Italia reconoce la obesidad como enfermedad crónica: un paso histórico en la salud pública

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

El 9 octubre de 2025, Italia dio un paso sin precedentes en Europa al aprobar una ley que reconoce legalmente la obesidad como una enfermedad crónica, progresiva y con tendencia a la recaída. Su entrada en vigor se produjo el pasado 25 de octubre.

Hasta la fecha, ningún otro país europeo ha promulgado una ley nacional que reconociera la obesidad con tal amplitud: como una patología crónica y con garantías específicas de prevención, tratamiento y seguimiento incluidas en la atención sanitaria pública.

Pasos en la misma dirección

No obstante, algunos países del entorno también han avanzado parcialmente en la misma dirección. Así, mediante el Despacho n.º 12634/2023, Portugal aprobó en diciembre de 2023 implementar un Modelo Integrado de Cuidados para la Prevención y Tratamiento de la Obesidad, dentro de su Servicio Nacional de Salud. Aunque no se trata de una ley, la define como un problema crónico de salud pública e impulsa redes especializadas de tratamiento.

En Alemania, el Bundestag la reconoció en 2020 como una enfermedad en sentido médico y social, dentro de la Estrategia Nacional contra la Diabetes y la Obesidad, aunque sin dotarla aún de un marco legal que garantice prestaciones o cobertura sanitaria específica.

Y, por último, Reino Unido tampoco cuenta con una ley como la de Italia, pero su Servicio Nacional de Salud sí incluye la obesidad entre las condiciones crónicas de manejo prioritario, con énfasis en la prevención y el tratamiento a largo plazo.

De “culpa personal” a problema estructural

En consecuencia, la legislación italiana, a la que la revista The Lancet Diabetes & Endocrinology le ha dedicado unas páginas en el número de este mes, marca un antes y un después en Europa: es la primera que convierte en norma legal al máximo nivel una visión médica y social moderna de la obesidad.

Durante décadas, la acumulación anormal de grasa en el cuerpo fue interpretada como una consecuencia de malos hábitos, falta de disciplina o elecciones alimentarias equivocadas. Sin embargo, la evidencia científica ha demostrado que su origen es complejo, resultado de la interacción entre factores genéticos, ambientales, metabólicos y sociales.

La nueva legislación italiana asume esa visión moderna, y al hacerlo, rompe con el estigma que ha acompañado a millones de personas. Reconocer la obesidad como enfermedad significa reconocer también que requiere atención médica especializada, no juicios morales.

Una pandemia silenciosa

La Organización Mundial de la Salud ha calificado la expansión de la obesidad como “globesidad”, una pandemia en constante aumento. El World Obesity Atlas 2025 estima que su prevalencia mundial habrá aumentado entre 2010 y 2030 más de un 115 %. Si no se mejoran las medidas de prevención y tratamiento, el coste económico podría alcanzar 4,32 billones de dólares anuales en 2035, casi el 3 % del PIB mundial. Esta cifra es comparable al impacto de la covid-19 en 2020, o al del cambio climático en la actualidad.

Este problema no se limita a la salud individual: está asociado a un incremento sustancial en enfermedades cardiovasculares, metabólicas y oncológicas. Los investigadores incluso han introducido un nuevo término, adiponcosis, para describir la relación entre exceso de tejido adiposo y el desarrollo de hasta 13 tipos de cáncer.

Más allá de la atención médica

Al reconocer la obesidad como una enfermedad crónica con implicaciones sanitarias, sociales y económicas, la Ley n. º 149 del 3 de octubre de 2025 también impulsa políticas integradas para su prevención y tratamiento. Su enfoque combina prevención, educación, investigación y asistencia, mediante la creación de un programa nacional y un observatorio especializado

Entre sus disposiciones, promueve campañas de información y educación sobre alimentación saludable y actividad física, así como iniciativas comunitarias y escolares destinadas a crear entornos que favorezcan estilos de vida sanos. Aunque no contempla medidas fiscales ni de etiquetado, la norma sienta las bases para una estrategia nacional multisectorial.

Cambio de mentalidad

El reconocimiento de la obesidad como una enfermedad crónica con repercusiones sociales y sanitarias implica un cambio simbólico importante: las personas afectadas pasan a ser consideradas sujetos de derecho sanitario, merecedores de atención y respeto. La nueva norma promueve la educación, sensibilización y formación profesional para mejorar la comprensión social del problema, sentando las bases para reducir el estigma y fomentar una visión más sensible y estructurada de la obesidad.

En definitiva, el reconocimiento oficial puede contribuir a cambiar el discurso público, promoviendo empatía y comprensión en lugar de juicio y culpa.

Un modelo para el mundo

Ahora, el desafío radica en implantar con eficacia y sostenidamente las medidas que impulsa, garantizando la coordinación entre los niveles institucionales y el seguimiento continuo de los resultados. Pero si el modelo tiene éxito, podría inspirar una transformación global en la manera de entender y afrontar la obesidad.

Como concluyen los autores del artículo en The Lancet, la decisión italiana “representa un paso crucial para reducir los costes del tratamiento y frenar la mortalidad”.

En una época en la que las enfermedades crónicas amenazan la sostenibilidad de los sistemas sanitarios, reconocer la obesidad como una enfermedad es, ante todo, un acto de realismo y de justicia sanitaria, que debe ser tratada por los profesionales de la nutrición.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Italia reconoce la obesidad como enfermedad crónica: un paso histórico en la salud pública – https://theconversation.com/italia-reconoce-la-obesidad-como-enfermedad-cronica-un-paso-historico-en-la-salud-publica-268403

Del vampiro al vecino inquietante: cómo ha cambiado nuestra forma de asustarnos en el cine

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lara López Millán, Docente Universitaria de Artes y Educación, Universidad Camilo José Cela

Oscar Isaac en una imagen del último _Frankenstein_ dirigido por Guillermo del Toro. Netflix

El miedo siempre estuvo ahí, pero el cine lo convirtió en espectáculo. Desde las primeras proyecciones, el público acudió a las salas para sentir esa descarga controlada de adrenalina.

Cuando Nosferatu (1922) extendió su sombra, no fue sólo un vampiro lo que hizo que la audiencia se estremeciese: era la Europa de entreguerras viéndose reflejada en una criatura enfermiza y extranjera, una amenaza que llegaba de fuera para romper un orden social que ya tambaleaba. Desde entonces, cada generación ha encontrado su propio engendro en la pantalla.

Sombras y mutaciones

El terror funciona como un espejo. Los castillos en ruinas y las nieblas góticas de los años treinta no eran simples decorados: representaban un mundo que parecía haberse detenido, que miraba con nostalgia y temor al pasado.

Los monstruos de Universal –Drácula (1931), Frankenstein (1931), El hombre lobo (1941)– eran a la vez temibles y fascinantes, porque encarnaban miedos muy contemporáneos: la ciencia que se descontrola, el cuerpo que enferma, lo diferente que amenaza lo familiar. La gente entraba en el cine buscando escalofríos, pero salía habiéndose enfrentado, de forma simbólica, a sus propias ansiedades.

Un hombre deforme yace en el suelo y otro con joroba lo observa iluminándose con una antorcha.
Fotograma de Frankenstein (James Whale, 1931).
Universal Pictures

Con el tiempo, las nieblas se despejaron y el terror empezó a mirar hacia el futuro. Las décadas de posguerra trajeron un pánico nuevo, más tecnológico, más científico. De pronto, las amenazas venían del espacio exterior o de laboratorios secretos: alienígenas, mutantes, experimentos que se salían de control.

Películas como Ultimátum a la Tierra (1951) y El enigma de otro mundo (1951) capturaban la paranoia de un planeta dividido en bloques, mientras que La humanidad en peligro (1954) y Godzilla (1954) daban forma grotesca a la amenaza nuclear con hormigas gigantes y criaturas surgidas de la radiación. La bomba atómica estaba en la mente de todos, y el cine lo canalizó en forma de invasiones, mutaciones y sospechas colectivas.

El enemigo está en casa

El susto más inquietante todavía estaba por llegar: el que no depende de criaturas sobrenaturales.

Cuando Alfred Hitchcock estrenó Psicosis (1960), el público descubrió que el peligro podía estar en la puerta de al lado. Norman Bates era un hombre normal, tímido, amable. No necesitaba colmillos ni garras para matar. Se plasmaba así la incertidumbre de una época marcada por cambios sociales y la erosión de la confianza en las instituciones: los años sesenta traían consigo tensiones urbanas, movimientos sociales y la sensación de que la amenaza podía venir del vecino o el propio núcleo familiar.

Un hombre mira a cámara con la cabeza baja y sonríe.
Anthony Perkins interpretando a Norman Bates, un hombre… ¿normal?
Paramount Pictures

A partir de ese momento, el horror se volvió más íntimo: el motel de carretera, la casa suburbana y la niñez misma podían convertirse en escenarios de pesadilla. Películas como La matanza de Texas (1974) o Halloween (1978) consolidaron esa sensación. Su violencia evidenciaba la desconfianza y el malestar de Estados Unidos tras la guerra de Vietnam y la crisis económica de los setenta: lo que parecía seguro –el hogar, la comunidad– podía volverse mortal.

Esa invasión de lo cotidiano continuó durante los ochenta, una década de consumismo, cultura pop y miedo al crimen urbano, donde el género se llenó de ruido, sangre y espectáculo. Freddy Krueger, Jason Voorhees o el muñeco Chucky se convirtieron en iconos de la cultura pop, con máscaras y frases ingeniosas incluidas.

Pero en medio del exceso, hubo cineastas que exploraron terrores más psicológicos: El resplandor (1980) convirtió a un padre en monstruo, miesntras que La cosa (1982) reflejó la paranoia y el aislamiento propios de la Guerra Fría, donde el enemigo podía estar más cerca de lo que pensábamos. Lo verdaderamente espeluznante no era la criatura, sino la posibilidad de que estuviera dentro de nosotros.

A finales de los noventa, este cine se tornó autorreflexivo. Scream (1996) jugaba con los clichés y los convertía en parte de la diversión; el espectador ya era un cómplice. Este conocimiento de las reglas del juego preparó el terreno para un nuevo tipo de terror: el que utilizaba la cámara y la estructura narrativa para hacer que el miedo pareciera más real y cercano al espectador.

En el nuevo milenio el género empezó a experimentar con nuevas formas de asustar. Surgió el found footage (metraje encontrado) con El proyecto de la bruja de Blair (1999) y después Paranormal Activity (2007), que hicieron que el espanto fuese casi documental, revelando la ansiedad de una sociedad cada vez más vigilada, hiperconectada y acostumbrada a consumir imágenes de lo real a través de cámaras y móviles.

También hubo un auge de remakes estadounidenses de clásicos japoneses como The Ring (2002) o El grito (2004), que introdujeron a Occidente en un miedo atmosférico, más basado en el silencio y la sugerencia que en el susto fácil. Esto coincidió con la apertura cultural global y el interés por historias que venían de fuera, mostrando un mundo interconectado donde lo desconocido podía llegar de cualquier parte.

El arte de atemorizar hoy

Así, tras la experimentación formal de los primeros años del milenio, el género se abrió a propuestas en las que no solo se sobresaltaba al espectador, sino que también se comentaba la sociedad y se exploraba la psicología humana.

La década de 2010 supuso un punto de inflexión. Productoras como A24 y Blumhouse apostaron por un terror más ambicioso y autoral. Por ejemplo, Déjame salir (2017) convirtió el miedo en un comentario social directo sobre los conflictos raciales y la polarización política.

Hereditary (2018) y Midsommar (2019), por el contrario, llevaron el género a un horror casi operístico, en el que la fractura familiar y las dinámicas comunitarias provocan espanto, un espejo de sociedades contemporáneas cada vez más fragmentadas e impacientes. The Babadook (2014) e It Follows (2014) se encargaron de explorar el trauma, la ansiedad y la transmisión del pavor como si fueran enfermedades. Incluso el slasher regresó en versiones más sofisticadas como X (2022) y Pearl (2022), que mezclan nostalgia y reflexión metacinematográfica.

En los años 2020, el género sigue expandiéndose en todas direcciones. Películas como Barbarian (2022) o Háblame (2023) juegan con las expectativas del espectador, construyendo giros radicales en un contexto de incertidumbre global: pandemias, crisis climáticas y cambios tecnológicos acelerados. También vemos un resurgir del folk horror en propuestas como Men (2022) o The Witch (2015), donde lo rural y lo ancestral vuelven a ser fuente de amenaza, recordando cómo la modernidad puede despertar miedos arcaicos.

En los tres últimos años el género ha seguido explorando nuevas formas de provocar escalofríos: It Lives Inside (2023) combina terror sobrenatural y exploración cultural, mientras que La sustancia (2024) ofrece una sátira que critica la industria del bienestar. Incluso Robert Eggers presentó su reinterpretación gótica del clásico Nosferatu (2024) y, en 2025, Weapons introdujo una narrativa fragmentada sobre la desaparición de niños, mezclando horror psicológico y social mientras hablaba de la infancia, la vigilancia y la seguridad en la vida cotidiana.

Un niño con una sonrisa pintada mira a cámara mientras sus compañeros duermen sobre los pupitres.
Imagen de Weapons, de Zach Cregger (2025).
Warner Bros.

Estas producciones demuestran que el cine de terror continúa adaptándose, mostrando ansiedades contemporáneas y ofreciendo nuevas perspectivas al público. Lo que se mantiene constante es nuestra necesidad de mirar, tal vez porque lo consideramos un laboratorio emocional. Nos permite ensayar el miedo sin consecuencias, sentirlo de manera segura y controlada. Cuando las luces se apagan, podemos enfrentarnos a aquello que más nos perturba –la muerte, el caos, la desintegración de la familia, el fin del mundo– y salir ilesos.

En un presente lleno de amenazas difusas, desde pandemias hasta crisis climáticas, el género sigue evolucionando para darles forma. Así, cada Halloween volvemos a las salas buscando ese escalofrío. Puede que ya no haya vampiros con capa ni lobos aullando a la luna, pero el vecino inquietante, el monstruo invisible o el silencio en una casa demasiado tranquila siguen funcionando. Y quizás por eso el terror nunca muere: porque siempre encuentra un nuevo rostro para nuestros miedos.

The Conversation

Lara López Millán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Del vampiro al vecino inquietante: cómo ha cambiado nuestra forma de asustarnos en el cine – https://theconversation.com/del-vampiro-al-vecino-inquietante-como-ha-cambiado-nuestra-forma-de-asustarnos-en-el-cine-265552

El legado de los luditas: de la destrucción de telares al cuestionamiento de la IA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mauro Hernández, Profesor Titular de Historia Económica, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

_El líder de los luditas_, grabado de 1813. Wikimedia Commons, CC BY

En los tiempos que corren, cualquiera que se atreva a cuestionar las ventajas de la innovación tecnológica se arriesga a ser tachado de ludita. En la imagen popular, el ludita es un personaje agrio, reaccionario, visceralmente opuesto a cualquiera de los inventos que supuestamente nos mejoran la vida –del teléfono móvil a la roomba–, y que se resiste más o menos activamente a usarlas, e incluso a que las usen los demás.

Inglaterra, comienzos del XIX: el ludismo

Sin embargo, hubo un tiempo en que el ludismo y los luditas significaron algo muy distinto. Ser ludita en la Inglaterra de las primeras décadas del siglo XIX era una cosa muy seria, y a menudo peligrosa. Pero la imagen que circula de estos “destructores de máquinas” de la primera Revolución Industrial es inexacta e inmerecida.

El mítico Ned Ludd, alias General Ludd o Rey Ludd –de cuyo nombre deriva el término luditas–, probablemente no fue una persona de carne y hueso. Pero sus seguidores formaron a comienzos de la década de 1810 un auténtico ejército de trabajadores, la mayoría de ellos artesanos cualificados, embarcados en una campaña de asaltos a fábricas textiles y destrucción de maquinaria.

Esta movilización alcanzó su apogeo entre 1811 y 1813, pero sus ecos perdurarían. Unos veinte años después, las multitudinarias revueltas del capitán Swing de 1830-1831, movilizaron en veinte condados del sur de Inglaterra a miles de trabajadores agrarios que buscaban mejorar sus salarios destruyendo trilladoras mecánicas. Estos disturbios se saldaron con más de 2 000 detenciones, 500 encarcelados y 19 ejecutados.

Pero la destrucción de máquinas o el asalto a fábricas, como la que defendió a tiros Edmund Cartwright, inventor del primer telar mecánico, eran sólo una parte del repertorio de la protesta ludita. En realidad, combinaban la acción política (peticiones al Parlamento), la sindical (sociedades de socorro mutuo, negociación con los patronos) y la violencia tumultuaria.

La destrucción de unos 1 000 telares llevó al gobierno inglés a movilizar tropas (en plena guerra con Napoleón fueron enviados a Nottingham 2 000 soldados) y castigar la destrucción de maquinaria con pena de muerte. Ser ludita no era cosa de broma.

Ludismo: un movimiento no tan irracional

Aunque los movimientos luditas se han contemplado a menudo como una reacción desesperada contra un progreso inexorable, tenían una racionalidad mucho mayor de la que se les suele reconoce.

Para empezar, formaban parte de acciones de negociación salarial (o de precios, pues muchos artesanos trabajaban a destajo para fabricantes o comerciantes). En ocasiones estaban conectados a corrientes revolucionarias clandestinas como el jacobinismo, inspirado en las ideas de la Revolución francesa, o bien movimientos de corte democrático reformista como el cartismo que allanó el camino para la gran confederación de las Trade Unions (sindicatos obreros) en 1834.

Los luditas representaban, sobre todo, la lucha de muchos trabajadores y sus familias para influir en el reparto del pastel de los beneficios de la mecanización. En ese sentido, alcanzaron algunos éxitos y abrieron el camino a muchas décadas de lucha obrera.

Todo esto lo conocen bien los historiadores, especialmente los británicos, que han dedicado amplia atención al fenómeno, desde los clásicos E. P. Thompson o Eric Hobsbawm hasta más recientemente Brian Merchant, cuyo apasionante libro Sangre en las máquinas acaba de ser publicado en español por una editorial llamada (¿casualmente?) Capitán Swing.

¿Qué es el neoludismo del siglo XXI?

A día de hoy, el término puede utilizarse en dos sentidos. Despectivamente, para retratar a personas refractarias a la tecnología en general, y en especial a la que tiene que ver con la computación (IA incluida) y las comunicaciones móviles. Es casi un epíteto burlón, que abarca tanto al boomer que “pasa de WhatsApp” como a quienes niegan a sus hijos el acceso libre a las pantallas (algo que no necesariamente hacen, pese a lo que a veces se dice, los magnates de las tecnologías. Gente opuesta al progreso, incluso partidarios del decrecimiento económico, a quienes acabará barriendo el viento de la historia.

Desde otro punto de vista, también se reivindican como neoluditas sesudos analistas de las repercusiones indeseadas de las tecnologías, especialmente la IA.

Para estos expertos, a menudo conocedores de primera mano del mundo de los gigantes tecnológicos, la tecnología no siempre significa progreso. La IA generativa, por ejemplo, es una herramienta potentísima para la educación, pero que puede emplearse para estudiar menos.

También puede funcionar como un potenciador y acelerador en el análisis de pruebas médicas pero, a la vez, desplegar sesgos notables, probablemente por el origen de los datos con que se entrena. Eso puede provocar errores en los diagnósticos que varían según el género, la etnia, la edad o, incluso, el nivel socioeconómico.

Valiosa aliada en la lucha contra el crimen o la corrupción, la IA puede ser un arma igualmente poderosa para la persecución política.

También está la espinosa cuestión de cómo se ha alimentado la IA con una ingente masa de materiales que tienen creadores concretos cuyos derechos de autor fueron vulnerados. En el debate sobre estas y otras muchas cuestiones, ciertos neoluditas tienen mucho que decir.




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La tecnología no es el problema

Ni las caricaturas de los luditas de la Inglaterra de la Revolución Industrial ni las de los neoluditas de nuestros días hacen justicia a sus reivindicaciones. Unos neoluditas que, por ejemplo, plantean el debate sobre los costes medioambientales de ciertas tecnologías, la regulación de las llamadas tecnologías destructivas, los riesgos de los oligopolios del sector, los efectos sobre derechos y libertades básicos o la participación ciudadana en las decisiones sobre el desarrollo tecnológico. Se trata de debates imprescindibles desde el punto de vista político, ético, social y medioambiental.

Las tecnologías en sí mismas no son casi nunca el problema, pero sí su uso y cómo se reparte el pastel que generan. Los luditas de 1810 lo sabían. A nosotros nos toca decidir, y empieza a ser urgente, cómo va a regularse la inteligencia artificial y cómo van a asignarse los costes y beneficios de su implantación.

The Conversation

Mauro Hernández recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia e Innovación) como investigador del proyecto “Transformaciones sociales en Madrid y la Monarquía hispánica en la edad moderna. Movimientos ascendentes y descendentes. Entre cambios y resistencias” (PID2022-142050NB-C22) coordinado por José Antolín Nieto (UAM).

ref. El legado de los luditas: de la destrucción de telares al cuestionamiento de la IA – https://theconversation.com/el-legado-de-los-luditas-de-la-destruccion-de-telares-al-cuestionamiento-de-la-ia-268041

Por qué algunos niños tienen dificultades con las matemáticas desde el inicio (y no es por falta de esfuerzo)

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Valentín Iglesias Sarmiento, Profesor, Universidade de Vigo

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Aprender matemáticas supone un desafío particular, diferente al otras materias escolares.

En primer lugar, requiere mucho más que memorizar estrategias o recordar fórmulas: implica poner en marcha procesos mentales complejos y coordinarlos. A diferencia de otras asignaturas o contenidos, en los que puede bastar con comprender o recordar información, las matemáticas exigen transformar datos, establecer relaciones abstractas y planificar diferentes pasos para llegar a una solución.

En este proceso, la memoria de trabajo desempeña un papel fundamental porque permite mantener y manipular la información necesaria mientras se resuelve una tarea matemática, y la velocidad de procesamiento ayuda a realizar con agilidad las operaciones básicas.

Matemáticas y funciones ejecutivas

También intervienen otras funciones ejecutivas: la planificación (determinar los pasos que se deben seguir, organizarlos en un orden lógico y supervisar el progreso para evaluar posibles soluciones); la inhibición (frenar respuestas impulsivas o automáticas y resistirse a elementos externos que puedan distraer durante la resolución); y la flexibilidad (cambiar de estrategia cuando el procedimiento inicial no conduce al resultado esperado).

A todo ello se suma el razonamiento no verbal, entendido como la capacidad de reconocer patrones y establecer relaciones entre elementos para guiar las estrategias de solución.

El lenguaje también resulta clave a medida que las tareas se vuelven más complejas. Para resolver un problema correctamente es necesario comprender el significado de las palabras y expresiones que aparecen en el enunciado. Por ejemplo, términos como “aumentar”, “quitar” o “repartir en partes iguales” implican operaciones matemáticas concretas, y si el alumnado no domina ese vocabulario puede tener dificultades para entender qué se le pide.

Esta interacción entre componentes lingüísticos, conocimientos matemáticos y procesos cognitivos de carácter más general explica por qué son frecuentes las dificultades en matemáticas y por qué persisten aunque los alumnos se esfuercen.

Un problema que comienza temprano

La evidencia científica indica que las dificultades no dependen únicamente de la inteligencia o la perseverancia (ni de dificultades específicas como la discalculia), sino de la interacción de múltiples factores educativos, cognitivos, matemáticos, lingüísticos y socioafectivos. Es importante detectar cuáles son y cómo se combinan, pues de lo contrario las dificultades se acumulan y se mantienen a lo largo de toda la etapa escolar.

Las dificultades en matemáticas aparecen ya en Educación Infantil y se consolidan en Educación Primaria. No se trata de un simple “despiste”: los niños con bajo rendimiento inicial suelen mantenerlo durante años.




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Tradicionalmente, un bajo rendimiento en matemáticas respecto al cociente intelectual se asociaba con la citada discalculia. Hoy se sabe que este criterio es limitado: aunque esta dificultad puede estar detrás en algunas ocasiones, en otras las causas responden a una combinación de factores diferente.

Retos a abordar en el aprendizaje matemático

Las habilidades necesarias para tener un buen rendimiento matemático va evolucionando a lo largo de la escolarización. Algunas tareas, como el cálculo, se apoyan sobre todo en la memoria de trabajo y en habilidades matemáticas tempranas como el conteo. Otras, como la resolución de problemas que hemos comentado, exigen una mayor comprensión verbal y presentan demandas cognitivas más complejas.

Por eso, no todos los estudiantes se enfrentan a las mismas dificultades ni por las mismas razones. Algunos tienen problemas para memorizar las tablas aritméticas, otros tropiezan al seguir los pasos de un procedimiento o al aplicarlo en situaciones nuevas. Estas dificultades pueden estar relacionadas con limitaciones en procesos generales, como la memoria o la atención, con dificultades en las habilidades lingüísticas necesarias para comprender enunciados o con carencias en los conocimientos matemáticos previos.

Una enseñanza flexible y personalizada

Reconocer esta diversidad implica que la enseñanza no puede ser uniforme ni basarse en estrategias idénticas para todo el alumnado. Debe ser flexible y adaptarse a las necesidades específicas de cada niño, lo que supone observar cómo aprende cada estudiante, proponer actividades variadas en función de sus fortalezas y debilidades y ofrecer apoyos ajustados cuando sea necesario.

Muchos docentes ya trabajan en esta dirección, aunque los programas y currículos escolares no siempre facilitan este enfoque. Por ello es importante incorporar esta diversidad en las programaciones didácticas y en la formación del profesorado.

Diferentes tipos de apoyos

Las dificultades en matemáticas no son estáticas ni se ajustan a un enfoque categórico simple. No existen únicamente dos grupos –los que “entienden” y los que “no entienden”–, sino que hay muchos niveles intermedios. Algunos estudiantes pueden mostrar problemas puntuales que desaparecen con pequeñas ayudas, mientras que otros necesitan apoyos más intensos y prolongados a lo largo del tiempo.

También es habitual que las dificultades no se distribuyan de forma uniforme entre las distintas áreas: por ejemplo, un alumno puede dominar el cálculo pero tener dificultades al aplicar sus conocimientos en contextos nuevos o en tareas más complejas, como la resolución de problemas.




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Por todo ello, resulta fundamental realizar un seguimiento del progreso del alumnado durante periodos prolongados, más allá de un curso escolar o de una evaluación puntual. Solo mediante una observación continua es posible comprender cómo evolucionan sus habilidades, por qué algunas dificultades persisten y qué tipo de enseñanza o intervención resulta más eficaz para superarlas.

Estrategias de actuación basadas en la evidencia

De acuerdo con nuestros estudios, más de una cuarta parte de los niños que presenta dificultades en el aprendizaje de las matemáticas en Educación Infantil continúa con ellas al finalizar la etapa de Educación Primaria.

Enfoques educativos como el modelo de Respuesta a la Intervención (RtI) o, de forma más amplia, los Sistemas Multinivel de Apoyo (MTSS) han demostrado ser enfoques eficaces para organizar el trabajo en el aula.

Estos sistemas parten de un mismo principio: ofrecer diferentes niveles de apoyo en función de las necesidades de cada estudiante, que son detectadas de forma temprana a través de instrumentos de cribado. Cada nivel ofrece diferentes tipos de instrucción, evaluación, intervención y apoyos, con niveles más intensivos a medida que se avanza en el sistema.

Combinar estrategias

Los hallazgos recientes también sugieren que los programas que combinan entrenamiento de procesos cognitivos con habilidades matemáticas concretas tienen mayor potencial que los que se centran en un solo aspecto.

Estrategias como la identificación y construcción de esquemas de problemas, la enseñanza explícita de secuencias de estrategias cognitivas y metacognitivas, y el uso de materiales manipulativos para reducir la carga de abstracción han demostrado ser eficaces para ayudar a los estudiantes con debilidades cognitivas y lingüísticas.

Integrar sistemáticamente estos enfoques en la escuela no solo mejora la adquisición de habilidades matemáticas, sino que también favorece la confianza y autonomía de los estudiantes, aspectos fundamentales para su desarrollo académico y emocional.

En definitiva, la combinación de detección temprana, intervenciones estructuradas e integradoras y personalización según el perfil del alumno es la forma más eficaz de abordar las dificultades matemáticas persistentes.

Más allá del aula: un reto social

Comprender por qué algunos niños tropiezan en matemáticas no es solo un asunto académico: estas dificultades tienen un impacto directo en las oportunidades futuras de los escolares, tanto educativas como laborales y sociales.

La evidencia indica que la detección temprana y las intervenciones adecuadas pueden marcar una diferencia significativa. El desafío actual es trasladar este conocimiento a las aulas, asegurando que ningún niño quede rezagado en el aprendizaje de un área tan esencial como las matemáticas.

The Conversation

Valentín Iglesias Sarmiento recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en el marco del proyecto “Predictores Longitudinales del logro matemático multicomponente (LOPREMMA)”. Ref: PID2023-148052NB-I00.

Leire Pérez Pérez recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en el marco del proyecto “Predictores longitudinales del logro matemático multicomponente (LOPREMMA)”. Ref: PID2023-148052NB-100.

ref. Por qué algunos niños tienen dificultades con las matemáticas desde el inicio (y no es por falta de esfuerzo) – https://theconversation.com/por-que-algunos-ninos-tienen-dificultades-con-las-matematicas-desde-el-inicio-y-no-es-por-falta-de-esfuerzo-266683

Nuclear-powered missiles: An aerospace engineer explains how they work – and what Russia’s claimed test means for global strategic stability

Source: The Conversation – USA – By Iain Boyd, Director of the Center for National Security Initiatives and Professor of Aerospace Engineering Sciences, University of Colorado Boulder

Russia’s earlier tests of the Burevestnik missile include this 2018 launch. Screencapture of Russian Defense Ministry video, CC BY

Russian President Vladimir Putin, dressed in a military uniform, announced on Oct. 26, 2025, that Russia had successfully tested a nuclear-powered missile. If true, such a weapon could provide Russia with a unique military capability that also has broader political implications.

The missile, called Burevestnik, was reportedly successfully tested over the Arctic Ocean after years of development and several earlier initial test flights, one of which resulted in the deaths of five nuclear scientists.

I am an engineer who studies defense systems. Here is how these weapons function, the advantages they present over conventional missile systems, and their potential to disrupt global strategic stability.

Conventionally powered missiles

Missiles have been used by militaries around the world for centuries and come in a broad array of designs that are characterized by their mission, range and velocity. They are used to damage and destroy a wide variety of targets, including ground installations such as bases, command centers and deeply buried infrastructure; ships; aircraft; and potentially spacecraft. These weapons are operated from the ground by the army, from the sea by navy ships, and from the air by fighters and bombers.

Missiles can be tactical, with relatively short ranges of less than 500 miles, or strategic, with long ranges of thousands of miles. Missiles fall into three general categories: ballistic, cruise and hypersonic.

Ballistic missiles are launched on rockets. After the rocket burns out, the missile flies along a predictable arc that takes it out of the atmosphere into space and then back into the atmosphere toward its target.

Cruise missiles have an additional engine that is ignited after the rocket burns out, allowing the missile to fly programmed routes, typically at low altitudes. These engines are powered by a mixture of chemicals or a solid fuel.

Hypersonic missiles fly faster than the speed of sound, but not as fast as intercontinental ballistic missiles, or ICBMs. They are launched on smaller rockets that keep them within the upper reaches of the atmosphere. A hypersonic glide vehicle is boosted to high altitude and then glides to its target, maneuvering along the way. A hypersonic cruise missile is boosted to hypersonic speed and then uses an air-breathing engine called a scramjet to sustain that speed.

How nuclear-powered missiles work

Nuclear-powered missiles are a type of cruise missile. The designs are typically a form of scramjet. A thermal nuclear system uses fission of nuclear fuel to add energy to an airstream that is then accelerated through a nozzle to generate thrust. In this way, fission of nuclear material replaces chemical combustion of traditional cruise missile engines.

a line drawing diagram with labels
The concept for a nuclear-powered scramjet is simple, even if building one is extremely challenging.
Lawrence Berkeley National Laboratory

The energy density – the amount of energy released per unit mass of fuel – available from nuclear fission is millions of times larger than that released by chemical propellants. This feature means that a relatively small amount of fissionable propellant can be used to power a missile for much longer periods of time than chemical propellants can.

The United States explored developing a nuclear-powered missile in the 1960s. The effort, Project Pluto, was abandoned due to the rapid progress made at the same time on ICBMs, as well as concerns over environmental contamination associated with nuclear systems.

Advantages of nuclear-powered flight

The key advantage of nuclear-powered missiles is the extra energy, which allows them to fly farther, longer, faster and lower in the atmosphere, while executing a wide array of maneuvers. For these reasons, they pose a significant challenge to the best missile defense systems.

The Russian military claims that the Burevestnik missile flew 8,700 miles at low altitude over a 15-hour period. For comparison, an airline flight from San Francisco to Boston covers 2,700 miles in six hours. While the Burevestnik vehicle is not flying particularly fast for a missile, it is likely maneuverable, which makes it difficult to defend against.

Challenges to using nuclear power

The huge amount of energy released by fission has been the key technical challenge for developing these missiles. The high levels of energy require materials that can withstand temperatures up to several thousand degrees Fahrenheit to prevent the missile from destroying itself.

In terms of safety, nuclear technology has found very limited application in space due to concerns over radiation contamination if something goes wrong, such as a failed launch. The same concerns apply to a nuclear-powered munition.

In addition, such systems may need to remain safe in storage for many years prior to use. An attack by an enemy on a weapons storage facility that contains nuclear-powered weapons could lead to a massive radiation leak.

Early development of a nuclear-powered missile by the United States in the 1950s and ’60s ended after it became clear the idea was strategically and environmentally challenging.

Russia’s Burevestnik and global stability

The new Russian Burevestnik missile has been under development for over 20 years. While few technical details are known, Russian officials claim that it can maneuver to bypass antimissile and air defense systems.

Nuclear weapons were the basis for mutual deterrence between the Soviet Union and the United States during the Cold War. Both parties understood that a first strike by one side would be matched by an equally destructive counterstrike by the other. The fear of total annihilation maintained a peaceful balance.

Several developments threaten the current balance of power: better missile defense systems such as the U.S.’s planned Golden Dome and advances in highly maneuverable missiles. Missile defense systems have the potential to block a nuclear strike, and low-altitude maneuverable missiles have the potential to arrive without warning.

So, while much of the reaction to Russia’s announcement of its new nuclear-powered missile has focused on the challenges of defending against it, the more important concern may be its potential to completely disrupt global strategic stability.

The Conversation

Iain Boyd receives funding from the U.S. Department of Defense.

ref. Nuclear-powered missiles: An aerospace engineer explains how they work – and what Russia’s claimed test means for global strategic stability – https://theconversation.com/nuclear-powered-missiles-an-aerospace-engineer-explains-how-they-work-and-what-russias-claimed-test-means-for-global-strategic-stability-268476

Fed lowers interest rates as it struggles to assess state of US economy without key government data

Source: The Conversation – USA (2) – By Jason Reed, Associate Teaching Professor of Finance, University of Notre Dame

Markets were expecting the Fed to cut rates a quarter point.

AP Photo/Seth Wenig

When it comes to setting monetary policy for the world’s largest economy, what data drives decision-making?

In ordinary times, Federal Reserve Chair Jerome Powell and voting members of the Federal Open Market Committee, which usually meets eight times a year, have a wealth of information at their disposal, including key statistics such as monthly employment and extensive inflation data.

But with the federal shutdown that began Oct. 1, 2025, grinding on, government offices that publish such information are shuttered and data has been curtailed. As a result, Powell and his Fed colleagues might have considered the price of gas or changes in the cost of coffee to arrive at their decision to cut interest rates a quarter point at their latest monetary policy meeting, which ended Oct. 29, 2025.

The Federal Reserve’s mandate is to implement monetary policy that stabilizes prices and promotes full employment, but there is a delicate balance to strike. Not only do Powell and the Fed have to weigh domestic inflation, jobs and spending, but they must also respond to changes in President Donald Trump’s global tariff policy.

As an economist and finance professor at the University of Notre Dame, I know the Fed has a tough job of guiding the economy under even the most ideal circumstances. Now, imagine creating policy partially blindfolded, without access to key economic data.

But, fortunately, the Fed’s not flying blind – it still has a wide range of private, internal and public data to help it read the pulse of the U.S. economy.

Key data is MIA

The Fed is data-dependent, as Powell likes to remind markets. But the cancellation of reports on employment, job openings and turnover, retail sales and gross domestic product, along with a delay in the September consumer price information, will force the central bank to lean harder on private data to nail down the appropriate path for monetary policy.

Torsten Slok, chief economist for the Apollo asset management firm, recently released his set of “alternative data,” capturing information from a wide range of sources. This includes ISM PMI reports, which measure economic activity in the manufacturing and services sectors, and Bloomberg’s robust data on consumer spending habits.

“Generally, the private data, the alternative data that we look at is better used as a supplement for the underlying governmental data, which is the gold standard,” Powell said in mid-October. “It won’t be as effective as the main course as it would have been as a supplement.”

But at this crucial juncture, the Fed has also abruptly lost one important source of private data. Payroll processor ADP had previously shared private sector payroll information with the central bank, which considered it alongside government employment figures. Now, ADP has suspended the relationship, and Powell has reportedly asked the company to quickly reverse its decision.

espresso falls from a coffee machine into a blue cup
With some key data unavailable, the Fed may pay more attention to the price of a cup of coffee to help determine how to set interest rates.
AP Photo/Julio Cortez

Internal research

Fortunately for the Fed, it has its own sources for reliable information.

Even when government agencies are working and producing economic reports, the Federal Reserve utilizes internal research and its nationwide network of contacts to supplement data from the U.S. Census Bureau, the Bureau of Labor Statistics and the Bureau of Economic Analysis.

Since the Fed is self-funded, the government shutdown didn’t stop it from publishing its Beige Book, which comes out eight times a year and provides insight into how various aspects of the economy are performing.

Its Oct. 15 report found that consumer spending had inched down, with lower- and middle-income households facing “rising prices and elevated economic uncertainty.” Manufacturing was also hit by challenges linked to higher tariffs.

Leading indicators

And though no data is being released on the unemployment rate, historical data shows that consumer sentiment can act as a leading indicator for joblessness in the U.S.

According to the most recent consumer confidence reports, Americans are significantly more worried about their jobs over the next six months, as compared to this time last year, and expect fewer employment opportunities during that period. This suggests the Fed will likely see an uptick in the unemployment rate, once the data resumes publishing.

And if you did notice an increase in the price of your morning coffee, you’re not mistaken – both private and market-based data suggest inflation is a pressing concern, with expectations that price increases will remain at about the 2% target set by the Fed.

It’s clear that there is no risk-free path for policy, and a wrong move by the Fed could stoke inflation or even send the U.S. economy spiraling into a recession.

Uncertain path ahead

At the Fed’s September monetary policy meeting, members voted to cut benchmark interest rates by 25 basis points, while one member advocated for a 50-point cut.

It was the first interest rate cut since December – one that Trump had been loudly demanding to help spur the U.S. economy and lower the cost of government debt. Following the Oct. 29 interest rate cut, markets expect the FOMC to reduce rates by another quarter of a percentage point in December. That would lower rates to a range of 3.5%-3.75%, from 3.75%-4% currently, giving the labor market a much-needed boost.

After that, the near-certainty ends, as it’s anyone’s guess where interest rates will go from there. At quarterly meetings, members of the Federal Open Market Committee give projections of where they think the Fed’s benchmark interest rate will go over the next three years and beyond to provide forward guidance to financial markets and other observers.

The median projection from the September meeting suggests the benchmark rate will end 2026 a little lower than where it began, at 3.4%, and decline to 3.1% by the end of 2027. With inflation accelerating, Fed officials will continue to weigh the weakening labor market against the threat of inflation from tariffs, immigration reform and their own lower interest rates – not to mention the ongoing impact of the government shutdown.

Unfortunately, I believe these risks will be difficult to mitigate with just Fed intervention, even with perfect foresight into the economy, and will need help from government immigration, tax and spending policy to put the economy on the right path.

This article was updated with details of the October FOMC meeting.

The Conversation

Jason Reed does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Fed lowers interest rates as it struggles to assess state of US economy without key government data – https://theconversation.com/fed-lowers-interest-rates-as-it-struggles-to-assess-state-of-us-economy-without-key-government-data-267204

4 research-backed ways to beat the winter blues in the colder months

Source: The Conversation – Canada – By Gio Dolcecore, Assistant Professor, Social Work, Mount Royal University

As winter approaches and daylight saving time is about to end, many people are bracing themselves for shorter days, colder weather and what’s often dismissed as the “winter blues.” But these seasonal shifts are more than a passing inconvenience, and can disrupt people’s energy, moods and daily routines.

Seasonal affective disorder (SAD) is a condition that heightens depressive symptoms during the fall and winter months, while the “winter blues” refers to a milder, temporary dip in mood.

In Canada, about 15 per cent of the population experience the winter blues, while two to six per cent experience SAD. Although the exact cause of SAD remains unclear, it’s thought to be linked to reduced exposure to natural light during the fall and winter, which can disrupt our circadian rhythm.

Lower light levels affect brain chemistry by reducing serotonin — a neurotransmitter that regulates mood, sleep and appetite — while keeping melatonin elevated during daylight hours, leading to sleepiness and fatigue.

The good news is that with intention and evidence-based practices, winter can become a season of meaning, connection and even joy. As a clinical social worker and mental health therapist, here are four approaches that research and my clinical practice suggest can make the winter months more liveable.

1. Make time a friend, not an enemy

Winter can make people feel sluggish and unmotivated, and building small but intentional routines can help.

Research in behavioural psychology shows that structured activities, even simple ones, can boost motivation. Try scheduling weekly rituals like coffee with a friend, a library visit or a favourite TV show to function as anchors when energy dips.

Treat your own time with the same care you give others, and plan moments of quality time with yourself.

Another useful tool is “body doubling” — doing tasks in parallel or synchrony with someone else, either in person or virtually. This might mean watching the same movie from different locations, chatting on the phone while folding laundry or working together in a cafe. Shared routines foster accountability and connection.

Structured social routines are elements of cognitive behavioural therapy, a type of intervention used for those experiencing SAD and winter blues, which have been shown to prevent a depression relapse.

2. Remember to go outside

When the temperature drops, it’s tempting to stay indoors. But even brief time outside in the cold offers real benefits.

Exposure to natural light, even on overcast days, helps regulate circadian rhythms, improves sleep and stabilizes mood. Aim to go outside for at least 10 minutes a day: a brisk walk, skating or simply standing outside can lift heaviness.

For those experiencing depressive symptoms, speak with a doctor about bright light therapy. Clinical studies show bright light therapy is one of the most effective treatments for SAD.

Try to reframe snow as an invitation rather than an obstacle. Activities can range from winter picnics, pine cone scavenger hunts or snow painting to more contemplative pursuits like birdwatching, photography or snow-shoeing. For adrenaline seekers, winter sports like snowboarding can also provide a thrill.

3. Cultivate moments of joy

Joy is often viewed as a trait or capacity some people inherently possess, but it can be cultivated intentionally. Small acts of savouring can gradually rewire the brain toward more positive states.

One way to cultivate joy is by finding activities that invite “flow” — a term researchers use to describe moments when we become fully immersed in an activity and everything else fades away.




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Joy is good for your body and your mind – three ways to feel it more often


Flow happens when challenge and skill are in perfect balance; when an activity is engaging but not so difficult that it overwhelms us. It trains the brain’s positive emotion circuits, strengthening pathways linked to attention, motivation and creativity. Activities that invite flow differ from person to person, and can range from puzzling or video games to cooking, crocheting, painting or poetry.

Joy is also collective. Shared laughter, body doubling or acts of hospitality remind us that joy grows stronger when practised in community. Even a potluck dinner, movie night or phone call can counter isolation, making joy a renewable resource generated with others.

4. Create moments of stillness

Mindfulness and meditation are both flexible practices that can be woven into daily life to reduce stress and depression by improving attention, emotional regulation and reducing rumination.

Meditation is a technique for cultivating calm, such as deep breathing, while mindfulness is the broader act of staying present — for example, savouring the taste of your morning coffee. Both are proven to enhance focus, regulate emotions and reduce repetitive negative thoughts.

Research shows that as little as 10 minutes a day of pausing — consciously attending to the present — can significantly reduce stress.

Anchoring these moments in familiar routines can help, such as by taking five deep breaths the moment your feet touch the floor in the morning, pausing after a workout or sitting quietly in your car before entering the house. Apps offering short meditation exercises, sleep stories and reminders can help build this habit as well.

For those living with others, brief daily check-ins, such as asking, “What were your highs and lows today?” encourage reflection and gratitude. Over time, these small rituals of breathing and reflection can help protect against emotional fatigue during the winter.

Winter as a season of practice

Rather than simply surviving winter, we can approach it as a season to learn, adapt and deepen resilience. Making time your ally, seeking wonder outdoors, cultivating joy as a skill and practising meditation and mindfulness in ways that feel personal are all ways to engage meaningfully with the season.

These strategies won’t erase the challenges of shorter days or colder weather, but research suggests they can help mitigate their impact on mood and well-being. By intentionally framing winter as a period of growth, we can change our mindsets to see winter as an opportunity for renewal.

The winter solstice offers a symbolic reminder of this potential: that darkness gives way to light. Celebrating the solstice by lighting candles, gathering in community or setting intentions for the months ahead can transform the darkest day of the year into one of connection, renewal and love for the season itself.

The Conversation

Gio Dolcecore does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. 4 research-backed ways to beat the winter blues in the colder months – https://theconversation.com/4-research-backed-ways-to-beat-the-winter-blues-in-the-colder-months-265055

Faut-il limiter les fruits chez les enfants à cause du sucre ? Voici ce que dit la science

Source: The Conversation – in French – By Nick Fuller, Clinical Trials Director, Department of Endocrinology, RPA Hospital, University of Sydney

On dit souvent aux parents que les fruits sont « mauvais » parce qu’ils contiennent du sucre, ce qui les amène à se demander quelle quantité ils doivent autoriser leur enfant à manger.

Ce message a été alimenté par le mouvement « sans sucre », qui diabolise le sucre en affirmant qu’il fait grossir et provoque le diabète. Ce mouvement promeut des listes arbitraires d’aliments à éviter, qui comprennent souvent les aliments préférés des enfants, tels que les bananes et les baies.

Mais comme beaucoup d’affirmations avancées par l’industrie des diètes, celle-ci n’est pas étayée par des preuves.

Sucres naturels et sucres ajoutés

Le sucre en soi n’est pas nocif, mais le type de sucre que consomment les enfants peut l’être.

La bonne nouvelle, c’est que les fruits entiers contiennent des sucres naturels qui sont bons pour la santé et fournissent de l’énergie aux enfants. Les fruits entiers regorgent de vitamines et de minéraux nécessaires à une bonne santé. Ils contiennent notamment des vitamines A, C et E, du magnésium, du zinc et de l’acide folique. Tous les fruits sont bons pour la santé, notamment les bananes, les baies, les mandarines, les pommes et les mangues, pour n’en citer que quelques-uns.

Les fibres insolubles présentes dans la peau des fruits favorisent un transit intestinal régulier chez les enfants, tandis que les fibres solubles contenues dans la chair des fruits contribuent à maintenir leur taux de cholestérol à un niveau sain en absorbant le « mauvais » cholestérol, ce qui réduit leur risque à long terme d’accident vasculaire cérébral et de maladie cardiaque.

Les sucres ajoutés, qui apportent des calories mais aucune valeur nutritive à l’alimentation des enfants, sont les « mauvais » sucres à éviter. On les trouve dans les aliments transformés et ultra-transformés dont les enfants raffolent, tels que les bonbons, les chocolats, les gâteaux et les boissons gazeuses.

Les sucres ajoutés sont souvent présents dans des aliments emballés apparemment sains, tels que les barres de céréales. Ils sont également cachés sous plus de 60 noms différents dans les listes d’ingrédients, ce qui les rend difficiles à repérer.

Sucre, poids et risque de diabète

Il n’existe aucune preuve scientifique permettant d’affirmer que le sucre provoque directement le diabète.

Le diabète de type 1 est une maladie auto-immune qui ne peut être ni prévenue ni guérie et qui n’a aucun lien avec la consommation de sucre. Le diabète de type 2 est généralement causé par un excès de poids, qui empêche le corps de fonctionner efficacement, et non par la consommation de sucre.


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Cependant, une alimentation riche en sucres ajoutés, présents dans de nombreux aliments transformés et ultra-transformés (par exemple, les collations sucrées et salés emballés), peut entraîner une consommation excessive de calories et une prise de poids inutile chez les enfants, ce qui peut augmenter leur risque de développer un diabète de type 2 à l’âge adulte.

D’autre part, des recherches montrent que les enfants qui mangent plus de fruits ont moins de graisse abdominale.

Des recherches montrent également que les fruits peuvent réduire le risque de diabète de type 2. Une étude a notamment révélé que les enfants qui consommaient 1,5 portion de fruits par jour avaient un risque 36 % moins élevé de développer la maladie.

Carences nutritionnelles

Une alimentation riche en sucres ajoutés peut également entraîner des carences nutritionnelles.

De nombreux aliments transformés ont une faible valeur nutritive, voire aucune, c’est pourquoi les recommandations alimentaires recommandent d’en limiter la consommation.

Les enfants qui se nourrissent principalement de ces aliments sont moins susceptibles de consommer des légumes, des fruits, des céréales complètes et des viandes maigres, ce qui entraîne une alimentation pauvre en fibres et en autres nutriments essentiels à la croissance et au développement.

Mais ces « aliments facultatifs » représentent un tiers de l’apport énergétique quotidien des enfants australiens.

Mon conseil ? Donnez des fruits en abondance à vos enfants

Il n’est pas nécessaire de limiter la quantité de fruits entiers que les enfants mangent : ils sont nutritifs et peuvent protéger leur santé. Ils les rassasieront également et réduiront leur envie de réclamer des aliments transformés et emballés, pauvres en nutriments et riches en calories.

Il suffit de limiter les jus et les fruits secs, car les jus ne contiennent pas les bienfaits des fruits (les fibres) et le séchage prive les fruits de leur teneur en eau, ce qui facilite leur consommation excessive.

Certains pays recommandent seulement deux portions de fruits par jour pour les enfants de neuf ans et plus, 1,5 portion pour les enfants de 4 à 8 ans, une portion pour les enfants de 2 à 3 ans et une demi-portion pour les enfants de 1 à 2 ans. Mais ces recommandations sont dépassées et doivent être modifiées.

Nous devons réduire la consommation de sucre des enfants. Mais cela doit se faire en réduisant leur consommation d’aliments transformés contenant des sucres ajoutés, plutôt que celle des fruits.

Les sucres ajoutés ne sont pas toujours faciles à repérer, nous devons donc nous concentrer sur la réduction chez les enfants de la consommation d’aliments transformés et emballés, et leur apprendre à privilégier les fruits, « les friandises de la nature », afin d’éliminer les sucres malsains de leur alimentation.

La Conversation Canada

Le professeur Nick Fuller travaille pour l’université de Sydney et l’hôpital RPA. Il a reçu des financements externes pour des projets liés au traitement du surpoids et de l’obésité. Il est l’auteur et le fondateur du programme Interval Weight Loss (Perte de poids par intervalles) et l’auteur de Healthy Parents, Healthy Kids (Des parents en bonne santé, des enfants en bonne santé), publié chez Penguin Books.

ref. Faut-il limiter les fruits chez les enfants à cause du sucre ? Voici ce que dit la science – https://theconversation.com/faut-il-limiter-les-fruits-chez-les-enfants-a-cause-du-sucre-voici-ce-que-dit-la-science-262302

Después de la dana: cuando el agua se retira, el daño psicológico permanece

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Collazo Castiñeira, Personal Docente Investigador, Universidad Pontificia Comillas

CMG_IG/Shutterstock

En octubre de 2024, hace hoy un año, una dana golpeó con fuerza la Comunidad Valenciana. La tragedia dejó numerosas víctimas mortales y cientos de heridos, pero hubo un aspecto menos evidente e igualmente devastador: el impacto psicológico en las personas afectadas. Multitud de ciudadanos vieron sus hogares y barrios inundados y cubiertos de barro mientras eran testigos de cómo sus vecinos y familiares sufrían, sin poder hacer nada por ayudarles. En muchos casos no podían regresar a sus casas, ni contactar con sus familiares o con los servicios de emergencia.

Esa desconexión, impotencia y desamparo marcaron profundamente la vivencia de muchas víctimas, a lo que se sumó la percepción de abandono: no hubo un aviso temprano del riesgo extremo, y la gestión inmediata de la tragedia fue percibida por los afectados como lenta y claramente insuficiente.

Semanas después, investigadoras de la Universidad Pontificia Comillas y la Universidad de Zaragoza realizamos un estudio en el que se evaluó a 72 víctimas y 69 voluntarios. Se analizaron síntomas de ansiedad, depresión y estrés postraumático, así como el grado de satisfacción con distintas fuentes de apoyo. También se les dio la opción de compartir sus experiencias.

Aunque el artículo científico todavía no está publicado, sus respuestas han permitido poner cifras y palabras a algo que suele quedar oculto: la huella emocional de los desastres naturales.

Víctimas: el peso de lo perdido

Según el estudio, el 82 % de las víctimas presentaban síntomas moderados o graves de estrés postraumático. Es la huella psicológica que deja vivir o presenciar un evento extremadamente impactante o amenazante para la vida. No se trata solo de recuerdos desagradables: implica revivir mentalmente la experiencia mediante flashbacks o pesadillas, mantenerse en constante alerta, sufrir sobresaltos ante estímulos que recuerdan al suceso y sentir que el peligro sigue presente.

En este sentido, muchas víctimas confiesan que no lo van a olvidar nunca. Algunos tienen pesadillas y recuerdos que, refieren, se repiten en su cabeza sin que puedan evitarlo. Otros narran los acontecimientos con tal nivel de detalle que parece que los estuviesen reviviendo. Por ejemplo, relataron el recuerdo vívido del ruido ensordecedor del agua y de las imágenes de la tragedia, como el abundante barro o ver a otras personas sufriendo. También evocan el miedo que sienten cada vez que vuelve a llover.

A esto se suman altos niveles de ansiedad y depresión: entre un 40 % y un 46 % de los encuestados presentaron estos síntomas. El impacto fue más severo en quienes padecieron daños físicos, tuvieron desperfectos en su domicilio o lo perdieron, o presenciaron cómo otras personas sufrían. También influyeron experiencias emocionales como el miedo a sufrir daños ellos mismos o sus familiares, el temor a fallecer, la sensación de abandono y la indefensión, que agravaron las secuelas psicológicas de la tragedia.

Estos resultados ponen de manifiesto la necesidad de que las víctimas reciban atención psicológica adecuada y sostenida en el tiempo, y de que se visibilice su sufrimiento como parte esencial de la recuperación tras una catástrofe.




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Voluntarios: el impacto psicológico de ayudar

Durante los primeros días tras la catástrofe, los voluntarios fueron esenciales: rescataron, asistieron y acompañaron a numerosas personas afectadas sin medios ni formación para intervenir en una emergencia de tal magnitud. Por ello también se evaluó cómo les había afectado psicológicamente haber sido testigos directos del desastre.

Los resultados muestran que la exposición a escenas de destrucción y sufrimiento, el esfuerzo físico y la tensión dejaron huella: el 68 % presentó sintomatología significativa de estrés postraumático. Entre los factores más asociados al malestar destacaron participar en rescates, ver fallecidos, presenciar saqueos o tener seres queridos afectados o en paradero desconocido.

Personas limpiando el barro en una calle inundada
Voluntarios y vecinos ayudando a limpiar el barro de las aceras en Valencia.
Pacopac/Wikimedia Commons, CC BY-SA

La respuesta solidaria de la ciudadanía fue admirable y las víctimas la recuerdan con profundo agradecimiento, tal y como reflejan nuestros resultados. Sin embargo, cuando la primera reacción ante una emergencia depende de civiles sin entrenamiento ni apoyo psicológico, es esperable que su salud mental se vea afectada. Por ello, resulta fundamental ofrecer atención y acompañamiento especializado también a quienes, con la mejor de las intenciones, se convirtieron en los primeros en ayudar.

La otra inundación: la gestión institucional

Otro hallazgo clave, en línea con las numerosas protestas y reclamos de las víctimas, fue la baja satisfacción con la respuesta institucional: apenas 1,7 en una escala de 1 a 5, frente a los altos niveles de apoyo percibido de familia, amigos, vecinos y voluntarios (entre 4,2 y 4,7). Tampoco sorprende el extremo descontento sobre el aviso de la tragedia (1,2 sobre 5), que llegó cuando el nivel del agua había alcanzado niveles catastróficos.

La insatisfacción con el apoyo institucional y la percepción de lentitud en la implementación de las medidas posteriores se relacionaron con peor salud mental en las víctimas. Sentirse abandonadas por las instituciones ante la tragedia no solo debilita la confianza en las autoridades, sino que les hizo sentir desprotegidas ante futuras emergencias, poniendo en serio peligro la salud psicológica a medio y largo plazo.

Qué podemos aprender

En ocho de cada diez víctimas, la dana ha dejado una huella emocional clara: miedo, dificultad para seguir con la vida cotidiana, ansiedad y tristeza. Si no se atienden, estos síntomas pueden cronificarse y afectar gravemente a la calidad de vida.

Aunque se han puesto en marcha iniciativas de apoyo psicológico, la magnitud del impacto hace necesario reforzarlas y avanzar hacia un sistema de cuidado en salud mental que sea accesible, gratuito y sostenido en el tiempo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Después de la dana: cuando el agua se retira, el daño psicológico permanece – https://theconversation.com/despues-de-la-dana-cuando-el-agua-se-retira-el-dano-psicologico-permanece-268611

In drug trials, lack of oversight of research ethics boards could put Canadian patients at risk

Source: The Conversation – Canada – By Joel Lexchin, Associate professor, Department of Family and Community Medicine, University of Toronto; York University, Canada; University of Sydney

Research ethics boards are supposed to ensure that, among other things, patients understand the nature of the research and have given informed consent. (Unsplash/Nappy)

New drug approvals by Health Canada are based on the results of clinical trials. But before clinical trials can go ahead, they need to be approved by ethics committees known as Research Ethics Boards (REBs).

Virtually all hospitals where research is conducted have REBs, as do universities and other institutions. The REBs are supposed to ensure that patients understand the nature of the research and have given informed consent, that the trials are conducted in an ethical way that minimizes any harm to them and that the investigators are competent to do the research.

Given the crucial role they play, it’s important that REBs are not influenced by factors like financial motives, conflicts of interest or the goals of drug companies. Without oversight, these factors may encroach on the decisions made by REBs in Canada.

REBs in Canada

All that Canada’s Food and Drug Regulations say about REBs is that they need to approve clinical trials.

The Tri-Council Policy Statement does lay out who needs to be on a REB and gives some details about how REBs should operate, but these regulations only apply to research that’s funded by the tri-council, comprising the Canadian Institutes of Health Research (CIHR), the National Science and Engineering Research Council and the Social Sciences and Humanities Research Council.

Canada has no accreditation or inspection system for REBs and no oversight mechanism for the way that they undertake their reviews. An article in the Journal of Law, Medicine and Ethics noted that: “Aside from identifying information on the REB and its chair, no further information about the REB or its review is required” by Health Canada.

There used to be a National Council on Ethics in Human Research. The organization largely provided education, but there was the possibility that it could have been transformed into a national accrediting and oversight body.

But in 2010, its funding from Health Canada and CIHR was pulled. In its place, the Canadian General Standards Board published the voluntary Canadian Standard for Research Ethics Oversight of Biomedical Clinical Trials, but this guidance was withdrawn in 2018 due to limited use and support for its revision.

The still existing Canadian Association of Research Ethics Boards operates as a forum for discussion and has no regulatory powers.

For-profit REBS

The absence of any standards and regulations is becoming increasingly problematic. At least 70 per cent of clinical trials are now being done in the community, outside of health-care institutions and their in-house REBs. In addition, drug companies, which sponsor the vast majority of clinical trials, want a quick turnaround in approval by REBs.

A report by the Law Commission of Canada described academic based REBs as:

“overburdened and … stretched to the breaking point … As the work becomes increasingly complicated with globalization, technology and commercialization, REBs are struggling to find committee chairs or even members.”

In response to the movement of trials into the community where they aren’t covered by institutional REBs, it’s reasonable to assume that the number of for-profit REBs has grown, although there are no definite estimates of their number. Drug companies pay these for-profit REBs a fee to review their trials.

Trudo Lemmens, professor and Scholl Chair in Health Law and Policy at the University of Toronto Faculty of Law, has argued that the credibility and integrity of the research review is compromised by the perception of a possible conflict-of-interest (COI) when commercial REBs approve a clinical trial.

If the REB turns down too many trials or demands costly changes to the research protocol, companies may be reluctant to continue to submit future research proposals to it. Although to date, there has not been any research to verify or refute this concern, Lemmens argues that the honesty of individual REB members is not enough to remedy this situation.

In early October 2025, the New York Times published an investigation of for-profit Institutional Review Boards in the United States. Institutional review boards are the American equivalent of REBs. The story focused on two companies that dominate the business: WCG and Advarra, the latter controlled by private equity.

According to the Times, both companies “have close corporate relationships with drugmakers. And both have become part of multipronged enterprises selling pharmaceutical companies a wide range of drug-testing services — blurring the line between the reviewer and the reviewed, introducing potential conflicts of interest that threaten the review boards’ mission.”

Several former Advarra employees told the Times that the company had imposed daily quotas on reviewing informed-consent forms for trial volunteers. Alana Levy, a former consent form development editor, said that falling short meant “you get a warning” but if you reviewed over a certain number you could get a bonus. Advarra refuted those allegations and said it “maintains strong safeguards and internal policies to ensure the independence of its Institutional Review Board.”

Advarra also operates in Canada and “supports more Canadian sites than any other partner, offering the broadest provincial coverage and experience in the industry.” On its website, it advertises the speed of its reviews with a turn-around time of four to five days for reviewing protocols and consent forms for trials taking place at multiple sites.

Oversight needed

When good ethical oversight is lacking, the patients in clinical trials may be put at risk. The results from those trials may be compromised, meaning that the information that doctors rely on to prescribe the drugs is unreliable, and their patients are getting suboptimal care.

Health Canada needs to step up and establish regulations for how REBs operate and have an inspection system to ensure that its regulations are being followed.

Alberta is the only jurisdiction in Canada without for-profit REBs. Among its other responsibilities, the Health Research Ethics Board of Alberta oversees ethics approval of research involving human subjects that is done in the community. Other provinces should follow the Alberta model.

The Conversation

Between 2022-2025, Joel Lexchin received payments for writing a brief for a legal firm on the role of promotion in generating prescriptions for opioids, for being on a panel about pharmacare and for co-writing an article for a peer-reviewed medical journal on semaglutide. He is a member of the Boards of Canadian Doctors for Medicare and the Canadian Health Coalition. He receives royalties from University of Toronto Press and James Lorimer & Co. Ltd. for books he has written. He has received funding from the Canadian Institutes of Health Research in the past.

ref. In drug trials, lack of oversight of research ethics boards could put Canadian patients at risk – https://theconversation.com/in-drug-trials-lack-of-oversight-of-research-ethics-boards-could-put-canadian-patients-at-risk-262105