Antibióticos en la infancia: necesarios pero no inocuos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Taida García Ascaso, Responsable de la Sección de Enfermedades Infecciosas Pediátricas Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús (FIBHNJS)

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Los antibióticos están entre los medicamentos más utilizados en niños, tanto en el hospital como en los hogares. Junto con las vacunas, la mejora de la nutrición y las medidas de higiene y prevención, han contribuido decisivamente a reducir la mortalidad infantil en las últimas décadas. Pero que sean muy útiles no significa que sean inocuos.

Desde el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928, los antibióticos han transformado la medicina. También desde muy pronto quedó claro que las bacterias podían desarrollar resistencia a ellos. Hoy, el abuso y el mal uso de estos fármacos –en medicina humana y veterinaria, así como por la automedicación o la presión asistencial– han favorecido la expansión de bacterias resistentes, hasta convertir infecciones que antes eran fáciles de tratar en problemas cada vez más complicados de resolver.

Impacto en la microbiota

Sin embargo, el problema no se limita a las resistencias. En los últimos años, el avance en el conocimiento de la microbiota humana ha abierto otra línea de preocupación.

La microbiota es el conjunto de microorganismos que habitan nuestro cuerpo, especialmente el intestino, y participa en funciones clave como la digestión, la regulación inmunológica y la señalización neuroendocrina (comunicación entre hormonas y neuronas para controlar las funciones del cuerpo). Cuando administramos antibióticos, no solo eliminamos bacterias patógenas: también alteramos esas comunidades microbianas beneficiosas y el equilibrio natural.

Dicho desequilibrio preocupa especialmente en la infancia, ya que es una etapa crítica para la colonización bacteriana normal. Cuanto más pequeño es el niño, mayor puede ser el impacto de los antibióticos sobre la microbiota. Por eso, en neonatología y pediatría, la prescripción de estos tratamientos debe valorarse con especial cuidado: no se trata de negar un antibiótico necesario, sino de usarlo solo cuando esté indicado, con el fármaco más adecuado y durante el menor tiempo que sea eficaz.

Efectos más allá de la infección

La evidencia reciente sugiere, de hecho, que los efectos de los antibióticos pueden ir más allá del episodio infeccioso agudo. Un estudio publicado en Nature Communications observó que la exposición neonatal a estos medicamentos se asociaba con alteraciones persistentes de la microbiota intestinal y con un crecimiento más desfavorable en peso y talla durante los seis primeros años de vida en algunos grupos de niños. Es un hallazgo especialmente relevante porque apunta a que intervenir sobre la comunidad microbiana intestinal en etapas muy tempranas podría tener consecuencias prolongadas.

Otros trabajos han relacionado la exposición precoz con un mayor riesgo posterior de sobrepeso u obesidad. Por ejemplo, uno de ellos descubrió una asociación entre antibióticos en el primer año de vida, cambios en la microbiota y más riesgo de exceso de peso. No todos los estudios encuentran la misma magnitud del efecto, pero la hipótesis de que el uso temprano de antibióticos pueda influir en el metabolismo infantil está cada vez más presente en la investigación.

También han aparecido asociaciones con enfermedades inmunológicas e inflamatorias. Una revisión sistemática concluyó que el uso de antibióticos en los dos primeros años de vida se relacionaba con un mayor riesgo de trastornos gastrointestinales crónicos, sobre todo enfermedad inflamatoria intestinal y enfermedad celíaca.

En paralelo, otro trabajo poblacional halló una vinculación entre exposición antibiótica temprana y algunas trayectorias de asma infantil persistente. Eso sí, conviene interpretar tales resultados con prudencia: en ese tipo de estudios no siempre es fácil distinguir cuánto corresponde al antibiótico y cuánto a la propia infección que motivó su uso.

Uno de los efectos adversos mejor conocidos es la diarrea asociada a antibióticos. En su forma más grave puede aparecer la infección por Clostridioides difficile, una bacteria capaz de causar colitis severa e incluso complicaciones muy importantes en pacientes vulnerables. Hoy continúa siendo una de las principales complicaciones infecciosas asociadas al uso previo de estos medicamentos en niños.

Además, pueden producir los efectos nocivos “clásicos” de cualquier fármaco: diarrea, exantemas, anemia, alteraciones hepáticas o renales y, en algunos casos, reacciones alérgicas graves. Una investigación en niños hospitalizados encontró que más de uno de cada cinco tratamientos antibióticos se asociaba a algún de esos acontecimientos adversos.

¿Y qué ocurre con el neurodesarrollo? Es un terreno de gran interés, pero también uno de los más delicados. Están apareciendo estudios que relacionan la exposición muy precoz a antibióticos con síntomas emocionales o conductuales posteriores. Sin embargo, la evidencia sigue siendo heterogénea y todavía no permite extraer conclusiones firmes sobre trastornos concretos.

El mensaje final, por tanto, debe ser de responsabilidad y equilibrio. Los antibióticos siguen salvando vidas y ningún niño con una infección bacteriana importante debe quedarse sin tratamiento por miedo a sus efectos adversos. Pero precisamente porque son fármacos valiosos, deben utilizarse bien: solo cuando están indicados, con la molécula adecuada, la dosis correcta y la duración mínima eficaz.

Prescribir menos antibióticos cuando no hacen falta no es tratar peor, sino todo lo contrario.

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Marta Taida García Ascaso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Antibióticos en la infancia: necesarios pero no inocuos – https://theconversation.com/antibioticos-en-la-infancia-necesarios-pero-no-inocuos-277274

¿Es la IA la nueva constructora de valores culturales?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José María Bolufer Francia, Doctorando Investigador de la Sociedad Digital, Universidad Villanueva

¿Cómo afectarán las narrativas creadas por inteligencia artificial generativa en la construcción de principios morales de los más jóvenes? Kathryn Conrad / https://betterimagesofai.org , CC BY-SA

Piensen lo que significa educar a los niños en un mundo donde, desde el primer día, la mayoría de sus interacciones son con un sistema de inteligencia artificial (IA) y no con un ser humano. Es el mayor y más aterrador experimento psicológico de la historia, y nosotros lo estamos llevando a cabo.

Así terminó el historiador Yuval Noah Harari su intervención en el Foro Económico Mundial, celebrado en Davos el pasado mes de febrero.

Este mensaje advierte de las capacidad que sistemas autónomos tienen para definir y alterar marcos sociales y en cómo se transmiten los rasgos culturales a las siguientes generaciones. Precisamente, en su último libro, Nexus, destaca la importancia de los relatos en el proceso de transmisión de valores y tradiciones culturales y, por tanto, en la propia construcción de la sociedad.

Por lo tanto, si el lenguaje y la creación de historias y relatos son tan determinantes en el desarrollo social, ¿a qué riesgos nos estamos enfrentando ahora que los sistemas de IA pueden crear nuevos contenidos sin ningún tipo de supervisión humana? ¿Podrán definir cómo serán en el futuro los valores humanos?

Tecnología que crea narrativas

Actualmente, millones de personas utilizamos la IA para infinidad de tareas. En concreto, los últimos datos publicados por Eurostat señalan que tres de cada cuatro jóvenes españoles entre 16 y 24 años –en pleno proceso de desarrollo personal– han usado la IA generativa en los últimos meses.

Desde su irrupción, se ha hablado mucho de sus implicaciones éticas y económicas. Sin embargo, menos conocidos son sus potenciales efectos en el proceso de formación cultural de los más jóvenes.

Para comprender mejor la influencia que pueden llegar a tener, podemos definir evolución cultural como el proceso por el cual transmitimos información relacionada con los conocimientos, creencias, valores, costumbres o cualesquiera otros hábitos adquiridos por una persona como miembro de la sociedad.

Este proceso tiene tres propiedades fundamentales: la aparición de nuevos rasgos culturales, la selección y adaptación de las costumbres más compatibles con la situación social existente y, finalmente, la transmisión a las siguientes generaciones.

Hasta la fecha, estas tres características habían sido controladas por seres humanos. Sin embargo, esto está cambiando. No es que la tecnología sea solo una mera intermediaria de la información y el conocimiento, como ha sucedido a lo largo de la historia con los libros, la radio y televisión o, más recientemente, con las redes sociales: ahora actúa como una entidad totalmente independiente, capaz de distorsionar la información y, sobre todo, de crear nuevos contenidos.

Sustitución de valores existentes

En particular, las herramientas de IA generativa están demostrando ser muy efectivas a la hora de crear textos o imágenes. Lo hacen recombinando información, integrando y mezclando datos disponibles.

De este modo, contribuyen a la generación de nuevos relatos, que tienen el potencial de interferir en los procesos de desarrollo y aprendizaje, sobre todo, teniendo en cuenta que más de un 60 % de los jóvenes consideran que la relación con la IA reemplaza, en cierta medida, la conversación con las personas.

Hagamos un experimento

Un sencillo experimento, para entender mejor este riesgo, consiste en pedirle a una IA generativa: “cuéntame un cuento y explícame su moraleja”.

Los resultados de este ejercicio son realmente interesantes, cuando se analizan desde una visión crítica. No es difícil encontrar rastros de relatos clásicos que la IA integra al generar su respuesta. Lo que hace es seleccionar ciertos contenidos existentes, ajustar los mensajes y amplificar o silenciar aquellos que el algoritmo considera más o menos relevantes.

El resultado es un relato original que puede ser transmitido a las nuevas generaciones. De este modo, influiría en el proceso de desarrollo social y en los valores aceptados socialmente en cada momento.

¿Máquina constructora de cultura?

La aparición de sistemas inteligentes con capacidad de generar nuevos relatos a una escala y velocidad sin precedentes rompe drásticamente con los marcos tradicionales de evolución cultural. El principal impacto lo encontramos en los más jóvenes, que se encuentran en una etapa vital en la que se definen cuáles serán sus pilares morales y rasgos culturales.

El experimento global que implica el uso de inteligencia artificial por la población a gran escala, tal y como lo señalaba Harari, nos obliga a replantearnos seriamente la manera en la que debemos gestionar y supervisar estas incipientes tecnologías. Es necesario ir más allá de los parámetros éticos para identificar los riesgos que conlleva su uso. Lo que está en juego es la definición de los marcos y valores culturales que sustentarán a las futuras generaciones.

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Beatriz Feijoo recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación e Universidades, proyecto de investigación ref. PID2024-155709NB-I00 (DIGETHICA).

José María Bolufer Francia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Las grandes consecuencias de la guerra de Irán sobre Ucrania

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Priego, Profesor Agregado de la Facultad de Derecho- ICADE, Departamento de Dep. Público. Área DIP y RRII, Universidad Pontificia Comillas

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El ataque de Israel y EE. UU. sobre Irán está teniendo consecuencias más allá del Golfo Pérsico. El precio del petróleo se ha disparado, Oriente Medio está en llamas y la UE ha firmado el divorcio con Washington.

Al tratarse de una guerra con consecuencias globales, no nos debe sorprender que las fantasías bélicas de Benjamin Netanyahu y Donald Trump también tengan consecuencias decisivas en el devenir de la guerra en Ucrania.

Podemos dividir esta repercusión en Ucrania en tres frentes claramente diferenciados: el tecnológico-militar, el económico y el político.

Efectos en el campo tecnológico-militar

El campo en el que más cooperación existe entre Teherán y Moscú es el tecnológico-militar. En el año 2025, Rusia lanzó contra Ucrania 54 000 drones Sahed o Gerán (derivado del Sahed), lo que supone un 94,73 % del total usado sobre Ucrania.

Aunque es cierto que Rusia fabrica su propio modelo –el Gerán– en una planta industrial propia en Alabuga (Tartaristán), Moscú sigue dependiendo de la tecnología iraní. De hecho, cuando se han intentado usar motores y componentes rusos, el resultado ha sido negativo: menor velocidad, peor rendimiento y menor eficiencia.

Aunque los componentes mecánicos rusos son peores que los iraníes, la mayor preocupación rusa no es esta, sino la guerra electrónica. Los drones rusos necesitan tecnología iraní para hacer frente a la guerra electrónica que llevan a cabo los ucranianos. Ucrania es muy competitiva en jamming (interfaz) –interferencia intencional de las señales de radiofrecuencia– y en otros tipos de guerra electrónica.

Los Gerán solo pueden sortear los ataques contra sus sistemas de navegación mediante sistemas INS o de navegación inercial de fabricación iraní. Sin esta tecnología, Rusia no podría mantener su estrategia en Ucrania.

En cierta medida, Rusia ha cedido a Irán su estrategia de castigo aéreo, ya que la saturación de los cielos ucranianos puede llevarse a cabo gracias a los métodos de producción de bajo coste importados de Irán.

Esta dependencia no solo se circunscribe a los drones, sino que también se extiende a los misiles de corto alcance. Rusia está usando misiles Fateh-110 y Zolfaghar, que son más baratos que los de fabricación rusa y que también le permiten saturar el espacio aéreo y “entretener” a las defensas antiaéreas ucranianas para que sus misiles (Oréshnik, Iskender, etc.) alcancen sus objetivos.

Gracias a los misiles iraníes, Rusia puede mantener llena su maltrecha reserva armamentística.

Tampoco podemos dejar de mencionar la cooperación iraní en “inteligencia operativa”, una labor que ha desarrollado directamente la Guardia Revolucionaria en la península de Crimea. Las bases rusas han sido escenario de entrenamiento de drones dotados de IA y de pilotos adiestrados para derribar las defensas antiaéreas ucranianas. Sin este entrenamiento, los drones rusos nunca hubieran podido alcanzar sus objetivos.

Por todos estos motivos, una guerra prolongada en Irán supondría una merma significativa para Rusia en Ucrania.

La economía tampoco se libra

Desde el punto de vista económico, la guerra en Irán puede afectar a todas las partes en conflicto en Ucrania. Por un lado, Rusia puede perder un aliado fundamental en su estrategia para sortear las sanciones internacionales. Irán lleva años desarrollando habilidades que le permiten sortear las sanciones impuestas por Estados Unidos y, por ello, Rusia está usando estos recursos y estas prácticas para hacer lo mismo.

Irán ha desarrollado redes paralelas e informales de comercio, así como el acceso a componentes de doble origen que se venden en mercados occidentales o a métodos virtuales (criptomonedas) para evitar controles financieros. Si Irán pierde esta capacidad, Rusia vería mermada su proyección internacional en los ámbitos comercial y financiero.

Sin embargo, no todo son malas noticias para el Kremlin. Hace unos días, Trump anunció que levantaba la limitación del precio del barril de petróleo ruso y que, por lo tanto, podía volver a venderse por encima de los 40 dólares. Esta medida puede dar aire a Moscú y dotarle de recursos para buscar otros proveedores tecnológicos para su guerra, aunque las cadenas de suministro están afectadas por la guerra en Irán.

En lo que respecta a Ucrania, un enfriamiento de la economía global puede suponer una reducción de la ayuda que Europa le brinda para sostener la guerra. En el año 2025, Ucrania recibió 70 000 millones de euros procedentes de la UE, lo que supuso el 70 % del total. Si se produjera una crisis económica, la capacidad asistencial de Europa se vería seriamente mermada.

¿Una guerra usada como pantalla?

Uno de los principales problemas que ha tenido Ucrania desde el comienzo de la guerra ha sido la ostentación de la asistencia. Cuando los medios internacionales se han hecho eco de la transferencia de armas a Ucrania, Rusia ha usado sus canales internacionales para asustar a los donantes con posibles represalias nucleares. La guerra de Irán puede desviar la atención del envío de tecnologías críticas a Ucrania, limitando la capacidad de protesta rusa HE CAMBIADO ESTA FRASE, REVISA.

Un ejemplo de esto lo encontramos en el momento en que se transfirieron los Patriots: diciembre de 2022 y enero de 2023. En estos dos meses se produjeron varios acontecimientos internacionales (revueltas en Irán o maniobras militares chinas tras la visita de Nancy Pelosi) que distrajeron a la opinión pública internacional, lo que favoreció una cesión de tecnología militar sin sobresaltos.

Lo mismo ocurrió con la transferencia de los Storm Shadow (mayo de 2023), un hecho que se hizo coincidir con el acuerdo entre Irán y Arabia Saudí. También hay que destacar el envío de los famosos ATAMAC, cuya transferencia se hizo coincidir con las semanas posteriores al ataque del 7 de octubre.

Con esta tendencia, la guerra en Irán podría servir de escudo mediático para realizar envíos de armas a Ucrania, envíos que Moscú podría calificar como líneas rojas.

Los costes para EE. UU.

Otro aspecto que puede favorecer a Ucrania es su capacidad para desarrollar tecnología antiaérea. EE. UU. no puede aguantar durante mucho tiempo una guerra con Irán. La economía americana comienza a resentirse por el alto coste de la guerra, en especial por los sistemas antiaéreos destinados a proteger a sus aliados. Concretamente, me refiero a las baterías Patriots, cuyo coste es de 1 000 millones de dólares. Cada disparo les cuesta entre 4 y 7 millones, y en estas primeras semanas se han utilizado unos 2 000 misiles, lo que eleva la factura de la guerra a entre 8 000 y 14 000 millones de dólares.

En este punto, la clave parece tenerla Ucrania, que ha sido capaz de desarrollar drones interceptadores a un precio que va desde los 2 100 de euros hasta los 15 000. Zelenski ya ha ofrecido su producción a EE. UU. pero, evidentemente, a cambio es muy posible que pida algo.

A pesar de que la guerra en Irán parece no tener nada que ver con lo que ocurre en Ucrania, el alto grado de dependencia tecnológica rusa, los efectos que esta tiene en la economía global y la capacidad de Bladimir Zelenski para hacerse fuerte en situaciones complicadas pueden provocar que lo que ocurra en Oriente Medio tenga efectos decisivos en Ucrania.

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Alberto Priego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las grandes consecuencias de la guerra de Irán sobre Ucrania – https://theconversation.com/las-grandes-consecuencias-de-la-guerra-de-iran-sobre-ucrania-278371

Tengo una hernia discal, ¿puedo moverme? El diagnóstico que provoca más miedo del necesario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Andrés Ráfales Perucha, Fisioterapeuta y Personal Docente e Investigador de la Universidad San Jorge. Miembro del grupo de investigación UNLOC., Universidad San Jorge

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Pocas palabras en medicina generan tanta inquietud como “hernia discal”. Para muchas personas, escuchar este diagnóstico es casi sinónimo de “espalda dañada”, reposo absoluto e incluso el temor a una cirugía inevitable.

Este miedo no surge de la nada. Durante años, el lenguaje utilizado en informes médicos, junto con mensajes alarmistas del tipo “tienes la espalda dañada”, “detente si sientes cualquier tipo de dolor”, “todo el dolor se debe a la hernia” o “tienes la espalda débil”, han contribuido a asociar automáticamente diagnóstico de hernia discal con gravedad. El problema es que ese temor puede acabar siendo más incapacitante que la propia lesión.

Lo paradójico es que afrontar una hernia discal con miedo y evitando la actividad física se ha relacionado con mayor dolor, peor recuperación y más discapacidad, independientemente del daño real en la columna. Por eso, entender qué significa realmente tener una hernia discal es el primer paso para dejar de verla como una sentencia y empezar a abordarla desde el conocimiento.




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¿Qué es realmente una hernia discal y por qué no siempre duele?

Llamamos disco a una estructura que se encuentra entre dos vértebras. Está formado por una parte externa más resistente (el anillo fibroso) y una parte interna más gelatinosa (el núcleo pulposo). Estos discos intervertebrales permiten la flexibilidad de la columna y actúan como amortiguadores durante actividades diarias como caminar, correr y saltar. Con el paso del tiempo y la influencia del estilo de vida, estos discos pueden cambiar de forma.

Una hernia discal ocurre cuando parte del contenido interno del disco sobresale más allá de sus límites habituales. Pero esto no significa siempre que la columna esté dañada. En muchos casos, simplemente es una variación estructural, comparable a las arrugas de la piel: una señal de adaptación o envejecimiento.

Un estudio ampliamente citado publicado en The American Journal of Neuroradiology analizó miles de resonancias en personas sin dolor lumbar y encontró que muchas presentaban protrusiones o hernias discales sin ningún síntoma, lo que sugiere que estos cambios son procesos normales del paso del tiempo y no una patología. De hecho, a los 50 años, más del 30 % de personas asintomáticas ya muestran protrusiones discales en pruebas de imagen.

Esto nos obliga a cambiar la pregunta de “¿hay una hernia?” por “¿esa hernia te está generando problemas?”. Cuando aparecen síntomas como dolor irradiado, comúnmente llamado “ciática”, no siempre se deben únicamente a que el disco comprime el nervio. También interviene un proceso inflamatorio alrededor de la raíz nerviosa que puede aumentar la sensibilidad y generar dolor. Por eso, en algunos casos agudos se utilizan tratamientos dirigidos a reducir esa inflamación.

Además, otros factores psicosociales como el nivel de actividad, el estrés, la calidad del sueño e incluso las expectativas de la persona afectada pueden influir en la recuperación. Por tanto, basar todo el tratamiento en lo que muestra una resonancia puede llevar a interpretaciones erróneas y a generar más miedo que soluciones.




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No siempre acaba en cirugía

Un diagnóstico de hernia discal no significa que el siguiente paso sea pasar por quirófano. De hecho, la evidencia científica muestra algo distinto: el tratamiento conservador es la primera opción recomendada en la mayoría de los casos. Estudios comparativos han observado que, aunque la cirugía puede aliviar los síntomas más rápidamente en algunas personas, a medio y largo plazo los resultados en dolor y función son similares a los del tratamiento no quirúrgico.

Por eso, las guías clínicas internacionales recomiendan iniciar el tratamiento con ejercicio terapéutico, educación y manejo activo durante varias semanas antes de plantear una operación. Eso sí, si aparecen síntomas como pérdida progresiva de fuerza en la pierna, alteraciones en el control de esfínteres o dolor que no permite realizar ninguna actividad básica, es importante consultar un profesional sanitario para obtener una valoración adecuada.

¿Qué ejercicios hacer y cómo iniciarlos?

Antes de empezar, es importante dejar algo claro: cada caso es distinto y requiere una valoración individualizada por parte de un profesional sanitario. Aclarado esto, el Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE) de Gran Bretaña recomienda las siguientes medidas:

  • Mantenerse activo. En la mayoría de casos, la recomendación no es parar, sino mantenerse lo más activo posible dentro de lo tolerable. Caminar, moverse por casa y realizar ejercicio adaptado favorece la recuperación.

  • Elegir movimientos tolerables. En fases iniciales, pueden ser útiles ejercicios suaves como movilizaciones de columna y cadera, ejercicios de control lumbopélvico, respiraciones profundas o contracciones isométricas. La clave no es hacer mucho, sino hacerlo de forma constante y progresiva.

  • Progresión a fuerza y función. A medida que los síntomas mejoran, el objetivo principal es recuperar capacidad. Esto puede implicar fortalecer piernas, glúteos y tronco, mejorar la tolerancia a la carga y volver gradualmente a actividades cotidianas o deportivas.




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Puntos clave sobre las hernias discales

En definitiva, hay varios puntos clave que debemos tener en cuenta. El primero es considerar la columna como una estructura fuerte que se adapta cuando se le expone a carga de forma progresiva. Además, una hernia discal no es sinónimo de gravedad: a menudo no causa dolor y muchas personas mejoran sin cirugía. Teniendo esto en consideración, una resonancia no determina nuestra capacidad. Las imágenes muestran estructuras, pero el dolor y la función dependen de muchos más factores.

Con respecto al tratamiento, la cirugía no suele ser la primera opción. En ausencia de signos neurológicos graves, el tratamiento conservador es el enfoque recomendado.

Es imprescindible entender que el movimiento es parte del tratamiento: mantenerse activo, progresar hacia el fortalecimiento y recuperar la función es más eficaz que el reposo prolongado. Asimismo, la educación cambia el pronóstico. Entender lo que ocurre reduce el miedo y mejora la recuperación. Y por último, es necesario subrayar que la valoración profesional es fundamental: cada caso debe evaluarse de forma individual para ajustar el tratamiento y descartar complicaciones.

Tener una hernia discal no significa que nuestra espalda esté “rota”. En la mayoría de los casos, el cuerpo tiene capacidad de adaptación y recuperación si se le da el estímulo adecuado. Así que, más que centrarnos en lo que muestra una resonancia, conviene centrarnos en lo que somos capaces de hacer. El objetivo no es “arreglar un disco”, sino recuperar movimiento, confianza y calidad de vida.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Tengo una hernia discal, ¿puedo moverme? El diagnóstico que provoca más miedo del necesario – https://theconversation.com/tengo-una-hernia-discal-puedo-moverme-el-diagnostico-que-provoca-mas-miedo-del-necesario-270019

Reconectar con las ganas de aprender: esto necesitan, y logran, muchos estudiantes de FP básica

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María José Martínez Carmona, Profesora de Teoría e Historia de la Educación, Universidad de Córdoba

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Marcos tiene 16 años y estudia formación profesional básica. No pudo terminar la secundaria obligatoria: se perdía en las clases del instituto y sentía que no valía para estudiar. Hoy, ya no piensa lo mismo. “Aquí las cosas se explican más claras, hacemos prácticas y siento que lo que aprendo sirve para algo. Los profes me escuchan y me ayudan cuando me atasco. Veo que puedo seguir adelante”. En mi investigación he hablado con Marcos (nombre ficticio) y decenas de sus compañeros y compañeras para entender cómo conseguir que esta opción formativa ofrezca una auténtica vía de reenganche con la formación académica.

En España, cuando un estudiante no puede terminar la educación secundaria obligatoria (ESO), tiene una última oportunidad: matricularse en formación profesional básica. Es una etapa pensada para jóvenes que necesitan una vía más práctica y adaptada. Se estudia normalmente entre los 15 y los 17 años y combina clases teóricas sencillas con mucha práctica. Al terminar, el alumno consigue un título profesional básico (oficial y válido en todo el país) así como el título de graduado en secundaria obligatoria (superando determinadas materias).

Más de 70 000 estudiantes en España eligen esta vía, y la tendencia de matriculaciones es ligeramente creciente, dentro del aumento general de toda la formación profesional.

La última oportunidad

Pero vista como “última oportunidad” o única posibilidad para aquellos adolescentes que no han podido terminar la ESO, la FP básica está marcada por estigmas y percepciones erróneas. Recientemente, he hablado con 352 jóvenes que la cursan en distintos centros de la provincia de Córdoba, en Andalucía, para entender mejor sus motivaciones y cómo viven su trayectoria educativa.

La formación profesional básica es una de las etapas más desconocidas –y estigmatizadas– del sistema educativo. Se asocia al fracaso escolar, a la desmotivación o a la falta de expectativas, pese a que su objetivo es precisamente evitar la exclusión y abrir caminos formativos y profesionales.




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¿Por qué ‘acaban’ en FP?

La repetición escolar es una experiencia común entre quienes llegan a la FP básica: la mitad de los estudiantes con los que hablé había repetido en la etapa primaria y más del 90 % en secundaria, muchos de ellos más de una vez. Pero lo relevante no es solo cuántas veces repiten, sino cómo explican ellos mismos esas repeticiones.




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El análisis estadístico de este estudio identifica dos patrones principales:

  • Falta de integración y no superación: algunos estudiantes relatan rechazo, discriminación o sensación de no pertenencia al grupo.

  • Externalización del fracaso: otros atribuyen sus dificultades a factores externos, como la falta de utilidad de los contenidos o la desconexión con el profesorado.

Aun así, la mayoría del alumnado no se siente especialmente discriminado respecto a estudios lineales tradicionales (paso por la ESO, bachillerato, acceso a la universidad) ni cree que el profesorado de FP les “regale” aprobados.

En lugar de pensar que sus dificultades vienen de ser conflictivos o no estar interesados en aprender, sus dificultades se explican por una combinación de factores personales, escolares y contextuales.

Quieren aprender, no solo trabajar

Los estudiantes de formación profesional básica no están en estas aulas por pasar el tiempo o porque no tengan otro sitio al que ir: tienen intereses formativos claros y combinan motivaciones académicas y profesionales. “No estoy aquí por hacer tiempo ni porque no tuviera otro sitio. Estoy aquí porque quiero aprender algo que me guste y que me sirva, y seguir tirando”, me decía uno de estos estudiantes, un chico de 16 años.

El 41,8 % valora tanto la formación académica como la profesional: la formación profesional se percibe como útil y orientada al empleo, pero no excluye el deseo de seguir estudiando.

“Yo entré pensando que era solo para aprender un oficio y ya, pero la verdad es que me ha cambiado la idea. Sí, quiero trabajar cuando acabe, claro, pero también me he dado cuenta de que me gusta aprender cosas nuevas. No es solo sacar un título para tener un empleo: ahora me planteo seguir estudiando un grado medio (la siguiente etapa de formación profesional), me ha abierto ganas de seguir”, nos explica una chica de 16 años.

Esto contradice la idea de que la FP básica es una vía “terminal”. Para muchos jóvenes, es un punto de partida, no un destino final. La investigación muestra que no renuncian a continuar formándose; simplemente necesitan un entorno más ajustado a sus necesidades y ritmos.




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Cómo influyen los docentes

El estudio también revela que quienes se sienten acompañados y reconocidos por el profesorado se plantean continuar sus estudios, tienen objetivos profesionales más definidos y mayor confianza en sus capacidades.

La tutoría, la orientación y el acompañamiento emocional –a menudo infravalorados– son absolutamente claves para que esta etapa educativa verdaderamente cumpla su función inclusiva. Cuando el alumnado percibe interés y apoyo por parte del profesorado, sus expectativas cambian.

“En mi clase somos todos muy distintos: cada uno va a su ritmo y tiene sus cosas. Por eso los profesores tienen que explicarnos de forma diferente a cada uno, porque no aprendemos igual”, explica una chica. “Cuando ves que de verdad se preocupan por ti, te lo tomas distinto. Te anima y te hace pensar que puedes llegar más lejos de lo que creías”, añade un estudiante de 16 años.

Un espacio de reconstrucción

En mis conversaciones con estos jóvenes he podido observar cómo, con el apoyo de los docentes, muchos reconstruyen su “identidad académica”. Dejan de pensar en sí mismos como estudiantes fracasados o no capaces. Es así como la FP básica puede ofrecer una vía para reconectar con el aprendizaje y recuperar expectativas.

“Muchos pensamos en esto como la última opción, pero no es así. Aquí varios compañeros hablan de seguir con un grado medio, incluso alguno quiere volver a Bachillerato. Cuando ves que puedes con esto, te cambia la cabeza y empiezas a plantearte cosas que antes ni imaginabas”, afirmaba un chico de 17 años.




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Convertirse en una oportunidad real

Escuchar la voz de estos estudiantes –sus percepciones, sus motivaciones, sus dificultades– nos ayuda a redefinir el objetivo de esta etapa: incluir, orientar y abrir caminos.

Además de reforzar la orientación desde etapas tempranas para evitar que sea percibida como un destino inevitable, sino como una opción informada, explicada y elegida con sentido, es fundamental que desde los institutos se pueda atender la diversidad y se ofrezcan apoyos diferenciados sin separar, etiquetar o encasillar al alumnado en itinerarios rígidos que limiten sus posibilidades futuras.

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María José Martínez Carmona no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Reconectar con las ganas de aprender: esto necesitan, y logran, muchos estudiantes de FP básica – https://theconversation.com/reconectar-con-las-ganas-de-aprender-esto-necesitan-y-logran-muchos-estudiantes-de-fp-basica-274924

¿Niños perfectos o perfeccionistas? Los peligros de la autoexigencia en la infancia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Vicent Juan, Profesora titular del departamento Psicología Evolutiva y Didáctica, Universidad de Alicante

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Los errores son parte inherente de todo proceso de aprendizaje. El propio desarrollo humano, de hecho, es una continua muestra de resiliencia ante nuestros fracasos. Cuando un bebé balbucea su primera palabra, da sus primeros pasos o nombra erróneamente un objeto, no desiste por no haber conseguido realizarlo a la perfección, sino que lo intenta de nuevo, una y otra vez.

Con el tiempo, ese esfuerzo y práctica continuados darán sus frutos, mostrando una conducta cada vez más capaz y compleja. Y, aun así, se equivocará infinidad de veces a lo largo de su vida. La búsqueda de la perfección, por tanto, entendida como un enfoque vital que no deja margen para el error, es ir contra natura.

Niños que quieren ser perfectos

El término perfeccionismo se usa en psicología para hacer referencia a un rasgo de la personalidad caracterizado por la tendencia a imponerse (a uno mismo y a los demás) objetivos tan elevados que resultan imposibles de alcanzar.

Rasgos típicos de la personalidad del niño perfeccionista son la insatisfacción constante, incluso cuando se obtienen resultados excelentes; un terrible miedo a fracasar y a cometer errores, por insignificantes sean; y una feroz autocrítica que no da lugar a la autocompasión.

Paralelamente, el perfeccionismo también implica una serie de creencias sobre los demás, especialmente sobre las personas importantes para cada uno (familia, amigos, profesores…), a quienes se atribuye un listón altísimo y una mirada especialmente crítica.

Lejos de tratarse de un fenómeno que afecta solo a la población adulta, el perfeccionismo se forja durante la infancia y puede generar un gran malestar desde edades tempranas. Según datos de nuestros estudios en población española, uno de cada cuatro niños presenta niveles de perfeccionismo lo suficientemente altos como para considerarlos en riesgo. Estos niños altamente perfeccionistas manifiestan mayores problemas de adaptación en comparación con sus compañeros con niveles de perfeccionismo bajo o moderado.

Una exigencia que aumenta la vulnerabilidad

Hablamos del perfeccionismo en términos de riesgo porque se trata de un factor “transdiagnóstico”. Es decir, un rasgo que está vinculado a múltiples trastornos mentales como la ansiedad, la depresión, la bulimia o la anorexia nerviosa, el trastorno obsesivo compulsivo, entre muchas otras enfermedades mentales. Aunque, afortunadamente, no todos los niños perfeccionistas tienen por qué desarrollar estos problemas (ya sea durante su infancia o en etapas posteriores), sí que son mucho más vulnerables.




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Así, la evidencia científica contrasta con la creencia común de que el perfeccionismo es una faceta positiva y deseable. Quizás, esto se deba a que tendemos a confundirlo con la búsqueda de lo excelente, es decir, apuntar y esforzarse por alcanzar metas muy altas, pero asequibles, sin miedo a equivocarse. Sin embargo, la línea que separa el perfeccionismo de la búsqueda de la excelencia, aunque delgada, existe y, de hecho, puede medirse objetivamente.

¿Cuándo debemos preocuparnos?

Cuando tengamos sospecha de que un niño puede ser perfeccionista, debemos prestar especial atención a sus reacciones cuando se equivoca: cuando el maestro le ha preguntado en clase y él no ha sabido responder, cuándo no ha sacado la máxima nota o ha quedado segundo en alguna competición, etc.

Reacciones frecuentes y claramente desproporcionadas, como llorar desconsoladamente, enfadarse muchísimo o algún otro comportamiento fuera de lo común, debería ponernos sobre alerta. Así pues, es el miedo a los errores, a la imperfección un punto de inflexión importante entre buscar la excelencia y ser perfeccionista. Mientras los niños que buscan la excelencia pueden sentirse decepcionados o heridos ante los fracasos, los perfeccionistas se sienten potencialmente devastados por sus propios errores.

¿Qué empuja a un niño a ser perfeccionista?

La mayoría de las investigaciones en busca de respuestas acerca de las causas del perfeccionismo han puesto el foco en factores que tienen que ver con la familia. Pueden contribuir estilos de crianza autoritarios altamente críticos con los errores de los hijos o que proyectan unas expectativas extremadamente altas, padres que también son perfeccionistas y transmiten esas tendencias a sus hijos por imitación o familias muy sobreprotectoras que se preocupan excesivamente por el bienestar y la seguridad.

Sin embargo, existen muchos otros factores que también podrían explicar por qué un niño es perfeccionista, como, por ejemplo, comportamientos genéticamente heredados, incluyendo el propio temperamento del niño.




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El resto de los entornos en los que participan los menores también tienen mucho que decir al respecto (la escuela, las actividades extraescolares, su círculo de amistades…), así como las propias dinámicas sociales, cada vez más marcadas por la hipercompetitividad y una delirante necesidad de éxito.

Un rayo de esperanza

En una investigación reciente hemos analizado la eficacia de los tratamientos sobre el perfeccionismo en niños o adolescentes. La mayoría de estas intervenciones se basaban en los principios de la terapia cognitivo–conductual que trata de hacer entender a las personas cómo sus pensamientos influyen en sus emociones y en su manera de actuar, ofreciéndoles recursos para modificar su sistema de creencias y su repertorio de conductas.

Nuestros resultados evidenciaron que estas intervenciones sí funcionan, pero su impacto es pequeño. El perfeccionismo es un rasgo de la personalidad terriblemente persistente, como hemos podido comprobar en nuestro estudio, incluso durante la infancia y la adolescencia. Por eso, es necesario prevenir, desde la niñez temprana, que estos deseos de perfección arraiguen.

Un esfuerzo total es una victoria completa

Con frecuencia, los padres solemos transmitir a nuestros hijos que todo esfuerzo tiene su resultado. Pero, tarde o temprano, las vicisitudes de la vida les demostrarán que esto no es cierto, puesto que los resultados de nuestros esfuerzos no siempre dependen de nosotros. Máximas como “El que la sigue, la consigue” hacen referencia al esfuerzo como un medio para alcanzar un determinado objetivo, pero no como el fin en sí mismo.

Pero si los niños asimilan desde el principio que lo verdaderamente importante es intentarlo, que esforzarse tiene valor por sí solo, independientemente de que logremos o no nuestro objetivo, será más posible para ellos entender la excelencia no como la ausencia de errores, sino como la capacidad de aprender y mejorar con cada uno de ellos.

The Conversation

Maria Vicent Juan es Investigadora Principal del Proyecto “Evaluación y análisis del perfeccionismo académico y su impacto en el desarrollo educativo, psicológico y social del alumnado de Educación Primaria y Secundaria” (Referencia: PID2023-152358NA-I00) financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.

– ref. ¿Niños perfectos o perfeccionistas? Los peligros de la autoexigencia en la infancia – https://theconversation.com/ninos-perfectos-o-perfeccionistas-los-peligros-de-la-autoexigencia-en-la-infancia-275891

La conciliación es un asunto de derechos y corresponsabilidad y no de organización individual

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pedro César Martínez Morán, Director del Master in Talent Management de Advantere School of Management / Profesor asociado de la Facultad de Ciencias Economicas y Empresariales, Universidad Pontificia Comillas

David Pereiras/shutterstock

La conciliación es un determinante clave en el desarrollo personal, social, profesional y económico de las personas que sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres.

En España, cada 23 de marzo se celebra el Día Nacional de la Conciliación y la Corresponsabilidad. Es un buen momento para hacer balance sobre la paridad de género. Para ello, analizamos los resultados del índice Closingap, que mide anualmente el impacto de las brechas de género en el PIB del país y analiza cinco ámbitos clave: empleo, educación, salud y bienestar, conciliación y digitalización.

Los costes de la conciliación para el empleo femenino

Al limitar la plena participación femenina en el mercado laboral, asumir las funciones de cuidado genera un coste de oportunidad anual superior a los 95 000 millones de euros en PIB perdido. Si en el mercado laboral no hubiera brecha de género (en participación, duración de la jornada y productividad), el PIB se incrementaría un 17 % (con datos de 2024).

Su edición 2026 muestra una paridad global del 65,7 % y hace una estimación de que serían necesarios 36 años para cerrar dicha brecha. La conciliación, con solo un 44,2 % de paridad, muestra un retroceso de 0,2 puntos respecto a 2025.

Razones del trabajo a tiempo parcial (2024).
Fuente: INE

Tiempos de trabajo y conciliación

El tiempo parcial de trabajo destinado a los cuidados y la conciliación es asumido mayoritariamente por las mujeres, frenando la progresión profesional y económica femenina, y tiene implicaciones en su salud y bienestar de las mujeres.




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Desafíos de fondo: del gesto a la estructura

Mejorar la conciliación pasa por:

  • Transformar la organización del trabajo a partir de una revisión de la cultura del presentismo, de las jornadas partidas y de los tiempos muertos.

  • Desplegar planes de igualdad para evitar que se queden en documentos formales con poca traducción en prácticas concretas.

  • Garantizar que la conciliación no penalice la carrera. Si las medidas de adaptación de jornada, permisos o teletrabajo son utilizadas sobre todo por las mujeres se cronifica su impacto negativo en promociones, salarios y pensiones.

  • Poner la corresponsabilidad en el centro. Hay que conseguir que los hombres se incorporen masivamente al cuidado, que las empresas ajusten expectativas y que los poderes públicos asuman su parte en la provisión de servicios.

  • Homogeneizar los recursos de conciliación con escuelas infantiles, servicios de dependencia, actividades extraescolares y apoyos domiciliarios, sin que haya diferencias de renta ni territoriales.

De fondo sigue existiendo un desafío cultural: hay que abandonar la idea de que conciliar es organizarse mejor individualmente. Se impone entenderlo como un asunto de derechos, de tiempo socialmente distribuido y de corresponsabilidad colectiva.




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Conciliación y derechos laborales

La conciliación y corresponsabilidad pueden mejorarse si se acompañan de otro tipo de medidas. En primer lugar, la reforma de los tiempos de ciudad haría más eficaz el uso del tiempo personal y disminuiría los niveles de estrés. En segundo término, la inversión en la infraestructura de cuidados generaría mayor calidad de vida y un aumento en el bienestar y autonomía de niños y adultos mayores. Y en tercer lugar, el diseño de incentivos y obligaciones para las empresas potenciaría la integración de estas políticas en su estrategia, no solo en su reputación.

También la negociación colectiva debería enfocarse en hacer de la conciliación un eje central de la discusión de los derechos laborales, con especial énfasis en la participación de los hombres en permisos, reducciones de jornada y uso de medidas flexibles.

Conciliación y corresponsabilidad exigen un cambio en el relato. De la conciliación entendida como concesión al trabajador a la corresponsabilidad como palanca de una sociedad más justa, más igualitaria y más sostenible, demográfica y económicamente.

The Conversation

Pedro César Martínez Morán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La conciliación es un asunto de derechos y corresponsabilidad y no de organización individual – https://theconversation.com/la-conciliacion-es-un-asunto-de-derechos-y-corresponsabilidad-y-no-de-organizacion-individual-278460

De la corte a la tasca, el banquete revela la historia que comemos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ekaitz Esteban Echeverria, Coordinador de Ciencia y Tecnología en Basque Culinary Center, especializado en análisis de datos, Mondragon Unibertsitatea

_El banquete de los monarcas_, de Alonso Sánchez Coello. Museo Nacional de Varsovia/Wikimedia Commons

¿Cómo podemos concebir la comida no solo como nutriente, sino también como lenguaje, símbolo y memoria colectiva? Desde hace siglos, los banquetes han sido escenarios de poder, donde se negociaban alianzas y se exhibía la riqueza.

En la corte europea bajo-medieval o del Siglo de Oro, cada gesto ostentaba una relevancia significativa. Esto se manifestaba en la disposición de los comensales, la secuencia de los platos servidos, la vajilla empleada y la selección musical que acompañaba el servicio. La alimentación constituía una declaración política.

Sin embargo, estas prácticas no se limitaban a la corte. Con el paso del tiempo, se trasladaron a la esfera pública, transformándose en costumbres populares, recetas familiares y rituales cotidianos que actualmente son percibidos como naturales.

El banquete como arquitectura del poder

Como hemos dicho, el banquete no era otra cosa que una representación escénica del poder.

En los palacios europeos y orientales, la mesa se alzaba como un escenario donde se ostentaba la magnificencia del monarca. La abundancia no se limitaba únicamente a la esfera gastronómica, sino que se manifestaba de manera visual, sonora y simbólica. Las evidencias históricas revelan la presencia de servicios abundantemente abastecidos de aves exóticas, especias provenientes de rutas distantes y pescados que solo podían obtenerse mediante una red logística sofisticada. La comida se transformó en un mensaje que transmitía la capacidad de trasladar el mundo a un espacio determinado.

La etiqueta y el protocolo reforzaban esta jerarquía. Se ha observado que existía una clara organización en cuanto a las funciones de cada individuo, tales como la responsabilidad de servir, trinchar o sentarse cerca del anfitrión. La altura del sitial, el orden en que se servía, el tipo de mantel o de vajilla que se ponía delante de cada comensal… todo comunicaba jerarquía. Las normas, aparentemente rígidas, fueron moldeando la cultura del comer en Europa, y algunas de ellas han sobrevivido, transformadas, en las celebraciones actuales.

Así, en los banquetes de los siglos XV-XVII, el orden en la mesa indicaba quién era quién sin necesidad de palabras. Esa lógica sobrevive intacta en los banquetes de estado actuales. No hay más que ver cómo en las cenas de la cumbre del G7 o del G20, el menú se negocia casi como un documento diplomático.

Tal vez el ejemplo más llamativo de pervivencia ritual sea el corte de la tarta de boda. El origen del gesto está en la baja Edad Media, cuando el momento central del banquete nupcial era el reparto del pan especiado o d pastel entre los comensales. Era un acto de comunión colectiva, casi litúrgico, que integraba a los invitados en la nueva alianza familiar. El novio y la novia lo partían juntos como símbolo de que compartirían bienes y sustento desde ese momento.

En la Inglaterra de los siglos XVI-XVII esto se sofisticó: el pastel de boda (bride cake) se convirtió en un objeto cargado de simbolismo, y el momento de partirlo pasó a ser el clímax festivo del banquete, equivalente a lo que hoy sucede.

Artes efímeras: el dulce como territorio de imaginación

También destacaban en aquella época las artes efímeras del banquete, especialmente las esculturas de azúcar, lino y masa que decoraban las mesas reales. Estas piezas, que podían representar escenas mitológicas, animales fantásticos o arquitecturas en miniatura, eran obras maestras destinadas a desaparecer en cuestión de horas.

Se trata de una tradición actualmente resguardada en las artesanías conventuales, con una forma de presentar muy ligada a ese esplendor artístico. La repostería monumental, las construcciones dulces y las piezas escultóricas que actualmente se observan en certámenes televisivos o en establecimientos de pastelería de vanguardia son herederas directas de aquellas maravillas efímeras del Barroco.

La repostería también ocupó un lugar destacado en la cocina de la Modernidad, no solo por su dimensión técnica, sino por su capacidad para activar la imaginación colectiva. Las creaciones culinarias, tales como torres, maquetas y figuras, evidencian la capacidad de la gastronomía para trascender los límites de la realidad y convertirse en una expresión artística.

Hoy en día, en muchos atelier de repostería podemos detectar esta conexión entre el pasado y el presente. Se ven manos que abarcan en su quehacer desde las representaciones arquitectónicas de la época renacentista –comúnmente denominadas “castillos de azúcar”– hasta las creaciones contemporáneas confeccionadas con chocolate, caramelo o fondant.

De la solemnidad al bullicio: la cultura popular toma la mesa

Cuando decimos “de la corte a la tasca” queremos destacar que la cultura culinaria no es algo aislado, sino que está en constante movimiento. Muchas técnicas de cocina que surgieron en palacios, como la elaboración de salsas, el uso de especias, la presentación cuidada y ciertos métodos de trinchar o servir, se adoptaron más tarde a la cocina popular.

La mesa se hizo democrática con el tiempo. Las tascas, tabernas y ventas se convirtieron en lugares donde se compartían comida y bebida y se hablaba de cualquier tema. Había gente de todo tipo: viajeros, artesanos, campesinos y comerciantes. La cocina popular no solo imitaba la cocina de los ricos, sino que también creaba su propio estilo.

Pintura de una comida entre soldados y mujeres.
Banquete de soldados y mujeres, anónimo.
Museo del Prado

La mesa es un archivo vivo. En ella se conservan gestos, recetas, símbolos y rituales que han viajado desde los salones palaciegos hasta las barras de bar.

Así, si en los siglos XV-XVII se concluía con un servicio de confites para “cerrar el estómago”, ahora existen los petit fours o clásico chupito de hierbas cortesía de la casa al acabar de comer. Igualmente, seguimos exhibiendo alimentos como ejemplo de abundancia: antes eran las piezas de caza presentadas con plumaje, y ahora el jamón entero sobre la barra del bar. A través de los tiempos nos alcanzó una práctica cultural considerada muy española: las tapas. Esta comida compartida refleja el antiguo servicio à la française, donde todos los platos se colocaban a la vez en el centro.

Entender la historia de la gastronomía no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta crítica para el presente. Conocer de dónde vienen los gestos, las recetas y los rituales que hoy damos por naturales permite a las nuevas generaciones de cocineros y profesionales situar su práctica en un contexto más amplio, consciente y responsable. Formarse en ello es, en este sentido, aprender a leer la comida como un texto vivo: uno que habla de poder, de comunidad y de memoria.

En el fondo un banquete es una invitación a ver la comida como un relato que atraviesa siglos y que sigue escribiéndose cada día en las cocinas y en las mesas del mundo.


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The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. De la corte a la tasca, el banquete revela la historia que comemos – https://theconversation.com/de-la-corte-a-la-tasca-el-banquete-revela-la-historia-que-comemos-275283

Doit-on se préparer à une Troisième Guerre mondiale ?

Source: The Conversation – France in French (3) – By Antony Dabila, Relations internationales, Sciences Po

Alors que l’opération « Epic Fury » frappe l’Iran depuis le 28 février 2026, la multiplication des conflits armés marque la fin d’une certaine idée de la dissuasion. De l’Ukraine à Gaza, du Caucase au Moyen-Orient, quelque chose s’est déréglé dans l’architecture de sécurité qui empêchait depuis 1945 le retour des guerres de conquête. Non pas une Troisième Guerre mondiale identique aux deux premières, mais quelque chose de potentiellement plus insidieux : une mise en série de conflits que plus personne ne semble en mesure de contenir.


Depuis 1945 et le premier usage des explosifs nucléaires, une conviction a structuré la pensée stratégique occidentale : l’existence de ces « armes absolues » rend impensable toute guerre de conquête entre grandes puissances, rendant inviolable le territoire des États dotés de l’arme nucléaire. Ces derniers ne pouvaient donc plus s’affronter qu’indirectement, dans des guerres limitées, dont l’intensité n’atteindrait jamais la violence hyperbolique des deux premiers conflits mondiaux.

Pourtant, cette certitude s’est fissurée. En envahissant l’Ukraine, un pays dont elle avait pourtant garanti l’indépendance et la sécurité dans le cadre du mémorandum de Budapest en 1994, la Russie a utilisé son arsenal atomique comme bouclier (sans risquer d’implication directe des États-Unis) pour mener une guerre de conquête conventionnelle. Cette invasion russe a provoqué une profonde perturbation des mécanismes de dissuasion, dont les conséquences n’ont peut-être pas été pleinement diagnostiquées.

Un seuil qui s’est déplacé

L’étendue de ce qu’il est possible de faire sous « la voûte nucléaire », sans en provoquer l’effondrement, s’est considérablement accrue. La guerre d’Ukraine a démontré qu’un affrontement conventionnel de haute intensité, poursuivant des objectifs d’annexion territoriale explicites, pouvait se dérouler sans que la menace nucléaire soit activée ni par l’agresseur pour protéger ses gains ni par les États soutenant la défense ukrainienne pour y mettre fin.

La notion de « seuil » nucléaire, telle que théorisée en 1960, supposait une ligne précise au-delà de laquelle la guerre atomique devenait certaine. Depuis la guerre d’Ukraine, cette notion ne peut plus être comprise de façon stricte. Dans la réalité, en effet, les comportements obéissent à des mécanismes plus complexes : il existe une zone d’incertitude, un espace intermédiaire où un nombre indéfini d’actes hostiles restent possibles sans pour autant mener automatiquement à l’escalade ultime.

En d’autres termes, on constate une élévation du seuil à partir duquel le comportement de certains acteurs devient intolérable. Et c’est précisément cette élévation qui ouvre une fenêtre d’opportunité aux puissances « révisionnistes », c’est-à-dire souhaitant modifier les règles du système à leur avantage.

Par exemple, en utilisant la force pour annexer de nouvelles provinces, et faire fi d’un principe cardinal des Nations unies : l’intangibilité des frontières. Selon ce principe clé, les frontières ne peuvent être modifiées par la force et toute modification de leur tracé ne peut être fait que selon des limites administratives intérieures déjà existantes. Ce principe a notamment été appliqué lors des décolonisations et de la fin de l’URSS. Il n’avait connu que de rares exceptions en soixante-dix ans (le Tibet acquis par la Chine en 1950, le Cachemire, la frontière entre les deux Corées, les guerres israélo-arabes, Chypre-Nord).

Le retour des guerres de conquête

Nous voyons ici se dessiner le risque le plus sérieux : non pas une Troisième Guerre mondiale déclarée sciemment par une puissance ou un groupe de puissances, entraînant une guerre atomique totale, mais une multiplication de conflits conventionnels simultanés épuisant les capacités et la volonté de réaction américaines que l’on pourrait appeler guerre mondiale « sous le seuil » (c’est-à-dire ne provoquant pas, dans un premier temps, d’utilisation d’armes nucléaires).

Depuis cinq ans, les ruptures les plus significatives sont le fait des puissances nucléaires elles-mêmes. La Russie a tenté de soumettre l’Ukraine par une offensive-éclair et d’annexer formellement cinq provinces, avant de s’installer dans une guerre d’usure aux conséquences durables pour l’ordre européen. Israël, puissance nucléaire non déclarée, a répondu à l’attaque du Hamas du 7 octobre 2023 par des opérations militaires d’une ampleur inédite à Gaza, au Liban, en Syrie, contre les houthistes du Yémen et, enfin, contre l’Iran, selon sa doctrine de « réponse disprortionnée ». Enfin, les États-Unis, loin d’être spectateurs de la dérégulation du système, en sont devenus l’un des agents : l’opération en Iran a été lancée sans mandat onusien ni consultation du Congrès et Washington menace ouvertement des membres de l’Otan, sapant ainsi les institutions qu’il avait lui-même contribué à bâtir. Le garant de l’ordre précédent, las de contribuer au financement de l’alliance, a ainsi lancé une réforme brutale qui en perturbe l’architecture et menace de la faire vaciller.

D’autres conflits, sans faire intervenir d’arsenal nucléaire, ont été lancés non sans corrélation avec ces affrontements. En septembre 2020, l’Azerbaïdjan lance sa première offensive victorieuse sur l’Arménie, menant progressivement à la disparition de la République d’Artsakh et à l’exil de plus de 100 000 Arméniens, sans que la communauté internationale parvienne à empêcher cet exode. À ce conflit s’ajoutent les guerres entre le Cambodge et la Thaïlande, entre l’Inde et le Pakistan ou entre le Pakistan et l’Afghanistan. Autant de situations qui montrent que le retour des guerres locales restreintes n’était pas un accident, mais une tendance lourde, venant s’ajouter aux luttes insurrectionnelles des décennies précédentes.

Certes, ces guerres n’ont pas toutes amené des changements de frontière importants, mais ni les États-Unis ni ses compétiteurs stratégiques ne sont en mesure de les réguler tous à la fois. Les États-Unis pouvaient autrefois rééquilibrer l’ensemble des régions et des tensions par une intervention extérieure (traditionnellement appelée offshore balancing), mais la multiplication des situations d’urgence et des conflits ne leur permettent plus, à budget égal, d’agir suffisamment. La multiplication des conflits montre que cela est devenu beaucoup plus difficile. Cela laisse donc une marge de manœuvre bien plus importante aux acteurs locaux pour modifier le rapport qu’ils entretiennent avec leurs voisins.

La Russie, en particulier, a démontré aux autres puissances révisionnistes que les sanctions économiques pouvaient être absorbées, que l’effort de guerre occidental avait des limites industrielles et politiques réelles, et que la protection nucléaire offrait une marge d’action conventionnelle bien plus large qu’on ne le pensait. Tout ceci constitue une « incitation », au sens précis que donne à ce terme la théorie des jeux (une hausse de la récompense pour une action, ou bien une réduction du risque), à utiliser la force pour remodeler son territoire et les équilibres entre puissances. Jusqu’à remettre en cause la nature même du système international ?

Quand les conflits menacent de fusionner

Raymond Aron, dans les Guerres en chaîne, paru en 1951, avait relevé que les stratèges américains de l’immédiat après-guerre n’avaient envisagé que deux scénarios : la paix armée sans affrontement direct ou la guerre totale à déclenchement nucléaire. Selon lui, ils en omettaient une troisième, les « guerres chaudes limitées », comme la guerre de Corée, lancée en 1950, qui avait pris par surprise l’Amérique.

Cependant, malgré les pertes terribles qu’elles occasionnèrent parfois, aucune de ces « guerres chaudes » ne dégénéra en conflit impliquant deux coalitions intervenant directement. Les interventions extérieures, comme celle de l’Union soviétique et de la Chine en faveur du Vietnam du Nord, se devaient d’être discrètes, ou bien de se cantonner à une aide défensive, destinée à protéger l’intégrité des frontières de l’allié.

La dissuasion nucléaire avait donc jusque-là permis de confiner les guerres locales au territoire des États concernés. Mais les conflits multiples, distribués, intenses, sans front unique, auxquels nous assistons sans pouvoir les arrêter, ont à présent pris une telle ampleur qu’une possibilité s’est ouverte : celle de la création d’une chaîne de conflits intégrée (ou plus précisément d’une concaténation), où l’ensemble des « guerres chaudes locales » produisent un seul et même conflit incontrôlable, sur le modèle des guerres mondiales du XXe siècle.

Pour prendre une métaphore tirée du domaine de l’électricité, pendant la guerre froide (1947-1991, ndlr) et la période de monopole de puissance américain, les conflits fonctionnaient en dérivation sur le circuit international. Chacun pouvait éclater ou s’éteindre indépendamment des autres, sans perturber le système dans son ensemble. Un court-circuit sur un point n’affectait pas le reste.

Notre époque est peut-être en train de les réinstaller en série : les conflits sont désormais connectés les uns autres autres, de sorte que chaque nouveau foyer de tension amplifie les précédents et accroît la charge pesant sur l’ensemble du circuit.

Quel ordre pour éviter l’emballement ?

Qu’adviendrait-il alors si un nombre important de conflits s’installait en série ? Aucune puissance ne serait en mesure de réguler les conflits locaux par une projection de puissance suffisante.

Conçue théoriquement pour conduire deux guerres majeures simultanément, l’armée américaine ne peut, dans les faits, en mener qu’une seule à pleine intensité. Les États-Unis paient ici une des conséquences de leur prééminence mondiale : ils doivent être forts sur tous les théâtres à la fois, quand chacun de leurs adversaires n’a qu’à dominer sa propre région.

Cette asymétrie structurelle est au cœur du risque de mise en série des conflits : une seule crise supplémentaire, à Taïwan, dans le Golfe ou dans le sous-continent indien, suffirait à placer Washington en situation de surcharge stratégique, c’est-à-dire dans l’incapacité de contenir simultanément tous les foyers de tensions.

L’Europe, encore indécise sur la direction à prendre, entre fidélité au lien transatlantique et autonomie stratégique, n’est pas assez unie pour remplacer les États-Unis. La Chine, quant à elle, malgré sa montée en puissance incontestable, est à la fois privée des moyens (flotte de haute mer, bases à l’étranger en nombre suffisant) et de la volonté d’intervenir dans les conflits (sa discrétion dans le conflit en Iran montre qu’elle préfère voir les problèmes liés à son approvisionnement en hydrocarbures réglés par d’autres, à moindres frais pour elle).

Or, un monde sans puissance régulatrice serait un monde où la dérégulation de la dissuasion pourrait finir de produire ses effets : la création d’un chapelet de conflits qui signerait peut-être le retour aux formes de violence hyperbolique des deux premiers conflits mondiaux. Une fois enclenchée, cette violence incontrôlée pourrait mettre en danger la sécurité des États nucléaires eux-mêmes. On se rapprocherait ainsi des conditions d’une utilisation des armes de destruction massive, non pas en début de conflit comme on le pense souvent, mais après l’installation dans un état de violence durable.

La fin de la « nation indispensable » est inscrite dans le rééquilibrage entre les PIB des grandes puissances. Le système international est incontestablement en train de basculer vers un autre modèle. Mais celui-ci peut prendre deux formes très différentes : soit il sera plus distribué et polycentré, ce que le politiste Jean Baechler nommait le monde « oligopolaire », soit il s’agira d’un nouveau système bipolaire organisé autour de Washington et de Pékin. Reste à savoir si, dans la période intermédiaire, le monde sera à l’abri d’un dérèglement de la dissuasion et de la maîtrise des conflits, qui lui ferait connaître à nouveau un épisode de violence incontrôlé semblable à celui de 1914-1945.

Une politique de sécurité passive, fondée sur la seule existence d’arsenaux nucléaires et d’alliances défensives, ne suffit plus à protéger les démocraties. Il leur faut donc contribuer, par leur réaffirmation, à bâtir de nouveaux mécanismes de régulation capables de maintenir les conflits en dérivation, c’est-à-dire de les empêcher de fusionner. Cela suppose non seulement de restaurer des normes partagées sur l’usage de la force, mais aussi de construire un nouveau régime de sécurité, fondé sur des équilibres de puissance régionaux capables de fonctionner sans dépendre d’un seul garant de plus en plus erratique.

The Conversation

Antony Dabila ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Doit-on se préparer à une Troisième Guerre mondiale ? – https://theconversation.com/doit-on-se-preparer-a-une-troisieme-guerre-mondiale-277682

Démocratiser les vacances et les loisirs des enfants : les réseaux de proximité, un moyen de lutte contre les inégalités ?

Source: The Conversation – in French – By Bertrand Réau, Professeur titulaire de la chaire "Tourisme, voyage, loisirs", Conservatoire national des arts et métiers (CNAM)

Les activités culturelles et sportives ainsi que les départs en séjour collectif sont marqués par de profondes disparités sociales. La dernière enquête de l’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes, ou Ovlej, le confirme. Mais les données recueillies montrent aussi que les relais associatifs et l’offre locale permettent aux familles modestes de diversifier ces pratiques extrascolaires.


Près de 5 millions d’enfants ne partent pas en vacances, par manque de ressources financières dans la plupart des cas. Tandis que 73 % des enfants issus des classes les plus favorisées partent au moins une fois par an, 56 % des enfants affiliés aux foyers les plus modestes ne partent jamais.

Longtemps, les colonies de vacances et autres séjours collectifs ont été un moyen privilégié pour démocratiser les mobilités mais, depuis plusieurs années, la tendance est à la polarisation des publics, entre les foyers disposant de ressources économiques et ceux qui y accèdent seulement grâce aux aides publiques ou d’entreprises.

L’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes (Ovlej) a analysé comment les parents combinent activités hebdomadaires en période scolaire et séjours ou activités durant les vacances. Si les inégalités sociales restent déterminantes, l’enquête, dont nous diffusons ici les premiers résultats, montre que l’offre accessible localement, l’information de proximité et les relais associatifs dessinent des opportunités pour les familles modestes.

Des écarts selon les territoires et les contextes familiaux

L’accès aux loisirs et aux vacances collectives demeure le théâtre d’inégalités sociales tenaces. L’enquête que dévoile l’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes (Ovlej) en ce printemps 2026 en témoigne : certes, 72 % des enfants s’investissent dans au moins une activité de loisir encadrée, et 40 % multiplient les séjours collectifs en 2024. Mais la fréquence et le cumul de ces expériences dessinent une cartographie sociale contrastée, où l’origine familiale trace des frontières invisibles mais puissantes.

Le diplôme parental s’impose comme premier marqueur de ces inégalités. Les enfants de parents peu diplômés se concentrent massivement parmi ceux qui ont des vacances sans aucune activité collective, qu’ils partent ou non en séjour (30 % des répondants), à l’opposé des enfants dont les deux parents détiennent un diplôme universitaire.

Ce contraste reflète une double logique : stratégie de diversification chez les familles diplômées et capacité financière permettant de multiplier les activités. Les familles disposant de revenus supérieurs à 5 000 € mensuels envoient ainsi plus volontiers leurs enfants vers des activités collectives sur plusieurs périodes de vacances. À l’inverse, les foyers aux budgets plus serrés voient leurs options se rétrécir.

Le territoire d’habitation amplifie ce phénomène. L’enquête dévoile une polarisation géographique saisissante : zones rurales et territoires peu denses regroupent davantage d’enfants coupés de toute activité collective, qu’ils partent ou non en séjour. Ainsi, 20 % des enfants n’ayant effectué qu’un seul séjour sans autre activité collective vivent en zone rurale. À l’autre extrémité, grandes métropoles et Paris concentrent les enfants engagés dans des pratiques régulières et intensives : 29 % vivent dans des unités urbaines de plus de 200 000 habitants et pratiquent d’autres activités collectives sur plus de 2 périodes de vacances. Un gradient apparaît : plus la ville est grande, plus les enfants cumulent séjours et activités collectives.

Au Parc de Clères (Seine-Maritime), le Secours populaire français (SPF) accompagne les enfants qui ne partent pas en vacances (reportage de France 3 Normandie, 2019).

La structure familiale superpose une strate supplémentaire d’inégalités. Les enfants en garde alternée s’investissent davantage dans des pratiques intensives, quel que soit leur nombre de départs en séjour. Leur présence s’accroît à mesure que la fréquence des activités collectives grimpe durant les vacances. En miroir, les enfants de familles monoparentales, surtout lorsque le parent vit seul, s’éloignent des activités collectives, indépendamment du nombre de séjours effectués. Contraintes organisationnelles et économiques constituent de véritables freins pour ces familles.

Les « super-cumulants » : des enfants privilégiés, plutôt urbains

Les enfants qui concentrent le plus d’activités – séjours collectifs multiples et loisirs encadrés réguliers tout au long de l’année – présentent des profils sociologiques nettement tranchés. Ils représentent 34 % des enfants enquêtés et proviennent de familles aisées : revenus élevés, parents diplômés. Ces familles, dotées des plus forts capitaux économique et culturel, offrent à leurs enfants loisirs réguliers et séjours multiples.

Émergent également les « pluri-partants », très engagés dans d’autres activités collectives durant les temps de vacances » (23 % de l’échantillon total) : un profil particulièrement favorisé, urbain et marqué par des recompositions familiales. Cette catégorie concentre principalement des familles en garde alternée ou des configurations monoparentales où le parent vit en couple. Ces enfants résident plutôt en milieu urbain dense et habitent des maisons sans espace extérieur. Leurs familles affichent des revenus supérieurs à 6 000 € mensuels. Les parents détiennent également plus fréquemment un diplôme de l’enseignement supérieur.

Ces enfants multi-pratiquants investissent davantage de structures de loisirs collectifs : en moyenne 1,3 structure annuelle contre 0,9 pour ceux qui ne partent qu’une fois en séjour. Durant l’année scolaire, ils fréquentent massivement les mouvements de jeunesse (3,3 fois plus), les structures collectives type maison de quartier (1,8 fois plus) ou encore les conservatoires et clubs artistiques (1,6 fois plus). Cette multipratique témoigne d’un recours intense aux structures encadrées.

En moyenne, ces enfants ont pratiqué 1,9 activité de loisir encadrée entre avril 2023 et mars 2024, et 7 % d’entre eux en pratiquent même 4 ou plus. L’enquête révèle une corrélation positive entre le nombre d’activités de loisirs encadrés et celui de départs en séjours collectifs : parmi les enfants pratiquant 3 loisirs encadrés ou davantage, 30 % sont partis au moins 3 fois en séjour collectif dans l’année.

Classes populaires et moyennes : des brèches grâce aux réseaux de proximité

Si les inégalités sociales sculptent fortement l’accès au cumul d’activités, l’enquête met également en lumière l’existence de profils d’enfants de classes populaires et moyennes qui parviennent à conjuguer loisirs réguliers et séjours collectifs. Leurs trajectoires révèlent les conditions qui rendent possible cet accès.

Premier profil identifié : les « mono-partants très engagés dans d’autres activités collectives pendant leurs vacances » (14 % de l’échantillon). Il s’agit principalement de jeunes enfants âgés de 6 à 10 ans, résidant dans de petites villes (unités urbaines de 5 000 à 9 999 habitants). Ces enfants vivent plus fréquemment en garde alternée lorsque l’un des deux parents est en couple, et l’on y trouve aussi plus d’enfants dont les deux parents sont ouvriers. Le jeune âge et l’ancrage dans de petites villes à offre accessible apparaissent comme des facteurs facilitateurs décisifs.

Le deuxième profil correspond aux enfants qui partent peu en séjour collectif mais qui pratiquent régulièrement, par exemple chaque semaine, des loisirs collectifs (44 % de l’échantillon). Ce sont des enfants établis dans des petites à moyennes unités urbaines offrant des loisirs encadrés accessibles. Le niveau de diplôme de leurs parents atteint le baccalauréat ou le premier cycle universitaire. Ces enfants s’insèrent solidement dans les structures locales, mais leur fréquentation de séjours collectifs reste modérée. Ils incarnent les classes moyennes pour qui l’ancrage territorial et l’offre de proximité permettent une pratique régulière de loisirs, même si les séjours multiples demeurent hors de portée.

Qu’est-ce qui rend possible ce cumul d’activités malgré des ressources limitées ? L’enquête identifie plusieurs leviers essentiels. Le premier : l’accessibilité de l’offre locale. Les petites et moyennes villes qui proposent des structures de loisirs accessibles financièrement et géographiquement permettent aux familles modestes d’inscrire leurs enfants dans une pratique régulière. Le territoire joue ici un rôle protecteur contre les inégalités.

Le deuxième levier : les réseaux de proximité et les canaux d’information. Le principal canal utilisé par les familles pour se renseigner sur les séjours collectifs demeure la structure fréquentée par l’enfant durant l’année (centre de loisirs, club), mobilisée par 37 % des familles. Plus les enfants multiplient les séjours collectifs, plus leurs parents sollicitent la mairie et les recherches en ligne.

Ces résultats confirment le rôle central du local – structures, mairies, ressources numériques – pour orienter les familles et favoriser les départs multiples. Les réseaux associatifs et les politiques municipales d’information constituent ainsi des leviers d’action pour réduire les inégalités d’accès, à condition qu’ils soient renforcés et que l’information circule efficacement auprès de tous les publics.


Cet article a été co-écrit par Bertrand Réau, professeur titulaire de la chaire « Tourisme, voyage, loisirs » du Cnam, Stéphanie Rubi, professeure des universités en sciences de l’éducation et de la formation, et Lydia Thiérus, chargée de mission à l’Observatoire des vacances et des loisirs des enfants et des jeunes (Ovlej).

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Stéphanie Rubi co-préside avec Bertrand Réau l’Observatoire des Vacances et des Loisirs des Enfants et des Jeunes (Ovlej)

Bertrand Réau ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Démocratiser les vacances et les loisirs des enfants : les réseaux de proximité, un moyen de lutte contre les inégalités ? – https://theconversation.com/democratiser-les-vacances-et-les-loisirs-des-enfants-les-reseaux-de-proximite-un-moyen-de-lutte-contre-les-inegalites-277573