El departamento financiero: de ‘llevar la contabilidad’ de la empresa a gestionar un ecosistema complejo y diverso

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rodrigo Martín García, Profesor de Finanzas, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia

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Durante décadas, la imagen del departamento financiero fue relativamente estable: contabilidad, facturación, fiscalidad, tesorería. Esa visión, de hecho, se mantiene en muchas pymes donde, a veces, la contabilidad y las obligaciones fiscales se externalizan. Por el contrario, en las empresas medianas y grandes, el departamento financiero agrupa diversidad de funciones: tesorería y gestión de liquidez, informes de gestión, fiscalidad, planificación y análisis financiero, control de gestión, financiación bancaria y del mercado de capitales, relaciones con los inversores, auditoría interna y cumplimiento normativo. Y, en muchas compañías, además, coordina los informes de sostenibilidad.

Por tanto, se ha pasado de registrar lo que ocurre en la empresa a gestionar un sistema complejo de riesgos: de liquidez, solvencia, regulatorios, reputacionales y, más recientemente, los riesgos ESG (medioambientales, sociales y de gobernanza). Para responder a estos retos, en muchas empresas las funciones del departamento financiero se han convertido en una sucesión de juegos malabares.




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Los mimbres de un departamento financiero

La contabilidad constituye el núcleo de las funciones del departamento financiero. De ella, se nutren las áreas de fiscalidad y tesorería. Alrededor se encuentran las funciones transversales:

  • Operaciones, que genera las funciones básicas (contabilidad, tesorería) de un departamento financiero.

  • Control de gestión y elaboración de informes (reporting), para poder tomar decisiones informadas.

  • Auditoría interna y cumplimiento normativo (compliance), para que todo se haga conforme a las normas y a las políticas internas.

Sobre estos cimientos se apoyan la planificación financiera y fiscal y la relación con los inversores. El objetivo: tomar las mejores decisiones de inversión y financiación.




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Liquidez y financiación en un entorno complejo

Entre julio de 2022 y septiembre de 2023, el Banco Central Europeo elevó los tipos de interés desde 0 hasta el 4 %. Aunque posteriormente han ido bajando, recordemos que a partir de 2012 estuvieron por debajo del 1 % y al 0 % de 2016 a 2022.

Aquí se presenta el primer malabar: asegurar que la empresa cumpla a tiempo sus compromisos financieros. Sin embargo, cuando los costes financieros suben (lo que se produce con las variaciones al alza en los tipos de interés) entran en juego medidas como refinanciar préstamos, renegociar condiciones, ajustar plazos de cobro a clientes y de pago a proveedores, emitir deuda, reducir dividendos para reforzar fondos propios o solicitar nuevas aportaciones a los socios.

Este tipo de decisiones no pueden tomarse sin un análisis suficiente o apoyándose en la intuición y no en los datos financieros de la empresa. De ahí la necesidad de construir un sistema de previsión por escenarios, estableciendo límites y alertas tempranas y aplicando una disciplina de decisiones basada en un cuadro de mando financiero (una herramienta de gestión que reúne los indicadores clave de rendimiento, ingresos, beneficios, etc., y permite medir la salud financiera de la empresa) y el permanente diálogo con los bancos.




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Navegar la inflación regulatoria de la sostenibilidad

El segundo malabar es la adaptación al despliegue regulatorio que se ha venido produciendo en el ámbito de la sostenibilidad. La Directiva de Información Corporativa sobre Sostenibilidad (CSRD) amplió el perímetro de información de sostenibilidad de 11 000 a más de 50 000 empresas en la UE. No obstante, la Directiva stop-the-clock, de abril de 2025, ha retrasado dos años su aplicación en muchas compañías, y podría hacer que el 80 % de las inicialmente previstas quedaran exentas.

Para los departamentos financieros, el cumplimiento de normativas nacionales y supranacionales implica interpretar normas (que a veces se revisan sobre la marcha), coordinar información repartida por toda la empresa y garantizar su fiabilidad, juntando las piezas de un rompecabezas en movimiento.

En este caso, la solución está en tratar la sostenibilidad como un cierre contable más y asignar responsables claros, criterios homogéneos, controles internos y trazabilidad. Así, podrá proporcionar reportes consistentes, incluso en caso de ajustes normativos.




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Tecnología y ciberriesgos

La digitalización y la inteligencia artificial están automatizando tareas financieras rutinarias: asientos contables, clasificación de gastos y modelos de previsión de tesorería.

Esto permite enfocarse en actividades de mayor valor. Pero, como contrapartida, incorpora nuevos riesgos: dependencia de sistemas opacos, ciberseguridad, posibles sesgos difícilmente trazables en modelos de previsión, y la necesidad de apostar por perfiles que conjuguen competencias financieras, tecnológicas y de análisis de datos.

La coordinación entre el departamento financiero y el de tecnologías de la información (IT) es clave en la prevención y detección de fraudes (internos y externos). El tercer malabar es, pues, triple: automatizar sin renunciar a la toma de decisiones, reforzar el control sin obstaculizar y mantener a raya la burocracia.

La solución, en este caso, pasa por la segregación de funciones, la monitorización continua, la formación y la integración de finanzas e IT en un marco único de gestión del riesgo, priorizando trazabilidad y respuesta ante incidentes. Algunos llaman a esto un ecosistema transversal de datos.




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Más allá del organigrama

La estructura y el peso del área financiera indican qué metas u objetivos persigue la empresa y con qué herramientas cuenta para lograrlo. En el contexto actual, desde el departamento financiero se toman decisiones que van más allá del organigrama y afectan a distintas cuestiones. Por ejemplo, cómo afronta la empresa el riesgo climático, respeta los derechos laborales en su cadena de suministro o aprovecha las oportunidades de la transición verde y digital.

Por eso, son claves los controles internos, una adecuada formación y actualización de habilidades, saber atraer y retener talento, y contar con una cultura corporativa ética y responsable. Y, por supuesto, invertir en análisis de datos y en plataformas de business intelligence para el análisis de datos en el entorno empresarial, y de planificación de recursos empresariales (ERP).

Con esas herramientas es posible, por una parte, centralizar y automatizar la gestión de los procesos clave, y por la otra, detectar errores, anomalías o malas prácticas. De ello dependen la estabilidad del empleo, los plazos de pago a proveedores, la calidad de información a inversores y la credibilidad de los compromisos de sostenibilidad.




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Recursos ‘todoterreno’

Los malabares del departamento financiero no son un número de circo que pueda contemplarse desde la grada. Además de la liquidez y los impuestos, hay varias bolas que no pueden caer, como la capacidad para combinar finanzas, sostenibilidad, gestión de riesgos y tecnología. Para ello, es clave contar con recursos todoterreno, establecer alianzas con otros departamentos de la empresa y disponer de expertos externos.

Decidir cómo manejar todos los malabares simultáneamente, y sin que ninguno caiga, es la misión principal del departamento financiero. Un auténtico ejercicio de funambulismo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El departamento financiero: de ‘llevar la contabilidad’ de la empresa a gestionar un ecosistema complejo y diverso – https://theconversation.com/el-departamento-financiero-de-llevar-la-contabilidad-de-la-empresa-a-gestionar-un-ecosistema-complejo-y-diverso-272631

Ocho cosas “gratis” que pagamos sin saberlo cuando usamos internet

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

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Vivimos en la era de la gratuidad. Redes sociales gratis, correo electrónico gratis, buscadores gratis, mapas gratis, noticias gratis, inteligencia artificial gratis. El capitalismo, ese sistema al que tantas veces acusamos de codicia, parece haberse vuelto generoso.

Pero hay un pequeño detalle incómodo: nada en este mundo se autoproduce. Como recordaba Karl Marx, todo valor requiere trabajo, energía y tiempo socialmente invertido. Ningún servidor funciona por altruismo. Ningún algoritmo trabaja por vocación social. Ningún paquete se transporta por inspiración poética. Si algo no lo pagamos con dinero, lo estamos pagando de otra manera.

La pregunta no es si pagamos, la pregunta es con qué.

Aquí van ocho cosas que creemos que son gratuitas.

1. Redes sociales: el precio de la atención

Publicar fotos, comentar, compartir memes, seguir debates políticos. Todo parece gratuito. Sin embargo, plataformas como Meta Platforms no viven del entusiasmo juvenil, sino de la publicidad segmentada.

La socióloga Shoshana Zuboff ha explicado cómo el capitalismo de vigilancia convierte nuestros comportamientos en materia prima económica. No pagamos con tarjeta: pagamos con tiempo, datos, comportamiento y patrones emocionales. Cada “me gusta” es información. Cada pausa frente a un vídeo es una señal comercial. Nuestro ocio es un recurso explotable.

Y lo más interesante es que no sentimos que estemos pagando. Sentimos que nos entretienen. Que nos dan un “placer” gratuito (cualquier comparación con Un mundo feliz, el libro de Aldous Huxley, es pura casualidad).

2. El buscador que todo lo sabe

Alphabet Inc. no nos cobra por buscar. Al contrario, nos facilita la vida. Nos encuentra restaurantes, médicos, vuelos, respuestas a preguntas existenciales.

Pero cada búsqueda revela intención, y la intención es oro. El sociólogo Pierre Bourdieu nos enseñó que incluso nuestras elecciones aparentemente libres están estructuradas por campos y capitales. Aquí, nuestras búsquedas alimentan un campo económico donde la información sobre deseos y necesidades tiene valor monetario.

Aunque no pagamos por la respuesta, pagamos al formular la pregunta.

3. Envío gratis (porque alguien lo paga)

El comercio electrónico ha perfeccionado el arte del “envío gratuito”. Sin embargo, el transporte tiene combustible, salarios, infraestructuras y logística.

Como subrayó David Harvey, el capitalismo reorganiza constantemente los costes para mantener la acumulación. El coste no desaparece. Se integra en el precio, se compensa con volumen o se sostiene sobre condiciones laborales ajustadas al milímetro.

La gratuidad es una redistribución estratégica del coste, no su evaporación.

4. Aplicaciones de entretenimiento

Series ilimitadas, vídeos infinitos, música al instante. A veces pagamos una suscripción; otras, ni siquiera eso. El modelo freemium nos ofrece una entrada sin barreras.

El filósofo Byung-Chul Han ha descrito cómo la sociedad contemporánea convierte la seducción en forma de control. Cuanto más tiempo pasamos dentro, más datos generamos, más afinado es el perfilado, más rentable resulta nuestra presencia. Nos integran a través de la comodidad.

5. Noticias digitales

Muchos medios ofrecen acceso gratuito a sus contenidos. ¿Filantropía informativa? No exactamente. La financiación proviene de publicidad, clics y tráfico.

El sociólogo Jürgen Habermas advirtió que la esfera pública depende de las condiciones materiales de comunicación. Cuando la atención se convierte en moneda, la información también entra en lógica de mercado. El lector no paga con dinero, paga con atención. Y la atención es monetizable.

6. WiFi público

Aeropuertos, cafeterías, hoteles: conexión gratuita. Basta con aceptar unas condiciones que rara vez leemos.

El filósofo Michel Foucault mostró cómo el poder moderno opera mediante dispositivos aparentemente neutrales que organizan conductas. El acceso “gratis” es también un dispositivo: a cambio, entregamos datos de navegación, ubicación y comportamiento. El coste está en la cesión silenciosa.

7. Inteligencia artificial conversacional

Las plataformas de IA permiten consultas de todo tipo. Resolver dudas, redactar textos, generar ideas. El usuario siente que accede a una herramienta avanzada sin pagar.

El sociólogo Antonio Gramsci habló de hegemonía como forma de dirección cultural que se normaliza. La IA gratuita puede entenderse así: parece servicio, pero cada interacción fortalece infraestructuras corporativas, modelos de negocio y acumulación de capital cognitivo.

La gratuidad aquí responde a una inversión a largo plazo.

8. El regalo más sofisticado: la sensación de que no debemos nada

Quizás el punto más interesante es que la gratuidad no solo redistribuye costes: transforma la experiencia del intercambio.

El filósofo Louis Althusser explicó que la ideología no funciona solo por discurso, sino por prácticas cotidianas que estructuran nuestra percepción. Cuando no pagamos dinero, no sentimos pérdida. Cuando no sentimos pérdida, no percibimos conflicto. Cuando no percibimos conflicto, el sistema parece neutral.

La gratuidad no elimina el intercambio, que sigue sucediendo sin que seamos conscientes de ello. Y eso tiene consecuencias sociales profundas.

La paradoja de la generosidad

El capitalismo digital no funciona ocultando información de forma burda, sino reorganizando la percepción. Si no vemos el coste, parece que no existe. Si no lo experimentamos como sacrificio, parece que no hay relación desigual.

Nada de esto implica conspiración: implica modelo de negocio. El sistema no necesita que creamos en su bondad, basta con que sintamos comodidad. Sin embargo, debemos tener en mente que en economía no existen milagros. Cuando algo parece gratis es porque el pago, simplemente, ha cambiado de lugar.

Y lo verdaderamente interesante no es que paguemos con datos, tiempo o atención, sino que, al no pagar con dinero, dejamos de sentir que estamos pagando. Ahí reside el regalo más perfecto de todos: la ilusión, cuidadosamente diseñada, de que alguien nos está dando algo sin pedir nada a cambio.

The Conversation

Víctor Hugo Pérez Gallo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Ocho cosas “gratis” que pagamos sin saberlo cuando usamos internet – https://theconversation.com/ocho-cosas-gratis-que-pagamos-sin-saberlo-cuando-usamos-internet-277271

El microbioma del océano: cuando un órgano invisible decide quién sobrevive

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)

El Atlántico en las islas Canarias. Cristian Palmer / Unsplash., CC BY-SA

La mayor parte de la vida marina no nada, no tiene aletas ni conchas y nunca aparece en los documentales. Vive suspendida en el agua, enterrada en los sedimentos o adherida a la superficie de algas y animales. Es microscópica. Sin embargo, de ella depende el funcionamiento entero del mar.

Ese mundo oculto recibe un nombre cada vez más utilizado en biología: el microbioma oceánico. No se trata solo de microbios aislados, sino de comunidades completas de bacterias, virus, arqueas y protistas, junto con su información genética y los compuestos químicos que producen.

Diversos tipos de protistas, es decir, organismos cuyas células contienen un núcleo celular (eucariotas), y que no son animales, plantas u hongos.
CC BY

En conjunto, forman una red invisible que regula los ciclos de nutrientes, controla la proliferación de algas, modula las enfermedades marinas y, en último término, decide qué organismos prosperan y cuáles desaparecen.

Un océano que funciona desde lo invisible

El microbioma marino es, con diferencia, la mayor biomasa viva del planeta. Se estima que los océanos albergan del orden de 10²⁹ células microbianas. Son ellas las que fijan una parte esencial del carbono atmosférico, reciclan la materia orgánica y mantienen activo el ciclo del nitrógeno. Sin este engranaje microscópico, el océano sería químicamente inerte en poco tiempo.

Por eso, cada vez más científicos hablan del microbioma como de un órgano. No porque tenga forma definida, sino porque cumple funciones esenciales, está organizado en el espacio y el tiempo y mantiene una cierta estabilidad, incluso, cuando cambian sus componentes. Como ocurre con el hígado o el intestino, lo importante no es cada célula por separado, sino el conjunto y su equilibrio.

El pacto silencioso entre algas, bacterias y virus

En la base de la red trófica marina está el fitoplancton, las microalgas que realizan la mitad de la fotosíntesis del planeta. Pero estas algas no viven solas. A su alrededor se agrupan bacterias que consumen los compuestos orgánicos que liberan y, a cambio, devuelven al agua nutrientes reutilizables. Es un intercambio constante y silencioso que mantiene el sistema en marcha.

Los virus añaden una capa más a esta compleja negociación. Al infectar y destruir bacterias y algas, liberan de nuevo carbono, nitrógeno y fósforo al medio. Lejos de ser simples agentes destructivos, los virus regulan poblaciones, evitan que unas pocas especies dominen el ecosistema y aceleran la evolución microbiana. En el océano, matar también es una forma de sostener la vida.

Cuando el equilibrio se rompe

El problema surge cuando este órgano invisible entra en disbiosis, es decir, cuando pierde su equilibrio funcional. El calentamiento del agua, la acidificación, el exceso de nutrientes o ciertos contaminantes alteran selectivamente las comunidades microbianas.

El resultado no siempre es inmediato ni visible, pero suele manifestarse en forma de proliferaciones algales tóxicas, zonas sin oxígeno o brotes de enfermedades en organismos marinos.

Muchas crisis ecológicas comienzan así: a escala microscópica. Cuando las consecuencias llegan a la superficie –cierres de bancos marisqueros, mortalidades en acuicultura o colapsos locales de biodiversidad–, el proceso llevaba ya tiempo en marcha.

Algunos casos documentados

La idea de que el microbioma oceánico actúa como un órgano puede parecer abstracta. Sin embargo, en organismos muy distintos, se muestra un patrón común: el desequilibrio microbiano precede al colapso y, en muchos casos, decide el desenlace.

En los corales, el aumento de la temperatura del agua no conduce siempre a la muerte. Estudios recientes muestran que el proceso ocurre por etapas. En una primera fase, el estrés térmico altera el equilibrio del microbioma, pero el coral aún puede sobrevivir si su comunidad microbiana logra reorganizarse y mantener funciones esenciales. En estos casos, se ha hablado de disbiosis adaptativa.

Cuando esa capacidad se pierde, proliferan bacterias oportunistas, se rompen las simbiosis con las algas fotosintéticas y el coral blanquea. En la fase final, la disbiosis se vuelve irreversible: el coral pierde sus simbiontes, es invadido por patógenos y muere. Lo más soprendente es que corales de la misma especie, expuestos a la misma temperatura, pueden sobrevivir o morir según cómo responda su microbioma.

Un patrón similar se observa en las primeras fases de vida de los peces. En acuicultura, la mortalidad larvaria durante el primer mes tras la eclosión puede alcanzar el 80–100 %. Durante años, se atribuyó este fracaso a causas nutricionales o genéticas. Hoy, se sabe que el microbioma del agua desempeña un papel decisivo.

Las larvas recién eclosionadas incorporan microorganismos, en un momento en el que su sistema inmune aún es inmaduro. Cuando el agua está dominada por bacterias oportunistas de rápido crecimiento, las mortalidades se disparan. En cambio, comunidades microbianas más diversas y estables reducen la proliferación de patógenos y aumentan drásticamente la supervivencia.

Ostras del Pacífico.
Guido / Wikimedia Commons., CC BY

Moluscos, filtros vivos del microbioma

El caso de las ostras del Pacífico también es interesante. El llamado síndrome de mortalidad de la ostra (POMS, por sus siglas en inglés) no está causado por un único patógeno, sino por una secuencia de eventos. Un virus debilita primero al animal, pero es la disbiosis posterior la que precipita el desenlace: las bacterias oportunistas invaden los tejidos y provocan la muerte.

Experimentos recientes han demostrado que la composición del microbioma previa a la infección permite predecir con bastante precisión la supervivencia, incluso antes de que aparezcan síntomas. Algunas comunidades bacterianas parecen proteger a la ostra; otras, cuando se vuelven dominantes, casi garantizan su muerte.

Corales, peces y moluscos pertenecen a linajes evolutivos muy distintos, pero muestran el mismo patrón: la disbiosis aparece antes que los síntomas, y el microbioma actúa como un sistema de decisión distribuido.

Así, los moluscos son un buen ejemplo de hasta qué punto el microbioma condiciona la supervivencia. Al filtrar grandes volúmenes de agua, acumulan microorganismos y reflejan lo que ocurre en su entorno. Su microbioma influye en su inmunidad, en su crecimiento y en su resistencia frente a patógenos.

Además, muchos moluscos albergan virus sin mostrar síntomas evidentes. Esto los convierte, al mismo tiempo, en centinelas del ecosistema y en posibles reservorios de patógenos que pueden afectar a otras especies. Entender esta dinámica es clave para anticipar problemas en acuicultura y para interpretar por qué algunas poblaciones colapsan mientras otras resisten.

Leer el océano a través de su ADN

Durante décadas, gran parte de esta vida pasó desapercibida porque no podía cultivarse en el laboratorio. Hoy, eso ha cambiado. Las nuevas técnicas de secuenciación masiva han hecho posible analizar el ADN y el ARN presentes en el agua, los sedimentos y los tejidos de los organismos.

Gracias a estas herramientas, es posible identificar miles de microorganismos a la vez, detectar virus desconocidos y saber qué funciones metabólicas están activas en un momento dado. No se trata solo de saber “quién está ahí”, sino de entender qué está haciendo esa comunidad microscópica y cómo responde a los cambios ambientales.

Estas técnicas también tienen límites: detectar ADN no siempre significa que el organismo esté vivo o activo. Pero, combinadas con observaciones ecológicas, ofrecen una ventana sin precedentes al funcionamiento interno del océano.

Un órgano que conecta clima, biodiversidad y economía

Pensar en el microbioma oceánico como un órgano cambia la forma de mirar el mar. La salud de los peces, de los moluscos, de los arrecifes y, en última instancia, de las actividades humanas que dependen del océano, está ligada a procesos invisibles que ocurren a escala microscópica.

Proteger el océano no consiste solo en contar especies ni en delimitar áreas protegidas. Implica mantener los procesos que lo hacen funcionar. Muchos de esos procesos están en manos, o mejor dicho, en los genomas de organismos que nunca veremos a simple vista.

Cuando comprendemos quién toma realmente las decisiones en un ecosistema, también entendemos mejor por qué algunos sobreviven… y otros no.

The Conversation

Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. El microbioma del océano: cuando un órgano invisible decide quién sobrevive – https://theconversation.com/el-microbioma-del-oceano-cuando-un-organo-invisible-decide-quien-sobrevive-274872

Adolescentes y móviles en Colombia: cuando la conexión genera desconexión

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandra Barreiro Collazo, Doctora en Psicología y Educación , UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

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Mirar el dispositivo móvil antes de dormir, sentir inquietud cuando la batería se agota o consultar notificaciones constantemente es habitual en la adolescencia. Estas conductas están normalizadas en la vida diaria. Sin embargo, pueden generar malestar cuando el uso del móvil deja de estar bajo control.

La vida de muchos adolescentes transcurre entre pantallas. En este contexto también se sitúan los adolescentes colombianos. Diversas investigaciones realizadas en el país han analizado su relación con el teléfono móvil, las redes sociales y otras pantallas, y su impacto en el bienestar emocional.

Los resultados muestran un patrón claro. Coinciden con la tendencia internacional. La hiperconectividad forma parte de la vida cotidiana, pero no siempre se acompaña de herramientas para gestionarla de forma saludable.

Recientemente hemos investigado cuál es la situación de los niños y adolescentes en Colombia ante la hiperconexión y la vida digital. En este país, el teléfono móvil está presente desde edades tempranas, pero en la adolescencia, el acceso es mayoritario: el 81 % dispone de teléfono propio (parecido por ejemplo al 92,8 % en España).

Sin embargo, existen diferencias en las condiciones sociales, económicas, políticas y educativas en las que se integra su uso. Analizar la situación de Colombia resulta especialmente interesante porque sigue estando menos representada en la investigación internacional sobre bienestar digital adolescente.

Nomofobia: cuando el móvil genera ansiedad

La nomofobia es el miedo extremo a quedarse sin acceso al teléfono móvil. Es un miedo que genera ansiedad y altera la vida diaria.

Algunos adolescentes sienten inquietud cuando el móvil se queda sin batería o sin cobertura. Otros evitan situaciones en las que no pueden mirar sus dispositivos, como reuniones familiares, clases o actividades sociales.

En Colombia, este problema silencioso afecta a nueve de cada diez estudiantes y es más frecuente en mujeres.

Más de la mitad de los adolescentes presenta niveles moderados de nomofobia y uno de cada cinco alcanza niveles graves.

En estos casos, el móvil deja de ser solo una herramienta. Se convierte en recurso central para regular el estado emocional. Esto refuerza la necesidad de promover un uso más responsable y atender sus implicaciones psicológicas.

FoMO: el miedo a quedarse fuera

El uso intensivo de redes sociales se asocia con otro fenómeno frecuente en la adolescencia: el Fear of Missing Out (FoMO) o miedo a quedarse fuera de lo que otros están viviendo. Genera inquietud constante.

Este miedo impulsa a revisar las redes de forma repetida. El objetivo es no perder mensajes, eventos o novedades.

En jóvenes colombianos, el FoMO se vincula con mayor tiempo de conexión diaria y con dificultades para limitar el uso del móvil.

Los adolescentes con niveles altos de FoMO muestran más malestar cuando no acceden a las redes. También presentan mayor dependencia de la interacción digital.




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‘Infoxicación’ y ‘scroll’ infinito

Las plataformas digitales están diseñadas para mantener la atención durante largos periodos. El scroll infinito permite consumir contenidos sin un final claro, lo cual dificulta que los adolescentes regulen su tiempo de uso.

En Colombia, la hiperconectividad se intensificó tras la pandemia. El acceso constante a información y uso continuado de redes sociales se han convertido en una fuente habitual de “infoxicación”. Afecta a casi tres de cada cuatro adolescentes.

En muchos casos, el tiempo de conexión supera las nueve horas diarias. Este uso prolongado genera saturación, cansancio mental y dificultades de concentración. También complica distinguir información verdadera de la falsa. Esto afecta al bienestar psicológico.

Redes sociales, autoimagen y autoestima

Las redes sociales no solo conectan a los adolescentes con sus iguales. También fomentan la comparación social. La exposición a fotografías retocadas y vidas idealizadas genera presión e inseguridad.

En Colombia, la evidencia no permite afirmar que un mayor uso de redes sociales reduzca automáticamente la autoestima. Algunos estudios no encuentran una relación directa con la autoimagen negativa.

En cambio, otros trabajos indican que patrones de uso vinculados a la comparación corporal y búsqueda de validación aumentan la vulnerabilidad en algunos jóvenes.

Cuando la agresión también ocurre en línea

La hiperconectividad facilita ciberagresiones como insultos, humillaciones o exclusión digital. A diferencia del acoso tradicional, estos contenidos se difunden con rapidez. Permanecen en el tiempo y llegan a un público más amplio.

En Colombia, casi dos de cada diez adolescentes reconoce haber sufrido o ejercido algún tipo de agresión en línea.

Este fenómeno preocupa especialmente al profesorado, que señala una elevada presencia de casos en los centros educativos y dificultades para abordarlos eficazmente .




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Retos emergentes

La evidencia colombiana muestra que muchos adolescentes afrontan riesgos asociados al uso intensivo de tecnología. Estos riesgos afectan al bienestar emocional, al descanso y a la concentración. Aunque el móvil forme parte de su vida cotidiana, su uso no siempre incorpora estrategias saludables.

Junto a estos problemas emergen nuevas formas de consumo digital, como el speedwatching (ver vídeos o series a mayor velocidad para consumir más contenido en menos tiempo) o el second screen (usar el móvil simultáneamente a otro dispositivo principal). Aunque estudios realizados en otros contextos sugieren efectos sobre la comprensión y el procesamiento de la información, en Colombia todavía no existen investigaciones sistemáticas sobre su impacto en la adolescencia.

Identificar su frecuencia y sus efectos es un reto pendiente. En un entorno que invita a no parar nunca, saber desconectar se consolida como una habilidad clave para el bienestar emocional.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Adolescentes y móviles en Colombia: cuando la conexión genera desconexión – https://theconversation.com/adolescentes-y-moviles-en-colombia-cuando-la-conexion-genera-desconexion-267494

Planning a trip? Here’s what you should know before taking off

Source: The Conversation – Canada – By Frédéric Dimanche, Professor and former Director (2015-2025), Ted Rogers School of Hospitality and Tourism Management, Toronto Metropolitan University

Geopolitical tensions, rising gas and jet fuel prices and regional unrest are introducing uncertainty for many international travellers in 2026.

The ongoing war in the Middle East has disrupted airspace and tourism across the region, with flights cancelled or rerouted and major hubs like Dubai affected.

Rising oil prices tied to the conflict are already leading to higher ticket fares. Canadians in affected regions have been asked to leave at the earliest opportunity, and many are seeking help from the government to do so.

These challenges follow earlier disruptions closer to home. The American attack on Venezuela prompted the Canadian government to advise Canadians to avoid Cuba — a popular winter destination. This resulted in many returning early or cancelling trips.

In February, civil unrest in western Mexico, particularly in Puerto Vallarta, caused travellers to interrupt their vacations and others to cancel or reschedule flights.

With such disruptions causing anxiety for Canadian travellers, there are many uncertainties as to where it might be safe to travel, whether to cancel travel plans and what travellers should do to lower risks.

Disruptions reshape travel — but don’t stop it

Tourism researchers have long observed that global travel is highly sensitive to political, economic and environmental events. Tourism crises are disruptions that affect consumer confidence, travel demand, transportation networks and the reputation of destinations.

Yet when problems arise in one region of the world, travel does not stop; it often shifts to other destinations. Airlines adjust routes, tour operators move customers to alternative locations and travellers change their plans.

Recent patterns reflect this adjustment. As Canadians continue avoiding travelling to the U.S., industry travel experts have noted increased trips to France, Japan and Mexico.

While most international travel continues safely, Canadians should be aware of current disturbances and practical steps to mitigate risk and travel confidently.

1. Is flying safe?

Flying remains the safest mode of transportation. In times of conflict, countries collaborate with aviation authorities, airlines and air traffic controllers to define “safe corridors” for all civil aircraft to use.

These corridors around regions currently avoided (such as the Middle East and Ukraine) are easy to identify with websites such as Flight Radar. This site also provides an airport disruption map that identifies airports experiencing delays and cancelled flights.

How do planes fly safely through war zones? (Itineris)

2. Will the trip become more expensive?

Kerosene is one of airlines’ highest costs after labour, and fares have already become much more expensive for both domestic and international routes in the past few days.

Airline pricing depends on input costs, demand and network adjustments as airlines reallocate planes to alternative destinations. If travel demand decreases, airlines propose fewer flights to the destination.

It’s recommended to book refundable or exchangeable tickets as early as possible to get cheaper fares, with the flexibility to change them as needed.

3. Will travel cause more stress?

Travellers should prepare for possible longer flight times to avoid dangerous regions, missed connections or cancellations. Currently the Middle East war makes it difficult for Canadians to travel to (and from) the Indian subcontinent, Africa and the Asia-Pacific region.

Experienced travellers know that travel problems can lead to frustration, anxiety, fatigue and sometimes anger, all exacerbated by other passengers’ behaviours, long wait times at the gate and long customer service lines to rebook a cancelled flight.

Social and news media may magnify anxiety and stress, as travellers share concerns and read about others’ situations.

4. How should travellers adapt to avoid risk?

When disruptions affect a destination, travellers typically cancel plans and find substitutes. They shift to destinations that offer similar experiences with fewer risks.

For example, Canadians who might have chosen Cuba may instead opt for Mexico, the Dominican Republic or Jamaica. These destinations offer similar all-inclusive beach vacations and have strong airline connections with Canadian cities.

Travellers should pay attention to international news, especially in sensitive regions. The current situation in the Middle East remains unpredictable, and travel recovery progress can be promptly suspended.

Consumers react to crises by avoiding the destination and finding substitute destinations, sometimes domestically: risk avoidance and feeling safe remain essential conditions for people to travel.

Practical advice for travellers

  1. Check official travel advisories. Before leaving Canada, consult the government’s travel advisory website for up-to-date information about risks, entry requirements and local conditions.

  2. Book your trip with a travel advisor. Travel professionals can support you before, during and after your trip. They will act as your advocate in a crisis by helping to manage disruptions, rebooking plans and handling emergencies with access to 24/7 assistance.

  3. Register with the Canadian government. Canadians travelling abroad should consider registering with the Registration of Canadians Abroad service. This allows the government to contact travellers during emergencies or major disruptions.

  4. Choose flexible travel arrangements. Try to book flights and accommodations that allow changes or cancellations.

  5. Purchase comprehensive travel insurance. A good policy should cover medical emergencies, trip cancellations and travel interruptions. However, read the fine print; not all policies cover war or political events.

  6. Check airline policies. Airlines should offer flexibility during disruptions, including waiving change fees, providing full refunds if passengers choose not to fly and proactively contacting affected travellers. But previous crises have taught us that getting support or compensation from an airline is not easy.

  7. Finally, plan for contingencies. Travellers should have backup payment methods, keep copies of important documents and allow extra time for flight connections. In destinations experiencing disruptions, bringing small essentials (such as medications or portable chargers) can also be helpful.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Planning a trip? Here’s what you should know before taking off – https://theconversation.com/planning-a-trip-heres-what-you-should-know-before-taking-off-277823

Planning a trip in 2026? Here’s what you should know before taking off

Source: The Conversation – Canada – By Frédéric Dimanche, Professor and former Director (2015-2025), Ted Rogers School of Hospitality and Tourism Management, Toronto Metropolitan University

Geopolitical tensions, rising gas and jet fuel prices and regional unrest are introducing uncertainty for many international travellers in 2026.

The ongoing war in the Middle East has disrupted airspace and tourism across the region, with flights cancelled or rerouted and major hubs like Dubai affected.

Rising oil prices tied to the conflict are already leading to higher ticket fares. Canadians in affected regions have been asked to leave at the earliest opportunity, and many are seeking help from the government to do so.

These challenges follow earlier disruptions closer to home. The American attack on Venezuela prompted the Canadian government to advise Canadians to avoid Cuba — a popular winter destination. This resulted in many returning early or cancelling trips.

In February, civil unrest in western Mexico, particularly in Puerto Vallarta, caused travellers to interrupt their vacations and others to cancel or reschedule flights.

With such disruptions causing anxiety for Canadian travellers, there are many uncertainties as to where it might be safe to travel, whether to cancel travel plans and what travellers should do to lower risks.

Disruptions reshape travel — but don’t stop it

Tourism researchers have long observed that global travel is highly sensitive to political, economic and environmental events. Tourism crises are disruptions that affect consumer confidence, travel demand, transportation networks and the reputation of destinations.

Yet when problems arise in one region of the world, travel does not stop; it often shifts to other destinations. Airlines adjust routes, tour operators move customers to alternative locations and travellers change their plans.

Recent patterns reflect this adjustment. As Canadians continue avoiding travelling to the U.S., industry travel experts have noted increased trips to France, Japan and Mexico.

While most international travel continues safely, Canadians should be aware of current disturbances and practical steps to mitigate risk and travel confidently.

1. Is flying safe?

Flying remains the safest mode of transportation. In times of conflict, countries collaborate with aviation authorities, airlines and air traffic controllers to define “safe corridors” for all civil aircraft to use.

These corridors around regions currently avoided (such as the Middle East and Ukraine) are easy to identify with websites such as Flight Radar. This site also provides an airport disruption map that identifies airports experiencing delays and cancelled flights.

How do planes fly safely through war zones? (Itineris)

2. Will the trip become more expensive?

Kerosene is one of airlines’ highest costs after labour, and fares have already become much more expensive for both domestic and international routes in the past few days.

Airline pricing depends on input costs, demand and network adjustments as airlines reallocate planes to alternative destinations. If travel demand decreases, airlines propose fewer flights to the destination.

It’s recommended to book refundable or exchangeable tickets as early as possible to get cheaper fares, with the flexibility to change them as needed.

3. Will travel cause more stress?

Travellers should prepare for possible longer flight times to avoid dangerous regions, missed connections or cancellations. Currently the Middle East war makes it difficult for Canadians to travel to (and from) the Indian subcontinent, Africa and the Asia-Pacific region.

Experienced travellers know that travel problems can lead to frustration, anxiety, fatigue and sometimes anger, all exacerbated by other passengers’ behaviours, long wait times at the gate and long customer service lines to rebook a cancelled flight.

Social and news media may magnify anxiety and stress, as travellers share concerns and read about others’ situations.

4. How should travellers adapt to avoid risk?

When disruptions affect a destination, travellers typically cancel plans and find substitutes. They shift to destinations that offer similar experiences with fewer risks.

For example, Canadians who might have chosen Cuba may instead opt for Mexico, the Dominican Republic or Jamaica. These destinations offer similar all-inclusive beach vacations and have strong airline connections with Canadian cities.

Travellers should pay attention to international news, especially in sensitive regions. The current situation in the Middle East remains unpredictable, and travel recovery progress can be promptly suspended.

Consumers react to crises by avoiding the destination and finding substitute destinations, sometimes domestically: risk avoidance and feeling safe remain essential conditions for people to travel.

Practical advice for travellers

  1. Check official travel advisories. Before leaving Canada, consult the government’s travel advisory website for up-to-date information about risks, entry requirements and local conditions.

  2. Book your trip with a travel advisor. Travel professionals can support you before, during and after your trip. They will act as your advocate in a crisis by helping to manage disruptions, rebooking plans and handling emergencies with access to 24/7 assistance.

  3. Register with the Canadian government. Canadians travelling abroad should consider registering with the Registration of Canadians Abroad service. This allows the government to contact travellers during emergencies or major disruptions.

  4. Choose flexible travel arrangements. Try to book flights and accommodations that allow changes or cancellations.

  5. Purchase comprehensive travel insurance. A good policy should cover medical emergencies, trip cancellations and travel interruptions. However, read the fine print; not all policies cover war or political events.

  6. Check airline policies. Airlines should offer flexibility during disruptions, including waiving change fees, providing full refunds if passengers choose not to fly and proactively contacting affected travellers. But previous crises have taught us that getting support or compensation from an airline is not easy.

  7. Finally, plan for contingencies. Travellers should have backup payment methods, keep copies of important documents and allow extra time for flight connections. In destinations experiencing disruptions, bringing small essentials (such as medications or portable chargers) can also be helpful.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Planning a trip in 2026? Here’s what you should know before taking off – https://theconversation.com/planning-a-trip-in-2026-heres-what-you-should-know-before-taking-off-277823

From gym to jawline: What looksmaxxing says about modern masculinity

Source: The Conversation – Canada – By Jillian Sunderland, PhD candidate in Sociology, University of Toronto

Young men and teenage boys are learning to see their faces and bodies as projects to measure and optimize.

On social media platforms like Reddit, Instagram and TikTok, jawlines are dissected, cheekbones compared and percevied “flaws” catalogued. Widely viewed videos and reels help users to rank their faces and identify areas for improvement. They’ll also advise on just how best to bulk up, trim down, make over and become more desirable — and more masculine.

This growing practice of ritualized self-scrutiny, and the litany of “solutions” in service of it, is known as “looksmaxxing.”

These “solutions” range from bizarre but mundane ones like “mewing” — the practice of continuously flattening the tongue against the roof of the mouth to define the jawline — to far more dangerous ones like “bone-smashing,” which involves repeatedly tapping facial bones with solid objects like a bottle or even a hammer in order to force them to sharpen for a defined look.

For scholars who study masculinity and social media like we do, this phenomenon suggests that something about masculinity might require serious critical analysis. Our work examines the rise of male beauty culture, its concomitant demands, the increasing esthetic labour men invest in their appearance and the cultural pressures shaping young men today.

And what we found is that there is a common pattern. As traditional pathways to masculine status such as stable work, home ownership and long-term partnerships are delayed or feel out of reach, the body becomes a locus of control — a site on which to reclaim power and sculpt a new vision of modern manhood.

Appearance becomes one of the few domains where control still feels possible.

Inside the looksmaxxing culture

While some of these practices that young men and boys have become preoccupied with are innocuous enough, the popularity of looksmaxxing does raise concerns.

Self-described looksmaxxers organize their efforts through intensive ranking systems and pseudo-scientific hierarchies. For instance, online guides encourage users to measure facial symmetry, jaw width and “canthal tilt” — the angle of one’s eyes relative to their cheekbones — as if masculine desirability could be quantified through technical metrics.

Others insist that “nothing can upgrade the face faster than reducing body fat” and provide instructions on how to achieve a “lethal face card” — slang for someone who is exceptionally good-looking.

These difficult standards and ranking systems often reproduce deeply rooted hierarchies of race and class by centring the “Chad body” or the archetypal “alpha male” — a white, muscular, aggresively dominant and affluent male.

In recent years, looksmaxxing — initially confined to fringe incel spaces and the broader online “manosphere,” where communities of men debate status through often misogynistic beliefs about women — has been sanitized for public consumption. As the concept entered mainstream digital culture, these pressures increasingly encroach on the lives of young men and boys.

Its organizing logic is simple. In order to reassert power and to reclaim their place as “manly” citizens, meeting specific esthetic standards through a series of grooming tactics is a necessary strategy.

As many young men push back against gender equality and reframe it as producing male disadvantage, looksmaxxing offers a seductive explanation for exclusion: you are simply esthetically deficient, and that can be fixed.

Masculinity in an era of uncertainty

To understand why looksmaxxing has gained traction, we need to look beyond social media and toward the broader conditions shaping young men’s lives.

For much of the 20th century, masculine status was closely tied to the breadwinner model, through which men’s authority and status flowed from stable employment and the ability to provide for their families. That model has steadily eroded.

In much of the industrial world, stable career ladders have given way to a contract- or gig-based economy and less secure employment opportunities. The rise of artificial intelligence has intensified employment anxieties further as young men confront a labour market where entire sectors of white-collar work are unstable.

Other status markers of adulthood have eroded as well. Young people today are less likely to own a home, face higher levels of economic precarity and are entering romantic relationships later, with a growing share of young men reporting little to no dating experience.

As the economic and social foundations of traditional masculinity weaken, the cultural scripts linking men to guaranteed partnership, power and authority have become less certain. These shifts are also unfolding alongside changing attitudes toward gender.

According to Ipsos, nearly one-third of Gen Z men globally agree that a wife should obey her husband, suggesting a resurgence of hierarchical views of gender relations among some young men.

In this climate, looksmaxxing reframes structural barriers as individual shortcomings. Young men are told that recognition and status can be reclaimed through straightforward investments in their appearance. Things like sharpening their jaw, building muscle and cultivating the coveted “hunter eyes” — eyes that are deep-set, almond-shaped with minimal upper eyelid exposure and no white visible below the iris, often associated with intensity and confidence.

The business of self-optimization

Social media platforms and relevant industries — including male skin-care companies — profit from young men’s preoccupation with perfection often with little or no mention of the physical, social, emotional or economic consequences that accompany such appearance practices, let alone the structural issues that underscore them.

Male anxiety is being monetized in the form of supplements, fitness coaching and cosmetic interventions, including multi-step skin-care regimens and intensive injections.

In this appearance-oriented environment filled with brand messaging, masculinity becomes a competitive asset to be purchased. Boys and young men have gradually become a highly profitable demographic, with corporations and businesses doubling down on advertisements and product offerings targeted specifically at them.

According to a leading provider of global business intelligence, market research and consumer insights, the men’s beauty products and skin-care industry globally will be worth more than US$5 billion in 2027.

The question now is no longer whether young men will pay attention to looksmaxxers and invest, but how far they’ll go in pursuit of occupational, social, sexual and economic prestige.

The Conversation

Jillian Sunderland receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

Jordan Foster receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. From gym to jawline: What looksmaxxing says about modern masculinity – https://theconversation.com/from-gym-to-jawline-what-looksmaxxing-says-about-modern-masculinity-277130

Palm oil, cocoa, coffee… who’s going to tend to tomorrow’s large tropical plantations?

Source: The Conversation – France – By Alain Rival, Agronome. Agrosystèmes Biodiversifiés,, Cirad

Palm oil plantations, for one, are increasingly struggling with the sector’s declining attractiveness, which has hardly changed since the colonial era.

Behind basic foodstuffs like palm oil, cocoa, coffee and bananas that are part of our daily diet lies a rarely asked question. Who will agree to work in the fields of the world’s large tropical plantations in years to come? Since producing countries gained independence, the sectors that deal with field crop production have relied on a model largely inherited from the colonial period when export crops were produced for global markets, and their profitability long depended on abundant, compliant, and inexpensive labour.

But this model is running out of steam. While public debate around major tropical crop production sectors has long focused on environmental issues, the central challenge today is the social attractiveness of these horticultural systems.

Sectors shaped by their colonial history

Large-scale tropical agriculture was built on territorial specialisation and dependency on export. As we showed in a previous book about how human wellbeing is dependent on nature and how ecosystems function, independence did not fundamentally transform this productive logic, despite technical and institutional adjustments.

Power dynamics, labour organisation, and the priority given to external markets remain deeply structuring forces.

Oil palm in Southeast Asia, cacao in West Africa, and bananas in Latin America follow comparable trajectories, where environmental sustainability – supported by increasingly robust certification standards – has progressed more rapidly than the social transformation of these sectors.

This gap between a productive model inherited from colonial history and the social aspirations of contemporary rural societies in the tropics largely explains the current employment crisis that is affecting plantations.

Young people are turning away from plantation work

In Indonesia and Malaysia, the world’s leading palm oil producers, plantations are now struggling to recruit locally. Research conducted by John McCarthy, a political scientist at the Australian National University, shows that rural youth are increasingly turning away from agricultural work, which is seen as physically demanding, socially undervalued, and poorly paid.

This hardship is compounded by still insufficient mechanisation in many tropical sectors. It also deepens gender inequalities: the most physically demanding tasks continue to fall largely to men, while women are frequently relegated to insecure and undervalued positions, with restricted access to wages and social protection. Moreover, they are expected to juggle plantation work alongside domestic responsibilities, which heightens exhaustion and reinforces economic dependence.

Over the past century, work in oil palm plantations has changed very little. It remains highly physical and poorly paid, with workers cutting and carrying heavy loads in isolated areas.

To maintain production, plantations increasingly rely on migrant labour, often vulnerable. In Southeast Asia, dependence on foreign workers in oil palm plantations varies widely by country. It is particularly high in Malaysia, where migrants account for about 70–80% of workers in the sector, mainly from Indonesia, Bangladesh, Nepal, and India. When foreign labour became unavailable during the Covid-19 pandemic, some large plantations tried to attract local workers – including former offenders – and offered free housing, but this was not enough to reverse the sharp decline in production.

By contrast, in Indonesia, production relies mainly on national labour, often from internal migration between islands, and the share of foreign workers remains marginal.

The question thus becomes crucial: would young Indonesian or Malaysian people willingly choose plantation work, unless compelled by geographic isolation or the lack of viable local economic alternatives? This growing disengagement poses a serious threat to the long-term social cohesion and productive stability of the tropical plantation industry.

Certifying sustainability: limited progress

In response to criticism – particularly regarding deforestation risks – the agricultural sectors have multiplied certification schemes. Sustainable palm oil, certified cocoa, or coffee promise traceability and improved environmental practices. These tools have enabled real progress, but they often leave labour issues aside.

Palm oil certification, notably through mechanisms such as the Roundtable on Sustainable Palm Oil (RSPO), remains a long, complex, and costly process. It relies on demanding specifications, regular audits, and high traceability requirements, requiring substantial administrative and technical expertise. While large, agro-industrial companies can pool these costs and absorb the associated administrative burden, they represent a major obstacle for smallholders, who account for around 40% of Indonesia’s national palm oil production.

In many crop-producing regions, smallholders lack the time, financial resources, and support needed to achieve sustainable certification.

Audit costs, administrative complexity, and ongoing compliance requirements effectively exclude a large proportion of independent producers. The result is a paradox: the most vulnerable actors are also those who face the greatest difficulties in accessing mechanisms designed to improve sustainability, thereby reinforcing inequalities within the oil palm sector.

Sustainability is therefore still too often conceived at the level of the plot or the supply chain, without fully integrating employment conditions, career paths, and workers’ social prospects.

More demanding consumers, but not enough debate

Consumers are increasingly questioning the origin of tropical products and the transparency of production chains. However, this demand remains largely environmental. The issue of employment – its evolution and attractiveness – remains largely absent from public debate.

As Stefano Ponte, a specialist in global agricultural value chains, has analysed, this imbalance carries a major risk: without tangible improvements in working conditions, sustainability schemes may become mere compliance tools, without structural transformation of the sectors.

This reassessment also concerns organisations that monitor production and governance. Cooperatives, agro-industrial companies, and sectorial organisations play a key role in structuring employment, training, and professional recognition, yet they remain too rarely involved in sustainability strategies.

Rethinking attractiveness

The future of large plantations will depend less on yields than on their ability to attract and retain workers. Decent wages and working environment, appropriate mechanisation, access to training, and
social recognition of agricultural professions are becoming essential levers.

As emphasised by the FAO, rural employment is now a key factor in the sustainability of agricultural systems in tropical countries.

This is something not only farmers must reassess but also plantation managers and executives, who are having to rethink training and become more aware of social and environmental issues.

Initiatives such as the TALENT project, supported by the French Development Agency (AFD) and Cirad – The French agricultural research and international cooperation organisation working for the sustainable development of tropical and Mediterranean regions illustrate this shift by seeking to strengthen skills, career pathways, and the attractiveness of agricultural professions in Southeast Asia within a sustainability perspective.

A political issue before an agricultural one

Behind palm oil, cocoa, and coffee lies a fundamental political question: what will the future look like for postcolonial tropical societies?

Continuing to anchor these economies in export crops governed largely by an extractivist logic undermines their social appeal and compromises their long-term resilience.

The challenge, therefore, is not only how to produce more sustainably, but also who will keep production going tomorrow – and under what social and economic conditions.


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The Conversation

Alain Rival ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Palm oil, cocoa, coffee… who’s going to tend to tomorrow’s large tropical plantations? – https://theconversation.com/palm-oil-cocoa-coffee-whos-going-to-tend-to-tomorrows-large-tropical-plantations-278050

Pourquoi les collectivités locales s’endettent-elles ?

Source: The Conversation – in French – By Serge Rouot, Maître de conférences en sciences de gestion, Université de Lorraine

Pour financer des piscines municipales, comme celle de Keller à Paris, cela nécessite de recourir à des emprunts et donc de la dette. Wikimediacommons

Même si la dette des administrations publiques locales ne représente que 7,5 % de la dette publique totale, elle s’invite au cœur des débats des élections municipales 2026. Pourquoi les collectivités recourent-elles à la dette ? Pourquoi communiquer à destination des habitants ?


Les bilans des candidats à la réélection ou les programmes des candidats d’opposition valorisent volontiers des impératifs de réduction de l’endettement. Parmi les candidats à la mairie de Paris : Emmanuel Grégoire souhaite « autofinancer les investissements de façon beaucoup plus importante », Rachida Dati explique que « la progression de la dette sera de 0 » et Pierre-Yves Bournazel estime « pouvoir diviser par deux la dette ».

L’injonction est-elle pour autant être une finalité en soi ?

D’abord, les administrations publiques locales (APUL), ce sont 262,9 milliards d’euros de dette, donc seulement 7,5 % des 3 482,2 milliards d’euros de dette des administrations publiques. Ensuite, ce sont surtout 54 % de l’investissement public en France.

Financement de l’investissement

La question n’est-elle pas tant l’endettement, que l’usage qui en est fait ?

Dans une collectivité locale, l’emprunt finance exclusivement l’investissement (équipement, travaux, biens durables), sans qu’il n’ait à être affecté à un projet précis. Globaliser le besoin de financement de la section d’investissement prévue au budget (article L 2331-8 du Code général des collectivités territoriales) ne rend pas toujours explicite l’utilisation de cet endettement.

Les montants en jeu sont conséquents : les investissements publics locaux s’élèvent à 67,9 milliards d’euros pour 2024. Imaginer les financer sur une épargne préalable (c’est-à-dire les autofinancer) est illusoire, d’autant que les placements ne sont pas possibles pour une collectivité (sauf rares exceptions). Toute trésorerie excédentaire doit être déposée au Trésor public et aucune rémunération n’est prévue (article L 1618-2 du Code général des collectivités territoriales).

Contraintes de l’endettement

La dette conduit à une charge de la dette, à savoir à des intérêts payés aux prêteurs, notamment aux établissements de crédit, sur les fonds consentis. Le niveau d’endettement est contraint à une capacité de remboursement, qui, dans le cas d’une commune, correspond largement à sa richesse fiscale. L’appartenance au secteur public n’éloigne pas le risque d’une cessation de paiement : rappelons le cas d’Angoulême en 1990.

Dette des administrations publiques locales de 1995 à 2024, en pourcentage du PIB.
Fipeco

En outre, un endettement trop élevé alourdit les conditions de taux d’intérêt. En effet, une situation dégradée éveille l’inquiétude des marchés : les investisseurs acceptent de prêter en échange d’une prime de risque, qui renchérit le taux d’intérêt payé sur la dette. À l’inverse, un endettement modéré conduira à des conditions plus attractives, réduisant la charge de la dette et libérant des marges de manœuvre budgétaires pour l’action publique : moins d’intérêts, c’est plus de services publics.

Il existe un seuil de consentement à l’impôt. Il ne permet pas de financer un bâtiment municipal par des seules recettes fiscales, au cours d’une année donnée. Comme un ménage s’endette pour devenir propriétaire de sa résidence principale, une collectivité empruntera pour construire une école ou une médiathèque, servant le bien commun sur plusieurs générations. Le crédit sera remboursé sur 30 ans pour un bâtiment public qui profitera à plusieurs générations, équilibrant ainsi l’effort sur plusieurs générations également.

Communication politique et communication financière

L’emprunt est forcément une notion abstraite pour l’électeur ; il ne fait pas partie de son quotidien comme la sécurité, le logement ou les mobilités. L’expliquer n’est pas aisé, étant donné la technicité de l’analyse financière du budget des villes, plutôt réservée aux initiés.

La communication politique intègre une communication sur les finances locales, et ce, même hors échéances électorales. On devine qu’on ne communique pas de la même façon avec un bilan flatteur qu’avec une situation dégradée. En France, nous montrons que les régions aux performances les plus solides promeuvent et quantifient leurs actions dans le domaine économique, alors que les régions aux performances plus moyennes adoptent une communication plus institutionnelle, centrée sur le débat démocratique.

Les deux stratégies sont valorisantes pour l’élu en place et s’avèrent gagnantes dans un objectif de réélection.

Impératif de transparence

Au-delà, il semble indispensable de communiquer sur les finances locales, notamment pour informer sur le coût réel des services publics.

Dans une organisation privée, un taux de rendement de l’investissement supérieur au coût du financement serait exigé. Dans le secteur public, l’entrée de la piscine n’est pas tarifée à son juste coût pour des raisons de service public rendu à la population. C’est ainsi qu’une communication de crise s’est développée au moment de l’explosion des prix de l’énergie, à l’automne 2022, débutant dans la presse, se poursuivant par la communication financière de la ville.

En 2025, la mairie de Château-Thierry a communiqué sur le prix de plusieurs services publics comparé à leur véritable coût pour la collectivité locale.
Communauté d’agglomération de Chateau-Thierry

Communiquer précise les programmes politiques, mais doit aussi savoir légitimer un financement par l’impôt ou par l’emprunt. Selon la théorie de l’évitement du blâme de Kent Weaver, les citoyens sont plus sensibles aux efforts qu’ils consentent qu’à ce qui leur est offert. Ils identifient bien les prélèvements obligatoires, mais ils évaluent très mal dans quelle mesure les tarifs des services publics sont subventionnés. Le constat justifie le déploiement d’une pédagogie en ce sens.

Ne pas accéder à cet impératif de transparence rompt également le principe même de la démocratie représentative : « La société a droit de demander compte à tout agent public de son administration » dans l’article 15 de la Déclaration des droits de l’homme et du citoyen de 1789. La campagne électorale en est l’expression première.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Pourquoi les collectivités locales s’endettent-elles ? – https://theconversation.com/pourquoi-les-collectivites-locales-sendettent-elles-275760

Comment s’explique le succès des théories complotistes ?

Source: The Conversation – in French – By Pascal Lardellier, Professeur, chercheur au laboratoire CIMEOS et à IGENSIA-Education, Université Bourgogne Europe

Le complotisme fait un étonnant retour dans l’actualité depuis plusieurs années, tout à la fois objet de débat public et catégorie d’accusation. Pas une polémique, pas une affaire dans l’actualité sans que l’assignation ne surgisse, comme explication du problème et ostracisme disqualifiant. Car le terme « complotiste » fonctionne comme une disqualification, qui exclut du champ de la parole légitime. Comment expliquer sa récurrence ?

Nous vous proposons aujourd’hui de lire un extrait de l’essai de Pascal Lardellier, le Nouvel Âge du complotisme. Post-vérité : quand le réel vacille (éditions de l’Aube, 2026).


Pendant une large partie du XXe siècle, l’hypothèse selon laquelle des groupes influents orientaient les destinées collectives ne relevait pas de la pensée marginale. Elle constituait au contraire une grille de lecture nourrie par l’observation de certaines structures de pouvoir. L’existence de cercles d’influence comme le Groupe Bilderberg, fondé en 1954, ou le Forum économique mondial de Davos, créé en 1971, a longtemps alimenté l’idée selon laquelle des élites transnationales se concertaient à l’abri des regards. Ces institutions fonctionnent entourées d’une certaine opacité, ce qui pouvait légitimer l’inquiétude citoyenne quant à leur rôle effectif dans l’orientation des politiques publiques.

De même, certaines organisations comme la franc-maçonnerie, par leur caractère initiatique et leur culture du secret ont historiquement suscité des interrogations sur leur influence politique et sociale. L’histoire politique française, notamment sous la IIIᵉ République, témoigne de l’imbrication entre appartenance maçonnique et exercice du pouvoir. Dans ce contexte, suspecter l’existence d’influences discrètes constituait une forme de vigilance politique. Mais vigilance ne signifie pas paranoïa. Entre s’interroger sur des réseaux d’influence et imaginer un complot mondial, il y a un fossé à ne pas franchir.

À cela s’ajoute une dimension antisémite récurrente qui transforme l’observation de réalités économiques en fantasme complotiste. La figure des Rothschild a ainsi été instrumentalisée pour alimenter le mythe d’une « finance juive mondiale » contrôlant les États. Ce glissement vers le fantasmatique illustre comment des schémas idéologiques antisémites préexistaient aux faits qu’ils prétendaient expliquer. L’antisémitisme n’est jamais une lecture de la réalité, c’est toujours une grille projective plaquée sur elle – ce qui est mis en scène dans le film Borat (2006) de Sacha Baron Cohen, un film « déjanté » édifiant pour comprendre les ressorts profonds des imaginaires antisémites.

Le fait est que l’évolution du capitalisme contemporain a validé certaines interrogations relatives à la concentration du pouvoir. Les travaux économiques ont documenté l’accroissement des inégalités et la constitution d’une « hyperclasse mondiale » disposant d’une influence considérable sur les orientations politiques. Le Monde diplomatique consacre de fréquents dossiers à ces institutions transnationales au pouvoir décisionnaire élargi, dont le FMI.

En France, la possession de la quasi-totalité des grands médias par une poignée de milliardaires ou de multimillionnaires – Vincent Bolloré, Xavier Niel, Patrick Drahi, Bernard Arnault, la famille Dassault et Mathieu Pigasse – interroge légitimement sur la pluralité de l’information. Et cette réalité tangible de la concentration médiatique nourrit un soupçon : si l’information est détenue par quelques-uns ayant des intérêts économiques et politiques convergents, comment garantir son objectivité ? Cette question n’est pas déraisonnable en soi.

Fantasme du complot orchestré

Le problème surgit lorsque ce constat factuel se transforme en la certitude d’une manipulation intentionnelle, glissant de la critique raisonnée vers le fantasme du complot orchestré. Entre dire « les médias appartiennent à des milliardaires » et affirmer « les médias mentent systématiquement sur ordre », il y a un pas que les complotistes franchissent allègrement.

L’avènement des réseaux sociaux a profondément reconfiguré la circulation de l’information et, avec elle, la diffusion des théories du complot. Les plateformes numériques, par leur modèle économique fondé sur la captation de l’attention, privilégient les contenus suscitant l’engagement émotionnel, parmi lesquels les récits complotistes occupent une place de choix.

Les algorithmes, en proposant des contenus similaires à ceux déjà consultés, créent des « bulles de filtres » qui enferment les utilisateurs dans des univers informationnels homogènes. Ces mécanismes algorithmiques amplifient des biais cognitifs bien documentés par la psychologie sociale : le biais de confirmation, qui nous conduit à privilégier les informations confortant nos croyances préexistantes, et le biais de conformité, qui nous pousse à aligner nos opinions sur celles de notre groupe d’appartenance. Les réseaux sociaux ne les créent pas, mais ils en démultiplient les effets en accélérant la circulation des rumeurs et en créant l’illusion d’un consensus autour d’interprétations marginales.

Les rumeurs et légendes urbaines, phénomènes anthropologiques anciens, trouvent dans cet environnement numérique un terrain propice à leur recyclage et à leur hybridation. Des narrations autrefois cantonnées à des cercles restreints accèdent désormais à une diffusion massive et peuvent se cristalliser en fake news, terme devenu omniprésent dans le débat public depuis une dizaine d’années. La pandémie de Covid-19 a constitué un moment paroxystique dans cette dynamique. L’incertitude scientifique initiale, inhérente à toute crise sanitaire émergente, a été interprétée par certains comme la preuve d’une dissimulation délibérée.

L’hypothèse controversée de l’origine du virus, notamment la théorie de l’accident de laboratoire à Wuhan initialement écartée puis partiellement réhabilitée dans le débat scientifique, a alimenté le soupçon d’un mensonge d’État. Précisons : que l’hypothèse ait été écartée prématurément par certains ne signifie pas qu’il y a eu complot, mais cela illustre comment l’absence de transparence et la gestion maladroite de l’incertitude scientifique nourrissent la défiance.

De même, l’affaire de l’étude frauduleuse sur l’hydroxychloroquine publiée dans The Lancet puis rétractée a semblé valider l’idée que les autorités scientifiques et sanitaires pouvaient manipuler les données. Ces épisodes, en dépit de leur résolution par les mécanismes habituels de la science (rétractation, débat contradictoire), ont durablement entamé la confiance d’une partie de la population. Ils ont également fourni un argumentaire à ceux qui dénonçaient une « vérité officielle » imposée contre l’évidence. Le sentiment diffus « qu’on nous cache des choses » s’est ainsi cristallisé, trouvant dans ces controverses scientifiques une apparente légitimation.

Le « fact-checking » comme nouvelle ligne de front

Face à cette prolifération des fausses informations, les médias traditionnels ont développé des cellules de fact-checking destinées à vérifier la véracité des énoncés circulant dans l’espace public. Ces dispositifs, inspirés notamment du modèle anglo-saxon, se sont multipliés en France avec des initiatives comme celles des Décodeurs du Monde, de Libération CheckNews, ou encore de l’Agence France Presse. Leur objectif affiché est de restaurer un rapport factuel à l’information en distinguant le vrai du faux par un travail méthodique de vérification. Cependant, cette entreprise de vérification s’est rapidement heurtée à une difficulté majeure : elle a été perçue par une partie du public comme une nouvelle forme de censure exercée par les élites médiatiques. Les nombreuses critiques exprimées à leur encontre sur les réseaux sociaux vont largement en ce sens. La figure du journaliste « vérificateur » s’est vue contestée dans son autorité même, accusée de servir les intérêts des puissants plutôt que la vérité. Cette contestation a trouvé une expression particulièrement virulente dans les milieux se revendiquant de la « réinformation », où le fact-checking est systématiquement interprété comme une tentative de contrôle de la pensée.

La création d’instances d’analyse du complotisme (cf. l’Observatoire Conspiracy Watch) a accentué cette polarisation. En établissant des listes de personnalités ou de contenus « complotistes », ces initiatives ont contribué, malgré leur intention louable, à créer une frontière binaire entre pensée légitime et pensée illégitime. Cette classification manichéenne a paradoxalement renforcé le sentiment d’être persécuté chez ceux qu’elle désignait, validant à leurs yeux la thèse d’un pouvoir occulte cherchant à faire taire les dissidents. Il faut le reconnaître : le fact-checking, pour nécessaire qu’il soit, ne suffit pas à restaurer la confiance. Pire, perçu comme partial, il peut l’éroder davantage.

Cette dynamique d’opposition entre « vérité officielle » et « vérité alternative » a produit un effet pervers : l’aplatissement des controverses. Dans l’espace numérique, des affirmations de nature radicalement différente se retrouvent placées sur un même plan, agrégées sous l’étiquette unificatrice de « complotisme ». Ainsi peut-on voir juxtaposées des théories aussi hétérogènes que le platisme (la Terre serait plate), des rumeurs sur l’identité de genre de Brigitte Macron, le mythe antisémite d’une domination juive mondiale, la contestation de la sécurité des vaccins ou l’exagération des dangers de l’hydroxychloroquine.

Disparition des nuances

Cette mise en équivalence pose un problème majeur. Ces différentes affirmations ne relèvent ni des mêmes régimes de vérité, ni des mêmes enjeux, ni des mêmes degrés de dangerosité sociale. Le platisme, pour absurde qu’il soit, ne menace directement personne ; l’antisémitisme structurel a produit des génocides ; la défiance vaccinale peut avoir des conséquences sanitaires mesurables. En les agrégeant sous une même catégorie accusatoire, on brouille les lignes et on prive le débat public des nuances nécessaires à une réponse appropriée.

Voilà précisément ce que l’on reproche ordinairement aux « anti-conspi » : leur tendance à mêler des choses disparates, par facilité ou par stratégie. Cette horizontalisation du complotisme est contre-productive. Elle empêche de distinguer les questions légitimes des délires pathologiques, les inquiétudes fondées des paranoïas collectives. Cette situation configure un cercle vicieux où chaque tentative de restaurer une autorité légitime produit, chez ceux qui s’en méfient, un renforcement de leur conviction d’être les victimes d’une manipulation.

Plus les institutions s’efforcent de « lutter contre les fake news, plus elles apparaissent suspectes aux yeux de ceux qui doutent déjà d’elles. Plus les scientifiques expliquent, plus ils semblent « faire de la propagande ». Plus les médias vérifient, plus ils paraissent « au service du Système ».

Cette dynamique s’autoentretient d’autant plus que certaines des inquiétudes exprimées par les complotistes ne sont pas entièrement dénuées de fondement factuel. Car il existe effectivement une concentration oligarchique du pouvoir économique et médiatique. Et puis les institutions ont effectivement menti par le passé (on pense à l’affaire du sang contaminé en France, aux armes de destruction massive irakiennes inventées, aux révélations Snowden sur la surveillance de masse). Et les scandales sanitaires sont une réalité récurrente (Mediator, Dépakine, glyphosate).

Dès lors, comment distinguer la vigilance légitime de la paranoïa ? C’est toute la difficulté. Et c’est précisément pour cela qu’il ne faut pas disqualifier d’emblée toute question, tout doute, toute remise en cause. Le complotisme prospère sur les zones d’ombre que nous refusons collectivement d’éclairer.

Une irrationalité hyperrationalisée

Le complotisme contemporain ne peut donc se comprendre comme une simple irrationalité cognitive ni comme un phénomène uniquement imputable aux « réseaux sociaux » ou à la « post-vérité ». Il s’enracine dans une crise plus profonde de l’autorité scientifique et politique, crise elle-même liée à des transformations structurelles du capitalisme, des médias et des modes de circulation de l’information.

Il se nourrit de faits réels – la concentration du pouvoir, les mensonges avérés, les scandales documentés – qu’il surdétermine et réinterprète selon une grille paranoïaque. Le complotisme est toujours un mixte de vrai et de faux, de légitime et de délirant. C’est ce qui le rend si difficile à combattre.

Paradoxalement, la lutte contre le complotisme, telle qu’elle s’est organisée ces dernières années, participe de cette même dynamique qu’elle prétend combattre. En traçant une frontière nette entre vérité et mensonge, entre raison et déraison, entre légitimité et illégitimité, elle produit les conditions de sa propre contestation. Elle oublie que la confiance ne se décrète pas, qu’elle se construit dans la transparence et la reconnaissance des erreurs passées, et qu’elle suppose de prendre au sérieux – sans les valider – les inquiétudes de ceux que l’on prétend « éclairer ».

C’est à partir de ce constat qu’il devient possible de penser autrement la question complotiste, non plus comme un problème de « désinformation » à éradiquer par des campagnes de fact-checking, mais comme un symptôme de transformations plus profondes, qui appellent une réponse citoyenne autant qu’intellectuelle.

Le complotisme est aussi le prix que nous payons collectivement pour nos mensonges passés, silences coupables et cécités volontaires (cf. l’affaire Epstein), et notre incapacité à créer un espace de débat où la critique légitime ne soit pas immédiatement assimilée à la déraison. Tant que nous n’aurons pas compris cela, nous continuerons à alimenter le monstre que nous prétendons combattre.


Pascal Lardellier vient de publier Le Nouvel Âge du complotisme. Post-vérité : quand le réel vacille (L’Aube, 2026).

The Conversation

Pascal Lardellier ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Comment s’explique le succès des théories complotistes ? – https://theconversation.com/comment-sexplique-le-succes-des-theories-complotistes-277876