ellos.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – USA – By Donald Heflin, Executive Director of the Edward R. Murrow Center and Senior Fellow of Diplomatic Practice, The Fletcher School, Tufts University
U.S. Secretary of State Marco Rubio, center, with U.S. delegation members faces the Ukrainian delegation during discussions in Geneva on Nov. 23, 2025, on a plan to end the war in Ukraine. Fabrice Coffrini/ AFP via Getty Images
As Russian bombs continued to pound Ukraine, a different conflict has blown up over plans to end that almost four-year-long war. The Trump administration on Nov. 20, 2025, formally presented Ukraine with a 28-point proposal to end the war, and President Donald Trump announced the country had until Thanksgiving to sign it. But Ukraine and its European and U.S. allies said the plan heavily favored Russia, requiring Ukraine to give up territory not even held by Russia, diminish the size of its military and, ultimately, place its long-term sovereignty at risk. The Trump administration was accused by policy experts and some lawmakers of fashioning a plan to serve Russia’s interests, and Secretary of State Marco Rubio got enmeshed in an argument with U.S. senators over whether the U.S. or Russia had authored the document. On Nov. 23, Ukrainian and U.S. officials held talks in Geneva, which Rubio declared were “productive and meaningful,” and those negotiations continue. The Conversation U.S. politics editor Naomi Schalit asked longtime diplomat Donald Heflin, now teaching at Tufts University’s Fletcher School, to help make sense of the chaotic events.
I have a whole list of questions to ask you, but my first question is what on earth is going on?
It’s hard to say. Ever since the Trump administration took power for the second time, it’s alternated between leaning towards Russia in this war or being more neutral, with occasional leaning towards Ukraine. They go back and forth.
This particular peace plan gives Russia a lot at once. It gets the size of the Ukrainian army cut down from 800,000-plus to 600,000, when the country is barely hanging on defending itself with 800,000 troops. Russia gets land, including land that it has conquered. A lot of people expected that might be one of the conditions of a Ukraine-Russia peace deal. But this also gives Russia land that it hasn’t taken yet and may never take.
It bars Ukraine from seeking NATO membership. That’s not a huge surprise. That was probably always going to be part of an eventual deal. Ukraine gets security guarantees from the West. Unfortunately, the U.S. gave ironclad security guarantees in 1994 when Ukraine gave up its nuclear weapons voluntarily. It’s been invaded by Russia twice since then, in 2014 and 2022. So our security guarantees really don’t mean a whole lot in that area of the world.
I think this is the most important part, what Putin is looking for more than anything else. Russia gets released from economic sanctions and it rejoins the group of G7 industrialized countries.
Putin’s economy is under a lot of stress. The cash that would flow in for the sale of Russian goods, particularly energy, would enable him to build a whole new army from scratch, if he needed to. That’s a huge strategic advantage. This would be a major shot in the arm for the Russian economy and for the Russian war economy.
So this is a very pro-Russian deal, unless it’s modified heavily, and there’s argument in Washington now whether the Russians just plain drafted it, or whether our State Department drafted it but for some reason leaned heavily towards Russia.
I’m inclined to think the original draft came from the Russians. It’s just too loaded up with the stuff that they want.
There was a fair amount of confusing back-and-forth on Nov. 23 that Rubio had told some senators that, in fact, the plan wasn’t generated by the United States, that it reflected a Russian wish list. The senators revealed this publicly. Then a State Department spokesman called that claim “blatantly false.” You’re a former diplomat. When you see that kind of thing happening, what do you think?
It’s amateur hour. We’ve seen this before. With this administration, it puts a lot of very amateurish people – Rubio’s not one of them – in place in important offices, like Steve Witkoff, the special envoy for Russia and Ukraine who is also the special envoy for the Middle East. And they’ve gotten rid of all the professionals. They either just fired some or ran some off.
So you know, the problem here is implementation. Politicians can have great thoughts, but they usually then turn to the professionals and say, “Here’s what I’m thinking.” The people they would turn to are gone. And that was their own doing – the left hand doesn’t know what the right hand is doing.
How might that affect the ultimate goal, which is peace?
This is a very delicate situation that calls for delicate peace talks from professional diplomats. There are a couple of things that need to happen and aren’t happening very much. First off, this is a war in Eastern Europe. Europe should be very involved now. They lean against Russia, so they probably can’t be honest brokers, but they need to be involved in every step of this process. If there’s going to be any rebuilding of Ukraine, Europe’s going to have to help with that. If there’s going to be pressure on Russia, Europe buys a lot of its goods, especially energy. They’re just a necessary player, and they haven’t been included.
Ukrainian President Volodymyr Zelenskyy meets with U.S. President Donald Trump at the 80th session of the United Nations General Assembly on Sept. 23, 2025. in New York City. Chip Somodevilla/Getty Images
What else?
The other is that when people have these great ideas, normally they would turn to their professionals. Those professionals would then talk to the professionals on the other side or other sides. Staff work would be done, then your presidents or your prime ministers or your secretaries of state would meet and hammer out the deal.
None of that’s happening in this process. People are having great thoughts and getting on planes, and that’s not a recipe for a permanent peace deal.
Europe is champing at the bit to try to get involved in this, because they’ve got professional diplomats still in place, and it affects them.
Why is this happening now?
The timing of all this is really interesting. Winter’s coming, and Northern Europe, particularly Germany, is very dependent on Russian natural gas to heat their homes. These sanctions against Russia make that difficult. They make it more expensive. Should Russia decide it wanted to play hardball, it could cut off its natural gas in Northern Europe, and people in Germany would be freezing in the dark this winter. This timing is not an accident.
Trump said he wanted an agreement by Thanksgiving. Is that a reasonable requirement of a process to bring peace after a multiyear war?
No, it’s not. I don’t know if they even realize this in the
Trump administration, but that’s another sign – just as we had ahead of the Alaska Summit between Putin and Trump – that this isn’t really about trying to make peace. It’s for show and to get credit. In a war that’s been going on now for almost four years, you don’t say, “OK, within the next week, come up with a very complicated peace deal and sign off on it and it’s going to stick.” That’s just not the way it works.
Donald Heflin does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
La enorme acumulación militar en el Caribe ha desatado especulaciones de que Estados Unidos está inmerso en su último capítulo de intervención directa en América Latina. Una idea que se ha visto reforzada en las últimas horas por la inclusión del cartel de los Soles en la lista de organizaciones terroristas que maneja el Departamento de Estado. La decisión coloca en la diana al presidente venezolano Nicolás Maduro y a altos cargos de su Gobierno.
Por ahora, al menos, el presidente Donald Trump ha dado marcha atrás en sus insinuaciones de que Washington está considerando lanzar ataques dentro de Venezuela, aparentemente satisfecho con atacar numerosos buques de guerra con el pretexto de una operación antinarcóticos. No obstante, la presencia estadounidense en la región se amplió la semana pasada con la llegada del portaaviones más grande del mundo: el USS Gerald R. Ford.
Como estudioso de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, sé que las acciones de la actual administración estadounidense se inscriben en una larga historia de intervenciones en la región. Si la escalada pasara de los ataques a barcos a una confrontación militar directa con Venezuela, tal agresión parecería algo habitual en las relaciones interamericanas.
Y, sin duda, los gobiernos de toda América Latina, tanto dentro como fuera de Venezuela, la situarán en este contexto histórico.
Pero, aunque recuerda a algunas prácticas cuasi piratas de la Marina de los Estados Unidos, el aumento del poderío militar actual no tiene precedentes en muchos aspectos clave. Y podría dañar las relaciones de Estados Unidos con el resto del hemisferio durante toda una generación.
Una historia de intervenciones
De la forma más evidente, el despliegue de una flotilla de buques de guerra en el sur del Caribe evoca oscuros ecos de la “diplomacia de las cañoneras”, el envío unilateral de marines o soldados para intimidar a gobiernos extranjeros, especialmente frecuente en América Latina. Fuentes fiables recogen hasta 41 casos de este tipo en la región entre 1898 y 1994.
De ellos, 17 fueron casos directos de agresión de Estados Unidos contra naciones soberanas y 24 fueron intervenciones de las fuerzas estadounidenses en apoyo de dictadores o regímenes militares latinoamericanos. Muchos terminaron con el derrocamiento de gobiernos democráticos y la muerte de miles de personas. Entre 1915 y 1934, por ejemplo, Estados Unidos invadió y luego ocupó Haití y pudo haber matado a unas 11 500 personas.
Un partidario venezolano de Maduro participa en una concentración contra la actividad militar estadounidense en el Caribe. Federico Parra/AFP via Getty Images
Durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, Washington siguió dictando la política de América Latina, mostrando su disposición a responder a cualquier amenaza percibida para las inversiones o los mercados estadounidenses y respaldando dictaduras proestadounidenses como el régimen de Augusto Pinochet en Chile entre 1973 y 1990.
Los latinoamericanos, en general, se han irritado ante estas muestras tan evidentes del poder de Washington. Esta oposición de los gobiernos latinoamericanos fue la razón principal por la que el presidente Franklin D. Roosevelt renunció a las intervenciones con su política de “buena vecindad” en la década de 1930. Sin embargo, las intervenciones continuaron durante la Guerra Fría, con medidas contra los gobiernos de izquierda en Nicaragua y Granada en la década de 1980.
El fin de la Guerra Fría no supuso el fin definitivo de las intervenciones militares. Algunas fuerzas armadas estadounidenses siguieron operando en el hemisferio, pero, desde 1994, lo hicieron como parte de fuerzas multilaterales, como en Haití, o respondiendo a invitaciones o colaborando con los países anfitriones, por ejemplo, en operaciones antinarcóticos en los Andes y Centroamérica.
El respeto por la soberanía nacional y la no intervención –dos principios sagrados en el hemisferio–, especialmente en el contexto del aumento de la violencia relacionada con las drogas, ha acallado en gran medida la resistencia a la presencia de tropas estadounidenses en los países más grandes del hemisferio, como México y Brasil.
No es un simple reinicio de la Doctrina Monroe
¿Está Trump simplemente reviviendo una postura abandonada hace tiempo sobre el papel de Estados Unidos en la región?
Ni mucho menos. En dos aspectos clave, la agresión contra Venezuela o cualquier otro país latinoamericano en la actualidad, justificada por Washington como respuesta a la insuficiente aplicación de la ley contra el tráfico de drogas, representa un peligro sin precedentes.
En primer lugar, echaría por tierra la antigua justificación de la intervención armada estadounidense conocida como la Doctrina Monroe. Desde 1823, cuando el presidente James Monroe la anunció, Estados Unidos ha tratado de mantener a las potencias extranjeras fuera de las repúblicas del hemisferio.
Washington creía que, una vez que un pueblo latinoamericano ganaba su independencia, tenía derecho a conservarla, y la Marina de los Estados Unidos debía ayudar en la medida de lo posible. A principios del siglo XX, esa supuesta ayuda adoptó la forma de un policía que patrullaba el mar Caribe, ejerciendo lo que el entonces presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, denominó un “gran garrote” e impidiendo que los europeos desembarcaran y, por ejemplo, cobraran deudas. A veces esto se hacía haciendo desembarcar primero a los marines y trasladando el oro de un país a Wall Street.
Una caricatura de 1904 en el New York Herald muestra a los líderes europeos observando el poder naval estadounidense bajo la Doctrina Monroe. Bettmann/Getty Images
Una ampliación del precedente de Panamá
Incluso durante la Guerra Fría, la Doctrina Monroe podía invocarse lógicamente para mantener a los soviéticos fuera del hemisferio, ya fuera en Guatemala en 1954, en Cuba en 1961, o en la República Dominicana en 1965.
A menudo, el vínculo soviético era débil, incluso inexistente. Pero aún quedaba un hilo tenue de mantener fuera una “ideología extranjera” que parecía mantener la relevancia de Monroe.
La doctrina murió de forma definitiva en 1989 con la invasión de Panamá para derrocar a su líder rebelde, Manuel Noriega, condenado por tráfico de drogas y culpable de destruir la democracia de su país. Nadie señaló a ningún cómplice fuera del hemisferio.
El derrocamiento de Noriega por unos 26 000 soldados estadounidenses podría ser el paralelismo más cercano a la persecución por parte de Trump de los supuestos barcos de drogas en el Caribe. Trump ya ha afirmado en repetidas ocasiones que el presidente venezolano Nicolás Maduro, al igual que Noriega, no es el jefe de Estado de su propio país y, por lo tanto, es procesable.
Pero incluso ahí, el paralelismo con Panamá diverge de manera crucial: un ataque estadounidense contra Venezuela sería muy diferente en escala y geografía. El país de Maduro es doce veces más grande y tiene aproximadamente seis veces más población. Sus tropas activas suman al menos 100 000 efectivos.
Foto de 1989 del cuartel general de las Fuerzas de Defensa de Panamá bombardeado tras ser destruido en la invasión estadounidense de Panamá. AP Photo/Matias Recar
¿Otro Irak?
De todas las invasiones y ocupaciones estadounidenses en América Latina, ninguna ha tenido lugar en Sudamérica ni en un país grande.
Es cierto que las tropas de EE UU invadieron México varias veces, a partir de 1846, pero nunca ocuparon todo el país. En la guerra de México, las tropas estadounidenses se retiraron después de 1848. En 1914, ocuparon una sola ciudad, Veracruz, y en 1916 persiguieron a Pancho Villa en la Expedición Punitiva. En todos estos episodios, se comprobó que tomar zonas de México era costoso e improductivo.
Un cambio de régimen provocado por Estados Unidos en un país soberano hoy en día, como en Venezuela, probablemente desencadenaría una resistencia masiva no solo por parte de su ejército, sino en todo el país.
La amenaza de Maduro de una “república en armas” en caso de que Estados Unidos invadiera podría ser una bravuconada, pero tambien podría no serlo. Muchos expertos predicen que tal invasión sería un desastre. Es más, Maduro ya ha solicitado ayuda militar de Rusia, China e Irán. Incluso sin esa ayuda, la movilización de los activos estadounidenses en el Caribe no garantiza el éxito.
Y aunque a muchos gobiernos del resto del hemisferio sin duda les encantaría expulsar a Maduro, les disgustaría el método utilizado para ello. Los presidentes de Colombia y México han criticado los ataques, y otros han advertido acerca del resentimiento que se generaría en el hemisferio si se produjera una intervención.
En parte, esto se debe al pasado intervencionista de Estados Unidos en América Latina, pero también proviene de un instinto de supervivencia, especialmente entre los gobiernos de izquierda que ya han despertado la ira de Trump. Como dijo el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, “si esto se convierte en una tendencia, si cada uno piensa que puede invadir el territorio de otro para hacer lo que quiera, ¿dónde queda el respeto por la soberanía de las naciones?”.
Venezuela, contrariamente a lo que afirma la Casa Blanca, no es un gran productor ni punto de tránsito de narcóticos. ¿Qué pasaría si Trump dirigiera su mirada hacia otros gobiernos aún más comprometidos con la corrupción relacionada con las drogas, como México, Colombia, Bolivia y Perú? Nadie quiere ser la siguiente ficha de dominó.
Alan McPherson no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Elena Lázaro Real, Investigadora colaboradora en el Instituto de Estudios de las Mujeres y de Género, Universidad de Granada
Aquella resolución publicada en el año 2000 recogía, en realidad, un trabajo previo de la propia Asamblea de Naciones Unidas que, empapada por la Tercera Ola del Feminismo de los años 70, había celebrado una Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer en 1979 y que terminó 24 años después con una declaración específica sobre la violencia de género, el antecedente más próximo de todos los 25N que estarían por llegar.
Dicho de otra forma, el mundo lleva ya casi medio siglo hablando a las claras contra una de las violencias humanas más evidentes: la que sufren las mujeres por el hecho de serlo. Esa violencia que en pleno siglo XXI muchos se niegan a reconocer como una violencia con motivaciones y formas específicas es fruto de un sistema que ha reconocido al hombre como sujeto de poder, otorgándole la capacidad de violentar, y ha relegado a las mujeres al de víctimas.
Ese sistema que las sociedades democráticas tratan de transformar encontró a partir del siglo XIX en Occidente la manera de legitimarse legal, social e incluso científicamente. Sí, el siglo XIX, el mismo de los grandes avances científicos y tecnológicos de la contemporaneidad, el del nacimiento de los Estados liberales, primero, y las democracias, después, es el mismo que legitimó científicamente el patriarcado y, por tanto, convirtió a las señoras del XIX en las primeras víctimas “oficiales” de sus diferentes formas de violencia.
Ellas, las que parieron el feminismo como una corriente de pensamiento liberador para hombres y mujeres, fueron las primeras en quedar legalmente sujetas al poder de los hombres.
Tuteladas por padres y maridos
Los códigos civiles y penales que regulaban las relaciones sociales nacen en el siglo XIX con la premisa de que las mujeres deben ser tuteladas por sus padres o maridos. Su capacidad de agencia queda negada incluso en sus relaciones románticas gracias a un concepto de honra que las infantiliza.
Y ahí es donde se me ha ocurrido mirar este 25N: al origen de las violencias contra los cuerpos de las mujeres a través de su sexualidad.
A lo largo del siglo XIX, cuando la Ginecología y la Obstetricia se consolidan como materias en las Facultades de Medicina, la teoría médica “inventa” dos enfermedades que atribuye a las mujeres que manifiestan sentir deseo o placer sexual. La histeria –utilizada como cajón de sastre para muchas otras patologías– y la ninfomanía son diagnosticadas ante el más mínimo síntoma. Y se diseñan tratamientos especialmente agresivos.
Según recogen las revistas médicas de la época, existieron tratamientos puramente físicos que en casos extremos llegaron a la extirpación de clítoris, ovarios y útero como medida preventiva.
A esa práctica se sumaban otras como la prohibición de la masturbación, considerada una práctica patológica, al tiempo que en las consultas se practicaban masajes pélvicos aplicados manualmente o mediante vibradores mecánicos y eléctricos, aunque su uso generó controversia por la posibilidad de producir excitación sexual.
Este último asunto fue fruto de una polémica al haber sido planteado por la historiadora de la tecnología Rachel Maines hace años y rebatido con posterioridad, si bien al menos en prensa especializada española sí han aparecido estos vibradores como instrumentos para paliar las “molestias de las mujeres”.
Electroterapia y bromuro contra la “lascivia”
Las señoras del XIX fueron sometidas a tratamientos como la electroterapia, uso de corrientes eléctricas en diferentes partes de la anatomía femenina, incluidos los genitales. Además, fueron tratadas con fármacos como el bromuro de potasio –recetado para combatir pensamientos lascivos y dolores de ovarios y hoy retirado de cualquier práctica sanitaria que no sea veterinaria– y remedios naturales como la quininina, valeriana y la belladona.
También probaron las “histéricas” el platino, la cloretona y hasta sangre de matadero. Cualquier cosa con tal de controlar cualquier manifestación de deseo sexual fuera del interés reproductivo.
Aquellas prácticas más agresivas físicamente fueron cayendo en desuso y sustituidas por terapias psicoanalíticas que igualmente agredían la salud mental de las mujeres. Las mujeres del XIX fueron sometidas a tratamientos mentales como la hipnosis y, lo más radical, el internamiento en manicomios en los que se practicaban también la hidroterapia, duchas frías a presión contra el cuerpo.
La expresión de sus emociones y su condición de ciudadanas tuteladas por padres y maridos las convirtió en víctimas de violencias que hoy suenan lejanas y casi anecdóticas y que fueron destruidas gracias, precisamente, a las conquistas que desde los márgenes hizo el feminismo y la investigación con perspectiva de género.
Aquel mismo feminismo que impregnara la convención de la ONU de 1979 y que este 25N nos hace conscientes de que Vivas nos queremos, aunque estemos “vivas de milagro”.
Elena Lázaro Real es miembro de la Asociación Española de Comunicación Científica y de la Asociación de Periodistas por la Igualdad
Source: The Conversation – UK – By William Finnegan, Head of Programmes in Lifelong Learning in Social Sciences, University of Oxford
Student contributions were added to a participatory artwork representing the Thames watershed as a 15-metre-long wearable robe. Authors provided, CC BY
In 2023, a visit to a local state secondary school to discuss our project, The Museum of Climate Hope, led to an unexpected discussion. A few weeks earlier, an eminent climate scientist had presented a harrowing tale of climate apocalypse to the school’s sixth form. But the students told us the scientist’s presentation, intended as a wake-up call to apathetic teenagers, had backfired.
After that “doom and gloom” message, a teacher at the school told us some students who were already concerned about climate change were showing signs of eco-distress. This term has been coined by environmental psychologists to capture the negative emotional responses – worry, anxiety, despair – to environmental change.
In contrast, teachers observed that other students who were less engaged with the issue seemed to be coping by further distancing themselves from the issue.
Subsequently, we took a group of these students to the Oxford Botanic Garden and and the university’s History of Science Museum to help us identify objects to include in our own museum’s trail.
The authors’ digital storytelling project explores climate futures with young people.
The Museum of Climate Hope was designed to foster constructive engagement with the climate crisis. It can be experienced in person – as a trail of objects spread through the University of Oxford’s gardens, libraries and museums – or digitally through our interactive multimedia platform.
Climate in the curriculum
For most students in England, opportunities to learn about climate change are rare. The Curriculum and Assessment Review, published in November 2025, included education on climate change and sustainability as one of five applied knowledge areas, based on feedback from young people, parents and carers. Yet it also noted there is “currently minimal explicit inclusion of climate education in the national curriculum”.
The review has reinforced calls from researchers for climate to be more fully integrated across school subjects, from geography to history. It also noted that enhancing climate education will involve changes not only in content but also pedagogy – the way we teach.
In collaboration with other sustainability education researchers and practitioners, we have proposed a “pedagogy of hope”. We hope this will support teachers as they implement the recommendations of the review “to equip learners to rise to the challenges of a sustainable future”.
Our museum incorporates pedagogies of hope into both structured and self-directed learning. The objects on our trail represent positive stories of resilience, innovation and transformation, rather than negative stories of loss and destruction.
For example, the Oxford University Museum of Natural History is known for having an extinct dodo in its collection. But the young people who helped curate our trail thought that swifts and beavers would be better symbols for exploring successful conservation and rewilding projects.
Another item on our trail is a bronze-age cauldron at the Ashmolean Museum. This large cooking vessel illustrates how resources were shared in those communities, while its signs of repair over many centuries indicate material value and craftsmanship, in contrast to today’s throwaway culture.
The cauldron was discovered in – and is believed to have been a gift to – the River Cherwell. So it also represents its users’ reciprocal relationship with the natural world.
Moving from museums to the classroom, we spent a term working with local primary school students to incorporate environmental themes into activities combining arts and science. Our sessions focused on understanding climate change as a local phenomenon that every child experiences directly. One example was the increased flooding of the nearby Cherwell river.
These students were introduced to another Museum of Climate Hope object in one of the Bodleian Libraries: the 400-year-old Sheldon tapestry map of Oxfordshire. They found their school and homes on the tapestry, and contrasted it with contemporary maps of the same area – helping them to explore local people’s changing relationships with rivers and landscapes. The students then created their own textile art of local nature that was important to them.
Their contributions were added to a participatory artwork representing the Thames watershed – the land area that includes the River Thames and its tributaries – as a 15-metre wearable robe. This Tamesis Unweaving robe combines elements of the Sheldon tapestry map with objects on the trail found in the Pitt Rivers Museum – a Hawaiian cloak made of feathers and an Evenki parka coat made of reindeer skin.
Student contributions were added to this artwork representing the Thames watershed as a 15-metre-long wearable robe. Author provided, CC BY-SA
For some of these young people, the first step towards climate action was creatively connecting to the local environment, and depicting a sustainable future through art.
Back at the sixth form assembly in Oxford, we were invited to do a follow-up talk. We spoke about the power of cultural change – not simply technological innovation – in response to climate change, and the importance of constructive hope.
Most of the students humoured our invitation to close their eyes and travel in time to the year 2051, to visit a future museum. It’s an activity inspired by the 1851 Great Exhibition and 1951 Festival of Britain, as well as our research on speculative digital storytelling.
They were encouraged to think of objects that might be put on a pedestal or relegated to a museum as part of the transition to a more sustainable future. We also asked them to think of any people who might have their stories told in this future museum.
One student yelled out the name of someone else in the room – claiming they were the smartest person he knew, someone who could definitely solve any problem the future could throw at us. Laughter rippled through the assembly, tension was released, and we all felt a little more hopeful.
The climate crisis has a communications problem. How do we tell stories that move people – not just to fear the future, but to imagine and build a better one? This article is part of Climate Storytelling, a series exploring how arts and science can join forces to spark understanding, hope and action.
The Museum of Climate Hope project is supported by the Public and Community Engagement with Research Fund and the Cultural Programme at the University of Oxford.
Tina Fawcett receives funding from UKRI and the Askehave Foundation.
Anya Gleizer does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Sleep is one of the essential physiological needs for human survival, alongside food, water and air. But sleep is socially driven, influenced by environmental and personal factors, and a recent study suggests it may be affected by fragments from bacteria.
Historically scientists have thought it unlikely that gut microbes affect physiological sleep regulation. The recent study, published in Frontiers in Neuroscience, indicated bacterial cell wall components (peptidoglycan) have been found in areas of the brain called the brainstem, olfactory bulb and hypothalamus.
Peptidoglycan, also known as murein in scientific lore, is a strong, mesh-like layer outside the plasma membrane of most bacterial cells. This helps contain the bacteria’s shape and rigidity. Without peptidoglycan, bacteria would just be little water balloons.
The recent study suggested that concentration of peptidoglycan seems to increase in periods of sleep deprivation, or changes in sleeping patterns. This is a sign that the gut microbiota might play a role in sleep quality.
This work was carried out on nine male mice which were housed in a 12-hour light/dark cycle. Measurements were taken over 48 hours to map brain activity cycles during sleep and rest. Afterwards the mice were euthanised. Different areas of the brain were separated immediately so isolated areas could be measured independently for peptidoglycan levels.
The research has been conducted and designed in a rigorous fashion. But the study exclusively used adult male mice. Although animal models can be translated to humans, the crossover in microbiota research is weak. Animal research into microbiota can only tell us so much about what is happening in our guts because the environment in which humans and mice live is vastly different.
For example, a breakthrough paper in 2006 raised mice without any microorganisms in their bodies, known as germ-free mice, and then transplanted some of them with the gut microbiota from obese mice. The study found the mice who had the gut microbiota transplant gained more body fat than germ free mice colonised with microbiota from lean mice. This breakthrough research suggested that the gut microbiota might contribute to weight gain and a knock-on effect obesity.
But follow up studies using humans fecal microbiota transplantation from lean humans into obese adolescents did not lead to weight loss. Findings in mice can suggest mechanisms but not necessarily predict outcomes in humans.
Furthermore the recent sleep research on mice has ignored the other 49% of the population, females. It’s a gap that risks leaving half the world in the dark about sleep health.
So when it comes to understanding the gut microbiota, does it really matter what organisms are found in the gastrointestinal tract of rodents and how this might interfere with their sleep patterns?
Our brain is traditionally considered sterile and protected by the blood brain barrier. This tight system blocks microbes and molecules from entering the brain in healthy people. There is no evidence to suggest that there is a brain microbiome unlike within the digestive system and on our skin.
However, previous studies have shown fragments that relate to bacteria such as peptidoglycan and lipopolysaccharides can be detected within the brain. This is probably because the fragments are smaller than bacteria. The blood brain barrier and intestinal wall are more permeable in conditions like sleep deprivation, inflammation, ageing or even after strenuous exercise.
Could there be a link between sleep deprivation and gut bacteria? fizkes/Shutterstock
Day-to-day variations in the cells that make up the wall of your intestines may be affected due to the direct effects of circadian regulation on the junctions between the cell membrane and its other compartments. These junctions form a seal that prevents the passage of molecules and ions between cells, essentially controlling what passes through.
When these junctions relax, this allows the organisms found in the GI tract to enter the blood, which are then transported around the body. It’s unclear whether that is good or bad but leaky junctions have been associated with inflammatory bowel disease.
Some research suggests that our microbiota is closely linked through the gut-brain axis. Although large amounts of research on the gut-brain axis have been conducted on rats and mice, there are very few translational links between what has been researched in animals and what actually happens in the human body.
This means researchers would need to make a massive investment in researching how the gut microbiome interacts with our organs and other physiological systems with large-scale human interventions.
Since there is still much we do not understand about the gut microbiome, we are a long way off this kind of scientific insight. However, this study does reflect growing scientific and public interest in the intersection between human microbiology and neuroscience. It may be that we are only beginning to appreciate just how interconnected the human body and everything in it is.
Lewis Mattin is affiliated with The Physiological Society, The Society for Endocrinology, In2Science & UKRI funded Ageing and Nutrient Sensing Network.