Cómo evitar que los artículos científicos parezcan hechos por una máquina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Moisés Díaz Cabrera, Profesor Titular de Física Aplicada, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

PeopleImages.com/Shutterstock

Quien ha escrito un artículo científico sabe bien lo complejo que es. La ardua (y en ocasiones tediosa) revisión de la literatura va acompañada de una investigación propia, y no vale con decir cualquier cosa, sino que se deben aportar resultados novedosos. A esto se suma una cuidadosa gestión de las citas y referencias, y todo ello debe expresarse con orden y precisión.

La guinda del pastel es que nos toque escribir en inglés, el idioma dominante de la ciencia; quienes no somos hablantes nativos estamos en clara desventaja.

Hasta hace poco, las herramientas disponibles se limitaban a corregir la gramática y el estilo. Hoy, la inteligencia artificial generativa (abreviada como GenAI en inglés) puede reescribir párrafos completos, sintetizar resultados e interpretarlos, o sugerir párrafos que aumenten el contenido de alguna de las secciones de un manuscrito, todo en un inglés correcto y adecuado al registro académico.

Pero no es oro todo lo que reluce. Varios estudios recientes muestran que, cuando las personas saben que un texto se ha producido con ayuda de IA, tienden a confiar menos en su autor. Podría parecer que la solución es ocultar su uso, pero esto tampoco resuelve el problema: si el lector sospecha que los autores han usado IA sin declararlo abiertamente, la desconfianza puede ser igual o, incluso, mayor.

Así surge un auténtico dilema ético: ¿declarar o no declarar su uso?

Por qué importa que tu texto no parezca de IA

Saber si un texto ha sido generado por inteligencia artificial no es tan fácil como parece. Y es que, según muestran investigaciones publicadas en Proceedings of the National Academy of Sciences, las personas nos equivocamos cuando nos guiamos por la intuición para averiguar si un texto es artificial.

Es algo que relacionamos con el lenguaje demasiado formal o complejo o con los textos impersonales o de tonos fríos. Al contrario, asumimos que los textos que incluyen experiencias personales provienen de autores humanos.

El problema radica en que muchas de estas señales son engañosas. De hecho, los grandes modelos de lenguaje (LLM por sus siglas en inglés) son perfectamente capaces de adaptar la formalidad del lenguaje que usan, imitar un tono cercano o incluir ejemplos y anécdotas en primera persona.

El resultado es sorprendente: si nos guiamos únicamente por nuestra intuición, los textos generados por IA nos pueden parecer más propios de autores humanos que aquellos realmente redactados por una persona. Peor aún: nuestra capacidad de detección está disminuyendo a medida que los modelos mejoran.

La intuición engaña

Un estudio publicado en Teaching English With Technology lo confirma: la tasa de detección de acierto cayó del 57,7 % con versiones anteriores de ChatGPT a prácticamente el 50 % con versiones más recientes. Eso equivale a lanzar una moneda al aire.

Representación gráfica del aprendizaje de un gran modelo de lenguaje.
Representación esquemática de una red neuronal profunda: desde un único punto de entrada (izquierda), la información se procesa a través de capas sucesivas de nodos hasta producir una salida compleja (derecha). Es la arquitectura que subyace a modelos como ChatGPT o Gemini, diseñados para predecir, en cada paso, el fragmento de texto estadísticamente más probable.
Google DeepMind/Pexels

Rastros que indican el uso de GenAI

Aunque la detección perfecta no es posible, existe un conjunto de patrones lingüísticos que pueden delatar su uso:

  • El exceso de construcciones antitéticas en el uso repetitivo de frases como “No solo X, sino también Y” o “X en lugar de Y” para enfatizar un argumento sin aportar información nueva.

  • La reformulación sucesiva de una misma idea con pequeñas variaciones. Este tinte de aparente profundidad se limita a alargar el texto sin añadir contenido sustancial. En los textos científicos, esta redundancia puede resultar contraproducente.

  • Las listas de tres elementos, como “La técnica mejora la precisión, reduce el error y optimiza el rendimiento”. La estructura tripartita es un recurso clásico de la retórica que sirve para reforzar ciertas ideas, pero su uso reiterado genera un ritmo uniforme, casi mecánico.

  • Expresiones innecesarias como “A continuación se resume…” o “La cuestión es…” son una especie de tic habitual de los sistemas de IA, que hablan sobre el texto en lugar de ir al grano.

  • Los textos generados por IA suelen contener más sustantivos abstractos y menos pronombres, resultando en una prosa innecesariamente densa. Por ejemplo, en lugar de escribir: “El modelo analiza los datos y luego los compara”, la GenAI podría decir: “El modelo realiza el análisis de los datos y la comparación de los resultados”.

  • Mientras los humanos solemos alternar frases cortas y largas de forma natural, la GenAI tiende a producir oraciones de longitud similar, generando un ritmo monótono.

  • La mezcla de fragmentos generados por IA con otros escritos por humanos tiende a producir incoherencias en el uso de mayúsculas, negritas o listas que revelan la autoría mixta y proyectan una imagen de descuido.

Recomendaciones prácticas

¿Qué podemos hacer para que nuestros textos no parezcan escritos por una máquina? Algunos consejos son:

  • Limitar o eliminar las construcciones antitéticas innecesarias.

  • Reducir las repeticiones que no aporten información nueva.

  • Variar la longitud de frases y párrafos.

  • Sustituir los sustantivos repetidos por pronombres cuando no haya ambigüedad.

  • Eliminar el metalenguaje superfluo y evitar las listas con títulos en negrita.

  • Unificar el formato y revisar cuidadosamente la coherencia final, evitando que el texto sea un puzle de estilos por la mezcla de fragmentos generados por GenAI y otros por humanos.

La inteligencia artificial puede ahorrar tiempo en tareas de inteligencia mecánica y facilitar la escritura en una lengua extranjera, ayudar a estructurar ideas o mejorar la claridad gramatical. Pero no podemos usarla como sustituta de la experiencia humana para eximir la responsabilidad del investigador firmante. En la ciencia, la confianza es tan importante como la precisión.

Y esa confianza no la podemos delegar en un algoritmo, cuyo output consiste en generar el texto más probable posible. La IA no puede sustituir a los investigadores, pero sí puede servirles de apoyo valioso. Nuestro reto, pues, es aprender a aprovechar ese apoyo de una manera ética y profesional.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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Cadaqués antes del turismo y de Salvador Dalí

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Garganté Llanes, Profesora titular de Historia del arte, Universitat Autònoma de Barcelona

El 25 de septiembre de 1668, de madrugada, Cosme III de Médici y su séquito alcanzaron la costa catalana. Su llegada se produjo tras haberse hecho a la mar en la ciudad italiana de Livorno, recorrer la costa tirrena, el mar de Liguria y el golfo de León. El príncipe heredero de Toscana emprendía de este modo un viaje –como parte de un periplo europeo más amplio– por la península ibérica. Su intención era visitar las principales ciudades españolas y portuguesas y, sobre todo, la tumba del apóstol Santiago en Compostela.

Hoy podemos recorrer el itinerario del príncipe toscano gracias, principalmente, a la crónica oficial del viaje que escribió el conde Lorenzo Magalotti y a los 86 dibujos que realizó el arquitecto florentino Pier Maria Baldi sobre las poblaciones visitadas. Texto y vistas conforman el volumen titulado Relazione ufficiale del viaggio di Cosimo III dei Medici, custodiado en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia.

Recorrido de Cosme III de Médici desde Livorno hasta Cadaqués.
Recorrido de Cosme III de Médici desde Livorno hasta Cadaqués.
Google Maps

Una costa militarizada

Cadaqués, en el extremo oriental del cabo de Creus, constituyó la primera parada peninsular de las dos galeras del cortejo toscano. A ella le siguieron los puertos de Roses y Palamós antes de desembarcar definitivamente en Barcelona para continuar el viaje por tierra. De la crónica de Magalotti se deduce que la decisión de fondear en la bahía de Cadaqués vino dada por la falta de viento, que aconsejaba hacer parada en este enclave, ubicado a los pies del monte Pení y a resguardo de las corrientes del norte.

Su geografía abrupta y el difícil acceso terrestre habían condicionado tanto su desarrollo económico como su exposición constante a los ataques piratas, en particular por parte de corsarios berberiscos. Estos seguían representando una amenaza significativa para las poblaciones costeras catalanas a lo largo del siglo XVII.

Tras la guerra franco-española llamada “de los Segadores”, un tratado de paz obligó a ambas naciones a ceder territorios, lo que convirtió a Cadaqués en una población casi fronteriza y con una guarnición militar permanente. Según Magalotti, esto consistía en un batallón “de cien hombres que dependen del rey”.

La llegada a puerto de Cosme de Médici fue saludada con cuatro disparos y contestada con tres. En la visita al castillo, el príncipe reparó en que los soldados iban “medio desnudos” y muchos de ellos no tenían ni la vaina de su espada, en “una clara señal de su extrema mendicidad”. Por ello, Cosme acabó regalándoles doce piezas de paño.

El dibujo de Baldi

La vista de Cadaqués realizada por Pier Maria Baldi está tomada desde el mar, aunque adopta un punto de vista más elevado. Al tratarse de la primera población en la que se detienen en terreno hispánico, el dibujo presenta la singularidad de contener dos emblemas heráldicos. Así se pueden ver el de la monarquía de los Habsburgo en la parte superior izquierda, y el del Principado de Cataluña en la parte superior derecha.

El dibujo sitúa en primer término a una de las galeras con los remos desplegados y el islote denominado “Es Cucurucut”. En los extremos aparecen, de modo fragmentario, la proa de otro barco y otro islote correspondiente al de S’Arenella. La población resulta fácilmente reconocible, especialmente por el sector denominado “Es baluart” (el baluarte). Su perfil ligeramente saliente lo distingue y también los edificios que se levantan directamente sobre la muralla, aún perfectamente reconocible y donde se observan algunas de sus torres en pie.

Por su parte, la iglesia parroquial, aunque identificable, aparece algo desdibujada debido a la ausencia del campanario, que aún no se había construido y que hoy constituye uno de los elementos más característicos del perfil de la población. Asimismo, todavía faltaban cerca de cuarenta años para la ejecución de su retablo mayor, considerado actualmente uno de los ejemplos más notables del barroco catalán conservado in situ.

Ante el mencionado contexto de inseguridad por los ataques corsarios, Cadaqués desarrolló un sistema defensivo acorde con sus recursos. Aunque en el dibujo se distinga la torre del castillo (hoy desaparecido) en lo alto del núcleo urbano, carecía de una fortaleza monumental. Sin embargo, contaba con varias torres de vigilancia costera, alguna de las cuales se distinguen en distintos puntos del horizonte.

A ambos lados del conjunto amurallado y más compacto, se extienden sendos arrabales. Las pocas casas a mano izquierda se corresponderían hoy con las de Port Doguer, mientras que las situadas a mano derecha, donde se distinguen incluso algunas empalizadas en la playa, hoy serían las del paseo marítimo que conduce a las playas de Es Poal y Es Pianc.

De un lugar ‘miserable’ a icono de la Costa Brava

En su libro sobre Cadaqués, el gran prosista Josep Pla señala de modo elegíaco que los pescadores solían pintar sus embarcaciones de negro, en consonancia con la pobreza del lugar.

Esta peculiar situación de aislamiento no fue incompatible con el comercio marítimo con ciudades como Génova, Nápoles o La Habana, o incluso con el origen griego de algunos pescadores y coraleros locales. La salida por mar era más fácil y natural que por tierra, por lo que antes del siglo XIX, Cadaqués llegó a ser el segundo puerto de la provincia de Girona en volumen de mercancías, solo por detrás de Sant Feliu de Guíxols y por delante de Roses y Palamós.

Pintura de un pueblo pesquero de noche.
Cadaqués de noche, por Eliseu Meifrèn, en 1911.
Museu Nacional d’Art de Catalunya

A finales del siglo XIX, la llegada de familias acomodadas y cultas, como los Pitxot, favoreció la creación de un ambiente intelectual al que también contribuyeron notables locales como los Rahola. Este contexto actuó como un poderoso foco de atracción para artistas. Uno de los primeros en llegar fue Eliseu Meifrén, cuya pintura captó numerosos rincones de la entonces solitaria belleza de esta villa marinera.

Con el paso del tiempo, la población dejó de ser aquel lugar “miserable” descrito por Magalotti para convertirse, durante la primera mitad del siglo XX, en una imagen icónica del paisaje catalán y en un núcleo destacado de la vanguardia artística. Sucedió especialmente en torno a la figura de Salvador Dalí quien, aunque no nació en Cadaqués, pasó allí los veranos de su infancia y la huella del paisaje definió su imaginario pictórico. Más adelante, el artista adquirió y transformó varias barracas de pescadores en la bahía cercana de Portlligat en su célebre casa-taller, hoy convertida en museo y visitada anualmente por miles de personas.

Fotografía en blanco y negro de una bahía con un pueblo costero al fondo.
Panorámica de la bahía de Cadaqués, de Antoni Bartumeus i Casanovas (hecha entre 1906 y 1924).
Memòria Digital de Catalunya, CC BY-NC-ND

La presencia de Dalí actuó como un auténtico imán para otros artistas, intelectuales y creadores internacionales. A lo largo del siglo XX, figuras como Pablo Picasso, Richard Hamilton, Marcel Duchamp, Federico García Lorca y Man Ray, entre otros, pasaron temporadas en Cadaqués o encontraron allí inspiración, consolidando su reputación como enclave artístico.

En definitiva, aunque esta villa marinera es de las más representadas en todo el paisajismo catalán, fue un arquitecto florentino del siglo XVII el primero en plasmar la belleza y singularidad de su paisaje.


El proyecto cuenta con el apoyo del The Medici Archive Project de Florencia, dirigido por Alessio Assonitis, experto internacional en los Medici, y del Centro Interdipartimentale di Ricerca sull’Iconografia della Città Europea, dirigido por Alfredo Buccaro, experto internacional en coreografías urbanas. Además, colaboran la Biblioteca Medicea Laurenziana y el Kunsthistorisches Institut de Florencia.

The Conversation

Maria Garganté Llanes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cadaqués antes del turismo y de Salvador Dalí – https://theconversation.com/cadaques-antes-del-turismo-y-de-salvador-dali-278752

Sommeil, activité physique, alimentation : des améliorations même modestes sont liées à un vieillissement en meilleure santé

Source: The Conversation – France in French (3) – By Eef Hogervorst, Professor of Biological Psychology, Loughborough University

Les personnes qui participent à UK Biobank, un vaste projet de recherche à long terme sur la santé mené auprès de centaines de milliers d’adultes britanniques, sont généralement en meilleure santé que la population moyenne. CandyRetriever/Shutterstock

Une étude qui a porté sur une importante cohorte britannique suggère que de légers changements dans les habitudes de sommeil, d’activité physique et d’alimentation sont associés à un vieillissement en meilleure santé. On fait le point sur ses principaux enseignements, mais aussi sur les limites des résultats qu’elle met en avant.


Selon une vaste étude menée au Royaume-Uni, il ne serait pas nécessaire de bouleverser complètement notre mode de vie pour vivre plus longtemps en meilleure santé. C’est une bonne nouvelle, d’autant plus que beaucoup de gens abandonnent vite les bonnes résolutions qu’ils prennent concernant leurs habitudes de vie.

Dans cette étude récente, ont été suivies environ 59 000 personnes au Royaume-Uni, dont l’âge moyen était de 64 ans, sur une période de huit ans. Les chercheurs ont confirmé ce qu’avaient montré des travaux antérieurs selon lesquels des modes de vie plus sains sont associés à un risque moindre de maladies, notamment de démence, ainsi qu’à une vie plus longue en bonne santé et plus autonome.

Les auteurs de l’étude rapportent que des changements même très modestes étaient associés à de tels bienfaits. Cela incluait notamment le fait de dormir environ cinq minutes de plus par nuit, de pratiquer deux minutes supplémentaires par jour d’activité physique d’intensité modérée à vigoureuse, et d’améliorer modestement son alimentation. L’ensemble de ces changements étaient associés à environ une année supplémentaire de vie en bonne santé. Le terme « vie en bonne santé » désigne ici les années vécues sans maladie grave ni handicap qui limitent les activités quotidiennes.

Des changements plus importants sont associés à des gains plus significatifs. Près d’une demi-heure de sommeil supplémentaire par nuit, combinée à quatre minutes d’exercice supplémentaires par jour (ce qui représente près d’une demi-heure d’activité physique en plus par semaine), et à d’autres améliorations en matière d’alimentation, permettent de gagner jusqu’à quatre années de vie en bonne santé.




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Cela est important à noter car, bien que les femmes vivent en moyenne plus longtemps que les hommes, ces années supplémentaires sont souvent marquées chez elles par une moins bonne santé, ce qui entraîne des coûts personnels et économiques significatifs. Les femmes sont exposées à un risque plus élevé de démence, d’accident vasculaire cérébral et de maladies cardiaques à un âge avancé, ainsi qu’à des affections entraînant une perte de la vue et à des fractures osseuses. Ces maladies peuvent réduire la qualité de vie et menacer l’autonomie.

Changer son mode de vie peut également réduire le risque de décès prématuré. L’année dernière, les mêmes facteurs liés au mode de vie examinés dans cette cohorte ont fait l’objet d’une analyse dans une autre étude qui portait sur la mortalité (le risque de décès).

D’après cette analyse, les personnes ayant adopté un mode de vie plus sain sur une période de huit ans présentaient un risque de décès inférieur de 10 % au cours de cette période. La combinaison de 15 minutes de sommeil supplémentaires par nuit, de deux minutes supplémentaires d’activité physique modérée à intense par jour et d’une alimentation saine était associée à une légère réduction du risque de décès. Une réduction bien plus importante, de 64 %, a été observée chez les personnes qui dormaient entre sept et huit heures par nuit, suivaient une alimentation saine et pratiquaient entre 42 et 103 minutes supplémentaires d’activité physique modérée à intense par semaine.

Soulignons que cet effet bénéfique n’a été observé que lorsque ces comportements étaient combinés. L’alimentation seule n’avait par exemple aucun effet mesurable.

Atouts et limites de ces études

L’un des principaux atouts de ces études vient du fait qu’elles mettent en évidence des bienfaits pour la santé dès les premiers signes d’un changement de comportement. Cela réduit le risque que les résultats soient uniquement influencés par le fait qu’elles inclueraient des personnes déjà en meilleure santé ou plus motivées. Ces conclusions apparaissent ainsi plus pertinentes pour les personnes âgées et pour celles qui ont des capacités limitées pour modifier leurs habitudes.

Un autre de leurs points forts réside dans le recours à des mesures objectives plutôt qu’à des données déclarées par les personnes participantes elles-mêmes. L’activité physique et le sommeil ont été mesurés à l’aide d’appareils portables, plutôt qu’en se fiant aux estimations des participants concernant leur propre comportement. Les déclarations des participants peuvent en effet se révéler peu fiables, en particulier chez les personnes qui souffrent de troubles de la mémoire, comme chez celles qui se trouvent aux premiers stades de la démence.

Il existe toutefois des limites importantes à ces études. Les mesures objectives n’ont été recueillies que pendant trois à sept jours, ce qui ne reflète peut-être pas les habitudes à long terme des personnes concernées. Selon mon expérience, le fait de porter un bracelet connecté peut inciter les gens à faire davantage d’exercice pendant la période de suivi, mais ces changements sont souvent de courte durée.

De plus, les accéléromètres portés au poignet évaluent le sommeil et l’activité physique en se basant sur les mouvements. Pendant le sommeil profond, les personnes bougent très peu, mais l’absence de mouvement ne signifie pas toujours qu’une personne dort. Ces appareils peuvent donc ne pas refléter pleinement les véritables habitudes de sommeil ou les niveaux activité physique. D’autres méthodes, telles que les capteurs fixés sur la cuisse ou les capteurs intégrés au matelas qui détectent les mouvements pendant le sommeil, peuvent fournir des évaluations plus précises.

Malgré ces problèmes, les mesures objectives sont généralement plus fiables que les déclarations des personnes concernées. Toutefois, comme le comportement n’a été mesuré qu’une seule fois, il est difficile de déterminer si les changements de comportement observés au fil du temps ont influencé les résultats en matière de santé. Il est également difficile de savoir si l’activité enregistrée correspondait à de l’exercice pratiquée pendant les loisirs ou à une activité physique au travail, sachant que ces deux types d’activité peuvent avoir des effets différents sur la santé.

Les informations sur l’alimentation posent un autre défi. Les habitudes alimentaires ont été rapportées par les participants eux-mêmes et recueillies trois à neuf ans avant la collecte des données sur le sommeil et l’activité physique. Les habitudes alimentaires changent souvent avec le temps, en particulier après un diagnostic tel qu’une maladie cardiovasculaire, où il peut être conseillé aux personnes concernées de baisser leur cholestérol, ou dans des cas de démence, quand les personnes peuvent oublier de manger. Il est donc difficile de savoir si l’alimentation a influencé le risque de maladie, ou si c’est l’apparition de la maladie qui a modifié l’alimentation et contribué finalement à une mauvaise santé puis à un décès prématuré.

Il faut également tenir compte de facteurs sociaux plus généraux. Les comportements sains ont tendance à se regrouper ensemble et sont étroitement liés au niveau d’éducation et à la sécurité financière. Par exemple, le tabagisme et le fait d’être en surpoids ou obèse sont étroitement associés à la précarité et à la pauvreté.




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Les participants à l’UK Biobank, un vaste projet de recherche à long terme sur la santé qui recueille des données génétiques, sur le mode de vie et sur la santé auprès de centaines de milliers d’adultes britanniques, sont généralement en meilleure santé que la population britannique moyenne.

La recherche en santé attire souvent des personnes en meilleure santé, plus instruites et jouissant d’une plus grande sécurité financière. Cela peut refléter à la fois un intérêt pour la recherche et le fait de disposer du temps et des ressources nécessaires pour participer à de telles études.

La richesse a également un impact sur l’exposition au risque. Les personnes qui disposent de revenus plus élevés sont moins susceptibles de vivre dans des zones où les niveaux de pollution sont élevés et ont davantage de chances de contrôler leurs conditions de travail et leurs finances. Le stress financier peut affecter la qualité du sommeil, entraîner de la fatigue et réduire la probabilité de faire de l’activité physique, d’acheter des aliments frais ou de préparer des repas sains. Au cours d’une vie, ces facteurs contribuent à une santé plus fragile et à un décès prématuré.

Bien que les chercheurs aient tenté de prendre en compte ces influences à l’aide de méthodes statistiques, celles-ci sont étroitement liées et difficiles à distinguer. Pour de nombreuses personnes qui vivent désormais dans une extrême pauvreté, l’aggravation du fossé entre problèmes de santé et richesse met en évidence les limites de la responsabilité individuelle. Ces problèmes structurels exigent une action de la part des décideurs politiques, plutôt que de faire porter le fardeau uniquement aux personnes qui n’ont peut-être que très peu de contrôle sur les conditions qui déterminent leur santé.

The Conversation

Eef Hogervorst a reçu des financements de plusieurs fondations gouvernementales et caritatives pour ses recherches sur le mode de vie et la santé, notamment, actuellement, de l’ISPF et d’Alzheimer’s Research UK. Elle est rattachée à l’université de Loughborough et a récemment intervenu en tant qu’experte en démence pour le NICE et la BBC. Par le passé, elle a été consultante en matière d’alimentation et de risques de démence pour Proctor.

ref. Sommeil, activité physique, alimentation : des améliorations même modestes sont liées à un vieillissement en meilleure santé – https://theconversation.com/sommeil-activite-physique-alimentation-des-ameliorations-meme-modestes-sont-liees-a-un-vieillissement-en-meilleure-sante-281360

Aux obsèques aussi, la musique a un prix

Source: The Conversation – in French – By Jordy Bony, Docteur et Professeur en droit à l’EM Lyon, EM Lyon Business School

Si, intuitivement, nous pensons les cérémonies funéraires comme des moments qui ne concernent que le cercle des proches et relèvent de l’intimité, le droit considère que la diffusion de musique dans ce cadre doit donner lieu à la rétribution des droits d’auteur. Une question juridique complexe qui s’impose dans un moment de grande vulnérabilité et qui mérite d’être mieux comprise.


Entre hommage personnalisé et cadre réglementaire une décision rendue le 31 janvier 2024 par le tribunal judiciaire de Paris invite à reconsidérer les pratiques du secteur funéraire en jugeant que la diffusion de musique lors des cérémonies funéraires constitue un acte de communication au public au sens du Code de la propriété intellectuelle, ce qui entraîne la rémunération des auteurs par l’intermédiaire de la Societé des auteurs, compositeurs et éditeurs de musique (Sacem).

Cette évolution soulève toutefois plusieurs questions quant à la conciliation entre le respect des droits d’auteur et le caractère sensible et intime des funérailles.

C’est l’occasion de revenir sur les fondements juridiques du droit d’auteur, du cas particulier des cérémonies funéraires et sur les questions que tout cela pose pour l’avenir juridique de ce secteur.

Fondements juridiques du droit d’auteur

Le droit d’auteur regroupe les droits dont dispose un auteur sur ses œuvres de l’esprit, c’est-à-dire des créations originales, telles que les œuvres littéraires, plastiques, photographiques, logicielles ou musicales. En matière musicale, les droits d’auteur protègent à la fois le compositeur et le parolier, c’est-à-dire l’auteur du texte.

Afin d’être protégées, toutefois, ces œuvres de l’esprit doivent présenter un caractère « original ». Autrement dit, l’œuvre doit porter l’empreinte de la personnalité de son auteur ou refléter un apport intellectuel ou un effort créatif. La jurisprudence a progressivement permis de définir plus clairement cet élément de l’originalité. En particulier, dans l’arrêt Painer du 1ᵉʳ décembre 2011, la Cour de justice de l’Union européenne renforce la reconnaissance de la personnalité créative de l’auteur, en affirmant que l’originalité d’une œuvre est définie comme le reflet de sa personnalité qui se manifeste à travers des choix libres et créatifs.

De surcroît, l’originalité d’une œuvre musicale possède des éléments qui lui sont propres, notamment sa nature. Selon la Cour de cassation, en effet, l’originalité de l’œuvre musicale s’apprécie à l’écoute de l’ensemble de l’œuvre, au regard de ses éléments constitutifs que sont la mélodie, l’harmonie et le rythme.

De manière plus générale, le droit d’auteur repose sur un ensemble de principes, clairement énoncés dans le Code de la propriété intellectuelle, qui définissent le cadre de protection des œuvres artistiques et littéraires, dont les œuvres musicales, les enregistrements et les reproductions Notamment, l’article L. 111-1 consacre le droit exclusif de l’auteur du seul fait de la création, la protection de l’œuvre ne nécessite aucune formalité. Par conséquent, aucun dépôt constitutif n’est, en théorie, nécessaire afin d’acquérir ce droit exclusif sur sa musique.

Malgré ce principe, en cas de litige sur la paternité, l’auteur devra être en mesure de donner la preuve de la date de création de l’œuvre. À cette fin, il pourra déposer une enveloppe Soleau auprès de l’Institut national de la propriété industrielle (Inpi) afin d’horodater la création ou déposer l’œuvre chez un notaire, un huissier de justice ou faire appel à une société d’auteurs.

Ce droit exclusif de l’auteur, qui est en théorie opposable à tous, compte des attributs d’ordre patrimonial, à savoir les droits sur l’exploitation de l’œuvre, mais aussi des droits moraux, notamment le droit à la paternité de l’œuvre, à sa divulgation et son respect.

Si le droit moral est perpétuel et incessible, les droits patrimoniaux ont une durée limitée à la vie de l’auteur et durent soixante-dix ans après sa mort. Parmi ces droits patrimoniaux figure le droit de représentation et de communication au public des œuvres musicales, défini aux articles L. 122-1 et L. 122-2 du Code de la propriété intellectuelle.

Ces dispositions imposent notamment que toute diffusion d’une œuvre en dehors du cercle strictement privé, entendu comme un groupe composé d’un nombre restreint de proches, fasse l’objet d’une autorisation préalable et surtout d’une rémunération de l’auteur. C’est là que le bât blesse en ce qui concerne les cérémonies funéraires. Ne sont-elles pas organisées dans le cadre privé, avec un groupe restreint de proches ?

Le cas particulier des cérémonies funéraires

C’est ici que le sujet devient délicat. En apparence, les funérailles relèvent de l’intime : elles réunissent famille, proches et quelques connaissances dans un moment de recueillement. Beaucoup seraient donc tentés de voir dans la diffusion d’une chanson un acte relevant naturellement du cadre privé. Pourtant, en droit d’auteur, cette intuition ne suffit pas. Le Code de la propriété intellectuelle cité ci-dessus ne vise pas toute situation simplement « privée » au sens courant, mais uniquement les représentations privées et gratuites effectuées exclusivement dans un cercle de famille. Cette exception est d’interprétation stricte.

C’est précisément sur ce point qu’est intervenue la décision rendue par le tribunal judiciaire de Paris, le 31 janvier 2024. Saisi d’un litige opposant notamment la Sacem à des fédérations du secteur funéraire, le tribunal a jugé que la diffusion de musique lors des cérémonies d’obsèques constituait bien « une communication au public ». Il a donc écarté l’argument selon lequel ces diffusions relèveraient automatiquement du cercle de famille. Autrement dit, le caractère solennel, émotionnel ou même familial d’une cérémonie funéraire ne suffit pas, à lui seul, à la faire échapper au droit d’auteur.

Cela peut sembler assez logique : la qualification de « communication au public » repose sur des critères objectifs, tenant notamment à la nature de la diffusion et au cercle des personnes qui y ont accès. Or, le caractère solennel, émotionnel ou même familial d’une cérémonie funéraire n’a pas, en lui-même, pour effet de soustraire cette diffusion au droit d’auteur.

D’un point de vue très pragmatique, la solution peut toutefois sembler contre-intuitive. Dans le langage courant, les obsèques sont souvent perçues comme un événement privé. Mais le droit raisonne autrement. Ce qui compte, ce n’est pas seulement l’intimité ressentie par les participants, mais aussi le cadre dans lequel la musique est diffusée. Lorsqu’une œuvre musicale est intégrée à une cérémonie organisée par un opérateur funéraire, dans le cadre d’une prestation de services, avec des moyens techniques de diffusion mis à disposition de plusieurs personnes, les juges peuvent y voir un acte de communication au public. La cérémonie demeure un moment personnel pour les proches, sans pour autant relever nécessairement, au sens juridique, du cercle de famille.

Il faut d’ailleurs souligner un point important : la question ne revient pas à demander si une famille endeuillée devra elle-même régler des droits d’auteur pour chaque morceau choisi. En pratique, le débat concerne surtout les opérateurs funéraires, c’est-à-dire les professionnels qui organisent la cérémonie et assurent la diffusion de musique dans le cadre de leur activité. C’est à ce niveau que s’organise la relation avec la Sacem et que se pose la question de la rémunération des auteurs. Cette précision compte, car elle montre que la controverse vise moins les familles que l’encadrement juridique d’une prestation professionnelle intégrant des œuvres protégées. Dernier élément rassurant : cela ne change quasiment rien sur la facture. En effet, la redevance coûte entre 1,6 et 3 euros par cérémonie aux opérateurs.

Reste que la solution suscite un malaise compréhensible. Les funérailles ne sont ni un spectacle ni un simple service marchand comme un autre. La musique y joue souvent un rôle symbolique fort : elle accompagne le deuil, rappelle la personnalité du défunt et participe à la singularité de l’hommage. C’est pourquoi la soumission de ces diffusions au droit d’auteur peut apparaître, pour certains, comme une intrusion de la logique patrimoniale dans un moment de grande vulnérabilité humaine.

À l’inverse, on peut aussi soutenir qu’il n’existe pas, en principe, de raison de priver les auteurs de rémunération au seul motif que leurs œuvres sont utilisées dans un contexte funéraire. Le véritable enjeu est donc moins d’opposer brutalement les familles aux titulaires de droits que de trouver un équilibre entre la dignité des cérémonies et le respect des règles de propriété intellectuelle.

Quoi qu’il en soit, tout cela a donné naissance à la signature d’un compromis sectoriel en 2025 entre la Sacem et les opérateurs du funéraires. Cet accord a permis d’abaisser les coûts et de simplifier les modalités déclaratives pour les professionnels. Sur le plan pratique, il constitue donc une réponse utile. Il ne tranche toutefois pas, à lui seul, la question de fond. La réduction des tarifs et l’organisation administrative du dispositif n’effacent ni le débat sur la qualification juridique des cérémonies, ni l’inconfort symbolique que suscite l’application du droit d’auteur à un moment de deuil.

Le compromis apaise la pratique, sans nécessairement clore la réflexion, laquelle peut d’ailleurs s’étendre au-delà du seul secteur funéraire.

Repenser les rapports entre pratiques funéraires et catégories juridiques établies

Dès lors, plusieurs questions peuvent être posées pour mieux envisager l’avenir et anticiper les litiges.

D’abord, la notion de « cercle de famille » est-elle encore adaptée aux rituels contemporains du deuil ? Le contentieux relatif à la musique diffusée lors des obsèques révèle peut-être les limites de cette notion juridique ancienne. En refusant d’assimiler automatiquement les cérémonies funéraires à cette exception, le tribunal judiciaire de Paris a rappelé que le droit d’auteur retient une conception étroite de la représentation privée. Mais cette rigueur interroge : les formes contemporaines du deuil, souvent plus ouvertes, plus personnalisées et parfois organisées par des opérateurs funéraires, entrent-elles encore dans les catégories classiques du droit de la propriété intellectuelle ?

Plus largement, cela revient à se demander jusqu’où la cérémonie funéraire peut être assimilée à une prestation de services comme une autre. Le raisonnement des juges repose en partie sur le fait que la diffusion musicale s’insère dans une prestation organisée par un professionnel. Cette logique est juridiquement cohérente, mais elle soulève une question plus large : la cérémonie funéraire doit-elle être analysée comme une simple prestation de services comportant un fond musical ou comme un rituel social et humain si particulier qu’il appelle un traitement distinct ? En d’autres termes, la qualification juridique actuelle rend peut-être compte du fonctionnement économique du secteur, sans épouser pleinement la singularité sociale des obsèques. Le compromis sectoriel de 2025 précité, par exemple, ne permet pas de répondre à cette question.

Pour finir, cette affaire montre combien certaines catégories du droit peuvent paraître contre-intuitives au grand public. Dans le langage courant, les funérailles sont perçues comme un moment intime ; en droit d’auteur, cela ne suffit pas à relever du cercle de famille. L’écart entre ces deux perceptions explique une grande part de l’émotion suscitée par le sujet. Peut-être faut-il donc, au-delà du débat de fond, mieux expliquer la logique du droit positif : non pour éteindre la critique, mais pour permettre qu’elle se formule sur des bases plus précises et mieux comprises.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Aux obsèques aussi, la musique a un prix – https://theconversation.com/aux-obseques-aussi-la-musique-a-un-prix-280080

« Pourquoi l’attitude psychanalytique me sert de boussole dans ce monde chaotique »

Source: The Conversation – France in French (3) – By Nicola Redhouse, Lecturer, Publishing and Editing, The University of Melbourne

« La curiosité est l’opposé du fanatisme ; elle nous conduit à nous interroger : “Existe-t-il d’autres vérités ?” », écrit le psychanalyste Mannie Sher. Triff/Shutterstock

Face à un monde instable et violent, il est tentant de se raccrocher à des certitudes et à des logiques d’opposition binaires et partisanes. L’essayiste Nicola Redhouse s’inspire du psychanalyste Wilfred Bion (1897-1979), selon qui être en prise avec la réalité implique de supporter l’incertitude. En un sens positif, cette incertitude permet de déployer une ouverture d’esprit et une curiosité salutaire.


Lorsque j’enseignais l’écriture de nouvelles, je citais souvent Meg Wolitzer : « Vous vous retrouverez dans un endroit que vous ne connaissiez pas. Un endroit où vous ne pensiez pas aller. »

Le principe, disais-je à mes étudiants, c’est de rendre le lecteur curieux. C’était il y a dix ans. Depuis, la curiosité semble passée de mode.

L’IA encourage des réponses rapides, souvent fragiles, plutôt que des enquêtes patientes et nuancées (alors qu’en ce moment, une culture du mensonge à la Maison Blanche – comme lorsque Donald Trump a affirmé qu’un changement de régime avait eu lieu en Iran – exigerait un travail de vérification rigoureux). L’IA favorise aussi des formes de divertissement brèves et superficielles, dans un monde où 36 % des 18–24 ans s’informent via TikTok.

Aujourd’hui, le monde paraît particulièrement instable. De nouveaux conflits en Iran et au Liban s’ajoutent à ceux d’Ukraine et de Gaza – où un cessez-le-feu tient, pour l’instant. Trump se dispute avec le pape. Le seul point lumineux : la défaite de l’autocrate Viktor Orban en Hongrie. Tout cela sur fond d’accélération de la catastrophe climatique.

Dans ces conditions, il n’est pas étonnant que nous cherchions de la certitude. Mais c’est peut-être son contraire – la curiosité – dont nous avons besoin. Elle pourrait rouvrir un peu les possibles, nous permettre de nous intéresser à ce que ressent l’autre, à la manière dont il souffre, ou même à ce qui pourrait nous faire rire ensemble.

Ma vision du monde a été profondément marquée par le psychanalyste du XXe siècle Wilfred Bion et par ce que l’on appelle « l’attitude psychanalytique » : une curiosité ouverte, disponible, dépourvue de précipitation. Les idées de Bion offrent, me semble-t-il, une manière de rencontrer le monde – et peut-être d’en atténuer les formes actuelles de fondamentalisme.

L’attitude psychanalytique

Avec le temps, je me suis moins intéressée aux réponses qu’à comprendre ce qui nous amène à nous questionner – à tâtonner à l’aveugle. À essayer d’imaginer ce que cela ferait d’être hors de mon propre corps, ou dans la tête de quelqu’un d’autre. « La curiosité est l’opposé du fanatisme ; elle nous conduit à nous interroger : “Existe-t-il d’autres vérités ?” », écrit le psychothérapeute Mannie Sher.

Pour Wilfred Bion, la possibilité même de penser – et d’être en prise avec la réalité – dépend de notre capacité à supporter l’incertitude. Sans cela, la pensée bascule facilement dans la peur, la colère, ou des fantasmes d’anéantissement.

Wilfred Bion.
Facebook

Bion comprenait qu’adopter une posture de savoir préalable empêchait la possibilité d’une compréhension véritable. Son travail s’appuyait sur ce que le poète John Keats considérait comme essentielle à toute grande pensée – la « capacité négative » qu’il définit comme « la faculté chez un homme de savoir exister au sein des incertitudes, des mystères, des doutes, sans vouloir d’irritante façon rejoindre à tout prix le terrain des faits et de la raison ».

La théorie de Bion prend sa source dans la relation mère-bébé. La mère ou la personne qui s’occupe de l’enfant adopte une forme d’écoute et d’attention et supporte de ne pas comprendre ce que veut le bébé. Elle peut contenir la rage ou la déception du nourrisson par le langage et par des gestes apaisants – comme gazouiller ou bercer – jusqu’à comprendre ce qu’il exprime en répondant à ses besoins.

« L’attitude psychanalytique » est devenue la pierre angulaire d’un travail fécond pour ceux qui s’inspirent de la pensée de Bion. Le psychothérapeute Robert Snell la décrit comme « une orientation émotionnelle… un engagement, fondé sur le respect, à maintenir une posture radicalement ouverte d’esprit ».

Confronter des vérités complexes

Le partisanisme, l’indignation et les divisions profondes caractérisent de plus en plus notre culture politique et idéologique.

Le conflit à Gaza est devenu un point de cristallisation. Prendre position – ou être perçu comme appartenant à un camp – comporte désormais des risques réels.

« Le conflit entre Israël et Gaza est la question la plus polarisante du XXIe siècle », déclarait un participant à un sondage de 2024.

Sur les réseaux sociaux, la vitesse de circulation des informations fausses ou incendiaires, combinée à la brièveté imposée, renforce cette polarisation. Il en résulte une forme de certitude assénée qui empêche d’entendre d’autres vérités – celles, vécues et émotionnelles, d’individus ou de communautés qui ne sont pas les nôtres.

Ces vérités, souvent hors de nos algorithmes, demandent que nous baissions un peu nos défenses et que nous écoutions vraiment – pour être touchés.

Ces dernières années, cela m’est arrivé. Je suis juive, et j’ai été bouleversée de voir combien, après le 7 octobre, certains ont nié ou minimisé les attaques du Hamas. Mais j’ai aussi commencé à me demander ce que je ne savais pas – ou ce que j’avais évité de comprendre. Je n’avais été formée qu’à certaines parties de l’histoire d’Israël. Je suis devenue curieuse.

Cela a ouvert ma pensée à des expériences auxquelles je ne m’étais pas assez confrontée : j’ai écouté des témoignages palestiniens, lu des récits historiques palestiniens, regardé des images de Gaza – en m’efforçant de le faire sans le poids de ce que je croyais déjà savoir. J’en ai été profondément bouleversée.

Je conservais le sentiment d’horreur et de chagrin face aux événements du 7-Octobre ainsi que le souvenir de mes propres expériences récentes d’antisémitisme.

La compréhension à laquelle je suis parvenue était d’ordre émotionnel. Elle est contenue dans les mots d’un survivant de la Shoah manifestant en Israël : « Je ne pense pas que nous puissions nous souvenir de notre souffrance sans reconnaître celle de Gaza… Elle occupe la même place dans mon cœur. »

Nous ne pouvons parvenir à ce type de connaissance que si nous pouvons, comme l’écrit Sher, « faire notre deuil sans accusation […] rester liés sans sombrer dans l’idéologie […] préserver la capacité de penser au milieu du bruit de la certitude ».

Ces vérités peuvent être désordonnées : des récits où les coupables sont aussi des victimes, ou l’inverse ; où des individus ordinaires commettent des actes terribles au nom de la bureaucratie ; où des sociétés entières, sous l’emprise d’un pouvoir ou d’un système brutal, agissent mal – ou n’agissent pas du tout. Elles peuvent même impliquer notre responsabilité.

Se détourner de ces vérités ne fait que renforcer les oppositions simples – ce « nous » contre « eux » – dans lesquelles peuvent s’enraciner des horreurs comme les génocides, les pogroms ou les nettoyages ethniques.

Attention, algorithmes et « faits alternatifs »

« Les intérêts qui sont les nôtres, l’attention que nous développons à certaines choses semblent être les meilleurs moyens d’accéder aux vies que nous désirons », écrit le psychanalyste Adam Phillips.

Toute forme d’attention autre que fragmentée est devenue un luxe. Tout semble accéléré, y compris le processus de recueil des informations et de formation de nos opinions.

Une analyse de 35 millions de publications Facebook a montré que 75 % des liens partagés n’avaient même pas été lus par ceux qui les publiaient. Une étude de grande échelle sur Twitter (désormais X) a montré que la position idéologique d’un utilisateur dans un débat prédit ses positions dans d’autres. Nous tirons des vérités de discours de ceux avec qui nous sommes déjà d’accord.

L’« autre camp » propose souvent une autre vérité. L’écart se creuse.

Qu’est-ce qui est encore réel, pourraient demander les plus jeunes, à une époque où l’on peine à distinguer une chanson humaine d’une chanson générée par une IA ; où les arnaques se multiplient ; où les sites satiriques désorientent plus qu’ils ne font rire.

Sur les réseaux sociaux, où nous passons plus de temps que jamais, les contraintes d’espace et d’immédiateté façonnent la manière dont nous formulons nos pensées, en favorisant des conclusions tranchées.

Nous savons déjà – et nous pensons en savoir assez. Des histoires entières sont réduites à des slogans. Des traumas personnels réduits à 30 caractères. J’aime, je ris, j’adore, je compatis, je m’indigne. Un seul clic.

Ce type de savoir ne peut pas accueillir le réel.

Une incertitude féconde

Cela laisse aussi peu de place à une position de non-savoir – ce que j’appelle une « incertitude générative ». Une position qui peut ouvrir à un déplacement, à un changement. Un point de départ plutôt qu’une fin.

Il y a des années, après une table ronde, une femme s’est approchée de moi pour me dire qu’elle n’achèterait pas mon livre. « Il a l’air de poser beaucoup de questions, et moi je veux des réponses. » À l’époque, cela m’avait amusée. Aujourd’hui, beaucoup moins.

Avec sa logique de repérage de motifs, l’IA propose précisément ce type de savoir fermé – sans place pour l’incertitude. Elle peut être utile pour traiter certaines données, par exemple en identifiant des maladies rares. Mais elle commet des erreurs dès qu’il s’agit de contexte, donnant parfois des conseils dangereux, notamment sur les troubles alimentaires ou la dépression.

Les réponses automatisées répondent à notre désir de savoir sans passer par le travail de recherche – un processus qui demande du temps, de la réflexion, parfois une lecture étendue. C’est pour cette raison que la philosophe Gillian Rose a critiqué la tendance à écrire « en tant que » – « en tant que femme », « en tant que juive » – comme si l’identité pouvait tenir lieu de savoir.

« Ma trajectoire ne suit aucune logique de ce type », écrit-elle. « Si je savais qui ou ce que je suis, je n’écrirais pas. » Comme tant d’autres, elle écrit pour le découvrir.

Accueillir la confusion

En dehors du cabinet de psychanalyse, nous pourrions mobiliser cette « attitude psychanalytique » pour transformer l’indignation brutale qui domine tant de prises de parole en ligne en une curiosité tournée vers nous-mêmes – afin de mieux comprendre nos propres désirs et préjugés. « Nous devrions accueillir la confusion comme un état d’esprit souhaitable », écrit le psychanalyste Stephen Seligman.

Il ne s’agit pas de renoncer à la vérité. Nous devons nous baser sur les témoignages, les archives, les faits afin de poser un jugement « discipliné et sobre » selon les mots de Raimond Gaita.

Le savoir auquel j’aspire naît de cette double exigence : une ouverture réelle et une fidélité aux faits.

Nous devons aussi être capables de supporter l’ambivalence du réel, sans céder à ce que le philosophe Paul Katsafanas appelle une « politique du ressentiment ».

La peur ou la haine qui nous rendent si sûrs de la faute de l’autre doivent être tempérées par une capacité à s’intéresser à l’autre.

La curiosité, alliée à la colère, peut produire ce que la philosophe Martha Nussbaum appelle une « colère de transition » – une colère tournée vers la réparation plutôt que la vengeance.

Les leçons de la littérature

L’une de mes nouvelles préférées est « The Lottery », de Shirley Jackson, récit troublant d’un village où l’on procède à une lapidation rituelle. Le choc – comprendre que le tirage au sort désigne celui qui sera mis à mort  – est vertigineux.

Lors de sa publication dans le New Yorker en 1948, le texte a suscité incompréhension et protestations. Beaucoup de lecteurs pensaient qu’un tel village existait réellement.

Aujourd’hui, cette histoire de violence collective ressemble presque à un reportage. Mais la forme littéraire qui me semble la plus à même de nous aider aujourd’hui est le poème.

Le psychanalyste et poète David Shaddock écrit que l’imagination poétique, comme le travail analytique, ouvre un espace de vérité psychique : Un « champ qui s’ouvre lorsque le réel est reconnu ». Nous sommes touchés – et cette capacité à être touchés nous ancre dans le réel.

La poésie peut désarmer nos certitudes et créer un espace où quelque chose de nouveau peut advenir. Un espace d’imagination où nous cessons d’être sûrs – pour redevenir curieux.

The Conversation

Dr Mannie Sher est un parent de l’auteur

ref. « Pourquoi l’attitude psychanalytique me sert de boussole dans ce monde chaotique » – https://theconversation.com/pourquoi-lattitude-psychanalytique-me-sert-de-boussole-dans-ce-monde-chaotique-280922

Your browsing history could soon set your grocery bill — and Canada isn’t ready for it

Source: The Conversation – Canada – By Jake Okechukwu Effoduh, Assistant Professor, School of Law, Toronto Metropolitan University

Parliament voted down a motion on April 15 to ban a practice most Canadians have never heard of, but that retailers are already rolling out: surveillance pricing.

Also called algorithmic personalized pricing, the practice uses personal data to estimate how much consumers are willing to pay, then adjusts the price accordingly. Two shoppers, same store, same item: two different prices, generated by data neither of them can see.

The NDP motion urges the government to prohibit surveillance pricing both in stores and online. The Liberals and Conservatives voted it down. NDP leader Avi Lewis had called the practice “unfair” and “downright creepy” at a news conference days earlier.

A poll by Abacus Data conducted in March found that while most Canadians are not familiar with the term, when the practice was explained to them, 52 per cent said it should be banned. Another 31 per cent of the Canadians surveyed said it should be allowed but more strictly regulated.

For Canadians struggling with cost-of-living pressure, the practice is spreading among retailers, and the laws meant to protect consumers were not designed to catch it.

Not the same as surge pricing

A useful distinction first. Dynamic pricing, the kind used by airlines, hotels and rideshare companies, adjusts based on conditions like demand, the time of day or weather, and applies the same algorithm to every customer equally.

Uber’s surge pricing is the textbook example of dynamic pricing: every rider in the same area at the same moment sees the same multiplier. Annoying? Perhaps. Personalized? No.

Surveillance pricing is different. Where dynamic pricing responds to market conditions, surveillance pricing responds to the individual. It draws on browsing history, device, postal code, purchase frequency and inferred income to predict a person’s willingness to pay.

Dynamic pricing seems to ask: “What are the conditions right now?” Surveillance pricing asks: “Who are you, and how much can we extract from you?”

How much is happening in Canada?

It’s difficult to know how much surveillance pricing is happening in Canada, if at all. So far, there has been no confirmed Canadian case, and the practice is opaque by design.

The Competition Bureau’s discussion paper, published in 2025, reported that more than 60 companies in Canada offer services that use algorithms to optimize pricing across retail, hospitality, transportation and ticketing.

The bureau’s What We Heard report, published in January after a public consultation on algorithmic pricing, identified transparency as Canadians’ chief concern. Shoppers do not know whether the price in front of them has been personalized to them specifically.

The most prominent real-world example came from south of the border. An investigation by Consumer Reports and Groundwork Collaborative documented Instacart customers in the U.S. being charged up to 23 per cent more than other shoppers for the same items, at the same store, at the same time.

Nearly three-quarters of grocery items tested were offered to shoppers at multiple price points simultaneously.

Instacart disputed the characterization, but halted the program in December 2025 following public backlash. New York Attorney General Letitia James has since demanded that Instacart share information about its price-testing experiments.

Canadian retailers, meanwhile, are assembling the same underlying toolkit: digital shelf labels that allow prices to be changed remotely in seconds, AI-driven pricing engines and the loyalty card data that feeds them.

Where Canadian law runs out

Most Canadians assume that if something feels deceptive at checkout, the law catches it. For some familiar problems, that is true.

Recent amendments to the Competition Act introduced an explicit ban on drip pricing — the practice of advertising a low price and then adding unavoidable fees at checkout.

The Cineplex case is the most prominent recent example of that law in action. The Competition Tribunal levied a record $38.9 million penalty against the cinema chain for concealing online booking fees, a ruling the Federal Court of Appeal upheld in January. Cineplex has since sought leave to appeal to the Supreme Court of Canada.




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Cineplex’s $38.9 million fine is a wake-up call about corporate sustainability practices


But surveillance pricing slips past this framework entirely. The price displayed is technically accurate. No fee is buried and no phantom “regular price” is invented. What is hidden is the process.

Deceptive marketing rules assume everyone is offered the same price and someone is misrepresenting it. Surveillance pricing inverts the premise: everyone is offered a different price, and almost no one knows it’s happening.

The Competition Bureau’s mandate is to protect and promote competition, not consumer fairness. Its tools were built to catch anti-competitive behaviour between companies, not price discrimination between individual shoppers.

Similarly, provincial consumer protection laws like Ontario’s Consumer Protection Act are designed to deal with misleading or unfair practices in one-on-one transactions — not large-scale, automated differences in how millions of consumers are treated.

Privacy law, in turn, governs consent to data collection, not consent to how that data is used to shape what you pay. Three legal regimes circle the problem; none quite covers it.

What other jurisdictions have done

In November 2025, New York’s Algorithmic Pricing Disclosure Act took effect, requiring any business that uses personalized pricing to display a notice reading “this price was set by an algorithm using your personal data,” with civil penalties of up to US$1,000 per violation.

The European Union has required disclosure of personalized pricing since its 2019 consumer rights overhaul. Manitoba’s Bill 49, introduced March 17 by the NDP government of Premier Wab Kinew, would go further than either of those measures and prohibit surveillance pricing outright, making it an unfair business practice.

When asked if he would follow suit, Ontario Premier Doug Ford said he would not, telling reporters he believes in a “free market” and a “capitalist society.”

Federal AI Minister Evan Solomon said the federal government is “looking into” the issue, but that it would fall under the purview of the Competition Bureau.

What real protection would require

In the short term, shoppers can use private browsing mode, turn off location services and log out of loyalty apps before they shop.

These, however, are only workarounds. They place the burden of navigating an opaque system on the least-informed party in the transaction and they require a level of digital awareness some shoppers don’t have.

Real protection means either a federal disclosure mandate along New York’s lines, or an outright prohibition like the one Manitoba is pursuing. The Competition Bureau can keep monitoring, but monitoring is not enforcement, and competition law wasn’t designed to police unfairness on its own.

Until Parliament or the provinces close the gap, Canadian consumers have no reliable way of knowing whether the price they see is the price everyone else sees.

The Conversation

Jake Okechukwu Effoduh does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Your browsing history could soon set your grocery bill — and Canada isn’t ready for it – https://theconversation.com/your-browsing-history-could-soon-set-your-grocery-bill-and-canada-isnt-ready-for-it-281618

How should schools teach AI? 3 models to consider

Source: The Conversation – Canada – By Hugo G. Lapierre, Professeur adjoint en technologies éducatives, Université de Montréal

Students across Canada are exposed to artificial intelligence (AI) whether through search engines, writing assistants, automated recommendation systems or social media.

That everyday exposure raises a first, fundamental question: What should students should learn about AI? This goal is often described as AI literacy, which combines conceptual understanding with responsible use and critical judgment about AI.

A second, more practical, question is: Where should learning about AI sit in the curriculum? Since education is a provincial responsibility, Canada has no single approach.

Teaching AI literacy in schools builds on what provinces already require students to learn about digital technologies. How provinces do this determines how much time students get, what can be assessed and how teachers must be prepared.

In practice, these different curriculum models, plus the supports to ensure teachers can effectively teach them, will shape whether AI education becomes a set of tips for using apps — or a form of digital citizenship grounded in concepts, ethics and critical thinking.

What AI literacy implies for schools

Several provinces and educator associations have or are developing frameworks pertaining to AI in K-12 education. Several organizations have proposed similar frameworks that specify the concepts and competencies students should develop, or that guide what meaningful AI education would require in schools.

The United Nations Educational Scientific and Cultural Organization sees AI literacy spanning technical understanding and ethical awareness, and names a vision of students as AI co-creators and responsible citizens.

A U.S.-based framework, AI4K12, outlines what students should learn about AI across grade levels, and identifies five “big ideas” about AI: perception, representation and reasoning, learning, natural interaction and societal impact.

Two students work on a robot.
AI frameworks guide what meaningful AI education might look like in schools.
(Allison Shelley/The Verbatim Agency/EDUimages), CC BY-NC

The U.S.-based International Society for Technology in Education (ISTE) proposes standards that engage students as empowered learners, computational thinkers, innovative designers and digital citizens.

Digital learning in provincial curricula

Across Canada, provinces integrate digital learning through different models — but note that these models are ideal types. Several provinces combine them. Each model can support AI literacy, but each creates different conditions for time, assessment and teacher preparation.

1. A dedicated subject or domain, where digital skills or computer science have their own courses. In many systems, teachers have been specifically trained for the subject. This configuration typically supports clearer sequencing across grades and more consistent assessment.

For example, between kindergarten to Grade 9, British Columbia teaches technological learning within applied design, skills and technologies curriculum, with Grade 8 requiring the equivalent of a full-year course that schools can deliver through modules.

Newfoundland and Labrador frames technology education as a hands-on area that can include programming and controlling physical devices through two dedicated courses about computer science in Grades 9 and 10.

Ontario’s computer studies curriculum creates dedicated course space for learning computing concepts. Ontario also illustrates how systems can shift emphasis over time: coding and digital competencies can be embedded within compulsory subjects, while a separate computer studies curriculum expands opportunities for sustained progression.

A dedicated subject provides protected classroom time to teach related core ideas (for example, data, algorithms and modelling) and to assess learning beyond using tools, while still making possible cross-curriculum learning.

It also creates clearer conditions for implementing ambitious AI literacy frameworks such as AIK12 and UNESCO’s guidance. This is because a teacher trained to translate specialized concepts for non-specialists leads instruction and can support sustained, project-based learning.

However, in many provinces, this “dedicated subject” exposure remains intermittent across K–12, often concentrated in a small number of courses, or sometimes a single year-long course with limited weekly time. This constrains cumulative progression and makes outcomes sensitive to local staffing capacity and teacher qualification.

2. Digital learning embedded in existing subjects. In New Brunswick, digital learning in Grades 6 to 8 is organized through the Middle Block, where Technology is one learning area among others. Teachers must address digital learning alongside a much wider set of practical and developmental goals, rather than teaching it as a fully separate subject with protected time.

Two teachers at a table in discussion.
How AI-related professional development will help teachers depends partly on learning expectations relevant to their work.
(Allison Shelley/The Verbatim Agency/ EDUimages), CC BY-NC

This approach can make learning more connected to real problems and other learning. But it can also limit how much time can be devoted to AI-related concepts, and whether this learning is effective, when many other objectives must be covered within the same program structure. The trade-off is generally capacity: teachers are asked to carry new conceptual content without necessarily having time, training or materials.

3. A “transversal” framework, where competencies that underpin digital technology are meant to be integrated across subjects.

For example, Manitoba teaches literacy with information communication technology (ICT) across curriculum, related to thinking critically and creatively about information and about communication, “as citizens of the global community, while using ICT safely, responsibly and ethically.” Alberta’s information and communication technology program of studies states that it is “not intended to stand alone” but should be infused within core courses.

Québec has a province-wide digital competency framework describing 12 dimensions of confident, critical and creative uses of digital technology.

When competencies related to digital learning are integrated across subjects, every student can be reached, not only those who choose electives.

However, without clear accountability tying underlying competencies to particular digital media uses, this approach can potentially yield uneven learning experiences from school to school. Every teacher must also receive sufficient professional development on the subject.

What ‘AI-ready’ could mean

Each model requires different policy supports. Dedicated subjects need staffing and teacher preparation pipelines. Embedded approaches need sustained professional learning and realistic expectations for non-specialist teachers. Transversal frameworks need clear markers for student progression and assessment strategies, otherwise implementation depends on local enthusiasm.

For many provinces, the path forward is likely not choosing one model, but combining the strengths of all three.

Two students work on robot models.
The path forward for teaching AI literacy is likely combining the strengths of different curricular models.
(Allison Shelley/The Verbatim Agency/EDUimages), CC BY-NC

This requires grounding in foundational knowledge of AI, as well as developing both discipline-specific and transdisciplinary competencies. UNESCO’s AI competency framework for teachers makes a similar point: governments should anchor AI learning in curriculum policy, build collaboratively with educators and invest in teacher preparation and resources.

Canada’s provincial diversity creates conditions for comparative analysis. If researchers study student learning associated with different models, this could help identify which policy arrangements, supports and implementation strategies are associated with stronger and more equitable forms of AI education.

Comparison may become even more salient with the OECD’s planned PISA 2029 media and artificial intelligence literacy assessment, which will be designed to examine whether students have had opportunities to learn to engage critically and responsibly with digital and AI systems.

The Conversation

Hugo G. Lapierre receives funding from the Fonds de recherche du Québec (FRQSC), the Social Sciences and Humanities Research Council (SSHRC) and IVADO.

Normand Roy receives funding from Fonds de recherche du Québec (FRQ), le ministère de l’Éducation du Québec (MÉQ), Social Sciences and Humanities Research Council (SSHRC).

Patrick Charland receives funding from the Fonds de recherche du Québec (FRQSC), the Social Sciences and Humanities Research Council (SSHRC) and UNESCO.

ref. How should schools teach AI? 3 models to consider – https://theconversation.com/how-should-schools-teach-ai-3-models-to-consider-278041

How wildlife conservancies perpetuate green colonialism in Kenya

Source: The Conversation – Canada – By Kariũki Kĩrigia, Assistant Professor, School of the Environment and African Studies Centre, University of Toronto

The story of wildlife conservation in East Africa is often told through spectacular images of beautiful scenery and the region’s charismatic animals. But seldom asked is the question about how those efforts include and impact the communities that live alongside wildlife.

At the core of Africa’s rich biodiversity are Indigenous communities, which include pastoralists and forest peoples whose ways of life and knowledge are critical to conservation.

a giraffe standing in a grassy area
A giraffe in the Maasai Mara National Reserve in southern Kenya.
(Kariũki Kĩrigia)

However, these communities have historically been blamed for biodiversity loss. Pastoralists such as the Maasai are often blamed for keeping “excessive” amounts of livestock, overgrazing and land degradation.

Such tropes against African Indigenous communities linger and continue to shape conservation, which has led to strict and often punitive regulations.

My ongoing research in the Maasai Mara region of southern Kenya looks into wildlife conservancies. The region is home to the Maasai, as well as other Indigenous Peoples, and rich biodiversity. My research examines how conservancies impact local communities on whose land conservation is practised.




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Tanzania’s Maasai are being forced off their ancestral land – the tactics the government uses


What are wildlife conservancies?

The decline in wildlife in Kenya led to the birth of wildlife conservancies on both community and private lands. Kenya’s 2013 Wildlife Conservation and Management Act defines a wildlife conservancy as “land set aside by an individual landowner, body corporate, group of owners or a community for purposes of wildlife conservation.”

Organizations like the Kenya Wildlife Conservation Association (KWCA) view them differently. They see conservancies as land that is not set aside, but rather managed for the well-being of wildlife and communities.

In essence, the government maintains the view of fortress conservation that entails separating humans from nature, while the KWCA imagines communities co-existing with wildlife.

At the core of wildlife conservancies is land. Land ownership largely determines the type of conservancy that is established, which are either private, community, group or co-managed conservancies.

Private conservancies

Kariũki Kĩrigia explains his research into wildlife conservancies in Kenya. (University of Toronto Black Research Network)

In northern Kenya, private conservancies have largely been established in the highlands that were settled by white farmers during the colonial period.
These private conservancies have been criticized as “settler ecologies” built on a “big conservation lie” because they obscure the history of violent, colonial land dispossession, the criminalization of Indigenous pastoralist livelihoods and the exploitation of land and biodiversity to profit from conservation.

Additionally, the normalization of militarized violence in conservation, appropriation and control of conservation revenues meant for communities, and restriction of access to scarce water and pasture from pastoralists even during droughts, amounts to what is known as green colonialism.

The contradiction is that it was British colonial rule in Kenya that created the need for wildlife conservation starting in the 1940s. Extensive devastation of wildlife through sport hunting, wildlife trade and culling meant animals needed greater protection from humans, primarily through state-protected national parks and reserves.




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Group conservancies

Group conservancies are mostly found in southern Kenya, where individual plots are amalgamated through long-term land leases to conservation investors who, in turn, establish wildlife conservancies.

In the Maasai Mara, local communities typically lease their land for conservancies in exchange for lease payments, regular access to pasture and investment in initiatives such as school bursaries and infrastructure development.

One such example is the Nashulai Maasai Conservancy, established in July 2016. It’s the first Maasai conservancy in the Maasai Mara created by Maasai peoples.

Wildlife conservancies in Kenya are an important way to enhance land security and conservation built around communities. Community and group conservancies are based on the idea of using the land, water and pastures in ways that support humans, livestock and wildlife.

As part of my research, I interviewed community members who told me about some benefits brought by the conservancy. These included access to post-secondary education through a community college, women empowerment projects such as soap made from elephant dung, river restoration for household water access and food aid during the COVID-19 pandemic.

Challenges faced by group conservancies

Many group conservancies employ strict access rules and hefty fines against human and livestock presence. These practices often agitate communities as they echo fortress conservation’s tactics of separating humans and wildlife.

Land lease agreements between conservancies and landowners are often crafted in complex legal language that only a few community members can comprehend. It is critical that communities are provided with a detailed explanation of what leasing land to a conservancy entails beyond the benefits promised.

In addition, community benefits are undermined through land dispossession by local elites during land subdivision, who, in turn, benefit unfairly from leasing the unjustly acquired land to conservancies.

Biodiversity conservation in East Africa and the Global South more broadly depends significantly on external funding from organizations in the West, especially non-governmental organizations, which British conservation scholar George Holmes calls “conservation’s friends in high places.”

However, Indigenous communities face onerous requirements and processes to access funding for conservation and climate change initiatives.

In a recent guest lecture at the University of Toronto, Kimaren Ole Riamit, the director of the Indigenous Livelihoods Enhancement Partners (ILEPA), explained how African Indigenous communities experience the negative impacts of climate change despite being the least responsible for global warming, lose land to conservation and carbon projects and face significant hurdles in accessing resources to address climate-related challenges.

Initiatives meant to empower communities are often captured by local elites and corporate interests that appropriate and control resources and benefits expected to flow to communities.

Carbon offsetting

Wildlife conservancies have also gained the attention of carbon offset markets, which are expanding fast in Kenya. The Northern Kenya Rangelands Carbon Project and the One Mara Carbon Project are some of the main carbon projects in the country’s northern and southern rangelands.

Kenya’s rangelands sequester atmospheric carbon dioxide, which is then measured and verified by certification bodies such as Verra, and converted into tradeable carbon credits. These are sold to organizations seeking to offset their carbon emissions.

Carbon projects enter into long-term contracts with landowners, typically around 40 years, and spell out how the landowners should utilize the land to ensure adequate carbon sequestration and storage. Landowners receive expert knowledge that employs technologies and measurements of carbon that are foreign to local communities.

a zebra in a grassland area
A zebra in the Maasai Mara National Reserve in southern Kenya.
(Kariũki Kĩrigia)

On the contrary, the same communities that have long managed lands and ecosystems sustainably are treated as lacking the ecological knowledge necessary for biodiversity conservation and carbon sequestration.

The outcome is that the owners of the technologies and what is deemed “expert” knowledge become the owners of the value generated from the land owned by communities.

While such initiatives generate millions of dollars in revenue, it has been shown that less than two per cent of climate finance reaches Indigenous Peoples, smallholder farmers and local communities in developing countries.

To create genuinely sustainable ecological conservation and improved quality of life for local communities, the government must focus on empowering communities through meaningful participation in initiatives.

Organizations like ILEPA and the Nashulai Maasai Conservancy are working to empower Indigenous communities in Kenya. These kinds of community-led efforts exemplify how conservation can, and must, include the people who call East Africa’s rich biodiverse landscapes home.

The Conversation

Kariuki Kirigia has received funding from the Black Research Network at the University of Toronto, the Ryoichi Sasakawa Young Leaders Fellowship Fund, and SSHRC-IDRC through the Institutional Canopy of Conservation research project.

ref. How wildlife conservancies perpetuate green colonialism in Kenya – https://theconversation.com/how-wildlife-conservancies-perpetuate-green-colonialism-in-kenya-278946

Here’s why Canada needs to ditch age-based immigration points

Source: The Conversation – Canada – By Christina Clark-Kazak, Professor, Public and International Affairs, L’Université d’Ottawa/University of Ottawa

Canada’s Comprehensive Ranking System (CRS) was established in 1967 to respond to historic racism and nationality bias in Canada’s immigration system. Granting points for age, education, official language skills, Canadian work experience and family ties, the CRS ranks applicants for permanent residency.

The federal government recently proposed changes to CRS points, including the elimination of some point categories. While family-related points are proposed for removal, age-based criteria are not.

My research delves into the legal, ethical and policy reasons why Canada should ditch age-based immigration points.

Age-based points are Charter violations

The Canadian Charter of Rights and Freedoms explicitly prohibits age discrimination in the equality clause of Section 15(1). According to the Supreme Court’s Singh v. Minister of Employment and Immigration decision, the Charter applies to anyone who is physically present in Canada, including non-citizens.

Many people who apply for permanent residence do so from within Canada. In fact, the federal government has introduced a two-year initiative — in 2026 and 2027 — to fast-track permanent residence for skilled workers who are already in Canada in specific high-demand sectors.

According to the lawyers I interviewed for my book, Age and Immigration Policy in Canada, such individuals would have solid legal grounds to launch a Charter challenge. They could claim that the points system constitutes age discrimination in violation of Canadian law.

Ageist immigration policies

Age discrimination embedded in the points system also contradicts Canadian values. Currently, a person gets zero points for age if they are under 18 or over 45.

Imagine the public outcry if a person received zero points for being a woman? Or for being a racialized person? Many Canadians would rightly call out such overtly sexist and racist policies.

Similarly, points for age undermine the merit-based foundations of the CRS. They contradict rights-based hiring practices that prohibit asking candidates their age and stereotyping older workers.

My archival research suggests the architect of the CRS, then-Deputy Immigration Minister Tom Kent, did not have a clear policy rationale for the initial age-based points. One historian has argued: “The points system, as it was originally conceived, has as much to do with politics as with labour markets.”

There is also some internal contradiction within the points system between the decreasing points for age and the increasing points for education and work experience. The latter rely on the passage of chronological time, while the former subtracts points for it.

Age-based points are bad policy

Policymakers and public commentators sometimes justify age discrimination in the points system by claiming that older immigrants are likely to take more from Canada than they are to give. But research shows that this is empirically incorrect.

First, Canadian and Québec pension plans are contributory — benefits are calculated by lifetime earnings in Canada. For Old Age Security, people must be residents of Canada for at least 10 years to qualify, and they must have resided here for at least 40 years to receive the maximum benefit.

As a result, immigrants to Canada receive fewer contributions and are more likely to be poor than any other group of Canadians when they retire.

Second, while some may assume older immigrants will be a burden on the health-care system, the “healthy immigrant effect” is well-documented.

Newcomers also tend to under-use health services. What’s more, there’s a waiting period for universal health coverage. Some immigrants actually return to their home countries to access time-sensitive or culturally appropriate care.




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Third, people over the age of 45 contribute indirectly to the Canadian economy in ways that are not captured in formal economic data. For example, they undertake unpaid work in family businesses or provide free child care to enable their adult children to work outside the home.

Given these legal, ethical and empirical concerns about age-based points, the time has come to eliminate them altogether. Ongoing public consultations on the CRS are a historic opportunity for Canadians to oppose the age discrimination that has been normalized in our immigration system for too long.

The Conversation

Christina Clark-Kazak receives funding from the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

ref. Here’s why Canada needs to ditch age-based immigration points – https://theconversation.com/heres-why-canada-needs-to-ditch-age-based-immigration-points-281515

India’s Horn of Africa strategy has shifted: what it’s trying to do and how it could work

Source: The Conversation – Africa (2) – By Federico Donelli, Associate Professor of International Relations, University of Trieste

India’s engagement in the Horn of Africa and Red Sea basin was, until recently, largely limited to UN peacekeeping operations and anti-piracy patrols.

Since the second half of the 1990s, India has participated in nearly all peacekeeping operations in Africa.

Anti-piracy efforts emerged between 2008 and 2014 as piracy off Somalia and the Gulf of Aden spread across a vast maritime space. This spanned east Africa and the wider Indian Ocean, bringing threats close to India’s shores.

Indian trade routes were exposed to new security risks, so a more sustained maritime posture was needed.

From the mid-2010s, therefore, India expanded its engagement in the Horn of Africa and the Red Sea basin to secure shipping lanes linking it to global markets. At the same time, it sought to counter China’s growing naval presence along the western Indian Ocean coast, protect its diaspora and investments, and position itself as a regional security provider.

When Prime Minister Narendra Modi took office in 2014, this shift accelerated. India placed greater emphasis on proactive diplomacy, expanding high-level engagement, and trade and infrastructure links. It also pursued strategic coordination through bilateral agreements and naval exercises across west Asia and the adjoining African coastline.

India, the Horn of Africa and the Red Sea basin

This evolution reflects India’s transition from a post-colonial, non-aligned actor to a more assertive power with ambitions outside the region. It is now Africa’s third-largest trading partner. Economic interdependence is growing alongside geostrategic interests.

Drawing on our work on international security in the western Indian Ocean and sub-Saharan Africa, we argue that over the past decade New Delhi has redefined the Indian Ocean as a protective buffer and a primary theatre of influence linking the Indo-Pacific to the Red Sea. The Horn of Africa lies at the heart of this connective space.

In 2023, India declared itself the Indian Ocean’s “net security provider”. It introduced a framework to strengthen regional security, deepen economic cooperation and address shared maritime challenges.

Today, with shipping routes being recalculated and governments reconsidering their strategic partnerships, India’s position is being put to an operational test.

The Horn is a space where legitimacy, delivery and endurance determine who remains relevant after the headlines fade. For the first time, India’s quiet advance is visible. Next, it will have to solidify its presence.

Why the Horn of Africa is important for India

An initiative called the 2025 Africa-India Key Maritime Engagement, co-hosted with Tanzania, positions India as a security partner for African nations, particularly those along the Indian Ocean rim.

India is also involved in development and investment projects in the region. These include agricultural efforts to improve food security, infrastructure projects, and technical assistance in education and health. It also provides humanitarian assistance in Somalia, Kenya and Djibouti.

What distinguishes the past decade is the effort to align these activities within a broader strategic narrative – one that presents India as a partner offering technology and development without debt concerns or political conditions.

This narrative is attractive to local governments in the Horn. But it also creates a test: India must show that it can deliver consistently.

Ethiopia has an important role for India. It hosts the African Union, functions as a diplomatic centre and offers an entry point into African multilateral politics.

Somalia also matters. It sits close to critical sea lanes and is central to the security of the Gulf of Aden. External actors there can convert security assistance into political access.




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India’s interest in Somalia and Somaliland has taken on a geo-economic dimension. Indian firms are focusing on gold and mineral resources, particularly in eastern Somaliland.

Although still limited in scale, this shift signals that India’s footprint in the Horn is no longer confined to security and development assistance. It is intersecting with resource access and supply chain strategies.

The competition

The corridor of the Red Sea, Gulf of Aden and western Indian Ocean has become a crowded arena for external powers over the past two decades.

Great powers have seen countries in the region as a platform for counterterrorism and naval reach. Small and middle powers (like Turkey, Iran and Gulf states) have sought to secure influence through ports, training missions, arms transfers, commercial access and selective mediation.

The result is a dense environment. Almost every external actor offers a package of security, finance, technology and diplomacy. Fragile local governments hedge among them.

India’s challenge is to deliver consistently through:

  • creating defence and security training pipelines

  • project delivery

  • stable financing instruments

  • sustained bureaucratic attention.

If India’s Africa policy is maritime-led, then things like naval exercises, information-sharing, coast guard cooperation and institutional training must become regular and visible.

If the strategy is also developmental and technological, then India must deliver flagship projects in digital infrastructure, health and agriculture.

From quiet influence to lasting power

India faces three constraints in growing its influence in the Horn of Africa.

1. Limited military capacity

India’s naval capabilities do not match the scale of China’s fleet or America’s technological edge and operational depth. This gap is not fatal if India’s aim is durable influence through partnership. It does mean that India’s leverage will depend on institutional cooperation and coalition-building.

2. Competitive density

The Horn’s architecture is made of foreign bases, port diplomacy and overlapping rivalries. India’s advantage is that it’s not overwhelmingly intrusive. But it could become just one more actor among many.

3. Institutionalisation

If India’s engagement depends too heavily on leader-level attention, it will remain vulnerable to distraction. Durable influence requires bureaucratic routines and financing mechanisms. It must survive political cycles and shifting crises. Ethiopia is a test case. High-level roadmaps will have to turn into visible digital infrastructure, health systems and agricultural support.

The broader point is that the Horn is not an empty theatre waiting for India to arrive.

The Conversation

Federico Donelli is affiliated with the Italian Institute for International Political Studies (ISPI), the Nordic Africa Institute (NAI), and the Orion Policy Institute (OPI).

Riccardo Gasco is affiliated with IstanPol Institute.

Chiara Boldrini does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. India’s Horn of Africa strategy has shifted: what it’s trying to do and how it could work – https://theconversation.com/indias-horn-of-africa-strategy-has-shifted-what-its-trying-to-do-and-how-it-could-work-281252