¿Es cierto que ya no se baila en los conciertos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cristina Pérez-Ordóñez, Profesora e investigadora, Universidad de Málaga

Concierto de Role Model en el Apolo Club de Barcelona, en diciembre de 2024. Christian Bertrand/Shutterstock

Verano, vacaciones, fiestas y ferias, conciertos, festivales…

A pesar de los esfuerzos que se están realizando por romper la estacionalidad, julio y agosto siguen siendo los meses musicales por excelencia no solo en España sino en toda Europa. Basta con mirar las agendas de eventos de cualquier ciudad del Viejo Continente para comprobarlo.

En la actualidad, la música en directo vive un momento de gran éxito en todo el mundo. Así lo demuestran los datos de facturación por venta de entradas, con casi 35 000 millones de dólares recaudados en 2024 o los más de 70 millones de espectadores que asistieron a algún espectáculo de música en vivo.

En España, el Anuario de la Música en vivo 2025 publicado por la Asociación de Promotores Musicales arroja la misma tendencia: en 2024 se recaudaron más de 725 millones de euros solo en entradas y hubo más de 32 millones de espectadores, entre conciertos y festivales. A ello, hay que sumar el impacto económico generado, que en España se sitúa en casi 4 200 millones de euros.

Además de las múltiples giras de artistas nacionales e internacionales, España es el primer destino de turismo musical del mundo y destaca por el número de festivales de música que se celebran. En 2024 hubo más de 900 repartidos por todo el territorio nacional; Arenal Sound (300 000 asistentes), Primavera Sound (268 000) y Viñarock (240 000) fueron los eventos más multitudinarios. Junto a ellos, las giras de Bruce Springsteen (como artista internacional) y Melendi (nacional) congregaron al mayor número de espectadores, con más de 275 000 y casi 501 200 respectivamente.

Con estas cifras se puede afirmar que España es un país de música en directo, con legiones de fans que llenan recintos para disfrutar de sus artistas favoritos, coreando todos los temas y bailando sus canciones más conocidas. O ¿tal vez no?

Bailar o grabar

Al entrar en un recinto de música en vivo llama poderosamente la atención que, en muchos casos, ya no se baila. Las manos y cabezas danzantes, los saltos y movimientos que ocupaban el horizonte han sido sustituidos por una masa de teléfonos móviles que graban todo lo que sucede en el escenario o se hacen selfies disfrutando de la experiencia.

Atrás han quedado los conciertos de los que necesitábamos varios días para recuperarnos después de una noche de brincos. Ahora lo que tenemos son unas bonitas imágenes que subimos rápidamente a las redes sociales con las que mostrar al resto del mundo digital que hemos estado en ese concierto o en ese festival al que tanta gente hubiera querido asistir. Así lo demuestran las millones de fotografías que han llenado TikTok o Instagram de la reciente –y esperada– gira de Oasis por el Reino Unido.

Un cambio en el consumo

Pero ¿cómo hemos llegado a esta situación? ¿Por qué preferimos hacer fotos y colgarlas en redes en lugar de bailar y cantar? ¿Qué nos aporta?

Todo indica que no hay solo una causa, sino múltiples factores que han incidido en nuestra forma de consumir música en directo y en las gratificaciones que obtenemos de esos consumos culturales.

En primer lugar, la industria del directo se ha institucionalizado a nivel comercial, es decir, sus agentes se han profesionalizado, empleando sofisticadas estrategias de marketing para atraer al máximo número de consumidores.

De esta forma, las empresas del espectáculo han evolucionado hasta un modelo similar al de un festival de consumo cultural de distintas propuestas empresariales, no todas ellas pertenecientes a la industria musical.

Para ello, además de ofrecer entretenimiento en cada rincón del recinto, se han servido de estrategias de marketing basadas en la distribución de imágenes glamurosas de lo que estaba pasando dentro y fuera de los escenarios. Han construido narrativas audiovisuales a través de las cuales se relacionan los agentes implicados en hacer posibles este tipo de espectáculos y en las que también participan los asistentes. De esta forma, los fans son ahora parte de esa narración, especialmente de los festivales cuyas promotoras han extendido este modelo al resto de eventos musicales.
Sirva de ejemplo el festival Mad Cool de Madrid, celebrado el pasado mes de julio. Además de los vídeos y fotografías difundidos por la organización, se sumaron los contenidos de las marcas patrocinadoras, de los grupos y artistas, de los medios de comunicación, de los numerosos influencers que acudieron invitados por las marcas y los de los propios asistentes –empleando etiquetas como #madcool o #madcoolfestival–. Entre todos ellos encontramos experiencias que van desde los stands de los patrocinadores a los espacios de descanso, pasando por los posados en los luminosos o la archiconocida noria.

Ver y ser visto

A ello, hay que sumar el consumo extensivo de las redes sociales. En los últimos informes se destaca el aumento de las horas que pasamos consumiendo contenidos audiovisuales a través de redes como Instagram o TikTok, convirtiéndose en las pantallas a través de las que vivimos.

Esa influencia ha llegado a condicionar la forma en la que se producen los espectáculos en directo, que continúan con la denominada estética TikTok. Es decir, la puesta en escena de muchos conciertos está pensada para adaptarse a las pantallas de los móviles, pasando de ser espacios de consumo musical a recintos de generación de contenidos.

Uno de los ejemplos más relevantes de los últimos años fue la gira Motomami de Rosalía, que empleó la misma escenografía que se había usado en el concierto de lanzamiento del álbum retransmitido a través de TikTok. Junto a ella, Charli XCX, Lady Gaga o The 1975, entre otros, también han optado por este tipo de montajes que busca ofrecer el marco adecuado para la generación de contenido relacionado.

Nuevos espacios de entretenimiento

A estas tendencias se añade la transformación de los espacios y recintos musicales que se han llenado de experiencias –además de la musical–. Son espacios de ocio, de estatus social, de dejarse ver y, especialmente, de mostrarse a través de la instantaneidad de las stories de Instagram.

Dos chicas con vestidos ligeros y coronas de flores.
Las fans se visten de acuerdo a una de las ‘eras’ de la carrera musical de Taylor Swift en un concierto de su gira en Australia.
Graham Drew Photography/Shutterstock

Exponer la experiencia de asistir a un concierto o un festival tiene hoy en día más valor social que real, desde vestirse siguiendo un estudiado dress code (como hacían los espectadores de la gira de Taylor Swift adecuando su ropa a cada una de sus “eras”) y acceder al recinto hasta, por fin, llegar a la localidad. Dejar constancia de con quién acudimos, qué nos vamos encontrando, qué regalos se dan o qué se puede comer forma parte hoy de esa experiencia de consumo musical en vivo, dejando el mero disfrute de la escucha en un segundo plano.

Y es que, en estos tiempos, tiene más valor social ser la primera en dar evidencia de que se está en un concierto que el mero hecho de estar allí… bailando. Por eso muchas nos quedamos quietas para grabar bien y compartir unos bonitos vídeos.

The Conversation

Cristina Pérez-Ordóñez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Es cierto que ya no se baila en los conciertos? – https://theconversation.com/es-cierto-que-ya-no-se-baila-en-los-conciertos-258730

¿Quiénes son los capibaras, esos curiosos roedores que se han ganado el corazón de los internautas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Christiane Denys, Professeure Emerite du Museum, Muséum national d’histoire naturelle (MNHN)

¿Es el capibara solo un conejillo de Indias grande, dócil y cariñoso? Desde 2020, en las redes sociales se está produciendo una auténtica capibaramanía. Algunos de estos animales incluso viven como mascotas en apartamentos o jardines ya sea en China, Canadá o Rusia.

Además, desde 2021, los habitantes de la ciudad residencial de Nordelta, en Argentina, han visto sus céspedes y piscinas invadidas por una gran cantidad de capibaras. Las causas de esta invasión, al igual que el reciente entusiasmo por este roedor, se desconocen, pero algunos lo atribuyen al hecho de que ese barrio se construyó en una zona que antiguamente era su hábitat natural.

En general, se sabe bastante poco sobre este roedor desde el punto de vista científico. ¿A quién se refería Linneo cuando en 1766, al descubrirlo, lo llamó “cerdo acuático”? ¿Dónde vive en estado salvaje? ¿Cómo vive? ¿Está amenazado por los cambios globales que se están produciendo?

La familia de los capibaras

El capibara pertenece al género Hydrochoerus, que actualmente comprende dos especies: el capibara grande (o Hydrochoerus hydrochaeris), que es el más popular, y el capibara de Panamá (o Hydrochoerus isthmius), que es más pequeño, pero aún poco conocido.

Mara patagónica en un zoológico de Argentina.
Snowmanradio/Wikipedia, CC BY

El género Hydrochoerus pertenece a un suborden de roedores muy antiguos que solo viven en Sudamérica. Dentro de este género, el capibara es un miembro de la familia Caviidae, que también incluye a los conejillos de Indias y las liebres de la pampa (las maras).

Esta familia se diversificó hace unos 18 a 14 millones de años en América del Sur y actualmente cuenta con 20 especies, lo que la convierte en una de las más diversas de este territorio.

Kerodon rupestris fotografiado en Brasil.
Carlos Reis/Flickr, CC BY-NC-ND

Una filogenia molecular sitúa al capibara (Hydrochoerus) como grupo hermano de los Kerodon (cobaya de las rocas), mientras que el conejillo de Indias (género Cavia) es un primo más lejano.

El capibara grande se encuentra en estado salvaje desde el este de los Andes y Colombia hasta Brasil, Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay. El capibara de Panamá, por su parte, vive al este de Panamá, al oeste de Colombia y al noroeste de Venezuela.

Antepasados de hasta 300 kg

El capibara grande es el que se encuentra con más frecuencia en los parques zoológicos y el que más llama la atención del público en la actualidad. De todos los roedores, es actualmente el más grande en tamaño (de 1 m a 1,3 m) y peso (entre 35 kg y 65 kg) en estado salvaje (hasta 100 kg en cautividad). Pero comparado con sus antepasados es un peso pluma.

De hecho, se estima que sus ancestros fósiles eran capibaras gigantes. Llamados Phugatherium y Protohydrochoerus, vivieron hace entre 4 y 2,5 millones de años en Argentina y Bolivia. Estos podían medir hasta dos metros de largo y pesar entre 200 y 300 kg, es decir, el tamaño de un tapir, según algunos científicos, una estimación que otros reducen a unos 110 kg.

En comparación con el conejillo de Indias, el capibara se distingue por su imponente tamaño, su cola pequeña, un pelaje largo pero áspero de color marrón dorado uniforme, la presencia de una pequeña membrana entre los tres dedos de las patas, que le sirven de aletas para nadar, y, por último, por su mandíbula, con dientes largos y muy altos (sin raíces visibles, se dice que son hipodontos) con numerosas crestas oblicuas y un tercer molar muy grande.

Por último, el hocico es alto y truncado en la parte delantera, las orejas son pequeñas y redondas y los ojos, muy altos y situados hacia atrás en la cabeza.

Anatomía de la mandíbula del capibara.
Fotógrafo: Phil Myers / Copyright: Museo de Zoología, Universidad de Michigan-Ann Arbor, EE.UU.

Al igual que el conejo, ingiere sus propias heces

A diferencia del conejillo de Indias salvaje, que habita las praderas secas y las zonas boscosas de los Andes, el capibara prefiere vivir a orillas del agua en las zonas tropicales y subtropicales de menor altitud. Frecuenta las zonas boscosas y las praderas húmedas de los Llanos de Venezuela o del Pantanal brasileño. Es un roedor acuático y vegetariano al que le gustan las hierbas, las semillas y las plantas acuáticas.

Al igual que el conejo, el capibara ingiere parte de sus excrementos para completar su digestión.
CC BY

Su modo de digestión es similar al de los rumiantes. Tiene una digestión cecal y practica la caecotrofia (es decir, la ingestión de sus excrementos para una mejor asimilación de las fibras, como en los conejos).

En estado salvaje, viven en grupos de 2 a 30 individuos dirigidos por un macho dominante que se encarga de la reproducción con las hembras y defiende el territorio donde el grupo encuentra sus recursos alimenticios.

El tamaño del territorio depende de la calidad de los recursos alimenticios y puede variar entre 10 y 200 hectáreas, con una densidad de población que alcanza hasta 15 individuos por hectárea.

Las hembras pueden reproducirse dos veces al año. Sus camadas suelen tener entre tres y cinco crías, que nacen tras cuatro o cinco meses de gestación. El crecimiento es rápido y las crías alcanzan la madurez sexual entre los 14 y los 18 meses, con un peso de alrededor de 35 kg.

En grupo, emiten fuertes vocalizaciones cuando se acerca un depredador (jaguar, puma, chacal o anaconda). El grupo se refugia entonces en el agua, donde los individuos son buenos nadadores y buceadores.

Un hábitat natural amenazado

Estos roedores pueden ser diurnos o nocturnos, dependiendo de la presión cinegética o de la estación. Aunque la especie vive en muchas áreas protegidas, hoy en día se caza por su carne y su piel. Sin embargo, en la actualidad existen numerosas granjas que reducen la presión sobre las poblaciones silvestres.

Las poblaciones silvestres de capibaras no parecen estar disminuyendo y la especie no se considera en peligro de extinción. No obstante, parece que la fuerte disminución de las lluvias observada en su hábitat desde 2020 ha tenido un impacto.

De hecho, la aparición de incendios forestales cada vez más frecuentes y extensos –debido a la tala de bosques en la estación seca, en particular para aumentar la superficie de pastos disponibles para el ganado– provoca en el Pantanal brasileño una mortalidad animal importante.

En Los Llanos venezolanos, la deforestación también continúa, no solo para el desarrollo de la agricultura y la ganadería, sino también debido a la explotación de maderas preciosas y al desarrollo de la industria petrolera. Al mismo tiempo, la construcción de presas hidroeléctricas está secando algunas zonas. Todo esto contribuye a reducir el hábitat natural del gran capibara.

La convivencia y la domesticación

Más allá de estas grandes zonas forestales, en Argentina, estos roedores son cada vez más visibles en las afueras de Buenos Aires. Se han construido viviendas a lo largo del río donde vivían, y la urbanización de sus territorios les impide alimentarse normalmente. En ausencia de depredadores, alimentados por algunos habitantes que, al encontrarlos simpáticos, les dejan entrar en sus jardines y piscinas, estos animales se multiplican fácilmente.

La mayoría de los residentes consideran que el capibara es tranquilo y poco agresivo, salvo los machos, que son muy ruidosos y luchan por el dominio de la manada. Los capibaras tienen cada vez menos miedo de acercarse a los humanos, lo que explica por qué se ven cada vez más y por qué aumenta el número de accidentes.

En todo el mundo, cada vez más personas llegan incluso a adoptarlos, considerándolos animales domésticos dóciles. Se recomienda elegir solo hembras y es mejor disponer de una gran masa de agua cerca de la vivienda.

En internet, los vídeos publicados por sus propietarios muestran capibaras solitarios bañándose en bañeras de apartamentos o paseando solos con correa, lo que, en mi opinión, se asemeja al maltrato. Los territorios naturales de los capibaras son grandes, sus necesidades de agua son importantes y viven en manadas en la naturaleza.

En la naturaleza, el capibara necesita un territorio amplio para su equilibrio.

Aprovechemos el entusiasmo que despierta este roedor de vida sorprendente para actuar a nivel internacional contra la degradación de los humedales más grandes del planeta. Hoy en día, estos ecosistemas están amenazados por el cambio climático y el aumento desenfrenado de las actividades humanas, que degradan el medio ambiente de forma duradera e irreversible. Una mala noticia para el capibara y para muchas otras especies.

The Conversation

Christiane Denys no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Quiénes son los capibaras, esos curiosos roedores que se han ganado el corazón de los internautas? – https://theconversation.com/quienes-son-los-capibaras-esos-curiosos-roedores-que-se-han-ganado-el-corazon-de-los-internautas-262834

Cuatro maneras de experimentar con la inteligencia artificial en el aula universitaria

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rosa M. Rodríguez-Izquierdo, Catedrática en Educación en el Dpto. Educación y Psicología Social, Universidad Pablo de Olavide

EF Stock/Shutterstock

Cada día los estudiantes llegan al aula con resúmenes hechos por ChatGPT o ideas esbozadas por algún asistente virtual. Ante esta realidad, surge una pregunta incómoda: ¿qué sentido tiene que nos reunamos en el aula? El aula tradicional pierde sentido como lugar donde se repite lo que ya puede generar una máquina en segundos.

El desafío, entonces, es dejar de preguntarnos “qué voy a enseñar hoy” para pasar a plantearnos “qué vamos a construir juntos”. ¿Cómo lograrlo? Aquí van cuatro formas concretas de transformar el aula en un laboratorio donde se construye conocimiento.

El consultorio de hipótesis

Imaginemos que antes de clase pedimos a los estudiantes que usen inteligencia artificial (IA) para generar una tesis sobre el tema del día. La tarea no es simplemente aceptarla como válida, sino desafiarla.

El reto dialógico comienza en el aula. El tiempo de clase se dedica a que el alumnado comparta lo que la IA entrega y a evaluar sus interacciones con estas herramientas. Los estudiantes discuten sus resultados y evalúan juntos: ¿realmente fue útil esta tecnología? ¿Qué preguntas funcionaron mejor? ¿Cómo nos ayudó a corregir errores y a avanzar nuevas preguntas?

El docente invita al grupo a encontrar los puntos débiles del argumento, los contrargumentos más fuertes, las posibles falacias lógicas o los vacíos de información. Por ejemplo, si la IA generó una tesis que afirma: “El uso de la realidad virtual acelera la curva de aprendizaje de los estudiantes en un 30 % en todas las disciplinas”, la tarea del alumnado es cuestionar esa afirmación. ¿Qué evidencia se presenta para ese 30 %? ¿Aplica por igual a todas las asignaturas? ¿Y en todas las edades?




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El trabajo en el aula se convierte en un diálogo sobre el sentido y los sesgos, usando una respuesta automática para ir más allá, poniéndola en cuestión y explorando fuentes alternativas.

Las sesiones se dividen en bloques de 20-30 minutos: primero comparten lo que trajeron de casa, luego en el aula comienza el desafío de trabajo en grupo, después critican y reconstruyen, y finalmente sintetizan aprendizajes.

El taller de falacias

El docente lanza una provocación sobre un tema polémico. Por ejemplo: “¿Debería legalizarse el cánnabis recreativo?”. Pide al alumnado que use IA para generar argumentos a favor y en contra. Pero aquí viene lo interesante: el trabajo en clase es analizar la lógica de esos argumentos y detectar errores lógicos.

Los estudiantes aprenden a detectar falacias ad hominem, apelaciones indebidas o falsas causalidades. Contrastan la voz artificial con su propio juicio crítico, construyen argumentos más éticos y sólidos basados en evidencia científica.

El aula deja de ser un espacio para recibir respuestas a interrogantes que el estudiante no se ha hecho, y pasa a ser un entorno para poner a prueba y formular las preguntas adecuadas.




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La clase se convierte en un laboratorio retórico donde se entrena la lógica, la ética argumentativa y la capacidad no solo para analizar la forma en que se construyen los argumentos, sino también para desmontar persuasiones artificiales y discernir entre un argumento bien construido y una simple persuasión.

Veamos el caso de una clase de Derecho Digital. El docente plantea a la IA la pregunta: “¿Debería permitirse el uso de reconocimiento facial en espacios públicos para prevenir delitos?”. La IA responde a favor (“aumenta la seguridad y disuade el crimen”) y en contra (“invade la privacidad y fomenta la vigilancia masiva”).

El docente divide al clase en grupos pequeños: mientras que la mitad analiza los argumentos a favor y razona si la IA incurre en una generalización apresurada (asumiendo que más vigilancia siempre equivale a más seguridad), la otra mitad analiza si el argumento en contra comete una falsa dicotomía planteando que la única opción es la vigilancia total.

Posteriormente, reconstruyen de manera colaborativa ambos discursos, matizando los argumentos con conceptos teóricos clave como la necesidad de una regulación clara, la transparencia y la implementación de auditorías ciudadanas. De esta forma, el aula se convierte en un espacio para enriquecer el pensamiento crítico, usando la IA como un simple punto de partida.

La sala de simulación

La IA permite crear escenarios complejos en tiempo real, convirtiendo la clase en un espacio de experimentación colectiva.

Supongamos que el docente propone un caso de estudio real: una crisis económica, un dilema bioético, un conflicto político. En grupos pequeños, el alumnado interactúa con la IA para simular respuestas o desarrollar soluciones alternativas. Mientras tanto, el docente guía el diálogo con preguntas que profundizan en la complejidad de la escena: ¿cómo influye la cultura? ¿Qué riesgos éticos se están ignorando? ¿Qué dice la inteligencia artificial que no dice el contexto real?

Por ejemplo, en una clase de marketing, un grupo simula con IA el lanzamiento de un producto en un mercado emergente. ¿Qué pasa si el precio es bajo? ¿Y si hay competencia local? El reto es que el alumnado descubra que la IA ignora factores culturales cruciales, como los hábitos de compra, la composición del tejido empresarial o el significado cultural de determinados colores.

Físicamente, se elimina la disposición tradicional de filas mirando al frente y se reorganiza el aula en círculos pequeños de 4-6 personas. Idealmente, cada grupo comparte una pantalla para mostrar sus interacciones con la IA.

El laboratorio de creatividad

La IA es excelente generando ideas iniciales, pero el valor surge cuando esas ideas se depuran y evalúan colectivamente. En este escenario, pedimos a los estudiantes que obtengan varias propuestas creativas de la IA (por ejemplo, para una campaña de salud pública). En clase, deben presentar la mejor opción y justificar su elección.

Luego viene el reto: deben defender una idea que no eligieron, obligándolos a cambiar de perspectiva y abandonar su zona de confort. Este ejercicio refuerza habilidades que ninguna IA puede automatizar: empatía argumentativa, juicio colectivo y pensamiento lateral.

Por ejemplo, para una campaña sobre ahorro de agua, la IA genera cinco propuestas. Un estudiante elige la más creativa, pero luego debe defender la más práctica. El docente dirige la conversación, ofreciendo argumentos sobre la originalidad, la viabilidad o el impacto de cada propuesta.

Un aula que recupera su valor

En todos estos formatos, el trabajo con IA comienza antes de llegar al aula pero continúa en la clase, reservando ahora el tiempo para lo que tiene más valor: dialogar, defender ideas, cuestionar, crear juntos. El aula se convierte en un lugar donde los estudiantes no van a “saber”, sino a “aprender a querer saber”.

Así, el aula no solo sobrevive a la inteligencia artificial, sino que recupera su valor como espacio social de inteligencia colectiva. Un lugar donde se cruzan saberes, se disputan ideas y se entrenan capacidades profundamente humanas.

Esta revolución tecnológica nos recuerda algo fundamental: el conocimiento no se recibe, se construye. Y no se construye en soledad.

The Conversation

Rosa M. Rodríguez-Izquierdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuatro maneras de experimentar con la inteligencia artificial en el aula universitaria – https://theconversation.com/cuatro-maneras-de-experimentar-con-la-inteligencia-artificial-en-el-aula-universitaria-262810

Podríamos predecir cómo envejeceremos a través de un análisis de sangre

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Damián González Beltrán, Doctorando FPI-UAM, Universidad Autónoma de Madrid

El envejecimiento empieza a escribirse desde el nacimiento. Se espera que, para el 2050, más de 2 100 millones de personas en el mundo tengan 60 o más años. Por eso, Naciones Unidas ha declarado la Década del Envejecimiento Saludable (2021-2030).

Pero ¿qué significa envejecer de forma saludable? No se trata solo de llegar a una edad, sino de mantener el cuerpo y la mente en buen estado para disfrutar de una mejor calidad de vida. Se trata de sumar vida a los años y no años a la vida. Y para lograrlo, necesitamos cuidarnos desde jóvenes y vivir en entornos que nos ayuden a tener hábitos saludables.

Envejecer no es una mala idea si es con salud

Mucha gente tiene miedo a envejecer. Pero si se piensa en envejecer con una buena calidad de vida, la idea no resulta tan mala. Es como cuidar un coche: si usamos buen combustible, el motor dura más tiempo. En nuestro caso, ese “combustible” son los llamados aminoácidos plasmáticos. Especialmente los de cadena ramificada en su estructura molecular: leucina, isoleucina y valina.

Se denominan ramificados porque la cadena lateral está formada por un carbono que se une a más de un átomo de carbono. Esta característica los diferencia de otros aminoácidos, ya que no tienen cadenas laterales lineales. Además, su importancia radica en que son esenciales, es decir, el cuerpo no puede sintetizarlos por sí mismo y debe obtenerlos a partir de la dieta, estando implicados en la síntesis de proteínas musculares.




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Distintos estudios han analizado cómo ciertos compuestos cambian en nuestro cuerpo a medida que envejecemos. Por ejemplo, se ha observado que algunos aminoácidos como la tirosina aumentan con la edad, mientras que otros como el triptófano, la leucina o la isoleucina disminuyen, lo que podría interpretarse como una señal del proceso de envejecimiento.

Un estudio con casi 900 personas mayores en España

Un reciente trabajo de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) analizó los niveles de nueve aminoácidos en sangre y su asociación con un envejecimiento saludable en 859 personas mayores de 65 años. Ninguna investigación previa había evaluado antes esta relación. Para ello, se tuvieron en cuenta características sociodemográficas, socioeconómicas y de estilo de vida durante 5 años, como la calidad de la dieta, la duración óptima del sueño, el consumo de tabaco, el índice de masa corporal y la actividad física.

Para evaluar el envejecimiento saludable, se aplicó una definición basada en tres dominios:

  1. Retraso en la aparición de enfermedades crónicas.

  2. Funcionamiento físico óptimo.

  3. Preservación de la función cognitiva.

Los resultados fueron determinantes: niveles bajos de ciertos aminoácidos –alanina, isoleucina, leucina y valina– se asociaron con un envejecimiento más saludable. Además, en relación con la dieta, concentraciones bajas de otros aminoácidos como la glutamina, histidina y fenilalanina se asociaron también con un envejecimiento saludable en aquellos con una dieta de alta calidad.

Sin embargo, las personas que llevaban una dieta de mala calidad tuvieron concentraciones plasmáticas más altas de glicina e histidina. Esto
sugiere que, la calidad de la dieta podría moderar la relación entre los niveles de aminoácidos plasmáticos y la forma de envejecer.




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De los aminoácidos a la práctica clínica

Lo revolucionario de estos hallazgos es que podrían ayudar a predecir cómo será nuestro envejecimiento en el futuro a través de un análisis de sangre que mida ciertos aminoácidos. Sería como una herramienta personalizada para la prevención de enfermedades y la mejora de la calidad de vida. Sin embargo, presenta grandes inconvenientes: tanto el coste de estas pruebas como la tecnología avanzada para medir miles de aminoácidos no facilitan su uso en la práctica clínica.

Aunque aún queda mucho por investigar, los resultados son prometedores. Mientras los avances científicos consiguen sortear los desafíos económicos para implementar este avance para la medicina lo importante, por ahora, es hacer todo lo posible por cuidar nuestra salud.

No hay que olvidar que la clave para seguir cumpliendo años y gozar de una buena calidad de vida consiste en comer saludable, hacer ejercicio físico, dormir suficiente y evitar fumar. Pequeñas decisiones de hoy que pueden determinar nuestro bienestar de mañana.

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Damián González Beltrán es socio de la Sociedad Española de Epidemiología

Esther Lopez-Garcia es miembro de la Sociedad Española de Epidemiología.

Francisco Félix Caballero Díaz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Podríamos predecir cómo envejeceremos a través de un análisis de sangre – https://theconversation.com/podriamos-predecir-como-envejeceremos-a-traves-de-un-analisis-de-sangre-261921

Ciencia traslacional: cómo llevar soluciones médicas reales a donde más se necesitan

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Felipe Reyes, Profesor de muy alto prestigio en Enfermedades Infecciosas, Universidad de La Sabana

Atención a una paciente de dengue en un hospital de Río de Janeiro (Brasil). Focus Pix/Shutterstock

En muchas partes del mundo, la distancia entre el descubrimiento científico y su aplicación en los pacientes sigue siendo abismal. Mientras los laboratorios producen avances en biología molecular, inteligencia artificial o terapias génicas, millones de personas en países de ingresos bajos y medios se enfrentan a enfermedades comunes sin acceso a diagnósticos precisos, tratamientos adecuados o medidas de prevención efectivas. ¿Cómo cerrar esa brecha? La respuesta está en la llamada ciencia traslacional.

Este campo, que ha ganado impulso en las últimas dos décadas, busca precisamente eso: transformar los hallazgos de la investigación básica en soluciones médicas concretas, ya sean farmacológicas, biológicas, tecnológicas o quirúrgicas, que mejoren la vida de los pacientes. No se trata solo de generar conocimiento, sino de moverlo, probarlo, adaptarlo y aplicarlo rápidamente en la práctica clínica.

Pero ¿qué significa esto en la realidad de un hospital público en Colombia, una clínica rural en Nigeria o un centro de salud en zonas pobres de Brasil? Aquí es donde la ciencia traslacional tiene el potencial de marcar una diferencia radical, pero también debe hacer frente a desafíos únicos.

Innovar en contextos de escasos recursos

En los países en vías de desarrollo, el reto no es solo inventar nuevas herramientas, sino adaptarlas al contexto local. Las soluciones deben ser simples, accesibles, sostenibles y, sobre todo, pertinentes.

Por ejemplo, un dispositivo de diagnóstico rápido basado en microfluidos (tecnología automática e integrada para identificar la causa de diferentes enfermedades infecciosas) y diseñado en una universidad estadounidense, puede ser modificado por un equipo local para funcionar sin electricidad constante y con insumos disponibles localmente. Es decir, un tratamiento de alto costo puede inspirar una alternativa biotecnológica regional, igual de efectiva pero fabricada con tecnología asequible.

Este proceso de “tropicalización” de la innovación médica es una parte esencial de la ciencia traslacional en contextos de bajos recursos. No obstante, para que esto funcione, se necesitan centros de investigación locales sólidos, conectados tanto con la comunidad científica global como con los sistemas de salud locales.

Centros traslacionales: puentes entre ciencia y salud pública

En países como Colombia, India o Sudáfrica han empezado a surgir centros de ciencia traslacional que reúnen a médicos, biólogos, ingenieros, epidemiólogos y expertos en salud pública para trabajar juntos en resolver problemas concretos. Su enfoque no es solo académico: resulta profundamente pragmático.

Un ejemplo claro es el desarrollo de ventiladores mecánicos de bajo costo durante la pandemia de covid-19, impulsado por equipos multidisciplinarios en universidades latinoamericanas. Otro es el diseño de pruebas moleculares rápidas para tuberculosis o dengue, validadas y producidas localmente.




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Sin embargo, estos avances suelen depender de financiamiento puntual o donaciones externas, y muchas veces no se integran de forma sostenible al sistema de salud. La razón de fondo es estructural: la falta de una estrategia nacional sólida para la ciencia traslacional y, sobre todo, la escasez de expertos formados en este campo.

El cuello de botella: formación en ciencia traslacional

La ciencia traslacional requiere perfiles híbridos: personas que entiendan la biología molecular, pero también los flujos del sistema de salud; investigadores capaces de liderar ensayos clínicos, navegar regulaciones sanitarias y, al mismo tiempo, mantener el rigor científico. En muchos países en desarrollo, formar este tipo de talento es el principal cuello de botella.

La mayoría de los programas académicos siguen formando investigadores de laboratorio o médicos clínicos, pero no integran ambos mundos. Esto dificulta la sostenibilidad de los centros traslacionales y limita su impacto a corto plazo. Por eso, invertir en educación y formación traslacional es una necesidad urgente. No solo en posgrados, sino también en programas de capacitación técnica, alianzas universidad-hospital y redes regionales de colaboración científica.

Una inversión que sale a cuenta

Muchos gobiernos y agencias de cooperación internacional aún dudan en priorizar esta área. Pero los datos muestran que la ciencia traslacional puede ser altamente rentable. Al reducir el tiempo entre el descubrimiento y la aplicación clínica, se mejora la eficiencia del sistema de salud, se evitan tratamientos ineficaces y se acelera la respuesta frente a epidemias.

Además, al impulsar soluciones diseñadas localmente, se reduce la dependencia de tecnologías importadas y se genera capacidad instalada. En otras palabras, la ciencia traslacional es también una estrategia de soberanía en salud.

El futuro: colaboración y compromiso

Para que esto sea una realidad, es necesario un compromiso sostenido de múltiples actores: gobiernos, universidades, hospitales, el sector privado y la comunidad internacional. La creación de redes de ciencia traslacional en América Latina, África y Asia puede ayudar a compartir experiencias, estándares y recursos.

Desde ya, algunos organismos multilaterales han empezado a promover enfoques colaborativos en esta línea. Pero sin centros locales fuertes, sin talento humano preparado y sin voluntad política, la brecha seguirá existiendo.

La ciencia traslacional no es un lujo para países ricos. Es, al contrario, una herramienta esencial para resolver los problemas más urgentes de salud en el mundo real. Y su mayor impacto puede darse precisamente donde más se necesita: en los barrios, hospitales y comunidades que hoy afrontan sus desafíos con más ingenio que recursos.

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Luis Felipe Reyes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ciencia traslacional: cómo llevar soluciones médicas reales a donde más se necesitan – https://theconversation.com/ciencia-traslacional-como-llevar-soluciones-medicas-reales-a-donde-mas-se-necesitan-261323

Rosalind Franklin : la scientifique derrière la découverte de la structure de l’ADN, bien trop longtemps invisibilisée

Source: The Conversation – in French – By Coralie Thieulin, Enseignant chercheur en physique à l’ECE, docteure en biophysique, ECE Paris

*En 1962, le prix Nobel de physiologie ou médecine est attribué à Watson, Crick et Wilkins pour la découverte de la structure de l’ADN. Rosalind Franklin n’est pas mentionnée, elle est pourtant à l’origine de cette découverte majeure. Découvrez son histoire et tous ses exploits scientifiques, notamment en virologie. *


« La science et la vie quotidienne ne peuvent pas et ne doivent pas être séparées. »

Cette phrase de Rosalind Franklin éclaire sa vision singulière : pour elle, la science n’était pas une abstraction, mais un chemin concret vers une meilleure compréhension du monde. Tout au long de sa vie, elle a su allier une rigueur scientifique sans faille à un engagement discret, dans un univers où les femmes peinaient encore à obtenir la reconnaissance qu’elles méritaient.

Ni figure publique ni militante affichée, Rosalind Franklin travaillait dans l’ombre, avec une exigence et une méthode implacables. Et pourtant, c’est grâce à son expertise que la lumière a traversé la molécule d’ADN, révélant sa fameuse forme en double hélice.

À une époque où la place des femmes en science restait fragile, elle imposa sa voie avec précision et détermination, convaincue que la véritable beauté réside dans la structure profonde des choses.

Une détermination née dès l’enfance

Le 25 juillet 1920, au cœur du quartier londonien de Notting Hill, naît Rosalind Elsie Franklin, deuxième enfant d’une fratrie de cinq. Issue d’une famille juive britannique aisée et cultivée, elle grandit dans un environnement où la rigueur intellectuelle et l’engagement social sont des piliers. Son père, Ellis Arthur Franklin, banquier passionné de physique, rêvait d’être scientifique mais a vu ses ambitions fauchées par la Première Guerre mondiale. Sa mère, Muriel Waley, militait activement pour l’éducation des femmes. Ce mélange d’idéalisme, de savoir et de devoir allait profondément façonner Rosalind.

Dès l’enfance, elle fait preuve d’une intelligence hors norme. À six ans, elle passe ses journées à résoudre des problèmes d’arithmétique, sans jamais faire d’erreur, selon sa tante. À neuf ans, elle se lance un défi personnel : finir chaque semaine première de sa classe. Elle tiendra ce pari pendant deux ans. Déjà se dessine une personnalité exigeante, compétitive et intensément tournée vers la connaissance. Mais dans la société britannique des années 1920, une telle ambition, chez une fille, suscite autant d’admiration que de réticence, dans un contexte où la place des femmes restait largement cantonnée à la sphère domestique.

Une vocation affirmée dès l’adolescence

Rosalind Franklin poursuit ses études au prestigieux St Paul’s Girls’ School, l’un des rares établissements à enseigner les sciences aux jeunes filles. Elle y brille, notamment en physique et en mathématiques. En 1938, elle entre au Newnham College de l’Université de Cambridge, l’un des deux collèges féminins de l’époque. Son choix de se spécialiser en chimie et en physique n’est pas encore courant chez les femmes.

En 1941, en pleine guerre mondiale, elle obtient son diplôme. Tandis que beaucoup de femmes sont orientées vers des rôles d’assistante, Rosalind refuse tout compromis et intègre un laboratoire du British Coal Utilisation Research Association (Association britannique pour la recherche sur l’utilisation du charbon). Elle y étudie la microstructure du charbon par diffraction des rayons X, technique qui deviendra sa spécialité.

Ces recherches, bien que menées dans un contexte de guerre, auront des retombées industrielles majeures, notamment pour la fabrication de masques à gaz et de matériaux isolants.

En 1945, Rosalind Franklin obtient un doctorat de Cambridge – un exploit pour une femme à cette époque. En effet, à cette période, Cambridge ne délivrait pas officiellement de diplômes aux femmes, ce qui rend cet accomplissement d’autant plus remarquable, car Franklin fait partie des premières à obtenir un doctorat dans un contexte universitaire encore très fermé aux femmes.

Un interlude heureux à Paris

En 1947, une nouvelle étape marque sa vie : elle rejoint le Laboratoire Central des Services Chimiques de l’État, à Paris, sur invitation de Jacques Mering. Elle y perfectionne ses compétences en cristallographie par rayons X et découvre un environnement de travail plus ouvert, où sa parole est écoutée et ses idées respectées.

Elle se lie d’amitié avec des chercheurs, découvre la culture française, et adopte un mode de vie simple mais libre. Elle parcourt les Alpes à pied, discute dans les bistrots, s’immerge dans la langue et la gastronomie. Elle confiera plus tard :

« Je pourrais vagabonder en France pour toujours. J’adore le pays, les gens et la nourriture. »

Pour une femme qui a toujours ressenti le poids du sexisme britannique, la France offre alors un souffle de liberté. En effet, l’université britannique, en particulier Cambridge et King’s college, reste encore profondément patriarcale : les femmes sont exclues des clubs et réunions informelles et ne reçoivent officiellement des diplômes à Cambridge qu’à partir de 1947.

La « Dark Lady » de la double hélice

Mais la science l’appelle ailleurs. En 1951, elle retourne en Angleterre avec une bourse prestigieuse (Turner and Newall Fellowship). Elle rejoint le King’s College de Londres, au département de biophysique, pour travailler sur une mystérieuse molécule encore peu comprise : l’ADN. On sait, depuis Avery (1944), qu’elle joue un rôle dans l’hérédité, et Chargaff (1950) a établi que les bases azotées se répartissent selon des proportions constantes (A=T, G=C), mais la structure tridimensionnelle demeure inconnue. C’est là que son destin scientifique se joue.

Franklin apporte au projet son expertise pointue en diffraction X. En quelques mois, elle améliore considérablement les images de l’ADN, et capture l’une des photographies les plus célèbres de l’histoire de la biologie : le « cliché 51 ». Cette image révèle, avec une clarté inédite, la forme hélicoïdale de la molécule d’ADN. On y voit des taches disposées en forme de X, révélant que la molécule forme une double hélice régulière. L’espacement des taches renseigne sur la distance entre les bases (A, T, C et G), et leur symétrie suggère une structure très ordonnée.

Rosalind Franklin identifie également deux formes distinctes de l’ADN selon l’humidité (forme A et B), et démontre que les groupements phosphate sont orientés vers l’extérieur.

Mais derrière cette réussite, l’ambiance au laboratoire est tendue. Franklin est la seule femme scientifique du département, et ses collègues masculins, notamment Maurice Wilkins, voient son indépendance comme de l’insubordination. En effet, Wilkins pensait que Franlkin arrivait au laboratoire comme assistante sous sa direction. De son côté, Rosalind pensait avoir été recrutée pour diriger ses propres recherches sur l’ADN,de manière indépendante. Cette incompréhension institutionnelle a été exacerbée par une communication défaillante de la part de John Randall, directeur du laboratoire, qui n’a pas informé Wilkins de l’autonomie accordée à Franklin. Wilkins n’a appris cette décision que des années plus tard, ce qui a contribué à des tensions professionnelles. Ce dernier, persuadé qu’elle est son assistante, se heurte à son refus catégorique de toute hiérarchie injustifiée. Leur relation devient glaciale. Dans ce climat conservateur et misogyne, Franklin se heurte à un plafond de verre invisible, mais solide.

C’est dans ce contexte qu’un événement aux lourdes conséquences se produit. Sans son consentement, Wilkins montre le cliché 51 à James Watson, jeune chercheur de Cambridge. Ce dernier, avec Francis Crick, travaille lui aussi sur l’ADN, mais sans données expérimentales directes. En découvrant la photographie, Watson est stupéfait :

« Ma mâchoire s’est ouverte et mon pouls s’est emballé. »

La photographie de Franklin devient la pièce manquante qui leur permet de construire leur célèbre modèle de la double hélice. En avril 1953, trois articles fondamentaux sur l’ADN paraissent dans la revue Nature. Le premier, signé par Watson et Crick, propose le célèbre modèle en double hélice, fondé sur des raisonnements théoriques et des données expérimentales issues d’autres laboratoires – notamment le cliché 51, transmis à leur insu par Maurice Wilkins. Le second article, coécrit par Wilkins, Stokes et Wilson, présente des résultats de diffraction des rayons X qui confirment la présence d’une structure hélicoïdale, en cohérence avec le modèle proposé. Le troisième, rédigé par Rosalind Franklin et Raymond Gosling, expose avec rigueur leurs propres données expérimentales, parmi les plus décisives, mais sans que Franklin ait été informée de leur utilisation préalable par Watson et Crick. Bien que sa contribution soit déterminante, elle n’est mentionnée que brièvement dans les remerciements.

Watson la surnomme plus tard dans ses mémoires « Rosy », un diminutif qu’elle n’a jamais utilisé et qu’elle détestait. Il la décrit comme austère, inflexible, difficile – un portrait injuste qui trahit davantage les préjugés de l’époque que la réalité de sa personne. Ses collègues masculins l’appellent la « Dark Lady » de l’ADN.

Blessée, fatiguée par ce climat toxique, Franklin quitte le King’s College dès la fin 1953. Mais loin d’abandonner, elle rebondit immédiatement.

La renaissance scientifique : les virus

Elle rejoint alors le Birkbeck College, un établissement de l’Université de Londres situé à Bloomsbury, sur l’invitation du physicien John Bernal qui la qualifie de « brillante expérimentatrice ». Elle y obtient un poste de chercheuse senior, à la tête de son propre groupe de recherche, financé par l’Agricultural Research Council. Là, elle applique ses compétences en diffraction X à un nouveau domaine : les virus. Elle se lance dans l’étude du virus de la mosaïque du tabac, un petit virus végétal très étudié. Avec son équipe, les doctorants Kenneth Holmes et John Finch, le jeune chercheur postdoctoral Aaron Klug, futur prix Nobel, ainsi que l’assistant de recherche James Watt, elle démontre que l’ARN du virus est situé à l’intérieur d’une coque protéique hélicoïdale. Cette découverte est essentielle car elle montre la forme en 3D du virus, explique comment l’ARN est protégé à l’intérieur, et crée les bases pour mieux comprendre les virus. Cela a aidé à progresser dans la recherche pour trouver des traitements contre les infections virales.

Entre 1953 et 1958, elle publie plus de 15 articles majeurs, établissant les bases de la virologie moléculaire. Elle travaille également sur la structure du virus de la polio, en collaboration avec le futur prix Nobel Aaron Klug, récompensé en 1982 pour son développement de la microscopie électronique cristallographique et l’élucidation des complexes biologiques entre acides nucléiques et protéines. Elle est enfin dans un environnement où elle est écoutée, respectée, et même admirée.

Un destin interrompu

Mais en 1956, le destin frappe cruellement. Au cours d’un séjour aux États-Unis, Franklin ressent de fortes douleurs abdominales. Le diagnostic tombe : cancer des ovaires. Elle a 36 ans. La maladie est probablement liée à son exposition répétée aux rayons X, à une époque où les protections étaient rudimentaires, voire absentes.

Malgré plusieurs opérations et de lourds traitements, elle continue de travailler, fidèle à sa discipline et à sa passion. Jusqu’à ses derniers mois, elle écrit, corrige, encourage, dirige. Elle meurt le 16 avril 1958, à l’âge de 37 ans.

Un prix Nobel sans elle

Quatre ans après sa mort, en 1962, le prix Nobel de physiologie ou médecine est attribué à Watson, Crick et Wilkins pour la découverte de la structure de l’ADN. Rosalind Franklin n’est pas mentionnée. Officiellement, le prix ne peut être attribué à titre posthume. Officieusement, elle n’a jamais été sérieusement envisagée comme co-lauréate, car son nom ne circulait pas dans les cercles masculins du pouvoir scientifique.

Une reconnaissance restaurée

Il faudra attendre les années 1970 pour que sa contribution soit pleinement reconnue. D’abord par Anne Sayre, amie de Franklin, journaliste américaine et amie proche de Franklin rencontrée à Londres dans les années 1950 grâce à leur cercle social commun lié au monde scientifique, qui publie Rosalind Franklin and DNA en 1975 pour rétablir les faits. Puis, bien après, en 2002, avec la biographie The Dark Lady of DNA, écrite par Brenda Maddox et qui rencontre un grand écho international.

Aujourd’hui, son nom est inscrit sur des bâtiments universitaires, des bourses, des prix scientifiques. En 2020, elle est sélectionnée par le magazine Nature parmi les plus grandes scientifiques du XXe siècle. En 2021, la mission spatiale européenne vers Mars, nommée Rosalind Franklin Rover, a été lancée pour chercher des traces de vie passée dans le sous-sol martien. Ce nom rend hommage à Franklin, dont les travaux sur la structure de l’ADN symbolisent la recherche des bases moléculaires du vivant.

Rosalind Franklin, longtemps éclipsée par ses pairs, incarne aujourd’hui bien plus qu’une figure oubliée de la science. Elle est devenue un symbole de ténacité, d’éthique scientifique, et de justice. Une pionnière dont l’éclat posthume inspire chercheuses et chercheurs à persévérer malgré les obstacles, les discriminations et les injustices qu’ils peuvent rencontrer.

The Conversation

Coralie Thieulin ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Rosalind Franklin : la scientifique derrière la découverte de la structure de l’ADN, bien trop longtemps invisibilisée – https://theconversation.com/rosalind-franklin-la-scientifique-derriere-la-decouverte-de-la-structure-de-ladn-bien-trop-longtemps-invisibilisee-262141

Online reviews influence what we buy, but should they have that much power over our choices?

Source: The Conversation – Canada – By Katie Mehr, Assistant Professor, Marketing, Business Economics, and Law, University of Alberta

Imagine you’re looking to buy a new grill. You want to make sure you purchase a well-built, easy-to-use grill for you and your family. How can you determine which one is best to purchase?

On the one hand, you can rely on information the manufacturer provides to understand things like what material the grill is made from, how big it is and whether it has additional features like a grease management system. But this information doesn’t really tell you what it’s like to own the grill, or whether the grill will work well for your summer barbecue aspirations.

For that, you probably want to hear from people who have bought and used the grill and can speak to its quality.

This example highlights the appeal of product ratings and reviews: by providing insight from people who actually bought and used the grill, aspiring grill owners learn more about what owning it will be like.

Predicting experience

People rely on reviews because they want to predict what their experience will be like with a product. They see reviews as a good source of information for making this prediction.

Reviews are also plentiful and almost costless to produce and access, bolstering the likelihood that people use them. And, people can sort through reviews to find information about specific attributes and benefits of the product (for example, whether a grill evenly cooks steak), which can help address specific queries or concerns.

Taken together, these benefits lead people to rely on reviews to determine whether they should buy a given product.

In fact, reviews are so heavily relied upon that they influence product sales and even stock prices. Given up to 98 per cent of consumers read reviews before making a purchase, the out-sized role reviews have makes sense.

But should people rely so heavily on reviews? The answer to this question is much more nuanced. On the one hand, product reviews are easy to access, provided by a third party (not the same entity trying to sell the product) and are often written with good intentions.

On the other hand, academic research, including my own, has shown there are many reasons to suspect reviews are not quite as valuable as they may seem.

Bias in reviews

Many of these reasons stem from a common argument, which is that reviews may not provide an objective, unbiased measure of product quality. Indeed, a number of seemingly irrelevant factors affect the star ratings and reviews that are given.

For example, asking raters to fill out both an overall rating and several attribute ratings leads them to give a higher overall rating when their experience with the product was subpar. Additionally, filling out a review on a smartphone leads reviewers to provide more emotionally driven, less specific reviews.

The context of product use can also affect ratings given; a winter jacket is rated more favourably when the outdoor temperature is warmer because raters attribute their comfort not to the warm temperatures, but to the coat. And, receiving a special designation, like being a “Superhost” on Airbnb, can actually decrease average ratings, as raters now compare their experience to higher expectations when determining what rating to give.

Previous research has also documented how the way reviews are displayed affects review readers’ product perceptions. For instance, people often make categorical distinctions between favourable and unfavourable ratings, while being insufficiently sensitive to differences between ratings of the same valence (for example, between 1 and 2 stars or 4 and 5 stars).

Additionally, people often heavily weigh a product’s average rating, at the expense of considering important quality signals, like the number of ratings and price.

AI and fake reviews

More recently, additional concerns have been raised about review quality. Fake reviews can make up a sizeable proportion of available reviews, and businesses that are more affected by these reviews, like smaller, independently owned restaurants, are more likely to engage in review fraud.

Additionally, the proliferation of AI has led to an increase in chatbot-authored product reviews, which can be difficult for both companies and consumers to filter out.

Taken together, reviews can be a useful source of information, but have a number of important flaws and limitations. In theory, providing information about what owning a product is actually like from a neutral, third-party source is extremely useful.

In practice, however, the execution of this vision leaves room for improvement and future research.

The Conversation

Katie Mehr does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Online reviews influence what we buy, but should they have that much power over our choices? – https://theconversation.com/online-reviews-influence-what-we-buy-but-should-they-have-that-much-power-over-our-choices-261162

As negotiations on a global plastics treaty stall, cleanup efforts are more vital than ever

Source: The Conversation – Canada – By Chelsea Rochman, Assistant Professor of Ecology and Evolutionary Biology, University of Toronto

Representatives at the recent United Nations conference in Geneva have once again failed to negotiate a binding global treaty to tackle plastic pollution. The Switzerland gathering was the sixth round of talks in less than three years and was held after countries failed to reach agreement at a 2024 meeting in South Korea. Chair of the negotiating committee, Luis Vayas Valdivieso, said countries will now work on finding a date and location for another meeting.

Plastic pollution is a global crisis. An estimated 23 million metric tons of plastic waste enters global aquatic ecosystems annually. This massive amount is expected to more than double by 2030 if we don’t change our relationship with plastic. To avoid this fate, we cannot focus just on prevention or cleanup — all actions to tackle plastic pollution must occur together.

Urgent and co-ordinated action is needed to reduce plastic production, redesign plastics to manage toxic chemicals and increase recyclability, improve waste management systems and clean up pollution.

Among these strategies, cleanup — recovering plastic waste from the environment — is often considered a lower priority compared to prevention at the source. Preventing plastic pollution is imperative, but we must not forget that plastic left in the environment does not disappear. It persists, accumulates, breaks apart into micro- and nanoplastics and continues to cause harm.

As long as we are producing plastics there will be leakage into the environment. As such, cleanup is needed to mitigate ecological, economic and social impacts of plastic pollution now and in the future.




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Three reasons plastic pollution treaty talks ended in disagreement and deadlock (but not collapse)


Scaling up cleanup solutions

Cleanup efforts are most often carried out by hand through volunteers. These can range from a couple of people cleaning their local park or beach to large groups coming together for an event.

Cleanups remove millions of kilograms of trash from the environment each year. However, with plastic pollution becoming an ever-growing problem, we need to increase cleanup efforts by orders of magnitude.

International collaboration is necessary to tackle this global problem. At the University of Toronto Trash Team, we came together with Ocean Conservancy to found the International Trash Trap Network (ITTN), a global network of local groups working together to clean up plastic pollution using trash traps.

What is a trash trap?

Trash traps are technologies designed to clean up plastic waste from aquatic ecosystems. They range in design from simple river booms to roaming robots that clean beaches.

Trash traps are increasingly used to supplement manual cleanup efforts. They can work around the clock to target pollution, both on land and in waterways, cleaning areas that are unsafe or inaccessible for humans.

Some trash traps can also clean up small plastic waste, such as microplastics, that humans often miss as they are difficult to see.

With every trash trap program in the network, local stakeholders come together to clean up plastic waste, monitor local sources and pathways, engage and inform communities about the issue, and contribute to an open-source global cleanup database to inform and motivate upstream solutions to prevent plastic pollution.

The ITTN serves as a platform for anyone using a trash trap to share their local impact and facilitate knowledge exchange to motivate and empower global action to clean up, monitor and prevent plastic pollution.

Benefits of cleanup efforts

Although cleanup primarily addresses the symptoms of plastic pollution, it can address the root causes through its additional benefits. Citizen scientists have recorded data on the weight and count of items they collect during cleanup events. This is evident in the extensive datasets compiled by organizations such as Ocean Conservancy, which has logged 40 years of data from volunteer-led International Coastal Cleanup events.

Using this data, we can better understand local sources of pollution, identify prominent pollutants and prioritize specific solutions that will have the greatest impact. Policies to reduce single-use plastic consumption in Canada, and in U.S. states like California and Maryland, have been developed based on evidence from cleanup data.

Cleanup data collection is a means for developing baselines and to measure policy efficacy. In the United States, shoreline cleanup data was recently used to demonstrate that plastic bag policies significantly reduced the proportion of plastic bags in shoreline litter.

Cleanup also serves as a powerful platform for public communication about plastic pollution. A significant driver of our plastic pollution crisis is human behaviour. As such, we must also consider how public understanding and perception of plastic pollution affects behaviour change and support for policy change.

Bringing communities together to clean up and share information facilitates community engagement and inspires hope. What’s more, by allowing individuals to encounter the problems caused by plastic pollution firsthand, this experience often changes their perspective on the issue from being just another news story to a reality.

The hands-on nature of cleanup empowers communities to act, reduce the issue and motivates calls for social and policy change.

Although cleaning your local park, beach or waterway might seem like a small act, it is an important tool for reducing plastic pollution, increasing awareness and informing polices that have lasting impact.

By strategically increasing cleanup efforts, we can target areas of greatest impact, incite behavioural change, and collect and share monitoring data. This can inform baselines, trends over time, reduction targets and solutions for plastic pollution — reducing the harm of plastic pollution while we work locally and globally to prevent it.

The Conversation

Chelsea Rochman receives funding from Canadian government institutions and some local partners – PortsToronto, Waterfront BIA, Nieuport Aviation, and others – to fund cleanup work on the Toronto Waterfront.

Britta Baechler and Hannah De Frond do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. As negotiations on a global plastics treaty stall, cleanup efforts are more vital than ever – https://theconversation.com/as-negotiations-on-a-global-plastics-treaty-stall-cleanup-efforts-are-more-vital-than-ever-262875

‘Fixing’ neurodivergent kids misses the point — it’s the schools that need to change

Source: The Conversation – Canada – By Amina Yousaf, Associate Head, Early Childhood Studies, University of Guelph-Humber

The start of the school year brings excitement and new routines. But for many neurodiverse children, it also marks the return of being misunderstood.

Parents may notice their child struggling with transitions, overstimulated by noisy classrooms or labelled “disruptive” after a few days. Educators, meanwhile, may not be equipped to interpret behaviours that fall outside the expected norms.

Some education programs, like Ontario’s Kindergarten Program, emphasize play-based curricula and encourage assessment of students’ development across varied domains of learning. However, traditional notions of school “readiness” can still linger.

In my experience as an educator and mentor to student teachers, I’ve sometimes observed this “readiness” being narrowly interpreted as sitting still, following routines and complying with adult directions.

For many neurodiverse children — those with autism, ADHD, sensory processing differences or other cognitive variations — these misunderstandings can lead to missed supports, exclusionary practices and long-term inequities in education and life outcomes.

When systems fail to understand and accommodate neurodivergent individuals early on, these challenges often persist into adulthood, affecting quality of life and social inclusion.




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What exactly is ‘neurodiversity?’ Using accurate language about disability matters in schools


Racialized children are overlooked

Although public awareness of neurodiversity is growing, many children in Canada are still diagnosed too late to benefit from early intervention.

According to the Public Health Agency of Canada, while the median age of autism diagnosis is around 3.7 years, only 54 per cent of children are diagnosed before age five, meaning nearly half miss the most critical developmental window.

But diagnosis is only part of the issue. Many neurodiverse children are never identified at all, either because their behaviours are misread or because their families face systemic barriers to health-care and assessment services.

Research shows that South Asian immigrant families, especially in Ontario, often experience delays in autism diagnosis due to stigma, language barriers, cultural misunderstandings and difficulties navigating complex or unfamiliar systems.

First Nations, Inuit and Métis families are also underrepresented in autism data. These communities often face a “frozen in time” response from health and social services — a term that reflects outdated or inflexible systems with little culturally relevant support and/or screening tools to support their needs.

As a result, many racialized children are disproportionately diagnosed late, or not at all, and are denied the early support that could transform their lives.

School-related distress

School transitions can be stressful for neurodivergent students when environments emphasize rigid behavioural norms and overlook diverse ways of learning. Emerging research suggests that these challenges often begin in the early years and continue to shape students’ educational pathways.

Research also shows students with Autism Spectrum Disorder experience school transitions as periods of heightened stress because of changes in relationships, routines and expectations, primarily when individual needs are not adequately supported.

Without adequate training in neurodiversity, many educators feel unprepared and rely heavily on diagnoses to guide support. When educators aren’t prepared, this can result in exclusionary teaching practices, and missed supports and long-term inequities for students. School-related distress is overwhelmingly concentrated among neurodivergent students, and it’s often linked to environments that are inflexible or unresponsive to their needs.

These systemic gaps contribute to the growing school attendance crisis and underscore the need for more inclusive, neuroaffirming educational practices.

Often, educational settings focus on changing the child rather than adapting the system. School systems must shift away from deficit-based approaches, which regard neurodivergent children in terms of what they lack. These approaches overlook systemic barriers, blame students for their challenges and overlook their strengths.

Instead, school systems should focus on transforming the learning environment itself. A neuro-inclusive model reframes behaviours not as problems within the child but as a sign the school environment may not be supportive of their needs. This perspective prioritizes belonging, flexibility and universal support, starting with how we design classrooms, not how we label children.

Neurodiversity is not a problem to fix

Rather than seeing neurodivergence as a problem to diagnose, educators should approach it as a difference to understand. Neurodiversity, first popularized by autistic advocates in the 1990s, recognizes that neurological differences are part of natural human variation.

From this lens, behaviours like fidgeting, stimming or requiring extra transition time are seen as expressions of self-regulation and cognitive needs. A recent educational psychology article reframes stimming as a bodily practice that supports focus and emotional processing in environments designed for neurotypical norms.

Educational systems often create barriers because schools are not built with diverse ways of knowing and being in mind. Neurodiversity is not a problem to fix; it’s a dimension of human diversity to embrace.

Inclusion should not depend on labels; it should be a proactive strategy. Designing classrooms for cognitive and sensory differences from the start ensures all children, especially those from racialized and underserved communities, feel like they belong and can thrive.

What educators and families can do

Creating inclusive classrooms doesn’t require waiting for a diagnosis, it requires a mindset shift. Frameworks like universal design for learning (UDL) offer educators multiple ways for children to engage, express themselves and participate. In early years settings, this might look like:

  • visual schedules and picture cues to support transitions;
  • flexible seating, movement breaks or calming corners;
  • storybooks and materials that reflect neurodiversity as part of everyday life;
  • observing strengths before jumping in to “fix” perceived deficits.

Research supports these approaches. An inclusive preschool study found that using UDL strategies such as choice-making, varied materials, flexible seating and multimodal activities, led to better skill development, emotional regulation and engagement in both diagnosed and undiagnosed children.

Another 2023 study found that UDL-informed circle-time practices — like predictable routines, participation options and movement supports — fostered greater student participation and a sense of belonging in early-year classrooms.

When classrooms are intentionally designed for neurodiversity, they serve everyone better, from day one.

A call to start September differently

As the new school year starts, educators must shift from asking “is this child ready for school?” to “is the school ready for this child?” This reframing challenges deficit-based notions of readiness and calls for schools to adapt their environments, practices and mindsets to welcome all learners equitably.

This change means educators must slow down, listen to behaviours with curiosity and remember that all children communicate differently. It also means school boards, education ministries and provincial governments need to give educators the tools, time and training to recognize neurodiverse learners with care.

When support is no longer conditional on a formal diagnosis or a child being regarded as having exceptional needs, schools open the door to educational equity. When neurodiverse children are seen and valued from the start, rather than excluded or expected to be fixed, they are more likely to thrive.

As Ontario’s own policy documents show, school systems already have a strong foundation for inclusive practice. What’s needed now is the will to put those principles into action, starting in September.

Every child deserves to feel like school is a place for them.

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Amina Yousaf does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. ‘Fixing’ neurodivergent kids misses the point — it’s the schools that need to change – https://theconversation.com/fixing-neurodivergent-kids-misses-the-point-its-the-schools-that-need-to-change-258267

Quand Donald Trump déploie le tapis rouge pour Vladimir Poutine

Source: The Conversation – France in French (3) – By Matthew Sussex, Associate Professor (Adj), Griffith Asia Institute; and Fellow, Strategic and Defence Studies Centre, Australian National University

Donald Trump salue Vladimir Poutine à l’aéroport d’Anchorage, en Alaska, le 15 août 2025.
Site officiel du Kremlin, CC BY-NC

La rencontre tenue en Alaska entre le président des États-Unis et celui de la Russie s’est soldée par un triomphe symbolique et diplomatique pour Vladimir Poutine. Les propositions de paix pour l’Ukraine qui semblent devoir en ressortir vont entièrement dans le sens des volontés du maître du Kremlin, et ne pourront sans doute pas être acceptées par Kiev et ses alliés européens. Trump, pour sa part, estime de toute évidence que toute paix, même injuste, temporaire et susceptible de déboucher sur une nouvelle attaque d’envergure menée par la Russie, serait souhaitable, car cela lui permettrait de se présenter comme l’artisan d’une solution.


L’étrange sommet entre Donald Trump et Vladimir Poutine qui vient de se tenir en Alaska devrait finir de convaincre ceux qui en doutaient encore que, aux yeux de la Maison Blanche, il importe plus d’entretenir des relations amicales avec le dictateur russe que d’instaurer une paix durable en Ukraine.

Le programme initial ayant été raccourci, les deux dirigeants ont pu conclure la réunion plus tôt que prévu. Ils se sont ensuite mutuellement félicités lors d’une conférence de presse à l’issue de laquelle ils n’ont pas répondu aux questions des journalistes présents.

Il ressort de cette séquence que Trump ne voit aucun inconvénient à offrir des victoires symboliques à Poutine et qu’il refuse d’exercer à son encontre la moindre pression réelle.

Les victoires symboliques de Poutine

Le choix du lieu où s’est déroulée la rencontre n’avait rien d’anodin. En effet, la Russie affirme régulièrement que l’Alaska, qu’elle a vendu aux États-Unis dans les années 1860, lui appartient toujours de droit. Avant la réunion, les porte-parole du Kremlin ont pris plaisir à affirmer que Poutine et son équipe avaient emprunté un « vol intérieur » pour se rendre à Anchorage – des propos rappelant des panneaux d’affichage installés en Russie en 2022 et proclamant « L’Alaska est à nous ! ». Des prétentions russes sur l’Alaska que Trump a alimentées par une nouvelle gaffe avant la réunion lorsqu’il a déclaré que si les discussions ne prenaient pas le tour qu’il souhaitait… il « repartirait aux États-Unis ».

Lorsque l’avion de Poutine a atterri, des militaires américains se sont mis à genoux pour dérouler un tapis rouge sur lequel le président russe allait faire ses premiers pas sur le sol des États-Unis, comme un leader respecté plutôt que comme un criminel de guerre inculpé par la Cour pénale internationale. Poutine a ensuite été invité à rejoindre le bâtiment de la réunion non pas dans son propre véhicule, mais dans la limousine de Trump, en compagnie de celui-ci.

Au-delà de ces images marquantes, Trump a offert à Poutine plusieurs autres victoires qui ne peuvent que renforcer l’image du président russe dans son pays et confirmer au monde entier que les relations entre les États-Unis et la Russie se sont normalisées.

L’organisation d’un sommet est généralement perçue comme une faveur de la part du pays qui l’accueille, comme le signe d’une volonté sincère d’améliorer les relations bilatérales. En l’invitant en Alaska, Trump a traité Poutine sur un pied d’égalité. Il n’a exprimé aucune critique à propos des violations flagrantes des droits de l’homme commises par la Russie, de ses tentatives de plus en plus violentes visant à fragmenter l’alliance transatlantique ou de sa volonté de multiplier les conquêtes territoriales.

Au lieu de cela, Trump a, une fois de plus, cherché à présenter Poutine et lui-même comme des victimes. Il a notamment déploré que l’un comme l’autre aient été contraints, depuis des années, de supporter « le mensonge “Russie, Russie, Russie” » selon lequel Moscou aurait interféré dans l’élection présidentielle américaine de 2016.

Il a ensuite offert à Poutine une victoire supplémentaire, en rejetant la responsabilité d’accepter les conditions russes pour mettre fin à la guerre en Ukraine sur le gouvernement ukrainien et sur l’Europe, affirmant que « au bout du compte, c’est à eux de décider ».

Poutine a obtenu tout ce qu’il pouvait espérer. Outre le gain symbolique qu’ont constitué ses séances photo avec le président américain, il a pu, sans être contredit, déclarer que la guerre en Ukraine ne pourrait se terminer qu’à la condition que soient réglées ses « causes profondes » – ce qui, dans sa bouche, signifie que c’est l’OTAN qui est responsable du conflit, et non pas l’agression impérialiste non provoquée qu’il mène depuis des années à l’encontre du pays voisin.

Il a également évité d’aborder le sujet d’éventuelles sanctions américaines supplémentaires, menace que Trump avait vaguement brandie dans les semaines précédentes avant de déclarer, comme il l’a si souvent fait par le passé qu’il avait besoin de « deux semaines » pour y réfléchir davantage.

Puis, ayant empoché ces victoires symboliques et diplomatiques, Poutine a rapidement repris son avion pour rentrer chez lui, emportant probablement la statue de bureau de l’aigle à tête blanche, emblème des États-Unis, que Trump lui avait offerte.

Quelles conséquences pour l’avenir ?

Après l’appel téléphonique passé par Trump aux dirigeants européens à l’issue du sommet pour les informer de la teneur de ses échanges avec Poutine, des détails concernant le plan de paix abordé par les deux hommes ont commencé à fuiter.

Poutine serait prêt à fixer les lignes de front actuelles dans les régions de Kherson et de Zaporijia en Ukraine, à condition que Kiev accepte de céder l’ensemble des régions de Lougansk et de Donetsk, y compris les territoires que la Russie ne contrôle pas actuellement. Il n’y aurait pas de cessez-le-feu immédiat (ce que souhaitent l’Europe et l’Ukraine), mais une évolution vers une paix permanente, ce qui correspond aux intérêts du Kremlin.



Qu’on ne s’y trompe pas : il s’agit d’un piège à peine déguisé. Poutine et Trump soumettent à l’Ukraine et à l’Europe une proposition inacceptable, et une fois que celles-ci s’y seront opposées, ils les accuseront de refus d’aller de l’avant et de bellicisme.

D’une part, l’Ukraine contrôle toujours une partie importante de la région de Donetsk. Abandonner les régions de Donetsk et de Lougansk reviendrait non seulement à céder à Moscou les réserves de charbon et de minerais qu’elles recèlent, mais aussi à renoncer à des positions défensives vitales que les forces russes n’ont pas réussi à prendre depuis des années.



Cela permettrait également à la Russie de lancer plus aisément d’éventuelles incursions futures, ouvrant la voie vers Dnipro à l’ouest et vers Kharkiv au nord.

L’apparent soutien de Trump aux exigences de la Russie qui demande à l’Ukraine de céder des territoires en échange de la paix – ce que les membres européens de l’OTAN rejettent – signifie que Poutine a réussi à affaiblir encore davantage le partenariat transatlantique.

De plus, rien ou presque n’a été dit sur qui garantirait la paix, ni sur la façon dont l’Ukraine pourrait être assurée que Poutine ne profiterait pas de ce répit pour se réarmer et tenter à nouveau d’envahir la totalité du pays.

Étant donné que le Kremlin s’oppose systématiquement à l’adhésion de l’Ukraine à l’OTAN, accepterait-il vraiment que des forces européennes ou américaines assurent la sécurité de la nouvelle ligne de contrôle ? Quant à l’Ukraine, serait-elle autorisée à se réarmer, et dans quelle mesure ?

Et même si dans une future ère post-Trump les États-Unis adoptaient une ligne plus ferme, Poutine aura tout de même réussi à s’emparer de territoires qu’il sera impossible de lui reprendre. Voilà qui renforce l’idée selon laquelle conquérir des parties d’un pays voisin est une stratégie payante.

Il existe toutefois un élément à première vue plus encourageant pour l’Ukraine : les États-Unis seraient prêts à lui offrir des garanties de sécurité « hors OTAN ».

Mais là aussi, la plus grande prudence est de mise. L’administration Trump a déjà exprimé publiquement son rapport pour le moins ambigu quant aux engagements des États-Unis à défendre l’Europe en vertu de l’article 5 de l’OTAN, ce qui a remis en question la crédibilité de Washington en tant qu’allié. Les États-Unis se battraient-ils vraiment pour l’Ukraine en cas de future invasion russe ?

Il faut reconnaître que les dirigeants européens ont réagi avec fermeté aux transactions de Trump avec Poutine.

Tout en saluant la tentative de résolution du conflit, ils ont déclaré au président ukrainien Volodymyr Zelensky qu’ils continueraient à le soutenir si l’accord était inacceptable. Zelensky, qui doit rencontrer Trump à Washington lundi, a déjà rejeté l’idée de céder la région du Donbass (Donetsk et Lougansk) à la Russie.

Mais l’Europe se retrouve désormais face à une réalité qu’elle ne peut nier : non seulement elle doit faire plus, mais elle doit également assurer un leadership durable sur les questions sécuritaires, plutôt que se contenter de réagir à des crises qui ne cessent de se répéter.

Les motivations profondes de Trump

En fin de compte, le sommet de l’Alaska montre que la paix en Ukraine n’est qu’une partie du tableau d’ensemble aux yeux de l’administration Trump, qui s’efforce d’établir des relations plus cordiales avec Moscou, si ce n’est de s’aligner complètement sur le Kremlin.

Trump se soucie peu de la manière dont la paix sera obtenue en Ukraine, ou du temps que cette paix durera. Ce qui lui importe, c’est qu’il en retire le mérite, voire obtienne grâce à cette paix précaire le prix Nobel de la paix auquel il aspire ouvertement.

Et bien que la vision de Trump consistant à éloigner la Russie de la Chine relève de la fantaisie, il a néanmoins décidé de s’y accrocher. Cela oblige les partenaires européens des États-Unis à réagir en conséquence.

Il existe déjà de nombreux signes indiquant que, ayant échoué à gagner la guerre commerciale avec la Chine, l’administration Trump choisit désormais de s’en prendre aux alliés des États-Unis. On le constate à travers son obsession pour les droits de douane ; son désir étrange de punir l’Inde et le Japon ; et, plus globalement, la destruction du soft power américain.

Plus inquiétant encore : les initiatives diplomatiques de Trump continuent de le faire passer pour un jouet entre les mains des dirigeants autoritaires.

Cela enseigne une leçon plus large aux amis et partenaires des États-Unis : leur sécurité future dépend peut-être des bons offices américains, mais il serait naïf de croire que cela garantit automatiquement que Washington leur donnera la priorité s’ils se trouvent menacés par des puissances ennemies…

The Conversation

Matthew Sussex a reçu des financements de l’Australian Research Council, de l’Atlantic Council, de la Fulbright Foundation, de la Carnegie Foundation, du Lowy Institute et de divers ministères et agences gouvernementaux australiens.

ref. Quand Donald Trump déploie le tapis rouge pour Vladimir Poutine – https://theconversation.com/quand-donald-trump-deploie-le-tapis-rouge-pour-vladimir-poutine-263313