¿Podría el arresto del expríncipe Andrés acabar con la monarquía británica?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jo Coghlan, Associate Professor, Humanities, Arts and Social Sciences, University of New England

Cuando un miembro de la realeza es objeto de escrutinio, puede parecer una ruptura con la tradición. Sin embargo, a lo largo de los siglos, los miembros de la realeza británica han sido objeto de sospechas en repetidas ocasiones. Lo que hace que la detención de Andrew Mountbatten-Windsor sea tan llamativa es que hay que remontarse al siglo XVII para encontrar algo comparable.

La realeza no es ajena a los escándalos, pero las acusaciones de infringir la ley son otra cosa muy distinta. La caída en desgracia del expríncipe Andrés tendrá enormes repercusiones para la realeza británica y también nos da una idea de cómo ha cambiado el trato a la realeza desde la muerte de la reina Isabel.

Cuando cayó la corona

Esta no es la primera vez que la realeza británica se ha visto envuelta en problemas legales. En 1483, Ricardo III se vio involucrado en la desaparición de sus dos sobrinos, los llamados príncipes de la Torre. Ambos príncipes eran herederos legítimos y, por lo tanto, una amenaza directa para el derecho de Ricardo al trono. Nunca fue juzgado en un tribunal, y los historiadores aún debaten las pruebas.

El enfrentamiento más dramático entre la monarquía y la ley se produjo con Carlos I, acusado de traición durante la guerra civil inglesa. Fue arrestado en 1649, juzgado y ejecutado públicamente. Este acto conmocionó a Europa y destrozó la creencia de que la realeza estaba por encima de la ley.

Como consecuencia, Inglaterra abolió la monarquía y se convirtió en una república bajo el mandato de Oliver Cromwell. Así pues, la última vez que un miembro de la familia real fue arrestado y juzgado, la propia corona cayó.

Ese precedente es importante porque subraya lo poco frecuentes que son los arrestos de miembros de la realeza. Durante más de tres siglos, la monarquía ha evitado ese espectáculo. El hecho de que la detención de Andrew obligue a compararlo con Carlos I revela lo excepcional que es este momento.

La reputación como estrategia real

En el siglo XIX, la monarquía sobrevivió menos por la fuerza y más por su reputación. Bajo el reinado de la reina Victoria (1837-1901), la corona cultivó la virtud doméstica y la seriedad moral como escudo contra la inestabilidad. La respetabilidad se convirtió en una defensa estratégica contra el escándalo.

Sin embargo, la fama y el poder conducen inevitablemente a un gran interés público, y los escándalos se abrieron paso en la cultura impresa y, más tarde, en los medios de comunicación de masas. El príncipe Alberto Víctor, nieto de la reina Victoria, fue acusado de ser Jack el Destripador. Es una afirmación que los historiadores han rechazado en gran medida como teoría conspirativa, pero que persiste porque refleja los temores sobre los encubrimientos de la monarquía.

Jacobo II fue destronado en 1688 durante la Revolución Gloriosa en medio de acusaciones de que socavaba las leyes protestantes y promovía a funcionarios católicos. Su aparente abuso de poder, más que un único delito perseguible, le costó el trono.

En el siglo XX, Eduardo VIII generó un tipo diferente de inquietud. Tras su abdicación en 1936, surgieron pruebas de su simpatía hacia la Alemania nazi, seguidas de una reunión con Adolf Hitler en Alemania en 1937. Aunque no hubo ningún proceso judicial, esto causó un grave daño a la reputación y la confianza pública de Eduardo.

El colapso de la deferencia

Durante gran parte del siglo XX, la monarquía funcionó dentro de una cultura de respeto. La prensa se abstuvo de informar sobre la vida privada de la realeza y las indiscreciones se gestionaban discretamente. Ese acuerdo aislaba a la familia real de una exposición mediática continuada. Sin embargo, el panorama comenzó a cambiar tras una serie de escándalos en la década de 1990. Esto llevó finalmente a Isabel II a calificar 1992 como su annus horribilis.

El auge del periodismo sensacionalista erosionó las antiguas fronteras, y los medios digitales las disolvieron por completo. El silencio ahora intensifica las sospechas en lugar de calmarlas, como fue el caso del silencio real sobre la salud de la Princesa de Gales a principios de 2024, lo que obligó a que hiciera pública su lucha contra el cáncer.

Influencia, acceso y percepción

Incluso antes de su detención, la percepción sobre el expríncipe Andrés era negativa.

El arresto se produce en este cambio de opinión. Durante su mandato como representante especial del Reino Unido para el comercio y la inversión internacionales, cultivó relaciones con líderes políticos y figuras empresariales adineradas de todo Oriente Medio y Asia Central. Los críticos cuestionaron si había difuminado la línea entre la promoción comercial oficial y las redes privadas.

El episodio de 2010 “cash for access” (dinero por acceso) en el que se vio involucrada la esposa de Andrew Mountbatten-Windsor, Sarah Ferguson, profundizó esa percepción. Sarah fue filmada ofreciendo acceso a Andrés a cambio de un pago sustancial. Aunque ella se disculpó y el expríncipe negó su participación, la imagen de manejos monetarios en el entorno de la corona fue corrosiva.

En 2021, una investigación encubierta sugirió que el príncipe Michael de Kent, primo de la reina, estaba dispuesto a utilizar su estatus real para ayudar a una empresa ficticia a cambio de una remuneración. Él negó haber actuado mal, pero el daño ya estaba hecho.

Una marca sin aislamiento

Bajo el reinado de Isabel II, la longevidad confería autoridad y estabilidad, lo que a menudo suavizaba los escándalos. Bajo el reinado de Carlos II, la institución parece más expuesta. La detención del expríncipe perturba y expone a la familia real a un daño reputacional. Aunque posteriormente fue puesto en libertad, el escándalo aún tiene un largo recorrido.

Carlos es un monarca constitucional. No puede interferir en las investigaciones policiales ni en las decisiones de la fiscalía sin provocar una crisis constitucional. Su autoridad es simbólica más que ejecutiva.

Pero puede alejar aún más de la vida pública al círculo íntimo de Andrés, incluidas sus hijas. Ya le ha despojado de sus títulos reales y le ha dicho que abandone su hogar, Royal Lodge.

Sin embargo, incluso eso tiene sus límites. El poder de Carlos ahora se basa menos en el control que en la credibilidad. En una sociedad permanentemente vigilante, los juicios no se dictan en privado, sino a la vista de todos.

El precedente que perdura

La última vez que se detuvo a un monarca reinante, Inglaterra abolió la monarquía y se convirtió en una república. El eco histórico es imposible de ignorar: nos recuerda que cuando la corona se ve envuelta en un proceso penal, las consecuencias trascienden al individuo.

El arresto de Andrew Mountbatten-Windsor subraya lo frágil que puede ser esa confianza y lo decisivamente que la moldea el tribunal que realmente importa, el de la opinión pública. Aunque el expríncipe no es el rey, el escándalo podría haberse suavizado si su hermano Carlos hubiera actuado con más decisión y rapidez para apartarlo de los círculos más cercanos a la monarquía.

Los escándalos reales merman el sentido de misterio que durante mucho tiempo ha protegido a la corona. La monarquía sobrevive no porque tenga poder político real, sino porque representa estabilidad, dignidad y algo ligeramente alejado de la vida cotidiana.

Cuando los miembros de la realeza se ven envueltos en un escándalo, esa sensación de distancia se desvanece y la institución puede empezar a parecer más frágil que intocable.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Podría el arresto del expríncipe Andrés acabar con la monarquía británica? – https://theconversation.com/podria-el-arresto-del-exprincipe-andres-acabar-con-la-monarquia-britanica-276536

‘It’s chronic disease, stupid!’ The central challenge facing health care

Source: The Conversation – Canada – By George A Heckman, Schlegel Research Chair in Geriatric Medicine, Associate Professor, University of Waterloo

The economy, stupid!” is an aphorism coined by James Carvill during Bill Clinton’s 1992 U.S. presidential campaign to keep workers focused on a key message. It has since been adapted countless times to refocus debates over challenging situations, and it can be applied to the central challenge facing health care: our ongoing failure to address the needs of people with chronic conditions. “It’s chronic disease, stupid!”

As a geriatrician with a research interest in models of care, and a cardiologist who studies rehabilitation and proactive disease management, we are immersed in this issue as both physicians and researchers.

A chronic condition is a health problem — physical, mental, developmental or age-related — that usually requires lifelong care, often causes disability, and sometimes shortens life expectancy. Symptoms may not be apparent for years, develop insidiously or arise abruptly. Chronic conditions are often unstable, and hospitalization may be required when symptoms are allowed to deteriorate significantly.

In contrast, acute conditions develop suddenly and usually resolve, such as infections, though some, such as a COVID-19 infection, may lead to chronic symptoms.

This distinction matters. Our health-care system was designed last century primarily to care for acute conditions. Back then, the population burden of chronic disease was low because treatments and survival were limited.

Advances in medical science have since resulted in better care for people with acute or chronic conditions, leading to better quality of life, delayed disability and greater life expectancy. Today, people with heart and lung disease, psychiatric and neurological conditions, and even some advanced cancers live far longer than their predecessors did only a generation ago.

Living longer comes at a cost. Age is a major risk factor for the development of chronic conditions. A person surviving a heart attack today may develop, years later, depression, heart failure and dementia. The acquisition of multiple chronic conditions is called multimorbidity.

The accumulation with age of additional deficits across all organ systems leads to frailty, and which renders affected individuals more vulnerable: a simple cold, easily withstood by a young person, can lead to pneumonia and hospitalization in a frail older person. Multimorbidity and frailty often lead to disability.

People living with complex chronic conditions are poorly served by our health-care system. Informal caregivers, aging spouses, friends or children, cannot fully compensate for health-care system gaps before they are overwhelmed by the severe and complex needs of their loved ones. The only option often remaining is best summarized by the typical message heard on physician phone lines: “If this is a medical emergency, hang up and call 9-1-1 or go to the nearest emergency department.”

The mismatch between health care designed for acute illness and the needs of patients with chronic conditions lies at the root of why hospitals are perpetually overflowing. Health care must be reconfigured to meet the needs, characteristics and health trajectories of people with chronic conditions.

Team-based primary care

People with chronic conditions need access to team-based primary care. Team composition and skills must reflect the needs of these people, and may include advanced practice nurses, clinical pharmacists, nurses, social workers, therapists or mental health workers, in addition to a primary care provider.

Highly-functioning teams have no professional hierarchies, promote interprofessional respect, communication and mutual accountability, allow all providers to exercise their full scope of practice, and place patients and caregivers first. Consultants, such as geriatricians, can be valuable team members, as shared and collaborative care provides opportunities for capacity-building, and greater quality and efficiency of care.

Having access to a team does not imply that a patient requires continuous care: the team’s role is to develop and implement a plan for patients to maintain stable and optimal health. For many, the intensity of engagement with the team will change over time.

For example, following a myocardial infarction, patients with coronary artery disease may require surgeries, risk factor modification with pharmaceuticals, diet and physical rehabilitation.

However, over time, their health will recover, they will resume more vigorous activity, and their reliance on the team will ebb to only need the expertise of their family doctor and their consultant. If new symptoms arise, the proactive and prepared team will be able to recognize these and take timely action to prevent complications and avoid hospitalization.

In other words, the degree of support needed from a team should be commensurate with, and responsive to, patient needs and the risk for adverse outcomes at a particular moment. Because the needs of patients with chronic conditions fluctuate, primary care must switch from a reactive stance to one characterized by team-based anticipatory surveillance and guidance.

Anticipating needs

Chronic conditions are predictably unpredictable. Most people hospitalized with heart failure had signs and symptoms weeks before calling 9-1-1. Suicide attempt survivors may have had mood symptoms for months. Most people with osteoporotic hip fractures had prior falls or fractures. These early warning signs should be detectable by proactive teams, which can then intervene quickly to prevent further deterioration.

Prevention remains important, even among people with chronic conditions. Astonishingly, fewer than half of Canadians who sustained a hip fracture are adequately treated for osteoporosis. Self-care coaching and case management from care teams can improve health and prevent hospitalizations of people with chronic conditions.

Self-care coaching helps patients and informal caregivers better understand how to care for chronic conditions, including recognizing early signs of deterioration, taking steps to stabilize their health and, if needed, seeking timely attention from their care team. As patients and caregivers master these skills, health improves, the risk of hospitalization and other poor outcomes decreases, and their reliance on their care team lessens.

Case management provides additional and tailored support and oversight to patients with the most complex needs.

Both modalities can be deployed interchangeably to support a patient and informal caregiver as their health fluctuates, including at the end of life. Yet, despite their demonstrated effectiveness, these availability of these interventions for complex conditions remains limited in primary care.

Integrating the health system into primary care

Even the most high-performing teams require external support from other consultants or programs, rehabilitation and exercise, home care, community paramedicine or other community support services. Typically, family physicians complete referral forms for these services, and accepted patients are placed on waiting lists. Communication between primary care and other providers is generally by fax or by letter, often with limited information and little opportunity for discussion.

Health system integration is a system-wide process towards seamless continuity of care through collaboration and co-ordination of providers. Evidence suggests that integrated care improves patient outcomes and reduces reliance on acute care.

In addition to interprofessional teams, integration requires an electronic standardized clinical information strategy to facilitate effective communication between providers and facilitate shared learning and quality improvement. Importantly, public investments are required to support the shared governance, administrative and scientifically robust electronic health record infrastructures for successful integration.

It’s still the economy, stupid!

A well-integrated interprofessional health-care system, rooted in primary care and configured to support patients with chronic conditions and their informal caregivers, has the potential to improve health outcomes, curb health-care spending and reduce reliance on hospital care.

However, this measure alone is insufficient to curb the population burden of chronic conditions, for which important root causes are socioeconomic: childhood poverty and undernutrition, low educational attainment and experience, food insecurity and precarious housing.

Population health and a healthy economy are inextricably linked. Government policies that fail to meaningfully support public health and social safety nets ultimately drive higher chronic disease rates and greater downstream health-care costs.

When it comes to health care and chronic conditions, Carvill’s aphorism still applies.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. ‘It’s chronic disease, stupid!’ The central challenge facing health care – https://theconversation.com/its-chronic-disease-stupid-the-central-challenge-facing-health-care-275770

Nihilistic violent extremist networks recruit vulnerable people — and our youth need support

Source: The Conversation – Canada – By Kawser Ahmed, Adjunct Professor, Natural Resource Institute (NRI), University of Manitoba

As the nation mourns after Canada’s deadliest school shooting in modern history, a question looms for people both close to the events and further away: Why? As with other mass shootings, this painful question is complex and difficult to answer.




Read more:
Why mass shootings can’t be reduced to a mental illness diagnosis


As reported by the New York Times, an investigation into the shooter’s online life “offers a chronicle of a young person’s gradual descent into mental health crises and radicalization into extreme violence.”

As a researcher focused on preventing radicalization to violence and extremism — and who recently created a public resource about countering radicalization to violence in Manitoba schools — I believe a violent extremism trend analysis could be relevant towards potentially helping to prevent such tragedies through addressing potential education or policy gaps.

Schools navigate risks, threats

School shooting incidents are rare in Canada in comparison to the United States. Among these, the 1989 École Polytechnique Montréal massacre and the 2016 La Loche, Sask., high school attack are notable.

CNN reports that in the U.S., after school closures in 2020 led to a drop in gun violence at schools, recent years saw an increase in school shootings, with 2021 through 2024 each setting records not seen since at least 2008.

Incidents like the Tumbler Ridge shooting can have ripple effects in the form of threats, as was seen this past week in Manitoba.

Nihilist violent extremists

In making sense of senseless mass murder in Tumbler Ridge, trends shows that youth radicalization to violent extremism is both real and dangerous. A growing trend of violence for its own sake, driven by hate among young people, is rapidly re-shaping traditional extremism studies.

For example, experts concerned with violent extremism like Marc-André Argentino point towards a deeper understanding of nihilist violent extremists, which refers to “those on the fringe actively encouraging, promoting, glorifying or engaging in serious acts of violence for the sake of violence and chaos in and of itself, the consequences of which have no clear end state.”

Argentino has also cautioned about the Com Network — a large international online community that is linked to a wide range of criminal activity, including real-world violence. According to his research, between 2020 and 2025, there were 194 arrests tied to the network across 29 countries, and those cases are associated with 5,040 people harmed, victimized or killed. The average age of those arrested is 20.4, but both perpetrators and victims are trending younger, with the youngest arrested perpetrator at 11 and the youngest known victim at eight.

Provoking harm

Such violence does not occur in a vacuum. In a world of instant connectivity through various encrypted communication platforms or channels, young people can inadvertently fall victim to the promotion of mass violence, and some eventually turn into grooming agents influencing others. Findings indicate that nihilistic violence is more prevalent among teenagers than adults.

One study examining the rise of nihilistic violence cited an incident of an attack in Sweden, and concluded that an increasing trend of youth radicalization via decentralized online extremist networks gamifies violence and leverages digital anonymity to provoke real-world harm.

Varied ways youth can be drawn into violence

In contrast to conventional extremist organizations characterized by hierarchical structures and explicit agendas, nihilistic violent groups are decentralized, leaderless and digitally highly innovative. They utilize social engineering strategies, anonymity and visual propaganda (often referred to as “esthetics of violence”) to rapidly radicalize individuals.

A primary concern is their emphasis on disenchanted youth, whom they attract through sentiments of alienation, dissatisfaction and yearning for acknowledgement.

Their propaganda re-contextualizes violence as social capital: the more brutal and dramatic an act, the more esteemed the perpetrator becomes within the group. In the process of radicalization, people do not need a “guru,” and there is no need for traditional indoctrination pipelines with this network approach.

Self-radicalization can happen fast and with little to no help from a recruiter. Radicalization into committing violence can happen by reading digital content, participating in forums and finally acting without any direct organizational oversight.

Gun pride normalizes gun culture, and this can inadvertently lead an extremist recruiter to a young person. Online environments in the age of AI are something like the wild West, and currently, only major tech platforms take some responsibilities to moderate content (often when something goes wrong).




Read more:
Big Tech is overselling AI as the solution to online extremism


Many factors can contribute to youth’s vulnerability to radicalization to violence, and no single profile exists of who is at risk. Factors can include low self-esteem, physical or emotional abuse, socio-economic circumstances, bullying or ostracization by peers, or political or religious affiliations.

Challenges reporting concerns

In many cases of extremist violence, a perpetrator’s warning signs are only seen in retrospect, and are understood to have been ignored due to a lack of education or training and policy support.

Combined with this are omnipresent uncommitted attitudes that exists at various levels within schools. Often, people are unsure where to report their concerns or who will be ultimately responsible for responding to them.

Almost all attacks carried out by individuals with no criminal records have left trails of indications of grievance, frustration and hopelessness that needed to be picked up early and monitored seriously.

A couple of strong cross-Canada examples for responding to community concern about potential extremism and violence are Québec’s Centre for the Prevention of Radicalization to Leading to Violence and Alberta’s Organization for the Prevention of Violence. Both offer substantive community resources, programs or support services.

Multi-stakeholder approaches needed

While security specialists argue that “one size fits all” approaches aren’t applicable to deal with context-sensitive attacks like the Tumbler Ridge, acknowledging that there are people and social networks promoting nihilistic violent extremism is one essential step for intervention.

A security-only approach cannot address such threats — a co-ordinated, multi-stakeholder approach is needed.

Educators play an important role in picking up behavioural indicators, yet they need to be supported by a policy on intervention in conjunction with parents or guardians. But policies must also address youth and young people who have dropped out of education, or who aren’t enrolled.

It might seem to be an impossible task, however, multiple stakeholders such as researchers, policymakers, educators, community leaders, public health and government officials could be participating actively in carefully designed intervention strategies.

Strategies should prioritize a grievance-oriented and trauma-informed methodology to address teen distress, emphasizing exit from the online world while reducing exclusion and stigma.

Ultimately, we must recognize that our youth need assistance. Educators, parents or guardians and our broader communities are pivotal in safeguarding them from nihilistic violent extremist recruiters.

The Conversation

Kawser Ahmed has implemented Extremism and Radicalization to Violence Prevention in Manitoba (ERIM) – a Public Safety, Canada funded project and currently received a grant from Canadian Network for Research on Security Extremism and Society (CANSES) for further research.

ref. Nihilistic violent extremist networks recruit vulnerable people — and our youth need support – https://theconversation.com/nihilistic-violent-extremist-networks-recruit-vulnerable-people-and-our-youth-need-support-275883

El culo nos hizo humanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Pocas partes de nuestra anatomía recaban más atención que nuestro trasero.

Foco de atracción indiscutible, los artistas han sabido desde siempre que las nalgas actúan como un poderoso imán para nuestras miradas. Por eso sus desnudos siempre han sido especialmente concienzudos a la hora de tratar esa protruyente sección de nuestros cuerpos. Desde la belleza perfecta del trasero de La Venus del Espejo velazquiana a la maravilla gluteica del Perseo de Bevenuto Cellini, tengo que reconocer que esa doble curvatura que corona nuestra porción aboral (en el extremo opuesto a la boca) me parece un prodigio de la naturaleza.

_Venus del espejo_, de Diego Velázquez.
Venus del espejo, de Diego Velázquez.
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Diego_Vel%C3%A1zquez_-_Rokeby_Venus.jpg, CC BY

Pero no se confundan, mi veneración no va solo por la vía estética. Mi total fascinación es por lo que supuso su morfología para hacer de los Homo sapiens lo que somos.

Monos culones

El diseño del trasero humano es bastante peculiar. Si nos fijamos en nuestros primos evolutivos más cercanos (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes), sus traseros no son especialmente globosos ni protuberantes muscularmente (aunque las callosidades, coloraciones o tumefacciones que lo puedan adornar contribuyan a destacarlos desde el punto de vista visual). Haciendo una comparativa proporcionada al tamaño corporal, los culos humanos resultan considerablemente más grandes, más redondeados, más musculosos y más proyectados dorsalmente.

Y eso ¿por qué? Pues el aspecto clave del cambio drástico de los traseros estuvo en el hecho de que nuestros antecesores se pusieron de pie. Algo tan difícil como caminar con dos puntos de apoyo en vez de con cuatro implicó bastantes cambios. Y para evitar darnos de bruces contra el suelo, fue imprescindible cambiar de nalgas.

Un culo nuevo que revolucionó nuestra historia

La bipedestación supuso una remodelación total de nuestro esqueleto. Reorientando el sacro, acortando y girando las crestas ilíacas y remodelando isquiones y pubis, se consiguió una pelvis mucho más adaptada a la posición erguida y capaz de soportar todo el peso que se le vino encima del tronco y la cabeza.

Además de una cadera más resistente, la cabeza del fémur (esférica) y el acetábulo (el hueco donde encaja esa bola) maximizaron su superficie de contacto, lo que redujo la presión sobre una articulación sobrecargada con tanto peso y mejoró nuestra estabilidad.

Pero en anatomía, los cambios nunca son aislados. Los músculos que se insertaban en este nuevo armazón óseo también cambiaron sustancialmente. Así, aunque nuestras nalgas estén constituidas por los mismos músculos que las de nuestros ancestros arborícolas (glúteos, piriforme, obturador externo, obturador interno, gémino inferior y gémino superior), sus formas se transformaron, especialmente las de los tres pares de glúteos. Y este cambio de forma supuso un prodigioso cambio de función.

Para empezar, nuestro gluteus maximus o glúteo mayor sufrió un extraordinario desarrollo que lo proyectó dorsalmente haciéndolo “respingón”. Así, el que hoy es el músculo más grande de nuestra anatomía dejó de ser sólo un estabilizador lateral (como ocurre en el resto de primates) para permitir dos cosas importantísimas. Por una parte, estabilizar el cuerpo erguido (y sin que colapse la pelvis) cuando levantamos una pierna para dar un paso. Por otra, algo muy interesante para un mono que acaba de bajar del árbol: poder salir corriendo teniendo solo dos “patas”.

Sí, tener un espectacular glúteo mayor con gran parte de sus fibras insertas directamente sobre el fémur es lo que posibilita la propulsión del cuerpo durante la carrera. La prueba la tenemos en el poderío de glúteos mayores exhibido en una final olímpica de 100 metros lisos.

Por su parte, el glúteo medio, que abduce la cadera (separa el muslo del eje central del cuerpo), estabiliza la pelvis durante la marcha a dos piernas. Lo consigue porque, cuando un solo pie está apoyado, el glúteo medio del lado de apoyo evita que la pelvis caiga hacia el lado contrario.. Por eso César, el caudillo de la rebelión simiesca en El Planeta de los Simios, camina balanceando bruscamente las caderas. Este andar, como de pato, es el que manifiestan las personas con lesiones en estos músculos, lo que se conoce como la marcha de Trendelenburg.

Estables sobre dos patas

El tercer glúteo, el menor, pasa de tener una orientación posterior a otra más lateral, lo que contribuye también a la estabilización al controlar el movimiento “fino” cuando caminamos o corremos. Lo consigue porque, al contraerse, mantiene “la bola” del fémur bien metida en la cavidad del acetábulo mientras el cuerpo se mueve. Así evita que aparezcan dolores laterales de cadera por sobrecarga de la articulación cuando el peso del cuerpo la presiona.

Los glúteos medio y menor consiguieron estos efectos biomecánicos no tanto por un cambio de forma, sino por alterar la orientación de sus fibras. Al disponerlas horizontalmente, facilitaron la abducción y la estabilización bípeda. Su alineación en los simios, mucho más vertical, es lo que les procura esa facilidad pasmosa que tienen para trepar.

En esta auténtica revolución arquitectónica que sufrimos los primates que nos volvimos bípedos, los ligamentos también se reorganizaron funcionalmente. Por poner un ejemplo, el gran desarrollo que experimentó el iliofemoral nos permitió estar de pie sin apenas gasto muscular. Los isquiotibiales, por su parte, se volvieron unos ayudantes estupendos de los glúteos mayores para procurar el esprint.

La guinda del pastel

Pero no nos engañemos. Unas nalgas bonitas requieren del efecto “culito de melocotón”. Es decir, necesitan esfericidad.

De eso se encarga el elemento remodelador por excelencia, esto es, una grasa bien distribuida. Pero ojo, el criterio estético no fue el que primó a la hora de que la selección natural dispusiera “grasa aquí y grasa allá” en nuestros traseros. Fue su polivalente funcionalidad. Y es que el tejido adiposo de las posaderas actúa como un cojín natural protegiendo los huesos de la pelvis (el sacro y el isquion, fundamentalmente), disminuyendo la presión al sentarnos (al mejorar la distribución de fuerzas) y absorbiendo gran parte de los impactos al caminar o correr.

Por si fuera poco, recientemente se ha descubierto que la grasa de las nalgas tiene propiedades protectoras frente a la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 y muchas enfermedades cardiovasculares. La grasa, pues, fue la responsable de que el trasero terminara siendo un “invento” redondo.

Ya sabe, a partir de ahora, cuando se le vayan los ojos tras el redondito, proporcionado y aterciopelado trasero del Hermafodito de Villa Borghese, no sienta mucho cargo de conciencia. En realidad, tan solo está corroborando una gran verdad biológica: que el culo nos hizo humanos.

The Conversation

A. Victoria de Andrés Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El culo nos hizo humanos – https://theconversation.com/el-culo-nos-hizo-humanos-276003

Cuando el virreinato del Perú inventó la ingeniería costera americana

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan J. Muñoz, Profesor de Ingeniería Costera, Universidad de Cádiz

Muelle del Callao, según mapa del siglo XVII. Archivo General de Indias.

A comienzos del siglo XVIII, el puerto del Callao –la puerta marítima del virreinato del Perú– vivía sitiado por el mar. Las tormentas, los terremotos y los tsunamis golpeaban sin descanso las murallas que protegían el principal punto de salida del oro y la plata rumbo a España.

Lo que pocos saben es que allí, hace 300 años, se ensayó por primera vez en América una regeneración de playas, una idea que hoy sigue siendo una herramienta fundamental de la ingeniería costera moderna.

El virreinato del Perú en el mapa de la América del Sur hecho por el teniente coronel del ejército español, capitán primero del cuerpo de Ingenieros y geógrafo, Agustín Ibáñez y Bojons en 1800.
Biblioteca Nacional de España

Un puerto vital y vulnerable

El Callao no era un puerto cualquiera: de él dependía buena parte del comercio entre Sudamérica y Europa. Los metales preciosos que llegaban desde Potosí y el Alto Perú se almacenaban en sus depósitos antes de embarcar hacia Panamá y, luego, a La Habana, donde se organizaba la travesía final hacia la península ibérica. La seguridad de estas operaciones era una prioridad estratégica para la Corona española.

En este contexto, hacia finales del siglo XVII, la construcción de un muelle para facilitar el embarque alteró el equilibrio natural de las corrientes y del transporte de arena. Las arenas se acumulaban en un lado del muelle, pero el otro comenzó a erosionarse con rapidez. En pocas décadas, el mar había socavado los cimientos de las murallas y provocado el derrumbe de parte de la fortificación.

Ingenieros del imperio frente al mar

La respuesta llegó de la mano de los ingenieros militares del virreinato. Como recuerda el ingeniero e historiador Ignacio González Tascón (1947–2006) en su libro Ingeniería española en ultramar (CEHOPU, 1992), aquellos técnicos eran auténticos pioneros: dominaban la geometría, la hidráulica y la construcción de obras marítimas con un nivel de precisión asombroso para su época. González Tascón dedicó su vida a rescatar el legado de la ingeniería española en ultramar y su trabajo sigue siendo una referencia esencial para comprender aquel conocimiento técnico adelantado a su tiempo.

Plano una parte del Callao: espigones.
Archivo General de Indias.

El primer intento de reconstrucción lo dirigió el capitán Nicolás Rodríguez, que, para aislar la zona de trabajo del mar, propuso una obra de tablestacado –estructura de contención de suelos y defensa de costas formada por la unión continua de elementos prefabricados (tablestacas), hincados verticalmente en el terreno–. Pero el fondo arenoso filtraba el agua con rapidez y la solución resultaba costosa y poco fiable.

Entonces, intervino el cosmógrafo real Pedro de Peralta Barnuevo (1663-1743), una de las mentes científicas más brillantes del Perú colonial y rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, la más antigua de América.

De Peralta planteó una idea radical: construir diques perpendiculares a la costa –lo que hoy llamamos espigones o “groins”– que interrumpieran la corriente litoral y provocaran la acumulación de arena. Así, se formaría una playa artificial frente a la muralla, creando una base seca y estable sobre la que trabajar. Fue, en esencia, la primera regeneración de playas documentada del continente americano.

La playa que salvó una muralla

El proyecto comenzó en 1724. Los ingenieros levantaron una serie de espigones de madera y piedra, dispuestos a intervalos regulares, con una proporción entre longitud y separación similar a la de los campos de espigones modernos. Entre ellos, colocaron hileras de gaviones –caja de forma prismática rectangular, rellena de piedra o tierra– para retener el sedimento. En pocos años, las arenas se acumularon en el lado occidental, formando una franja de playa que amortiguaba el impacto de las olas.

Los planos conservados en el Archivo General de Indias muestran con detalle la obra terminada: ocho estructuras alineadas frente a la muralla marítima y una nueva línea de costa protegida. El sistema funcionó. Por primera vez, los ingenieros del virreinato habían conseguido modificar la dinámica litoral para defender una infraestructura clave.

Décadas más tarde, un estudio científico publicado en la revista Water ) corroboraría que aquellas defensas pueden considerarse el primer campo de espigones de Sudamérica, además de una demostración temprana del conocimiento empírico sobre el transporte litoral de sedimentos.

Ciencia, desastres y una lección olvidada

La historia tuvo, sin embargo, un desenlace trágico. El 28 de octubre de 1746, un gran terremoto y un tsunami arrasaron el Callao. La ola, estimada en más de 15 metros, destruyó completamente la ciudad y se llevó consigo las defensas costeras. Murieron casi todos sus habitantes. El virreinato comprendió entonces que el mar podía vencer a la mejor ingeniería de su tiempo.

Plano de la Plaza y Puerto del Callao que muestra la Fortaleza del Real Felipe a la llegada del Virrey Amat.
Anónimo / Biblioteca de Cataluña.

En las décadas siguientes, los virreyes decidieron reconstruir el puerto tierra adentro, junto a la fortaleza del Real Felipe, sobre un terreno más elevado y protegido. Sin saberlo, estaban aplicando un principio que hoy consideramos una de las estrategias más sostenibles frente al cambio climático: el retroceso planificado.

Tres siglos de vigencia

El caso del Callao demuestra que los ingenieros del siglo XVIII ya comprendían la relación entre erosión, corrientes y transporte de arena, y que buscaban soluciones basadas en la observación y el ensayo. No trabajaban con modelos numéricos ni imágenes satelitales, pero su comprensión del litoral era notablemente precisa.

Hoy, cuando la subida del nivel del mar y la pérdida de playas amenazan ciudades costeras de todo el mundo, aquella experiencia del virreinato del Perú cobra un nuevo sentido. En cierto modo, los ingenieros coloniales fueron precursores de las actuales políticas de adaptación costera: supieron leer la dinámica del mar y actuar con ingenio, aun en un contexto tecnológico rudimentario.

Como señaló González Tascón, la ingeniería en ultramar fue también “una ciencia de frontera”. Sus autores trabajaban en el límite entre el conocimiento técnico y la supervivencia cotidiana frente a la naturaleza. Y, como demuestra este episodio, su legado sigue inspirando soluciones tres siglos después.

Un puente entre historia y futuro

El valor del caso del Callao –y del virreinato del Perú, en general– va más allá de la historia de una obra singular. Es el testimonio de un modo de pensar la costa, de entender que la ingeniería no puede imponerse al mar. Se trata, más bien, de dialogar con él.

Recordar esas primeras regeneraciones de playa no solo rescata un fragmento de patrimonio técnico e histórico; también nos recuerda que, ante la amenaza global de la erosión costera, las mejores ideas del futuro pueden tener raíces muy antiguas.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Cuando el virreinato del Perú inventó la ingeniería costera americana – https://theconversation.com/cuando-el-virreinato-del-peru-invento-la-ingenieria-costera-americana-268583

Todo el universo habla, según las enseñanzas del maestro sufí Ibn Arabi de Murcia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Aladro Vico, Catedrática de Teoría de la Información, Universidad Complutense de Madrid

Manuscrito de Konya de las _Revelaciones de La Meca_ de Ibn Arabi, escrito a mano por el gran maestro sufí. Wikimedia Commons

El sufismo es una corriente espiritual y mística de enorme valor e importancia en el islam. Recientemente se ha colado en nuestra cultura de masas ya que Rosalía cita, en su último álbum Lux, a una gran maestra sufí: Rabia al Adawiyya.

España ha sido cuna del sufismo más profundo a través de Ibn Arabi de Murcia, nacido en Al Ándalus en 1165. Poeta, místico, filósofo, psicólogo y teólogo andalusí del siglo XII-XIII, Ibn Arabi escribió 400 obras y tratados y es considerado en el mundo árabe islámico el más grande de los maestros (en árabe الشيخ الأكبر, Sheij al-Akbar).

La modernidad, apertura y amplitud del pensamiento sufí es única en el mundo. Ibn Arabi fue un vivificador de la religión (محيي الدين,) y un polímata, que difundió conocimientos en múltiples saberes. Actualmente en España, la Sociedad Ibn Arabi Latina MIAS, que realiza espléndidas revistas, congresos y publicaciones, traduce, interpreta y difunde la obra del murciano.

Un hombre interesado en todo

Ibn Arabi y Al Ándalus son elementos esenciales en la historia de la cultura y ciencia europeas. Y lo son porque los árabes no fueron simples transmisores de ciencia y cultura clásicas, sino verdaderos desarrolladores de las mismas que mejoraron los conocimientos recibidos.

Listado medieval de las obras de Ibn Arabi.
Listado medieval de las obras de Ibn Arabi.
Wikimedia Commons

Ibn Arabi avanzó sobre la filosofía platónica con su concepto del mundo imaginal, es decir, la dimensión cognitiva y sagrada de la imaginación creadora. También desarrolló los principios del pitagorismo explorando la armonía y geometría sagradas y ofreció visiones místico-poéticas que inspiraron a Dante Alighieri, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

La mística religiosa de Ibn Arabí y del sufismo es, además de profundamente islámica, continuadora del gnosticismo (una filosofía intuitiva profunda que desarrollaron los griegos sobre la idea de una divinidad inalcanzable y una creación separada de ella); del simbolismo alfabético egipcio (el conocimiento de las formas de vida, la muerte y su interdependencia, que los egipcios dejaron en su escritura jeroglífica, y que además de en sentido abstracto habla en forma de imágenes); y del cristianismo originario (que se centraba en el mensaje de amor, paz, libertad y armonía cristianos). A su vez, los sufíes apelan al mundo moderno porque su visión es animalista, feminista, cosmopolita, panteísta y pacifista.

El universo habla

Como expresan dos intérpretes de la obra del Gran Maestro murciano en España, Fernando Mora y Pablo Beneito, el universo según Ibn Arabi es esencialmente un cosmos dotado de inteligencia y lenguaje. Entiende que todos los seres tienen una esfera específica de conocimiento, y la palabra no pertenece solamente a los humanos.

Estamos en un universo que habla. En el mundo de Ibn Arabi, el lenguaje y la comunicación no solo sirven al pensamiento y a la relación: para los sufíes, no existe la fe, sino el conocimiento presente en los signos.

Para comprender su idea de cosmos, tenemos que repasar los tres tipos de signos que existen en semiótica (el estudio de los símbolos y signos): los iconos (que se parecen al objeto que representan, como las imágenes), los índices (que nos conducen a lo que representan, como las huellas y los rastros) y los símbolos (que contienen múltiples sentidos, y son refractarios al concepto, como una cruz de madera).

Imagen de un escriba.
El escriba.
Wikimedia Commons

El murciano profesa gran atención a lo icónico, ya que lo considera una emanación divina, en cuyas formas podemos ver al creador: las imágenes son potentes misterios que nos hablan con racionalidad, imaginación y armonía. Un ejemplo de esto es la geometría sagrada del arte andalusí que contiene la expresión de la Unidad del mundo.

Los signos índices también son poderosísimos para el gran maestro. En su mundo, el saber es un sabor. Rastros, residuos y huellas forman una semiótica sensorial que domina el conocimiento porque desde las referencias nos lleva de vuelta a lo físico. Así, es posible aprender un modo de adoración espiritual prestando la debida atención a un tubo de cañería y entender el sentido de la existencia atendiendo a la comunicación de las abejas o de un caballo.

Los símbolos son, a su vez, el lenguaje de la existencia en el mundo sufí: describen acertadamente la realidad y amplían nuestra comprensión, absorbiendo los contextos y trascendiendo el tiempo. Por ejemplo, el símbolo del corazón sufí representa no solamente el amor, sino el cambio constante, lo multifacético, el centro o la gracia. Las derivaciones de los símbolos permiten unir realidades y objetos opuestos o contradictorios.

En la teoría de Ibn Arabi las letras son, igualmente, seres vivos. Esto se entiende de forma especial en la lengua árabe, muy derivativa, lo que hace que sus palabras sean muy ricas en asociaciones mentales, como lo fueron los ideogramas egipcios en su día. Los mismos seres vivos, afirma Ibn Arabi, son letras de un gran escrito: podemos imaginarlos así para comprenderlos mejor. El lenguaje y los nombres son puertas que nos conducen directamente a ver la acción del espíritu divino dentro y fuera de nosotros.

Trascendencia en los signos

En lingüística, una deixis es un proceso por el que un signo índice rellena su significado con el aquí y ahora. Así, el significado de pronombres personales como “yo”, “tú”, demostrativos como “esto” o “esta” y adverbios como “aquí” o “ahora” cambia según el presente espacio-temporal, según las realidades a las que se refieran.

Dibujo de seis maestros sufíes.
Seis maestros sufíes.
Wikimedia Commons

En el sufismo tiene lugar lo que llamaríamos una deíxis trascendental: los signos muestran una presencia viva. Por ello, para los sufíes actuales, Ibn Arabi está vivo: su verdad, su expresión y su sabiduría se incorporan hoy en día a través de sus palabras. El fenómeno deíctico significa que la comunicación crea vida.

El último de los metafísicos occidentales, René Guénon, recordaba que, según Ibn Arabi, el mundo es la escritura que una “ciencia de las letras” o “Sîmîa” debe estudiar. Guenon pedía que existiese, como después pasó, un estudio del mundo desde la semiótica, que él comenzó con profundos estudios del simbolismo.

El sufismo está efectivamente vivo en nuestros días, y continuará estándolo en el futuro gracias a su inmenso poder comunicativo.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Cultura Claudia Lorenzo.


The Conversation

Eva Aladro Vico no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Todo el universo habla, según las enseñanzas del maestro sufí Ibn Arabi de Murcia – https://theconversation.com/todo-el-universo-habla-segun-las-ensenanzas-del-maestro-sufi-ibn-arabi-de-murcia-268255

Zygmunt Bauman lo vio venir: el trabajo ya no garantiza una vida a salvo de la pobreza y la exclusión

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alexis Cloquell Lozano, Profesor Sociología. Cátedra Caixa Popular para el estudio de los desafíos sociales y la vulnerabilidad., Universidad Católica de Valencia

photobeps/Shutterstock

En España, los últimos datos sobre pobreza y exclusión social confirman una paradoja inquietante: la economía crece, el empleo aumenta y algunos indicadores mejoran levemente. Sin embargo, millones de personas continúan atrapadas en situaciones de precariedad estructural.

El XV Informe sobre el estado de la pobreza de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español (EAPN-ES) muestra que la relación entre empleo y pobreza es más frágil de lo que suele asumirse. El 11,7 % de las personas ocupadas se encuentra en situación de pobreza y, al mismo tiempo, el 32,9 % de la población pobre tiene un empleo, frente a un 20,6 % que está en paro.

El pensador Zygmunt Bauman en 2013.
El pensador Zygmunt Bauman en 2013.
Wikimedia Commons, CC BY

Estos datos indican que el empleo reduce la probabilidad de pobreza, pero no garantiza por sí solo unas condiciones de vida suficientes. Cuando el mercado laboral genera trabajos mal remunerados, inestables o a tiempo parcial involuntario, una parte significativa de la población ocupada permanece en situación de pobreza. Por ello, el debate sobre la reducción de la pobreza no puede centrarse únicamente en el acceso al empleo, sino que debe incorporar la calidad del trabajo y el marco normativo que lo regula.

Lejos de tratarse de una disfunción coyuntural, esta realidad encaja con notable precisión en el diagnóstico que Zygmunt Bauman formuló hace más de dos décadas en su obra Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias.

Las sociedades contemporáneas, en su afán por el progreso, el orden y la eficiencia, producen de forma sistemática “residuos humanos”. Se trata de personas que son excluidas sistemáticamente y que no encajan en los modelos dominantes de productividad, consumo y movilidad.

La exclusión como subproducto normalizado

El IX Informe sobre exclusión y desarrollo social en España, elaborado por la Fundación FOESSA, describe una sociedad española profundamente transformada, marcada por la fragmentación de las clases medias, la normalización de la precariedad laboral y la pérdida del empleo, factores que dificultan la integración social.

En la modernidad líquida, como apunta Bauman, el trabajo deja de ser un eje estable de la vida social y una fuente segura de identidad para convertirse en una actividad precaria, fragmentada e incierta. A diferencia de la sociedad industrial, donde el empleo ofrecía continuidad, reconocimiento y pertenencia, el trabajo contemporáneo se caracteriza por la flexibilidad extrema, la temporalidad y la ausencia de garantías a largo plazo.

El mercado ya no necesita integrar a toda la población como fuerza productiva, lo que provoca que amplios sectores queden excluidos de forma permanente y sean considerados superfluos. Así, el trabajo pierde su función integradora y deja de ser un camino seguro para escapar de la pobreza.

Vidas líquidas, protecciones frágiles

El citado XV Informe sobre el Estado de la Pobreza confirma esta dinámica. La tasa AROPE (At Risk Of Poverty and/or Exclusion), un indicador que combina elementos de renta, posibilidades de consumo y empleo, desciende levemente, pero la pobreza severa permanece estable y su brecha aumenta. Esto indica que quienes están peor no mejoran.

Bauman describía en su obra Vida líquida este escenario como un mundo donde la propia existencia se caracteriza por la inestabilidad, la incertidumbre y la ausencia de referencias duraderas. Las condiciones de vida cambian más rápido de lo que pueden consolidarse los hábitos y los proyectos personales.

La dificultad de acceso a la vivienda, los empleos inestables y la debilidad de las redes comunitarias generan trayectorias vitales sin anclajes. El resultado no es solo pobreza material, sino desarraigo social y político, un malestar difuso que erosiona la confianza en las instituciones, en el estado de bienestar y en el funcionamiento y calidad del sistema democrático.

De la gestión del descarte al derecho a pertenecer

Ambos informes coinciden en un punto crucial: no fallan las personas, falla el sistema. La mayoría de quienes viven en exclusión realizan enormes esfuerzos por integrarse, pero se enfrentan a dispositivos fragmentados, mal dimensionados y pensados más para administrar la pobreza que para erradicarla.

Bauman fue claro al respecto: mientras la exclusión se aborde como un problema de individuos “inadaptados”, la sociedad seguirá produciendo “residuos humanos”. El reto no es perfeccionar los mecanismos de asistencia, sino reconstruir un pacto social que reconozca la interdependencia, refuerce los derechos sociales y devuelva estabilidad a vidas hoy sometidas a la lógica del descarte.

¿Una sociedad que protege e integra o que descarta?

España, al igual que ocurre en buena parte de los países occidentales, se encuentra ante una encrucijada. Puede seguir gestionando la exclusión como un daño colateral inevitable de la modernidad líquida o apostar, como reclaman los informes, por políticas audaces que sitúen la vivienda, el empleo digno, los cuidados y la redistribución en el centro de dichas políticas públicas.

Bauman, con una lucidez que hoy solo puede calificarse de visionaria y brillante, nos dejó una advertencia que el tiempo no ha hecho sino confirmar: una sociedad que normaliza la producción de personas sobrantes acaba socavando los fundamentos éticos que la sostienen. Lo que en su momento pudo parecer una reflexión teórica o incluso exagerada se revela ahora como una anticipación precisa de nuestro presente. Los datos ya no dejan margen para la indiferencia. La cuestión no es si podemos permitirnos un cambio de rumbo, sino si podemos permitirnos no hacerlo.

The Conversation

Alexis Cloquell Lozano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Zygmunt Bauman lo vio venir: el trabajo ya no garantiza una vida a salvo de la pobreza y la exclusión – https://theconversation.com/zygmunt-bauman-lo-vio-venir-el-trabajo-ya-no-garantiza-una-vida-a-salvo-de-la-pobreza-y-la-exclusion-272636

Impactos extraterrestres y nenúfares en el Ártico… qué podemos aprender de los eventos globales del pasado

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laia Alegret, Professor in Paleontology, Universidad de Zaragoza

En los fondos oceánicos, desde la costa hasta medios abisales a miles de metros de profundidad, se encuentran unos organismos microscópicos que protegen su única célula con un minúsculo caparazón. Esa concha mineralizada puede estar formada por una única cámara o por varias que se conectan entre sí a través de un orificio interno llamado foramen, que da nombre al grupo: foraminíferos.

Ammonia tepida, un foraminífero bentónico.
Scott Fay / Wikimedia Commons., CC BY

A diferencia del plancton, que flota en la columna de agua, los que habitan en los fondos oceánicos se llaman foraminíferos bentónicos. Tienen formas muy variadas: esféricas, ovaladas, alargadas, cilíndricas, espiraladas, seriadas, irregulares… un sinfín de morfologías que caracterizan a las más de 50 000 especies descritas.

Entre los fósiles más estudiados

Al morir, sus conchas se acumulan en el sedimento y fosilizan. Son tan pequeños y tan abundantes, que una cantidad de sedimento marino equivalente al volumen de un bombón de chocolate puede contener varios miles de ejemplares.

En los fondos oceánicos batiales y abisales, a miles de metros de profundidad, apenas llega alimento desde la superficie. Hay completa oscuridad y la temperatura media es de 1-2 ºC. Habitan, por tanto, un ambiente muy hostil, pero también muy estable. Por eso, los cambios que se observan en sus comunidades suelen reflejar importantes cambios ambientales a escala global.

Un grupo de foraminíferos bentónicos.
Wikimedia Commons., CC BY

El estudio de sus poblaciones y de la composición isotópica de sus conchas permite reconstruir los ambientes y el clima del pasado, conocer la edad de las rocas o estudiar en detalle fenómenos globales.

Sus numerosas aplicaciones y la facilidad de encontrarlos en abundancia explican por qué es uno de los grupos fósiles más estudiados.

El asteroide que acabó con los dinosaurios

¿Y qué hacían los foraminíferos cuando, hace 66 millones de años, a finales del Cretácico, un asteroide de unos 10 km de diámetro provocó una de las cinco mayores extinciones en masa conocidas? Dicho impacto desencadenó un golpe de calor casi instantáneo, incendios en todo el planeta, oscurecimiento por la emisión de polvo, cenizas y gases, un enfriamiento asociado a este ocultamiento del sol, destrucción de la capa de ozono o lluvia ácida.

Las consecuencias han quedado plasmadas en las rocas en forma de anomalías geoquímicas, gotas petrificadas que resultaron de la condensación del material fundido, plantas carbonizadas por los incendios y depósitos asociados a terremotos y tsunamis. Incluso se ha identificado el cráter de impacto en la península de Yucatán, en México.

En medios terrestres se extinguieron grupos como los dinosaurios no avianos o los reptiles voladores, mientras que en medios marinos desaparecieron, entre otros muchos grupos, los ammonites, los grandes reptiles marinos y más del 90 % del plancton de caparazones calcáreos.

Imagen tridimensional que muestra las anomalías gravitatorias provocadas por el meteoroide en Chicxulub hace 66 millones de años. En la actualidad, la mitad norte del cráter se encuentra cubierta por el mar y la mitad sur está enterrada en la península de Yucatán.
NASA.

El impacto en Yucatán, sobre rocas anhidritas ricas en sulfatos, y la fricción del asteroide al atravesar la atmósfera liberaron gases que provocaron lluvia ácida. Las aguas superficiales de los océanos se volvieron ácidas, disolviendo los caparazones calcáreos de los organismos que vivían cerca de la superficie.

La acidificación duraría de meses a años, un fenómeno que puede considerarse “instantáneo” en términos geológicos. Sin embargo, al ser rápidamente neutralizada en la columna de agua, no afectó a organismos de conchas calcáreas que vivían a mayor profundidad, como los foraminíferos bentónicos.

Cocodrilos en el Ártico

Una vez superada la crisis de finales del Cretácico, el mayor calentamiento global de los últimos 90 millones de años se registró en el tránsito Paleoceno-Eoceno, hace 56 millones de años.

La temperatura terrestre aumentó de 4 a 8 ºC, en todas las latitudes y profundidades, incluidos los fondos abisales. Este evento se ha asociado a la emisión de grandes cantidades de carbono C¹² al océano y a la atmósfera, en forma de metano o dióxido de carbono, por ejemplo. La cantidad de carbono que se liberó entonces es comparable a las emisiones de gases de efecto invernadero previstas para finales del siglo XXI como consecuencia de las actividades humanas.

Además de provocar fenómenos meteorológicos muy intensos, durante los 200 000 años que duró el calentamiento, numerosas especies terrestres y marinas evolucionaron y migraron a altas latitudes. Por eso, se han hallado flora y fauna típicamente tropicales, como cocodrilos, palmeras o nenúfares, en el Ártico.

Sin embargo, los foraminíferos bentónicos profundos, que habían sobrevivido al impacto de finales del Cretácico, sufrieron su mayor extinción en los últimos 90 millones de años.

Las extinciones en las profundidades oceánicas son poco frecuentes; indican crisis globales y ausencia de refugios donde protegerse. Entre algunos mecanismos que pudieron contribuir a esta desaparición masiva, se ha propuesto la escasa oxigenación de las aguas, cambios en la productividad o acidificación oceánica, aunque ninguno de ellos se ha registrado a escala global.

El calentamiento tiene más probabilidades de ser el culpable: fue el único parámetro documentado en todas las latitudes, ambientes y profundidades. Pudo acelerar las tasas metabólicas de los foraminíferos bentónicos, lo que, unido al transporte menos eficiente de nutrientes desde la superficie hasta el fondo oceánico por las altas temperaturas, pudo generar un déficit de alimento que llevó a la extinción a casi la mitad de sus especies. En concreto, los estudios indican que esto ocurrió al traspasar un punto de inflexión en el calentamiento.

Eventos menores de calentamiento global

Aparte de la crisis del Paleoceno-Eoceno, hace entre 41 y 61 millones de años, se observan numerosos eventos rápidos de calentamiento, de menor magnitud pero de características similares que hoy se estudian como análogos del actual cambio climático, y permiten calibrarlo.

Sus efectos sobre los ecosistemas marinos varían en función de la temperatura, la velocidad y duración del calentamiento, la profundidad o el área geográfica, entre otros factores. Sabemos que no causaron extinciones entre los foraminíferos bentónicos, pero sí un descenso en su diversidad.

Entendiendo cómo funciona el planeta

La rápida liberación de gases por el impacto de un asteroide provocó acidificación en la superficie de los océanos y extinciones del plancton marino calcáreo, pero apenas afectó a los foraminíferos bentónicos de los fondos oceánicos.

Por el contrario, las emisiones asociadas a un evento más lento, como el calentamiento del Paleoceno-Eoceno –que duró 200 000 años–, causaron extinciones en los fondos oceánicos, pero no en la superficie.

Por su parte, los eventos de calentamiento menores generaron distintos grados de acidificación y de cambios bióticos, pero no alcanzaron una temperatura crítica que causara extinciones en los fondos marinos.

Y es que, como hemos visto, los foraminíferos están íntimamente ligados al clima del planeta: su estudio nos permite aprender cómo responden los ecosistemas marinos a perturbaciones globales como la que hoy puede suponer la emisión de gases de efecto invernadero.

The Conversation

Laia Alegret recibe fondos de MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y FEDER, UE (proyecto PID2023-149894OB-I00). Laia Alegret es Académica Numeraria de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España.

Gabriela J. Arreguín-Rodríguez recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE.

Guido Ernesto Mantilla Lucero recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE bajo el contrato de Formación de Personal Investigador (FPI) PRE2024-UZ-01

Irene Peñalver Clavel recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE bajo el contrato de Formación de Personal Investigador (FPI) PRE2020-092638.

Martina Caratelli recibe fondos del proyecto de I+D+i PID2023-149894OB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y FEDER/UE; y ayuda JDC2023-051289-I financiada por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por el FSE+

ref. Impactos extraterrestres y nenúfares en el Ártico… qué podemos aprender de los eventos globales del pasado – https://theconversation.com/impactos-extraterrestres-y-nenufares-en-el-artico-que-podemos-aprender-de-los-eventos-globales-del-pasado-272599

En defensa de las clases ‘incómodas’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan-Antonio Moreno-Murcia, Catedrático de Universidad, Universidad Miguel Hernández

Lucas, universitario de segundo curso, entra al aula con el gesto tranquilo de quien espera una clase sin sobresaltos. Se sienta, abre el portátil y aguarda a que la profesora inicie la presentación. Las diapositivas avanzan, la explicación fluye, él toma apuntes, mira el móvil de vez en cuando, mientras alterna la mirada entre el móvil y una pestaña del navegador que no tiene nada que ver con la asignatura. Sale con la sensación de que “así da gusto estudiar”: todo claro, ordenado, sin preguntas incómodas ni necesidad de debatir o resolver problemas.

Días después, en otra asignatura, el escenario cambia. La profesora reparte un caso real, pero esta vez sin solución incluida. “Trabajad en grupos, analizad el problema y proponed una estrategia”, les dice. Lucas frunce el ceño. No hay una única respuesta correcta, hay que leer, discutir, tomar decisiones. El ritmo es más lento y más incómodo. “Esto debería explicarlo la profesora”, piensa. Le cuesta arrancar porque no está acostumbrado a ser quien construye el camino.

Esa incomodidad es, justamente, el punto de partida del verdadero aprendizaje. Aprender no es recibir, es transformar, no es consumir respuestas, sino formular preguntas y justificar decisiones. Las investigaciones en educación superior muestran que, aunque el alumnado siente que aprende más con clases magistrales fluidas, obtiene mejores resultados y retiene mejor cuando participa en actividades dinámicas y exigentes.

Comodidad no es aprendizaje

Como director de un máster de formación del profesorado, año tras año observo que muchos futuros docentes siguen prefiriendo la clase transmisiva de toda la vida. Suelen decir que se sienten “más seguros” cuando el profesor explica y ellos escuchan en silencio, aun cuando reconocen que olvidan gran parte de lo visto poco después del examen. Esa preferencia no es casual: es el reflejo de su propia biografía académica, construida durante años en aulas donde casi nunca se les pidió decidir, debatir o equivocarse en público.

Aquí aparece una confusión peligrosa: se confunde sentirse cómodo con estar aprendiendo. Si la explicación fluye, parece que el conocimiento entra sin esfuerzo; si la dinámica exige pensar, discutir o defender argumentos, aparece la sensación de “no me entero”.

Sin embargo, los estudios que comparan clases tradicionales y metodologías activas muestran que esa sensación engaña: los estudiantes suelen creer que aprenden más con la lección clásica, pero rinden mejor y recuerdan durante más tiempo cuando se les hace trabajar de forma activa con los contenidos.

Es decir, la sensación subjetiva de aprender no siempre coincide con el aprendizaje real. Y si como docentes nos guiamos únicamente por la comodidad del aula, podemos estar reforzando prácticas que tranquilizan, pero no transforman.

Superar la inmediatez

A la resistencia al esfuerzo se suma un factor cultural y tecnológico. Vivimos rodeados de pantallas que ofrecen respuestas inmediatas, contenidos resumidos en segundos y soluciones preelaboradas para casi cualquier duda. El uso cotidiano del móvil, de buscadores o de redes como TikTok ha modelado el hábito de obtener información rápida, fragmentada y sin fricción.

Cuando ese hábito entra en el aula, algunos estudiantes esperan que la experiencia educativa funcione igual: una explicación clara, breve, fácilmente consumible y, a ser posible, sin incertidumbre. Si se les propone leer un caso largo, analizar datos ambiguos o sostener un debate sin una respuesta única, aparece la frustración. Sin embargo, el aprendizaje profundo es, por naturaleza, más lento, más activo y más incómodo que deslizar el dedo por una pantalla. Enseñar hoy también implica ayudar a desaprender esa urgencia por la gratificación inmediata y recuperar el valor de la paciencia intelectual: dedicar tiempo a comprender, no solo a pasar de actividad en actividad.




Leer más:
‘Tecnoestrés’ en la universidad: ser hábil con la tecnología no lo es todo


Mayor exigencia docente

A veces, cuando se introduce una dinámica participativa, se escucha en los pasillos frases como “la clase la damos nosotros” o “el profesor ya no explica”. Se da a entender que, si el alumnado trabaja más, el docente trabaja menos. Ocurre justo lo contrario.

Diseñar actividades retadoras, acompañar procesos, ofrecer retroalimentación útil y evaluar con criterios competenciales requiere más preparación, más pensamiento estratégico y más implicación profesional que repetir una lección ya conocida.

Metodologías como el aprendizaje basado en proyectos, las simulaciones, las prácticas guiadas o la clase invertida no son atajos ni juegos para “entretener” al alumnado. Son formas de que el estudiante se vea obligado a aplicar, argumentar, decidir y revisar lo que hace. La evidencia disponible indica que, cuando estas estrategias se implementan con rigor, aumentan la motivación, el compromiso y el rendimiento académico, precisamente porque devuelven al estudiante un papel activo en su propio aprendizaje.

Un reto compartido

Nada de esto significa que la exposición clara deje de ser necesaria. Una buena explicación sigue siendo una herramienta valiosa, pero no puede ser la única. Si se quiere formar profesionales capaces de actuar en contextos reales y complejos, no basta con que “se lo sepan”, hace falta que sean capaces de analizar, decidir, cooperar y aprender de sus errores.

El reto es compartido. El profesorado ha de asumir que su tarea es provocar pensamiento con sentido pedagógico. El alumnado, por su parte, ha de aceptar que aprender implica esfuerzo, asumir incertidumbre y tolerar la incomodidad de no tener la respuesta desde el primer minuto. Cuando ambos lo entienden, se abre espacio para una relación educativa más honesta y para resultados más profundos: mayor autonomía, pensamiento crítico y una preparación más realista para el mundo profesional.




Leer más:
¿Cómo lograr que las clases universitarias sean imprescindibles?


Pequeños cambios

Para el profesorado, esto puede empezar con cambios pequeños: pedir al estudiantado que explique un concepto con sus propias palabras, que resuelva un problema en grupo antes de ver la solución o que conecte la teoría con un caso real antes de presentarles el “modelo correcto”. Para el alumnado, el cambio pasa por interpretar la incomodidad no como un fallo del docente, sino como una señal de que se le está sacando de la zona de confort.

Intentar que existan menos brazos cruzados y más cerebros en marcha es asumir que comprender de verdad casi nunca es algo pasivo. Y que el oficio docente, lejos de buscar la comodidad constante, tiene como misión acompañar ese esfuerzo y darle sentido.

The Conversation

Juan-Antonio Moreno-Murcia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. En defensa de las clases ‘incómodas’ – https://theconversation.com/en-defensa-de-las-clases-incomodas-271862

¿Puede ser injusta la salud digital?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oriol Yuguero, Médico de Urgencias e Investigador del IRBLLEIDA en el área de Urgencias y Emergencias. Profesor Asociado UOC y ULL, Universitat de Lleida

khunkornStudio/Shutterstock

Imagínese que usted vive en un pueblo del Pirineo de Lleida. La única forma que tiene de conectar con el médico más cercano que pasa visita diariamente en la capital de la comarca es por teléfono o mediante una consulta online. Sin embargo, la centralita del centro de salud está colapsada. Dispone de un móvil que le permite hacer videollamadas con sus familiares pero desconoce cómo conectar con su médico. No le queda otra que coger el coche y desplazarse.

Ahora imagine que usted es una médica especialista en Endocrinología con más de 35 años de experiencia, una excelente profesional que ha mejorado la vida de muchas personas. La digitalización de la historia clínica se ha convertido para ella en un arma de doble filo. Entiende las ventajas de disponer en un momento todo el historial del paciente, pero está tan pendiente de registrar los datos y de revisarlo todo, que ha dejado de atender debidamente a los pacientes.

Siente que se está deshumanizando, lo que la lleva al agotamiento emocional y a sufrir el síndrome de estar quemada (burnout) en las últimas etapas de su vida laboral. Eso le genera ansiedad.

Estos dos ejemplos sirven para ilustrar cómo la digitalización del sistema sanitario tiene elementos que a veces no se muestran de forma clara y transparente. Son innegables sus ventajas: han surgido herramientas de telemonitorización, asistentes diagnósticos, consultas virtuales, acercamiento de profesionales expertos a regiones recónditas…. Pero como todos los desarrollos tecnológicos y científicos del último siglo, siempre hay que prestar atención a sus efectos colaterales. No se trata de frenar este desarrollo, sino de humanizarlo e intentar pensar en sus posibles consecuencias.

¿Y quién se queda atrás en esa carrera digital? Es fácil responder a esa pregunta: los colectivos vulnerables habituales con las nuevas tecnologías se vuelven aún más vulnerables en la mayoría de los casos.

De brechas y sesgos

La brecha digital ha sido descrita en múltiples ocasiones. Por ejemplo, el equipo de salud digital de la Sociedad Catalana de Medicina Familiar (CAMFIC) ha reivindicado la importancia abordar los determinantes digitales de la salud para garantizar que todas las personas tengan acceso a los beneficios de la tecnología.

Más allá del sedentarismo tecnológico o el miedo al uso de los miles de datos que se generan en el ámbito de salud, la poca capacidad técnica y de conocimientos digitales sigue siendo, hoy por hoy, uno de de los determinantes digitales de salud más prevalentes, como muestra un estudio reciente de la Organización Mundial de la Salud.

Cabe añadir que también nos enfrentamos a una brecha de género, un problema estructural en la medicina tradicional que tiene su equivalente en el ámbito digital. El problema va más allá del acceso a los servicios de salud: los sesgos algorítmicos, derivados de conjuntos de datos de entrenamiento desequilibrados pueden no solo replicar, sino incluso amplificar las desigualdades existentes, tal y como demuestra informe de la UNESCO I’d Blush if I Could.

Si los sistemas de inteligencia artificial se entrenan principalmente con datos de hombres –debido a la infrarrepresentación histórica de las mujeres en la investigación–, sus diagnósticos y recomendaciones de tratamiento pueden ser menos precisos para ellas. Por ejemplo, los síntomas de un infarto o de una enfermedad cerebrovascular pueden ser diferentes en las pacientes femeninas, y un algoritmo no entrenado para reconocerlos podría pasarlos por alto. Así, herramientas diseñadas para ser objetivas podrían acabar perpetuando el “síndrome de Yentl”, según el cual las mujeres reciben menos pruebas diagnósticas y tratamientos oportunos.

Alfabetización digital para pacientes y profesionales

Frente a estos desafíos, la alfabetización digital es una herramienta básica. Dicha alfabetización se define como las habilidades y conocimientos que son fundamentales para el uso de las tecnologías, entendiendo como tales la utilización de internet, aplicaciones informáticas y móviles.

Pero este concepto no es aplicable solo a los ciudadanos, sino también a los profesionales sanitarios. El fenómeno del tecnoestrés está descrito y afecta a aquellos profesionales que a pesar de reconocer la importancia de las nuevas tecnologías en la práctica asistencial, ven cómo se quedan atrás. Y esa sensación de impotencia y de falta de control de la consulta acaba generando estrés, ansiedad y burnout profesional.

Por eso es fundamental promover la formación. La transformación digital no será completa si todos los profesionales no consiguen sentirse cómodos con ella. Hay que tener en cuenta que el cambio de la historia clínica en papel al formato electrónico ha sido rápida e imparable.

Qué es justicia digital

Hablar de justicia en el ámbito de la salud digital consiste en intentar tener esa visión realista y que va más allá de políticas igualitarias o de equidad. No podemos limitarnos a facilitar móviles a todos los ciudadanos para que puedan conectarse. O facilitar dispositivos con teclas grandes. Hay que realizar tareas educativas para que las personas ciudadanos puedan ejercer su autonomía digital con calidad y dignidad.

No es es una cuestión de edadismo. El grupo poblacional de 65 a 75 años ya domina muchas herramientas digitales. Pero en 10 años se prevé una evolución tal que deberemos aprender a marchas forzadas, porque las generaciones más jóvenes también habrán quedado obsoletas. La digitalización debe facilitar un empoderamiento del paciente que le permita gestionar mejor su salud y sus datos relativos con la misma.

En esta evolución constante debe implicarse a los ciudadanos en el diseño de nuevas aplicaciones y plataformas, desde el punto de vista de la bioética. De hecho, hemos propuesto el término ciberbioética para afrontar todos los dilemas éticos vinculados con la salud digital y la inteligencia artificial.

En definitiva, debemos tener claro que la pregunta fundamental no és el qué, el cómo o el porqué, sino el para qué y el para quién.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. ¿Puede ser injusta la salud digital? – https://theconversation.com/puede-ser-injusta-la-salud-digital-266094