El 15 de mayo llega a las salas de cine españolas un nuevo musical basado en la reconocida novela El beso de la mujer araña, del escritor argentino Manuel Puig. Esta producción, dirigida por Bill Condon y protagonizada por Tonatiuh Elizarraraz y Diego Luna, se suma a las múltiples versiones que la novela inspiró tras su publicación en 1976.
Entre ellas se encuentran propuestas independientes que siguen proliferando en la actualidad, pero también la obra de teatro escrita por el propio Manuel Puig, la imprescindible película de 1985 dirigida por Héctor Babenco o el musical estrenado en Londres en 1992 y en Broadway en 1993 (en el que se basa este nuevo filme).
No cabe duda de que la historia de Molina y Valentín sigue seduciendo a lectores, directores, guionistas y espectadores.
Saltos del tiempo y narrativas
Como ocurre en toda adaptación, cambiar de formato implica traicionar parte del material original. A lo largo de los años, cada acercamiento ha reinterpretado distintos elementos según las posibilidades de su propio lenguaje.
En la adaptación actual, quizá la modificación más significativa sea la temporal. Si la historia narrativa transcurría en 1975, la apuesta de Condon sitúa el inicio de la acción en mayo de 1983, unos meses antes de la caída del régimen militar argentino y de la liberación de, entre otros grupos, artistas, estudiantes, activistas y periodistas encarcelados durante la dictadura. El cambio no es menor: que los acontecimientos se sitúen en este momento condiciona la mirada de la película sobre los personajes y el futuro que les espera.
Tampoco el universo fílmico de la novela escapa a la inevitable alteración. La cotidianidad de los veintidós días que Molina –un homosexual detenido por “corrupción de menores”– y Valentín –un preso político– comparten en la misma celda estaba acompañada originalmente por las seis películas que Molina reconstruía y relataba a Valentín para combatir el encierro.
En la primera versión cinematográfica se seleccionó Destino como único film, inventado por Puig expresamente para la novela. En este retorno a la pantalla, en cambio, Molina le cuenta a Valentín un musical con ecos de La mujer pantera, la primera que, en el libro, inicia la costumbre de relatar las historias que Molina ha visto en la sala. En la narración, Jennifer López interpreta a Aurora, la directora de la revista de moda Charm, la más famosa de Sudamérica. En su búsqueda del amor verdadero cobrarán protagonismo Armando y Kendall –trasuntos de Valentín y Molina–.
La inclusión del musical cinematográfico dentro de la propia película lleva a los dos presos a tratar los mismos temas que la novela proponía: el deseo, la construcción de una identidad a veces contradictoria, la dignidad, la homosexualidad, la necesidad de imaginar otros mundos para sobrellevar la privación de libertad, los amores a contracorriente, etc. Quienes conocen la novela comprobarán con satisfacción que la reducción en el número de filmes, lejos de suponer una condensación simplificadora, reorganiza las líneas temáticas sin abandonar los conflictos principales.
Quizá el conflicto que más sobresale es la homosexualidad. Manuel Puig introdujo en el libro notas a pie de página que contenían los discursos médicos y psicológicos más extendidos de entonces sobre el tema. Se utilizan ahora solo dos apuntes de dichas notas, uno verbalizado por Valentín y el otro por Molina. La selección es breve, pero reafirma la carga crítica del autor y resulta lo suficientemente llamativa como para no pasar desapercibida para el espectador.
También los personajes secundarios conservan su esencia narrativa, así como la mujer araña, quien, fundida ahora parcialmente con la mujer pantera, mantiene su valor simbólico. Y el mismo efecto producen los protagonistas: a pesar de que la personalidad de cada uno está más definida desde el principio, permanece fiel a la que Manuel Puig concibió.
El vínculo entre los personajes
Donde la adaptación demuestra una verdadera fidelidad es en la relación que se forja entre Valentín y Molina. Más allá de las diferencias ideológicas que al inicio los separaban, la fuerza emocional de la obra nace del vínculo que ambos construyen en un espacio marcado por la violencia, la represión y la vigilancia.
Buena parte de esta fuerza reside en la manera en que cada personaje logra, gracias a la influencia del otro, desprenderse de ideas que parecían inamovibles. Por ello, el mayor riesgo que entraña adaptar una historia tan profundamente íntima y humana como esta es deformar el espíritu que la hizo inolvidable.
Sin embargo, la propuesta de Condon, cincuenta años después de la publicación de la novela, no solo lo mantiene intacto, sino que encuentra nuevas formas de explorar las emociones que encendió aquella primera lectura, recordándonos por qué seguimos regresando, eternamente, a ese beso de la mujer araña.
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Laura Martínez Català ha recibido fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España como beneficiaria de una beca predoctoral FPI.
Originaria de América del Norte, la perca sol (_Lepomis gibbosus_) fue introducida en la península ibérica entre 1910 y 1913.Kuttelvaserova Stuchelova/Shutterstock
Los resultados de un reciente estudio en el que analizamos la presencia de peces introducidos en los ríos de la región mediterránea son alarmantes: hay más de 150 especies invasoras en el territorio. Y su llegada está estrechamente vinculada a las actividades humanas. De estas especies, 106 han logrado establecer poblaciones, es decir, se mantienen por sí mismas sin intervención humana.
Los países con mayor número de peces invasores son Italia, España y algunos estados balcánicos. En ciertos sistemas acuáticos, la magnitud de este fenómeno resulta especialmente llamativa. En el río Segura (España) o en el lago Pamvotis (Grecia), más del 70 % de las especies de peces presentes son introducidas, lo que refleja hasta qué punto se ha transformado la composición original de estas comunidades.
Sospechosos habituales
Las especies más extendidas en la región mediterránea son la gambusia, establecido ya en 21 países, y la carpa, en 20. La perca sol, presente en 16 países, es la tercera en la lista.
Las especies más ampliamente distribuidas comparten una serie de rasgos comunes: suelen tener una alta capacidad reproductiva y gran tolerancia ambiental. Sus introducciones suelen estar vinculadas a actividades humanas dado su interés comercial o recreativo. Este es el caso de algunos salmónidos, o especies como el siluro, uno de los más buscados en la pesca deportiva de agua dulce en Europa.
Si bien una parte de los peces introducidos en los países mediterráneos provienen de regiones lejanas, como Asia oriental y Norteamérica, la mayoría llegaron de países vecinos. Curiosamente, ha existido un “intercambio” de especies entre países cercanos, favoreciendo una “homogeneización” de la fauna acuática de la región. En España, por ejemplo, especies como el lucio o el alburno han sido introducidas desde Centroeuropa, mientras que alguna especie ibérica como el barbo del Ebro se ha establecido en algunos ríos italianos.
La principal vía de introducción son los escapes de cría en cautividad en piscifactorías o acuarios que terminan llegando al medio natural. También son relevantes las liberaciones intencionadas motivadas por la pesca deportiva o el control biológico, como ocurre con el siluro o la gambusia, respectivamente.
Aunque en menor medida, también existen introducciones accidentales, que ocurre cuando especies son transportadas de forma inadvertida junto a equipos de pesca o en aguas contaminadas.
Economía, embalses y clima: claves en las invasiones biológicas
Del mismo modo, los embalses funcionan como auténticas “puertas de entrada”. Estos ecosistemas profundamente alterados tienen condiciones más favorables para los peces invasores, mejor adaptadas que las autóctonas. Y se ha observado que las zonas con climas más favorables y más hábitats acuáticos disponibles albergan más especies introducidas.
A estos efectos se suman impactos menos visibles, pero igualmente importantes, como la transmisión de enfermedades y parásitos, o la hibridación con especies autóctonas. Además, la presencia de especies introducidas altera las cadenas tróficas y cambia el equilibrio natural de los ecosistemas. Como resultado se produce una pérdida progresiva de biodiversidad global.
Un reto para el futuro
Las invasiones biológicas se han convertido en uno de los grandes desafíos ambientales del siglo XXI. Una vez que una especie introducida logra establecerse en un ecosistema, su erradicación a menudo no es posible o resulta extremadamente difícil y costosa. Por ello, los expertos coinciden en que la clave no está tanto en su eliminación, sino en la prevención de nuevas introducciones.
Esto implica reforzar el control del comercio de especies, regular la acuicultura y la pesca recreativa y desarrollar sistemas de alerta temprana para detectar nuevas introducciones lo antes posible. A ello se suma la necesidad de fomentar la educación y la concienciación pública, ya que algunas de estas introducciones están relacionadas directa o indirectamente con actividades humanas cotidianas. Asegurar el equilibrio de nuestros ecosistemas no es solo una función de las autoridades, es responsabilidad de toda la ciudadanía.
Carlos Cano-Barbacil recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España (MICIU/AEI/10.13039/501100011033) y FSE+.
Emili García-Berthou recibe fondos para sus proyectos de investigación. Actualmente, de la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, MICIU/AEI/10.13039/501100011033) (proyecto PID2023-146173NB-C21)
Francisco José Oliva Paterna recibe fondos de Investigación. Parte del estudio al que hace referencia el artículo queda incluído en las acciones After-LIFE del proyecto LIFE INVASAQUA (Aquatic Invasive Alien Species of Freshwater and Estuarine Systems: Awareness and Prevention in the Iberian Peninsula) (LIFE17 GIE/ES/000515) subvencionado por el Programa LIFE de la Unión Europea. .
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Roberto Alonso González-Lezcano, Catedrático de Universidad en el área de Construcciones Arquitectónicas, Universidad CEU San Pablo
La iluminación, pese a ser uno de los gastos de energía más constantes en viviendas y oficinas, rara vez se considera como algo importante. Sin embargo, puede suponer alrededor del 10 % al 20 % del uso de electricidad en viviendas y en una proporción mayor en locales comerciales.
Globalmente, el gasto de la iluminación representa casi el 8 % de la energía eléctrica usada mundialmente, según datos de la Agencia Internacional de la Energía. Pero también es uno de los sistemas de consumo con mayor potencial para optimizar: mediante la tecnología adecuada, un diseño inteligente y una buena gestión del encendido, es posible reducir el consumo sin perder confort e incluso mejorando la salud y el bienestar.
Led: eficiencia energética con impacto en el bienestar
Pero su impacto va más allá del ahorro eléctrico. Los led reducen la emisión de calor, lo que merma la carga térmica interior y puede disminuir el uso del aire acondicionado.
Además, el tipo de luz también influye en el cuerpo: afecta al sueño, la atención y el metabolismo. Su efecto depende sobre todo de la intensidad. La luz rica en componente azul (muy habitual en led fríos o pantalla) puede alterar la producción de melatonina y afectar al sueño y a los ritmos circadianos. En cambio, los led cálidos y bien regulados pueden minimizar ese efecto y, además, son mucho más eficientes energéticamente que otras tecnologías.
Iluminar mejor no es iluminar más
Un típico error en edificios es la iluminación total y uniforme: encender las luces de todo el espacio sin considerar el uso real de cada zona. Sin embargo, las necesidades lumínicas son muy diferentes: un pasillo requiere apenas 100–200 lux, mientras que un puesto de trabajo necesita alrededor de 500 lux, según la normativa europea.
Además, es frecuente la sobreiluminación: algunos proyectos superan los niveles recomendados sin aportar mejoras perceptibles, generando un consumo energético innecesario.
En resumen: necesitamos emplear menos energía, pero mejor adaptada a las personas.
La luz natural es uno de los recursos más eficientes en los edificios. En el exterior puede superar los 10 000 lux, mientras que en interiores rara vez llega a 500 lux. Aun así, es habitual mantener la luz artificial encendida durante el día, lo que aumenta el consumo energético y reduce la exposición a luz natural.
Además, la temperatura de color influye en cómo nos sentimos: la luz fría ayuda a estar más atentos, mientras que la luz cálida favorece la relajación y el descanso.
En los últimos años, la eficiencia energética en iluminación ha dejado de ser un objetivo aislado para integrarse en sistemas de certificación global que evalúan edificios de forma integral. Entre ellos, destacan dos especialmente relevantes: LEED y WELL.
En iluminación, LEED no solo valora el consumo energético, sino también el uso de luz natural, la reducción de carga conectada en iluminación, el uso de control automático y sensores y la calidad lumínica en espacios interiores
Los estudios muestran que los edificios certificados LEED pueden reducir significativamente el consumo energético global, con impactos directos en iluminación y climatización.
En la práctica, LEED impulsa edificios más eficientes energéticamente, donde la iluminación se diseña como un sistema integrado y no como un elemento aislado.
WELL: la iluminación como herramienta de salud
Mientras la certificación LEED se centra en la eficiencia, el estándar WELL Building Standard pone el foco en la salud humana. En el apartado de iluminación, WELL evalúa la exposición a luz natural y su duración diaria, el control del deslumbramiento, la calidad espectral de la luz artificial, la alteración de los ritmos circadianos y la exposición nocturna y la flexibilidad lumínica según actividad y hora del día.
Esto supone un cambio de paradigma: la iluminación deja de ser solo un parámetro técnico para convertirse en un determinante directo del bienestar físico y mental. Estudios recientes han demostrado que entornos alineados con criterios WELL mejoran la calidad del sueño, reducen la fatiga y aumentan el rendimiento cognitivo.
WELL introduce una idea clave: la iluminación no solo debe ahorrar energía, sino también proteger la salud.
Diseño de interiores para mejorar la eficiencia energética
El diseño del espacio también es un factor decisivo en el consumo de iluminación. Superficies claras pueden reflejar hasta el 80 % de la luz, mientras que materiales oscuros incrementan la necesidad de iluminación artificial.
Investigaciones han demostrado que decisiones de diseño pasivo pueden reducir entre un 30 % y un 50 % del consumo de iluminación sin cambios tecnológicos. Algunos elementos clave son la orientación hacia luz natural, el uso de materiales reflectantes, el control del deslumbramiento y la integración de iluminación indirecta.
Diseñar bien un espacio puede ahorrar tanta energía como renovar toda la instalación de iluminación.
La iluminación del futuro: eficiente, saludable y certificada
Reducir el consumo de iluminación no depende de una sola tecnología, sino de una estrategia integrada que incluye los puntos mencionados, desde la iluminación led al diseño de los espacios.
No existe un único porcentaje oficial que resuma el ahorro total al aplicar todas esas estrategias juntas, porque depende mucho del tipo de edificio, clima y uso. Pero sí conocemos los rangos. Los proyectos de modernización de la iluminación en edificios de oficinas pueden conseguir reducciones del consumo energético de la luz de entre un 60 % y un 90 %, dependiendo de su nivel de optimización.
Pero la iluminación ya no puede entenderse solo como un consumo energético. Es también un factor clave de salud, productividad y bienestar. Por tanto, el futuro de los edificios no será solo más eficiente, sino también más saludable y certificado bajo criterios que integran energía, salud y diseño.
Roberto Alonso González-Lezcano no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Narcisa Martínez Quiles, Catedrática de Inmunología (UCM) y Especialista en Inmunología (Ministerio de Sanidad), Universidad Complutense de Madrid
Cuando hablamos de infecciones virales, solemos culpar al patógeno. Sin embargo, en el caso de los hantavirus, virus transmitidos por roedores que pueden causar síndromes cardiopulmonares o renales letales, la gravedad de la enfermedad es, en gran medida, una cuestión de “lotería genética”.
¿Por qué algunas personas solo presentan una infección más leve mientras que otras terminan en cuidados intensivos con una fuga masiva de líquidos en sus pulmones? La respuesta se esconde en nuestro propio ADN; en concreto, en los factores genéticos que controlan la respuesta inmunitaria: la inmunogenética.
La “lotería” de los alelos y la tormenta de citoquinas
Uno de los grandes protagonistas en cómo reaccionamos frente a una infección es el sistema HLA (siglas en inglés de antígenos leucocitarios humanos), que se encarga de mostrarle a nuestras células inmunitarias fragmentos seleccionados del virus. Sin embargo, no todos los seres humanos presentamos el mismo sistema: existen muchas variantes genéticas (alelos) diferentes de estos genes HLA, y algunas parecen influir en la gravedad de la enfermedad.
Se conoce que ciertas de esas variantes, como el alelo HLA-B*08, actúan como un “empujoncito” hacia una enfermedad grave tras la infección con el hantavirus Puumala (común en el norte de Europa y de Rusia), provocando una respuesta inflamatoria exagerada que daña nuestros propios tejidos. Por el contrario, los afortunados portadores del alelo HLA-B*27 tienden a experimentar un curso clínico mucho más leve y controlado, aunque la interpretación de este tipo de estudios no es tan simple.
Pero antes de que el sistema HLA entre en acción, se libra una batalla silenciosa en nuestras células que conlleva la producción de interferones, proteínas defensivas que son bloqueadas por el hantavirus Andes, el responsable del brote en el crucero MV Hondius. Si, además de este sabotaje, la persona infectada posee variaciones menos adecuadas (producción elevada o disminuida) en los genes que deben responder a esta alarma (como el gen Mx1, encargado de fabricar una proteína clave para frenar la replicación viral), el patógeno gana una ventaja devastadora desde el primer minuto.
Cuando el sistema inmunitario reacciona ante la invasión masiva, entra en pánico y se desata la denominada “tormenta de citoquinas”, en la que se liberan grandes cantidades sustancias inflamatorias sin control. Pequeñas variaciones en el código genético de los genes que codifican dichas citoquinas, sus receptores o mediadores –como el factor de necrosis tumoral (TNF)– determinan si esta inflamación será benéfica o destructiva.
En los pacientes más graves, esta hiperactivación provoca que las paredes de los vasos sanguíneos pierdan su impermeabilidad, causando las temibles hemorragias y la “fuga capilar” que inunda los pulmones o colapsa los riñones.
Atención también a las mutaciones genéticas en el virus
Aunque no solo las mutaciones de nuestros propios genes influyen en el transcurso de la enfermedad: también lo van a hacer las del propio virus. Antes, hay que recordar cómo se produce la infección.
El receptor principal para las cepas de hantavirus más letales del continente americano, como los virus Andes y Sin Nombre, es una proteína humana llamada protocadherina-1 (PCDH1), que funciona en el control de las uniones entre las células. Este receptor recubre los vasos sanguíneos de nuestros pulmones y también se expresa en el cerebro, los riñones y otros órganos.
En la envoltura externa del virus se encuentran unas pequeñas “espículas”, llamadas glicoproteínas, que se acoplan directamente a ese receptor como si de una llave en una cerradura se tratase.
El ARN del hantavirus está dividido en tres fragmentos –grande (L), mediano (M) y pequeño (S)– y cada uno contiene información para distintas funciones. El “segmento M”, el mediano, es especialmente importante porque codifica para esas glicoproteínas responsables de la entrada viral. Por lo tanto, mutaciones relevantes en el “segmento M” podrían facilitar o dificultar la entrada del virus.
Se sabe que en los humanos hay un aminoácido –fenilalanina F83– en la proteína PCDH1 que es esencial para la entrada del virus. El ratón colilargo, principal sospechoso de hospedar al virus, presenta el mismo aminoácido, mientras que el del ratón común es distinto y por ello no es infectado.
Es decir, el ser humano se ha convertido “por casualidad” en un organismo “hospedador”, con la diferencia de que nuestra respuesta inmunitaria no está tan adaptada al hantavirus como la del ratón.
Y por si fuera poco, el gen PCDH1 posee ciertas variantes que favorecen la hiperreactividad de las vías respiratorias, debido a que la proteína del mismo nombre que produce regula la función de la barrera epitelial de las vías respiratorias a través de mecanismos que aún no están claros. Dichas variantes genéticas podrían tener, pues, un efecto negativo en la infección del hantavirus, aunque no se ha estudiado.
Representación del equilibrio inmunogenético que controla la respuesta inmunitaria frente al hantavirus Andes, que determina el nivel de gravedad de la enfermedad. Figura realizada por Zhiwen Hai y Weihua Yang, contratados predoctorales en la Universidad Complutense de Madrid.
Los roedores y su sistema genético adaptado para sobrevivir
Curiosamente, los verdaderos maestros en la gestión de este virus son los roedores que lo transmiten. A lo largo de miles de años de evolución conjunta, ratones (y topillos) han ajustado su genética para no enfermar.
Algunos estudios revelan que variaciones en los propios genes de inmunidad innata de los roedores hacen que funcionen con una intensidad diferente. Es el caso del gen Mx2 –el equivalente a nuestro Mx1, citado más arriba–, que produce una proteína (MxA) que evita la replicación del ARN viral; o los receptores TLR4, que reconocen proteínas del patógeno. Estas proteínas con variantes diferentes a las humanas permiten al virus y al animal hospedador llegar a un “acuerdo de paz”. Es decir, el sistema inmunitario del roedor mantiene a raya al virus lo justo para no morir, tolerándolo.
En conclusión, sobrevivir a un hantavirus no depende únicamente de la agresividad del intruso, sino de la arquitectura genética del hospedador que lo recibe. Comprender este complejo equilibrio nos acerca cada vez más a proteger mejor a las personas más vulnerables.
Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
Narcisa Martínez Quiles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En economía solemos asumir una regla sencilla: cuando suben los precios de las materias primas (petróleo, gas, metales), las monedas de los países que las exportan deberían fortalecerse. Tiene sentido. Si un país vende más caro lo que produce ingresa más divisas, mejora su balanza comercial y su moneda se aprecia.
Pero los acontecimientos de los últimos años han puesto esta lógica patas arriba. La invasión rusa de Ucrania en 2022 o las tensiones actuales en el golfo Pérsico han mostrado un patrón desconcertante: los precios de las materias primas se disparan y, sin embargo, las monedas de muchos países productores no suben. A veces, incluso caen.
En un estudio reciente intentamos entender por qué. Y la clave está en un factor que suele quedar en segundo plano: el riesgo político.
Cuando la teoría deja de funcionar
Durante décadas, la relación entre materias primas y divisas parecía sólida. Países como Canadá, Australia o Noruega veían cómo sus monedas se fortalecían cuando el petróleo o los metales subían de precio. Era un mecanismo casi automático: mejores términos de intercambio, mayores expectativas de crecimiento, más inversión.
Sin embargo, esa relación ya no es tan estable como parecía. El estudio muestra que, en momentos de tensión geopolítica, el vínculo puede debilitarse o incluso invertirse. Eso fue exactamente lo que ocurrió al inicio de la guerra en Ucrania: el petróleo y los productos agrícolas se encarecieron, pero las monedas de varios países exportadores se depreciaron.
La cuestión es que, cuando estalla un conflicto o aumenta la tensión internacional, suceden dos cosas a la vez. Por una parte, los precios de las materias primas suben porque los mercados temen interrupciones en el suministro. Por la otra, el miedo de los inversores también aumenta, y, con él, la prima de riesgo (la rentabilidad adicional que los inversores exigen por comprar activos de riesgo, como monedas o deuda pública, de un país en comparación con otro considerado más seguro).
Ese miedo tiene consecuencias muy concretas pues, cuando se percibe mayor probabilidad de crisis o eventos extremos, los inversores exigen más rentabilidad para asumir riesgos, y parte del capital huye hacia activos refugio como el dólar o los bonos estadounidenses.
El resultado es paradójico: aunque un país exportador gane más por sus recursos naturales, su moneda puede debilitarse si el entorno político se vuelve incierto.
El espejo del presente: tensiones en el golfo Pérsico
Lo que ocurre hoy en el golfo Pérsico, una región esencial para el suministro global de gas y petróleo, encaja perfectamente con este patrón. Cada vez que aumenta la tensión militar en la zona, los mercados anticipan posibles interrupciones y se produce una subida de los precios del crudo. Pero también aumenta la incertidumbre global, por lo que los inversores buscan refugio para su dinero. Y, cuando esto pasa, el dinero no suele quedarse en las monedas de países percibidos como vulnerables, incluso aunque sean ricos en recursos naturales.
Por eso, en el contexto actual no es extraño ver, en pleno boom de precios, se observan depreciaciones en las monedas de los exportadores energéticos.
La prima de riesgo: cuando el miedo pesa más que la economía
En nuestro trabajo conectamos este fenómeno con la teoría de los desastres raros: en tiempos normales los mercados se comportan de forma racional y predecible, mientras que en tiempos de crisis, el miedo domina.
En resumen: en épocas tranquilas, manda el efecto positivo del comercio, y en épocas turbulentas, lo hace la prima de riesgo. Y cuando prevalece la prima de riesgo, la lógica económica clásica deja de ser suficiente.
Este cambio de dinámica tiene implicaciones importantes para distintos actores. En primer lugar, a los inversores ya no les basta con seguir la evolución del precio de las materias primas como el petróleo para anticipar movimientos en los mercados de divisas, porque el riesgo político puede alterar por completo esa relación.
Para los gobiernos, la lección es que la estabilidad institucional y la credibilidad política pueden ser tan valiosas como los propios recursos naturales a la hora de sostener la fortaleza de una moneda.
Y para los analistas geopolíticos, este fenómeno demuestra que los mercados financieros no reaccionan a los conflictos únicamente de forma directa —por ejemplo, mediante subidas en los precios de la energía—, sino también de manera indirecta y más profunda. La incertidumbre política puede alterar relaciones económicas que tradicionalmente parecían estables, como la existente entre las materias primas y las monedas de los países exportadores, transformando las tensiones geopolíticas en episodios de volatilidad económica y financiera.
En un mundo marcado por tensiones crecientes, las relaciones económicas tradicionales ya no funcionan de manera automática.
Más volatilidad
Por lo tanto, el encarecimiento del petróleo o del gas ya no garantiza una moneda fuerte para los países exportadores. En un entorno de incertidumbre global, el riesgo político puede romper ese vínculo y convertir un boom energético en una fuente adicional de volatilidad.
La lección es clara: en los mercados globales, la política pesa tanto como la economía (y a veces mucho más).
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
In December 2025, the parliament of Victoria — Australia’s second-most populous state — delivered a formal apology to First Peoples for laws and policies that “took land, removed children, broke families, and tried to erase culture.”
The motion, introduced by Premier Jacinta Allan as a milestone in Victoria’s ongoing treaty process, passed by a vote of 56-27. The opposition coalition voted against it and has pledged to repeal the underlying treaty legislation within 100 days if it wins November’s state election.
The apology was barely out of the premier’s mouth before its credibility was contested.
For Canadians watching from a distance, the parallels are hard to miss. And the pattern is the point: across democracies, the cost of apologizing badly can exceed the cost of staying silent.
The apology paradox
In my research on government apologies, the explanation is psychological as much as political. Governments apologize to restore their own trustworthiness, but apologies only succeed when they focus squarely on rehumanizing victims.
That inversion is the apology paradox, and it has practical implications for whether reconciliation is successful.
The canonical case is Willy Brandt’s 1970 Kniefall, when the West German chancellor unexpectedly knelt before the Warsaw Ghetto memorial. The silent gesture is still remembered 55 years on, long after Germany’s formal verbal apologies have faded. It was well-received because Brandt absorbed a political cost without trying to extract a benefit.
Analyses on political apologies have found effective apologies function as a costly signal: when governments sacrifice something tangible, such as political capital, money or policy commitments, victimized communities see genuine contrition.
Other research identifies four ingredients of a complete apology: acknowledging the wrong, accepting responsibility, expressing remorse and committing to concrete reparations. Most government apologies fail that test.
Consider F.W. de Klerk’s 1997 statement to South Africa’s Truth and Reconciliation Commission.
On its face, it was comprehensive: “Apartheid was wrong. I apologize…” Under questioning, however, de Klerk distanced National Party leadership from torture, murder and rape by state agents, and did not commit to any material amends.
Victims rejected it. De Klerk sought a position of pride rather than shame: the apology tried to rehumanize the apologizer without addressing what victims had suffered. That is almost always a sign of a sub-standard apology.
Learning from Canada
Canada has its own experiences with weak apologies. In 1998, Jean Chretien’s government responded to findings about residential schools with a Statement of Reconciliation read by junior minister Jane Stewart at a lunchtime ceremony. The prime minister was absent.
The content was not the problem; the symbolism told Indigenous Canadians the government was not serious. A decade later, Stephen Harper apologized in Parliament, alongside a $1.9-billion settlement, an independent assessment process and a Truth and Reconciliation Commission.
Harper publicly credited a political rival, NDP Leader Jack Layton, with persuading him, an admission that surprised observers. Harper’s earlier apology to Chinese Canadians for the Head Tax went further, reframing Chinese immigrants’ “back-breaking labour” as essential to building the country.
In other words, victimized groups wait to see whether words will lead to real change. It is also important to acknowledge that the Head Tax was a limited grievance involving a defined group of victims, while residential schools were part of an ongoing colonial relationship with effects that endure today. Some apologies are therefore far more difficult than others.
When apologies face criticism
That difficulty is amplified by a nationalism trap. For citizens who strongly identify with national identity, acknowledging past injustice can feel like personal indictment, fuelling backlash that erodes the apology in victims’ eyes.
Brandt faced exactly this as conservative opposition questioned his patriotism. In Australia, Victoria’s coalition opposition has framed the First Peoples treaty as a divisive imposition, and that criticism, not the apology’s wording, may determine whether it survives.
There is a structural risk to further consider. Promising to do better raises the standard the apologizer will be judged against. When Canada ultimately failed to implement the Truth and Reconciliation Commission’s recommendations, when violence against Indigenous women continued, when over-representation in the criminal justice system persisted, Harper’s from years earlier apology lost credibility. Trust, once broken twice, becomes exponentially harder to restore.
Hence the paradox: an apology must be costly to improve the reputation of the apologizer, but an apology made with that benefit in mind lowers the cost and signals self-interest. The best way to apologize involves making the victims the primary focus, not the apologizing state. Apologies that prioritize rehumanizing victims prove more effective at rehumanizing apologizers too.
That is the test Victoria now faces, and one Canada keeps facing. The Victorian premier’s words last December were strong. Whether that apology leads to meaningful change depends less on what was said than on whether the treaty institutions survive November. Canadians should watch carefully.
Reza Hasmath does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – Canada – By Ted Scott, PhD Student, Department of Geography – Climate and Coastal Ecosystems Group, University of British Columbia
The cumulative heat in summers is rising, meaning there is less relief from warm temperatures once summer begins.(Unsplash/Evgeniy Beloshytskiy)
Do you have the sense that summers feel different than when you were younger? That they start earlier, arrive quickly and remain intense until the fall? If you live in the mid-latitudes of either the Northern or Southern Hemispheres, chances are you answered yes.
For many, the idea of a longer and warmer summer conjures up images of spending more time at the beach, playing sports or enjoying family picnics, but there are concerning downsides. Summer is also the season of wildfires, droughts and heatwaves, like the June 2021 heat dome in the Pacific Northwest of North America.
Recent research shows that devastating heat dome event was amplified by its proximity to the summer solstice, which is the calendar start of summer, and by ground already dried out from earlier spring warmth. Earlier starts to the warmest season are making preconditions worse in areas prone to wildfire, extending fire seasons.
My colleagues and I at the University of British Columbia recently published research into how summer conditions are lasting longer and transitions into and out of summer are becoming more abrupt.
The cumulative heat in summers is rising, meaning there is less relief from warm temperatures once the season begins. Human-driven climate change is impacting the warmest season of the year. These changes challenge our expectations of the natural seasonal cycle being gradual and predictable.
To allow for a flexible definition of summer length, we defined typical summer weather based on daily average temperatures during the warmest 25 per cent of days from 1961 to 1990. This gave us a threshold daily temperature to define when summer began and ended in a given year and location.
We found that the number of days with typical summer weather has been growing 1.5 times faster over the past 30 years than in priorreports. On average, in mid-latitude regions, summers have lengthened by around six days every decade since 1990. These rates are similar across land, ocean and coastal areas.
We examined 10 cities using local weather station data, including Paris, St. Petersburg and Tokyo. A few of the cities stood out: in my hometown of Minneapolis, Minn., summertime has been lengthening by almost one additional day every year since 1990.
Toronto summers are gaining an average of eight days every decade, with summer conditions lasting four weeks longer now than in 1990. Sydney, Australia, added 1.5 additional days in each of those years. Sydney summers now last over one-third of the year.
Impacts of accumulating heat
The buildup of heat during summer is also rising quickly; it’s three times faster over land since 1990. As heat builds up in more areas, cooling demand can be expected to increase.
This change is not confined to continental interiors but is also happening in coastal areas. Perceived as favourable with their maritime climates, these areas face growing populations and often higher climate risk.
The percentage of Canadians with air conditioning varies by province and by income, but we know those who are most vulnerable struggle to stay cool.
Incentives for heat pumps will help those who can afford to make the switch, and have the benefit of also replacing natural gas heating in the winter, but regardless of cooling method, electricity needs will rise.
Longer summers and earlier starts will undoubtedly also affect agriculture, perhaps encouraging earlier planting. However, a complication is that the hours of daylight are not shifting. The impact of seasonal changes on farming practices and food supply is an active area of study.
Many other aspects of society are linked to the timing of the summer season, like the start and end of the school year, or outdoor sports. How should we adjust if it’s simply too warm for strenuous outdoor activity, whether it’s recreational or work-related?
If these trends continue, we can expect further impacts on the planting season, the timing and pace of snowmelt and the connection with water supply, the length of the fire season, and especially on the energy demand for cooling.
Governments and experts have a lot of work to do to mitigate and adapt to the consequential changes humans have brought about through our dependence on fossil fuels.
These changes to summer are noticeable because they are already disrupting lives. While some places will still occasionally have cooler years and significantly warmer years, the data tells us the trends for summers are headed in one direction.
Ted Scott does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – in French – By Clotilde Policar, Professeure, directrice des études sciences à l’ENS, École normale supérieure (ENS) – PSL
Rosalind Franklin, la « dark lady » de l’ADN, mourrait le 16 avril 1958 d’un cancer de l’ovaire. Cristallographe avertie, spécialiste d’analyses de structure moléculaire, elle commence sa carrière indépendante (après sa thèse) à Paris au CNRS. Que nous apprend son histoire sur l’exclusion des femmes des carrières scientifiques ?
Dans les années 1950, une véritable course scientifique pour la découverte de la structure de l’ADN est lancée. Elle implique principalement trois équipes, celle de Linus Pauling à Caltech (États-Unis), et deux au Royaume-Uni : celle de James Watson et Francis Crick à Cambridge et celle de Maurice Wilkins du département de biophysique du King’s College à Londres dirigé par John Randall.
C’est dans ce contexte que ce dernier propose à Rosalind Franklin de monter sa propre équipe d’analyse structurale pour étudier la structure de l’ADN : l’enjeu est de taille, et Rosalind Franklin s’installe à Londres en janvier 1951. Les relations sont très vite tendues avec Maurice Wilkins, qui ne la vit pas comme une chercheuse indépendante (on dirait aujourd’hui « principal investigator »), mais plutôt comme travaillant dans son équipe, comme sa collaboratrice, voire son assistante ainsi que la désigne Watson. John Randall est probablement responsable de ne pas l’avoir accueillie dans des conditions claires pour ses collègues.
Elle travaille avec un doctorant, Raymond Gosling, et cherche à aligner les fibres d’ADN pour enregistrer des clichés de diffractions aux rayons X. Un des problèmes expérimentaux est l’existence de deux structures entremêlées dont la proportion dépend du degré d’humidité. Rosalind Franklin se propose de préparer un échantillon avec une unique structure pour avoir une image plus claire et elle y parvient. Le cliché n°51, devenu célèbre, lui permet d’obtenir, avec Raymond Gosling, la preuve expérimentale de la structure hélicoïdale. Mais ce cliché est dévoilé à James Watson par Maurice Wilkins : il lui a été transmis par Raymond Gosling, et il n’y a aucune trace d’un accord de Rosalind Franklin (ni Watson, ni Wilkins n’évoquent Franklin quand ils relatent cet échange dans leurs livres respectifs).
Ce cliché est la pierre angulaire expérimentale qui manquait aux réflexions de Watson et Crick sur la structure de l’ADN. Ils rédigent alors un article qu’ils destinent à Nature. Leur proposition a le mérite de justifier la stabilité de la structure en interaction par paires via des liaisons hydrogène : c’est important mais ne devrait pas occulter l’apport de Franklin dont le travail constitue la preuve expérimentale de la double hélice avec la présence du squelette phosphate à l’extérieur de la structure.
Les publications dans Nature
En 1953, John Randall, rencontrant l’éditeur de Nature, Lionel Brimble, apprend la publication imminente de la proposition de Watson et Crick, et il le convainc, sans évoquer celui de Franklin, de publier l’article de Wilkins, lui aussi sur la structure de l’ADN. Rosalind Franklin, déjà lassée par l’environnement peu inclusif de King’s College, est sur le départ pour aller à Birkbeck College où elle arrivera en mars 1953. Elle a déjà quasiment terminé de rédiger son propre travail sur l’ADN. Il lui fallut, apprenant que l’article de Watson et Crick et celui de Wilkins allaient être publiés, exiger elle-même, alors que l’avancée de sa recherche était parfaitement connue à King’s College, que le sien paraisse dans le même numéro.
Trois articles seront donc publiés en 1953, l’un après l’autre, sous un chapeau commun « Molecular structure of nucleic acids » : l’article de Watson et Crick, qui apparaît en premier, celui de Wilkins puis celui de Franklin. Une note de l’article de Watson et Crick indique clairement que leur proposition théorique repose sur les travaux expérimentaux, non publiés jusqu’alors, de Wilkins et de Franklin.
Remerciements de Watson et Crick article Nature. Traduction : Nous sommes très reconnaissants au Dr Jerry Donohue pour ses conseils et ses remarques constructives, notamment en ce qui concerne les distances interatomiques. Nous avons également été inspirés par la connaissance de la nature générale des résultats expérimentaux non publiés et des idées du Dr M. H. F. Wilkins, du Dr R. E. Franklin et de leurs collaborateurs au King’s College de Londres. L’un d’entre nous (J.D.W.) a bénéficié d’une bourse de la Fondation nationale pour la paralysie infantile.
Aujourd’hui, les canons d’un article scientifique veulent qu’on décrive tout d’abord les résultats « bruts », expérimentaux, qui sont analysés, décodés, pour amener à une discussion plus théorique des implications de ce qui a été mis au jour. Ici, l’éditeur a mis l’article théorique devant les deux articles expérimentaux. Certes sous un chapeau commun « Molecular structure of DNA », mais qui, aujourd’hui, est uniquement référencé (Web of science fin 2025) comme lié à l’article de Watson et Crick ! C’est sans doute, justement, parce qu’il est le premier de la série de trois. N’aurait-on pas pu imaginer un unique article avec les contributions expérimentales appuyant la proposition théorique ?
Est-ce important ? Il semble que oui : même si les nombres de citations doivent être manipulés avec précaution, on doit constater que le premier article, celui de Watson et Crick, est cité plus de 12 000 fois, alors que celui de Franklin et Gosling, ca. 1140 fois et celui de Wilkins, Stokes et Wilson ca. 740 fois (chiffres issus du site Web of science fin 2025).
Le Nobel : les femmes oubliées
On dit souvent que Rosalind Franklin n’a pas pu avoir le prix Nobel avec Watson, Crick et Wilkins en 1962 car il n’est pas décerné à titre posthume. Mais, on oublie alors que la règle qui l’interdit date de 1974. Avant 1962, au moins deux prix Nobel ont été attribués à titre posthume (Erik Axel Karlfeldt en 1931 et Dag Hammarskjöld en 1961). Mais voilà, il y a trois lauréats au prix de 1962, nombre maximal pour un prix Nobel, et Rosalind Franklin a été le « quatrième homme » (!), comme ce fut le cas de Jocelyn Bell, découvreuse des pulsars ou de Lise Meitner pour la fission nucléaire. Alors que le prix Nobel n’affiche qu’un peu plus de 6 % de lauréates, beaucoup sont citées comme étant sur cette « quatrième » marche !
Rosalind Franklin a été systématiquement écartée d’un réseau d’échanges (y compris d’échange de données, celles du cliché 51) et de discussions dans un environnement fortement sexiste. Par exemple, le salon des enseignants-chercheurs à King’s College est à l’époque interdit aux femmes. Or, ces endroits permettent des rencontres informelles cruciales dans les rapports entre scientifiques.
« Malheureusement, cela reste vrai : le titre d’un article publié dans Nature (en 2022) « Les femmes sont moins reconnues que les hommes dans le domaine scientifique », en dit long. La diversité, l’équité et l’inclusion sont des concepts que certains considèrent encore comme des modes passagères et comme un anathème pour la « bonne » science. L’histoire de l’ADN prouve pourtant qu’ils sont les fondements d’une collaboration fructueuse et du progrès scientifique ».
Une exclusion insidieuse pérenne : que faire ?
Il est important de faire évoluer le vocabulaire : pourquoi ne pas choisir de parler de la « double hélice de Franklin, Watson et Crick » ? Et surtout il faudrait raconter cette histoire, en cours à l’école, au lycée, à l’université : c’est aussi de notre responsabilité en tant qu’enseignants, enseignantes, universitaires de transmettre des messages à nos publics étudiants sur la place des femmes en sciences. S’il ne s’agit évidemment pas de taire les noms de Watson et Crick, pensons, de manière inclusive, à mentionner ceux de Franklin et des autres femmes scientifiques : Jeanne Barret en botanique, Ada Lovelace pionnière de la programmation informatique, Lise Meitner et la découverte de la fission nucléaire, Maud Menten pour les modèles cinétiques de catalyse enzymatique, Marie Tharp pour les cartes des fonds sous-marins et sa contribution à la théorie de la tectonique des plaques, Marthe Gautier dans le contexte de la découverte de l’origine chromosomique du syndrome de Down, Chien-Shiung Wu pour ses études sur les interactions faibles, Jocelyn Bell pour les pulsars, et toutes les autres…
Les oublier, c’est ancrer chez les jeunes femmes l’idée que le monde de la science est fait pour les hommes et les en exclure : c’est le mécanisme aujourd’hui bien connu de la menace du stéréotype, concept proposé en 1995 par Claude Steele et Joshua Aronson : le stéréotype (par exemple, « les femmes sont moins douées que les hommes en sciences », « les garçons sont moins doués que les filles en dessin »), même s’il est sans fondement biologique, induit chez celles et ceux qui le connaissent, et particulièrement qui en sont victimes, un comportement qui le confirme.
Comme Rosalind Franklin, les femmes sont toujours partiellement exclues des lieux de sciences et des lieux de pouvoir scientifique mais c’est plus subtil qu’une salle des professeurs exclusivement masculine comme c’était le cas à King’s College. Le film Picture a Scientist notamment nous en montre des exemples : parcours de recrutement puis de carrière plus difficiles, espaces de travail plus réduits, parole non entendue, efforts plus importants demandés aux femmes, ou même réflexions faites sur les tenues vestimentaires…
Il faut en parler et promouvoir le recueil de données genrées pour permettre l’identification de ces biais, prérequis à leur prise en compte et aux actions pour les contrer. Si c’est souvent fait pour documenter les effets de genre sur les recrutements (et vérifier que les processus sont vertueux), cela n’est pas ou peu le cas pour les conditions de travail (soutien aux activités des femmes, allocations d’espace de travail, bureaux partagés ou non, contributions aux tâches collectives, sursollicitation singulièrement pour des tâches peu gratifiantes pour la carrière en lien avec l’exigence de quotas…). Ne faut-il pas envisager, le temps que la parité devienne effective, des mesures compensatoires pour que les femmes ne soient pas pénalisées dans les carrières scientifiques ? On pourrait penser à renforcer les aides au moment du congé maternité par exemple : sans défavoriser les collègues masculins, cela contribuerait à rendre, par là même, ces carrières plus accueillantes pour les jeunes filles. Car, aujourd’hui plus que jamais, face aux défis qui menacent notre planète, nous avons besoin de tous les cerveaux pour trouver des solutions et on ne peut pas se permettre d’exclure de facto la moitié de la population ! Beaucoup de chemin reste à parcourir pour une société scientifique plus juste et plus efficace !
Je remercie vivement Sophie Vriz d’avoir attiré mon attention sur la note de Watson et Crick dans l’article de 1953, Elisabeth Bouchaud de m’avoir signalé que l’interdiction des prix Nobel posthumes date de 1974 et pour sa magnifique série de pièces de théâtre « Les Fabuleuses » à la Reine Blanche, Dominique Guianvarc’h de m’avoir signalé le nom “dark lady” de l’ADN, et à toutes celles et tous ceux qui, comme Bernold Hasenknopf, systématiquement, chaque année, citent les femmes scientifiques dans leurs cours.
Clotilde Policar ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Les êtres humains ont toujours eu le goût du jeu. Mais pendant la majeure partie de notre histoire, le jeu n’a laissé que peu de traces. Contrairement aux outils ou aux ossements, les jeux se conservent rarement, et les plaisirs éphémères qu’ils procurent sont encore plus difficiles à retrouver.
La récente découverte de dés vieux de 12 000 ans, publiée dans American Antiquity, apporte un nouvel éclairage sur le caractère ludique des sociétés humaines dans un passé lointain.
L’archéologue Richard J. Madden a identifié 565 dés provenant de sites à travers l’Amérique du Nord, notamment dans le Wyoming, le Colorado et le Nouveau-Mexique. Ils datent du XIXe siècle et remontent jusqu’à 12 000 ans. La reconnaissance de ces artefacts comme étant des dés repousse de plusieurs milliers d’années les preuves matérielles du jeu chez l’homme, à travers ce que Madden interprète comme des preuves de jeux de hasard et de paris. Il estime que les Amérindiens jouaient aux dés 6 000 ans avant tout le monde.
Pour identifier ces objets comme des dés, Madden a rassemblé des données sur des objets comparables issues de publications archéologiques et de bases de données sur les vestiges, en s’appuyant sur une étude antérieure exhaustive des objets de jeu amérindiens.
Des dés binaires
Ces objets ne ressemblent pas aux dés à six faces que nous utilisons aujourd’hui. Il s’agit plutôt de dés binaires : des pièces plates, rondes ou rectangulaires marquées d’un côté et vierges de l’autre. Si vous êtes un fan de Donjons et Dragons comme nous, vous pourriez appeler un tel dispositif de lancer un d2. En effet, on peut comparer le lancer de l’un de ces dés anciens à un tirage au sort avec une pièce de monnaie – bien que cette découverte souligne également que les dés sont bien plus anciens que les pièces.
Richard Madden parle de sa découverte.
Lorsqu’on évalue des recherches révolutionnaires de ce type, il est essentiel de réfléchir à la nature des vestiges archéologiques de ce passé très lointain. Nous dépendons d’un éventail très limité d’objets, car beaucoup ne survivent pas dans le sol. Souvent, lorsque nous jouons, même aujourd’hui, nous n’utilisons aucun objet matériel. Pensez à un jeu de chat ou de cache-cache. Imaginez maintenant un jeu similaire se déroulant il y a 12 000 ans. Un archéologue pourrait-il jamais en trouver des traces ?
Même lorsque le jeu nécessite du matériel, comme dans les jeux de société, les traces ne sont souvent pas conservées.
En effet, des études ethnographiques des études ont montré que les gens jouent fréquemment à des jeux de société d’une manière qui ne laisse aucune trace archéologique. Pour de nombreux jeux, les gens creusent des trous et tracent des lignes au sol pour le transformer en plateau, et utilisent des pierres, des graines, des coquillages et même des excréments d’animaux séchés comme pions.
Les objets naturels font également l’affaire : des bâtons à deux extrémités et des cauris (coquillages) peuvent servir de dés binaires. Ce n’est pas seulement une pratique du passé ou propre à des contrées lointaines : partout dans le monde, on joue chaque jour en utilisant de manière créative toutes sortes d’objets – bouchons de bouteille, boîtes de conserve, ficelle, bâtons, cailloux et autres bricoles – qui ne sont pas facilement identifiables comme des jouets. C’est pourquoi, pour nous, archéologues qui étudions le jeu, les dés constituent des découvertes spéciales, car ce sont sans ambiguïté des outils qui servent à jouer.
Les dés anciens
Les archéologues trouvent des dés plus souvent que vous ne le pensez, sous toutes sortes de formes intéressantes. L’un des exemples les plus célèbres est celui des os astragales, les os de la cheville d’animaux à sabots (principalement des moutons et des chèvres). Ils possèdent quatre faces distinctes et ont été couramment utilisés comme dés.
L’un des jeux les plus anciens de l’histoire de l’humanité, le jeu des 20 cases (une version ultérieure du Jeu royal d’Ur), est connu pour avoir utilisé de tels dés, car des os d’astragale ont été retrouvés dans les tiroirs des boîtes de jeu. Dans de nombreux cas, plutôt que de prélever ces os sur des animaux abattus, les gens les reproduisaient dans d’autres matériaux tels que la pierre, le verre ou le métal. Des exemplaires en ivoire ont été découverts avec les jeux qui se trouvaient dans la tombe égyptienne de Toutankhamon. Cela suggère que les gens n’ont commencé à fabriquer des objets ressemblant à des dés qu’après avoir déjà utilisé des objets naturels adaptés à ce même usage.
Dans son étude, Madden soutient que les dés témoignent d’une évolution continue des jeux qui impliquent une dimension économique. Nous souhaitons orienter ce débat dans une autre direction. Le jeu existe en dehors du cadre des jeux d’argent ou des jeux qui impliquent des transactions, et l’analyse contextuelle nécessaire pour identifier véritablement le jeu d’argent dans le passé fait défaut dans cette étude. De plus, cette étude aborde le jeu exclusivement sous un angle fonctionnaliste, en particulier à travers des cadres évolutifs et économiques.
Nous avons fait valoir ailleurs que des études comme celles-ci tiennent rarement compte d’un point fondamental : le jeu existe souvent pour le seul plaisir de jouer. Parfois, on lance la pièce pour gagner, mais souvent, on la lance juste pour s’amuser.
Bien que nous ne soyons pas convaincus que ces anciens peuples amérindiens géraient des réseaux de jeux d’argent, il s’agit d’une découverte passionnante. Ce que ces dés, ainsi que d’autres trouvés dans des contextes archéologiques à travers le monde, mettent en évidence, c’est la beauté fascinante du jeu, aujourd’hui comme par le passé. Ainsi, la prochaine fois que vous lancerez des dés, sachez que vous participez au même esprit ludique – le suspense, la joie, la déception d’un mauvais lancer – que celui que ressentaient déjà les gens il y a 12 000 ans.
Aris Politopoulos a reçu des financements au titre de la subvention de démarrage « Archaeological Futures » et du prix Ammodo Science Award for Groundbreaking Research pour le projet Past♥Play. Aria est membre du conseil d’administration de la fondation Stichting VALUE.
Angus Mol a reçu des financements du Conseil néerlandais de la recherche (NWO) dans le cadre de la bourse NWO-VIDI « Playful Time Machines » et du prix Ammodo pour la recherche scientifique novatrice, pour le projet Past♥Play. Il est membre du conseil d’administration de la fondation VALUE.
Walter Crist a reçu des financements du programme COST (Coopération européenne en science et technologie) pour le projet GameTable : Techniques informatiques pour le patrimoine des jeux de société, et de Game-in-Lab pour le projet « Play and the City » : Étude du patrimoine culturel des jeux de la ville de Rome. Il siège au conseil d’administration de l’Institut chypriote-américain de recherche archéologique (CAARI).
Acheter ou louer un appartement ou une maison est sûrement une décision financière que l’on imagine fondé sur des considérations intimes. Pourtant, les décisions des individus en matière de propriété immobilière seraient influencées par des croyances culturelles héritées. En cause : le passé agricole de leurs ancêtres.
Vos ancêtres cultivaient-ils les plaines d’une région agricole européenne comme l’Ukraine ou la Beauce ? Ou élevaient-ils du bétail près de la Corne de l’Afrique ? Loin d’être anecdotique, la question à cette réponse pourrait en partie déterminer si vous êtes ou non aujourd’hui propriétaire de votre logement.
Les résultats d’une vaste étude empirique que nous avons menée indiquent, en effet, que les représentations culturelles liées à la terre et au bétail – respectivement des actifs immobiles et mobiles – se transmettent de génération en génération. Ces conceptions contribuent encore aujourd’hui à expliquer la probabilité qu’un individu devienne propriétaire. En particulier, les personnes issues de sociétés historiquement fondées sur l’agriculture céréalière sont plus susceptibles de posséder un bien immobilier que les autres.
Une décision financière importante
« Faut-il acheter une maison/un appartement ou simplement louer ? » Il s’agit sans doute de la décision financière la plus importante pour la plupart des ménages, qui choisissent ainsi de faire de leur logement (plutôt que de l’or ou des actions) leur principal actif. Au-delà des considérations économiques (comme la capacité à rembourser un crédit sur 20 ans), la propriété immobilière est aussi influencée par la manière dont les individus perçoivent la sécurité, la valeur et le statut social associés à un logement.
Or, ces préférences culturelles sont profondément enracinées : elles trouvent leur origine dans des sociétés agricoles anciennes où la richesse reposait principalement sur deux types d’actifs, l’un mobile (le bétail), l’autre immobile (la terre). Mais les champs et les troupeaux étaient bien plus que de simples actifs économiques. Ils imprégnaient la culture, à travers des mythes et d’un folklore, qui ont laissé des traces et influencent encore aujourd’hui les représentations – et, in fine, les taux de propriété immobilière.
Les individus issus de sociétés historiquement dominées par l’agriculture céréalière, où la terre était davantage valorisée que les actifs mobiles, restent enclins à privilégier les actifs immobiles et deviennent donc plus souvent propriétaires.
Le poids de l’héritage culturel
Pour étayer cette hypothèse, nous avons analysé un corpus ethnographique. Les données contenues dans une base de données mondiale relative au folklore montrent que, dans les sociétés fondées sur l’agriculture, les motifs liés à la terre sont davantage présents dans leurs récits, tandis que les sociétés pastorales mettent davantage en avant le bétail. Parmi les premières figurent la plupart des pays européens, depuis l’Antiquité grecque jusqu’au Moyen Âge, où la terre était associée au pouvoir et au prestige pendant des siècles.
On peut penser au Chat botté, où le chat rusé fait passer le fils du meunier pour un propriétaire terrien afin de lui assurer une fin heureuse. À l’inverse, dans des sociétés pastorales d’Afrique de l’Est comme celle des Nuer, les structures de pouvoir et les représentations sociales reposent sur le bétail.
Aujourd’hui, les pays occidentaux comme de nombreuses sociétés pastorales sont devenus des économies industrielles, voire post-industrielles, ayant laissé derrière eux la plupart de leurs institutions traditionnelles liées à la terre ou au bétail. Pourtant, ces héritages culturels persistent et continuent d’influencer la manière dont les sociétés perçoivent les actifs mobiles et immobiles.
Héritages persistants
L’examen des données actuelles de la zone OCDE (41 pays disposant de données homogènes) confirme largement l’hypothèse posée. Ce sont dans les pays ayant une forte tradition agricole fondée sur la terre que l’on trouve aussi aujourd’hui des taux de propriété immobilière plus élevés. L’effet est significatif : une augmentation d’un écart-type de l’importance relative des terres cultivées (par rapport aux pâturages) est associée à une hausse d’environ 6 points du taux de propriété.
Le même schéma apparaît à l’échelle régionale en Europe. Même en neutralisant les effets propres à chaque pays, les régions historiquement agricoles présentent des taux de propriété plus élevés. Ces résultats ne prouvent toutefois pas à eux seuls un lien de causalité. D’autres explications pourraient exister.
Ainsi, les représentations culturelles voyagent avec l’immigration, il faut distinguer l’influence de la culture de celle de l’expérience locale, comme les guerres, l’inflation ou d’autres facteurs pouvant aussi influencer la décision d’acheter un bien immobilier.
Le poids des cultures
Pour cela, nous avons analysé le comportement des immigrés de deuxième génération aux États-Unis. L’idée est que ces individus – un échantillon de plus de 5 000 personnes – vivent dans les mêmes institutions et le même système économique, mais héritent de cultures différentes selon le pays d’origine de leurs parents (145 pays).
Les résultats confirment notre hypothèse : les descendants de sociétés historiquement fondées sur les cultures agricoles ont une probabilité plus élevée d’être propriétaires. Ce résultat reste robuste après avoir contrôlé de nombreux facteurs tels que le revenu, l’éducation, l’origine ethnique, la localisation géographique, la situation matrimoniale ou la structure du foyer.
Pour s’assurer de la solidité de l’explication, il convient de tester des explications alternatives. Le résultat mis en évidence précédemment persiste même après la prise en compte de facteurs tels que le PIB, les inégalités, la démocratie, l’état de droit ou des indicateurs culturels plus larges.
Les données suggèrent qu’il ne s’agit pas simplement d’une « culture générale de la propriété ». Ce qui prédit la propriété chez les immigrés de deuxième génération, c’est la part de la propriété dans le pays d’origine qui s’explique par les conditions agricoles et les caractéristiques des sols. Cela renforce l’idée d’un héritage culturel spécifique lié à l’agriculture.
Vuillemey Guillaume ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.